El supuesto sexo del cerebro

Las cosas pueden parecer innatas y biológicas cuando en realidad están tejidas por nuestra forma de vida.

Angela Saini. SINC (ver [6]).

La cuestión de si existe un cerebro femenino y otro masculino es desde hace largo tiempo objeto de encendidos debates, lo que pone de manifiesto el notable interés que el tema encierra. La neurociencia es, de hecho, un terreno magníficamente abonado para reflejar la pujanza de las nuevas ideas que durante los últimos años han brotado en sus diversos foros, y que han alcanzado no solo a la comunidad científica sino también a la opinión pública en general.

A finales del siglo XIX, mucho antes de que se concibiera la resonancia magnética nuclear y otras novedosas técnicas, la principal diferencia medible entre los cerebros de hombres y mujeres era su peso (valorado evidentemente en las autopsias). Como el cerebro femenino pesaba, en promedio, unos 150 gramos menos que el masculino, el clan oficial de científicos declaró que ellas debían de ser menos inteligentes.

Lise Eliot.

La defensora de los derechos de la mujer, Helen Hamilton Gardener (1853-1925), se enfrentó a los expertos de entonces con el argumento de que la relación entre el peso (o tamaño) cerebral respecto al corporal tenía que ser más relevante para la inteligencia que el peso en sí mismo. Apelaba a un ejemplo elemental, al colegir que de lo contrario, «un elefante podría pensar mejor que cualquiera de nosotros». Gardener se acercaba a una idea y base analítica correcta. «Cuando se corrige por tamaño cerebral, la mayoría de las diferencias entre sexos desaparecen o se reducen mucho», apuntaría en ese sentido Lise Eliot, neurocientífica de la Escuela de  Medicina de Chicago.

En la actualidad, numerosas investigadoras, y también relevantes investigadores, llevan varios años intentando, aunque lentamente, desmantelar lo que consideran mitos acerca de nuestro cerebro. Se trata de creencias pseudocientíficas todavía profundamente enraizadas en la población e incluso en gran parte de la comunidad dedicada a la neurociencia. Quizás uno de los relatos más convincentes en este aspecto es la noción de que los hombres y las mujeres tienen cerebros notablemente distintos y que están programados de maneras diferentes.

Anna North.

En esta línea se encuentra, por ejemplo, tal como ha sintetizado la periodista especializada en temas de género, Anna North, la extendida idea de que las mujeres son peores que los hombres en actividades de computación, lo que explicaría su menor presencia en las carreras de ingeniería. O el que a las niñas, por «naturaleza», les gustan las muñecas mientras que los niños se sienten mucho más atraídos por los camiones. Otro mito afirma que las mujeres son más hábiles que los hombres para realizar varias tareas simultáneamente, debido a que supuestamente en el cerebro femenino el cuerpo calloso (que conecta los dos hemisferios del cerebro) es más grueso en ellas que en los varones. Asimismo, otra particular leyenda casera sostiene que las mujeres tienen mayor capacidad para identificarse con el dolor de otra persona, o sea, muestran más empatía, debido a que aparentemente poseen un número más elevado de «neuronas espejo» (cuya función se cree que es intervenir en la comprensión del comportamiento de los demás).

En este mismo contexto ajeno a lo riguroso, se ha señalado que los hombres son más competitivos que las mujeres o que son claramente más hábiles a la hora de leer un mapa y orientarse. Sin duda que tiene su interés llegar a ese arranque primario del anclaje de credos falsos, pero aceptados por la opinión dominante (no bien informada precisamente).

Angela Saini.

La lista de creencias pseudocientíficas podría ser mucho más extensa. Pero lo que nos interesa destacar aquí es que a menudo no somos conscientes de que ciertos investigadores, y sus voceros más mediáticos, pretenden usar la ciencia para «verificar» añejos estereotipos de género carentes de rigor. La periodista y escritora británica especializada en divulgación de la ciencia, Angela Saini, lo apunta con acierto (ante la pregunta de Sergio Ferrer «¿