June Almeida y el retrato de los coronavirus

Hace tres meses que no paramos de escuchar la palabra coronavirus, un término que ha invadido nuestra vida y del que nos es imposible deshacernos. Ojalá fuera tan fácil quitárnoslo de encima, de la misma forma en la que te sacudes las migas del jersey, pero es como si la propia mención constante lo fortaleciera, consiguiendo adherirse al lenguaje diario de todos nosotros.

June Almeida trabajando con un microscopio electrónico (Instituto del Cáncer de Ontario, Canadá, 1963).
Imagen: James Norman, Getty.

La pandemia de la COVID-19 nos ha acercado al pasado, más concretamente, nos ha traído el origen de esa palabra. Detrás de ella, se encuentra June Almeida (1930-2007) –su apellido de soltera era Hart–, quien a través de un microscopio electrónico vio por primera vez cómo eran los coronavirus. Fue en el año 1967. “Es como un virus recubierto por un halo, como una corona solar”. Imagino esas palabras en su boca –si es así como las dijo–; cómo las reprodujo mientras miraba aquello e intentaba describir lo que veía, sin alterarse e intentando ser muy precisa, calculando sus palabras de forma escrupulosa: ella era los ojos de todos y no podía errar en la explicación. Debió de parecerle asombroso. Esa ilusión de las primeras veces.

De alguna manera, la pandemia ha invocado la presencia de esta escocesa y su descubrimiento, que fue gracias a un método que ella misma desarrolló y que en la actualidad muchos investigadores siguen utilizando para identificar los virus. La técnica consistía en emplear anticuerpos marcados que se unían a las partículas virales; así, los anticuerpos se “enganchaban” a los virus y eso hacía que la identificación de estos fuera más sencilla.

“B814”

June Almeida, oriunda de Glasgow (Escocia), nació en el seno de una familia humilde, en 1930. Fue una lástima que con dieciséis años tuviera que dejar los estudios por problemas económicos porque hasta el momento había mostrado ser una estudiante brillante. Para ayudar a su familia, decidió empezar a trabajar como aprendiz de laboratorio en el Glasgow Royal Infirmary. Aquí adquirió los conocimientos necesarios sobre los microscopios electrónicos que tanto le ayudaron a lo largo de su fructífera carrera. También trabajó en el Hospital de St. Bartholomew (Londres), donde conoció a su futuro marido, el artista Enriques Almeida. Se casó a los 24 años y los dos se marcharon a Canadá.

June no tenía ninguna titulación universitaria pero decidió emprender su carrera como investigadora en el Ontario Cancer Institute de Toronto. En 1963, comenzó a desarrollar nuevas técnicas de microscopía y a publicar algunos artículos científicos sobre estructuras víricas. Su fama se propagó muy rápido, el mundo académico empezaba a reconocerla cuando llegó una oportunidad que no pudo rechazar: trabajar junto con el doctor David Tyrrell en el St Thomas de Londres, quien entonces realizaba un trabajo de investigación sobre el resfriado común.

Micrografía electrónica del virus “corona” producido por June Almeida en 1966. En [June D. Almeida and D.A.J. Tyrrell,
The Morphology of Three Previously Uncharacterized Human Respiratory Viruses that Grow in Organ Culture,
Journal of General Virology, vol. 1, no. 2 (1967) 175-178]. Imagen: Wikimedia Commons.

Es curioso cómo emergen las casualidades. En ese momento, el equipo de Tyrrell había identificado un virus similar a la gripe y habían decidido etiquetarlo como “B814”. Este virus traía un gran hándicap: no había manera de cultivarlo en un laboratorio. Sospechaban que se trataba de otro tipo de virus pero no tenían la imagen que lo probara. Por ello, llamaron a June, la única persona que podría conseguirlo, y le enviaron muestras. Aunque el propio Tyrrell no tenía muchas esperanzas, le pareció que “valía la pena intentarlo”, como relata él mismo en su libro Cold Wars: The Fight Against the Common Cold. Les faltaba tan poco… solo era preciso conocer su naturaleza.

Al fin, en 1967, gracias a su destreza con el microscopio electrónico, Almeida creó imágenes claras del virus. Tras observarlas con detenimiento, decidieron llamar “corona” a este grupo de virus principalmente por su estructura, ya que esta se asemejaba mucho a la corona solar. Tras analizar la imagen, Almeida recordó que ella ya los había visto en alguna investigación previa, en concreto, cuando analizó la bronquitis en pollos y la hepatitis en ratones.

La importancia de una imagen

Imagino la tristeza y la desolación de una estudiante brillante que tiene que dejar sus estudios a los dieciséis años, cuando todavía le queda todo por descubrir e intuye que su carrera será prometedora. Aun así, Almeida se las arregló para llegar a la ciencia. Tras su gran hallazgo, se doctoró en la Escuela Médica de Posgrado de Londres y finalmente, recaló en el Instituto Británico Wellcome, donde firmó varias patentes en el campo de las imágenes de virus. Dejó el Instituto y antes de volver a trabajar en él, le dio tiempo a enseñar yoga. En 1979, escribió el Manual de diagnóstico rápido de virus en el laboratorio para la Organización Mundial de la Salud.

Decir que se retiró de la virología en 1985 es una formalidad porque siempre encontró la forma de mantenerse en el terreno. Fueron sus ojos los que vieron por primera vez un coronavirus pero también fue quien, a finales de los años 1980, ayudó a publicar algunas de las primeras imágenes en alta calidad del VIH y fue, del mismo modo, la primera persona en fotografiar y ver el virus de la rubeola.

La identificación de los coronavirus revolucionó el campo de la virología y ese virus ha alterado el mundo ahora. Lo que ha cambiado son los ojos de quien los mira. Ya no son los de June, sino los nuestros, que se sorprenden y no pestañean. Escribe Niklas Natt Och Dag en la novela 1793 que «hay ciertos lugares que tienen su propia memoria y su propio poder». Como ese primer retrato que hizo ella. Después de 53 años, ver esa imagen impacta como aquella primera vez.

Referencias

Sobre la autora

Uxue Razkin es periodista y colaboradora del blog de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU Zientzia Kaiera.

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