Elizabeth Bangs Bryant, la mujer araña del siglo XIX
Durante décadas, Elizabeth Bangs Bryant trabajó como voluntaria para identificar y catalogar arañas de medio mundo que hoy forman parte de la colección del Museo de Zoología Comparada de Harvard. Tal fue su dedicación que finalmente fue reconocida como gran experta, y científicos de muchos países le enviaban especímenes para que les ayudara a clasificarlos. Con decenas de especies en su haber, esta ‘mujer araña’ fue, a principios del siglo XX, una pionera en el estudio de unos bichos que aún hoy despiertan escasas simpatías, pero que son fundamentales para el control de plagas.

Sobre la vida privada de Elizabeth Bangs Bryant no hay mucha información. Se sabe que nació el 7 de abril de 1875 en Cambridge (Massachusetts) en una familia adinerada y que creció en Boston. Sus padres le permitieron desde joven participar en expediciones a las montañas y las costas para recolectar rocas, plantas e insectos, impulsados por un popular movimiento educativo que hacía hincapié en el aprendizaje al aire libre. Aquello hizo mella y, desde la adolescencia, la joven desarrolló una gran pasión por la naturaleza y comenzó a recolectar sus propios arácnidos. Más tarde, estudio en el Radcliffe College, aunque estuvo allí solo tres cursos porque falleció su padre y tuvo que dejar la formación. Eso sí, el tiempo que estuvo pudo dar clase con los zoólogos Edward Laurens Mark, Charles Davenport y George Howard Parker, que la animaron a seguir el camino elegido, ya como autodidacta.
En ese empeño por profundizar en el conocimiento de la biodiversidad, en 1898 logró entrar a colaborar, con otras mujeres, como asistente voluntaria en el Museo de Zoología Comparada de la Universidad de Harvard, ubicado en su ciudad. Esa sería la entidad a la que estuvo vinculada el resto de su vida, si bien le llevó tiempo que la tomaran en serio. No fue hasta el año 1930, más de 30 años después, cuando logró que su trabajo allí fuera remunerado con una cantidad que resultó tan mínima que no le hubiera permitido vivir sin apuros económicos si no fuera por la herencia familiar. Si que, al menos, el sueldo reconocía su existencia.
Para entonces ya destacaba en Harvard por su habilidad taxonómica para identificar, clasificar y catalogar todo tipo de arañas, aunque su nombre rara vez aparecía en algún documento sobre ellas. En realidad, Elisabeth era quien se encargaba tanto del mantenimiento como de la catalogación de las colecciones del museo, cada vez más numerosas. Además, su modestia ayudaba poco a darla a conocer. Cuando en una ocasión el editor de la revista ‘Yankee’ le pidió que escribiera un artículo sobre ella y su trabajo, le contestó: «Mi trabajo con las arañas es muy técnico y de poco interés para un profano; además, soy una persona muy sencilla y práctica».
La labor monótona que suponía conservar la colección de arácnidos, sin embargo, hizo que su carrera fuera extraordinaria por su capacidad para distinguir detalles de los especímenes. Durante más de 50 años, todas las semanas pasaba tres días en una oficina impecable del cuarto piso del museo revisando en qué especímenes faltaba alcohol para evitar que se dañaran o poniendo etiquetas con su menuda letra. «Es un trabajo tedioso y desagradable, pero hay que hacerlo. El año que se lo dejé a una estudiante, a mi vuelta estaba a medio terminar», escribiría a una amiga en 1941. «Todo aquel que utilice colecciones de arañas debe comprender que lo que algunos llaman meticulosidad es fundamental para mantener el buen estado», aseguraba a sus conocidos y familiares.
Un faro y un microscopio defectuoso
No solo dedicaba incontables horas a esta tarea de conservación, también elaboraba extensos catálogos de especies. Ante la escasez de recursos que le proporcionaban, durante muchos años se tuvo que apañar para su investigación con un faro de un coche modificado que tenía enganchado a una batería y un microscopio defectuoso, pese a lo cual logró tener una gran reputación internacional. Con ese equipamiento, pasaba días y días observando los órganos reproductores de las arañas –el equivalente a su huella dactilar–, para distinguir unas de otras. Luego escribía las descripciones en cada frasco, asegurándose de que la fecha y el lugar de captura fueran exactos. En un museo que era un entorno dominado casi exclusivamente por hombres, Elizabeth se ganó su lugar con una precisión técnica que era superior a la de muchos de sus colegas.
Uno de los catálogos más conocidos es el que dedicó a describir arañas de Jamaica y Puerto Rico, además de las de su natal Nueva Inglaterra. Siempre que podía se apuntaba a expediciones organizadas para naturalistas y aficionados, casi todas en condiciones bastante precarias, que la llevaron a estos lugares del Caribe y también por Cuba, Barbados, Antigua o Florida. Estaba interesada en observar las diferencias entre las arañas de las islas y las del continente. Por supuesto, también recorría los alrededores de su ciudad, siempre cargada con sus redes y unos cuantos frascos con alcohol en los que conservaba sus hallazgos. Todos estos viajes se los tenía que financiar con sus fondos personales porque nunca recibió ayudas del museo.
Tras estos viajes, describía decenas de especies nuevas, muchas de colores vibrantes, otras que destacan por su rapidez de movimiento o por rarezas nunca antes vistas: encontró algunas que habían evolucionado de forma distinta según la isla de la que fueran. Por sus hallazgos, hoy existen los géneros Bryantella y Bryantina, que agrupan a las arañas saltarinas que estudió a fondo. Ambos tienen referencias a su apellido.

Además de su labor científica, Elizabeth apoyó a muchas jóvenes interesadas en carreras científicas a través de Sigma XI, la sociedad para ciencia e ingeniería a la que perteneció. Como no siempre podía viajar, había desarrollado una extraordinaria red de corresponsales internacionales que le enviaban paquetes con arácnidos que ella clasificaba. Eran coleccionistas, estudiantes y profesores de todo el mundo. A los coleccionistas principiantes, ella misma les sugería donde podían localizar ejemplares; y con los profesores experimentados se intercambiaba especímenes; a menudo corregía sus errores de clasificación y otras muchas veces una consulta inicial daba lugar a una colaboración que duraba décadas.
Elizabeth Bangs Bryant nunca se casó. Dedicó toda su vida exclusivamente a la ciencia. Algunos la llamaban cariñosamente ‘Reina Victoria’, en alusión a su edad, sus modales y su origen aristocrático. Aunque gran parte de su trabajo era solitario, mantenía una estrecha amistad con Elisabeth Deichmann, conservadora de invertebrados, con quien colaboró estrechamente durante muchos años.
Se jubiló oficialmente en 1950, pero continuó trabajando en las colecciones hasta su muerte, que tuvo lugar a los 77 años, el 6 de enero de 1953, en la misma ciudad que nació. Su extensa colección y todo su legado fue donado a la institución.
Pocos días antes de su muerte, su colaborador y sucesor, Arthur Chickering, le envió una nota de agradecimiento por su apoyo que refleja la huella que dejó: “Estoy convencido de que su dedicación a sus estudios y su labor como conservadora del Museo serán recordadas durante mucho tiempo como un modelo y una inspiración. Mi vida se ha enriquecido gracias a mi relación con usted; me ha inspirado su orden y su meticulosidad”, le escribió.
La trayectoria de Elizabeth Bangs Bryant es un ejemplo más del trabajo realizado por muchas mujeres en colecciones de historia natural durante la primera mitad del siglo XX, cuando no había puestos de trabajo disponibles para ellas. Su colección de arañas sigue siendo valiosa para estudiantes e investigadores en la actualidad.
Referencias
- Andrea Shea, Meet Elizabeth Bangs Bryant, A Victorian-Era Spider-Woman Being Celebrated At Harvard, wbur, 7 mayo 2021
- Reed Gochberg, Elizabeth Bangs Bryant. Brief life of an underappreciated arachnologist, Harvard Magazine, 2021
- Elizabeth Bangs Bryant, Wikipedia
Sobre la autora
Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional.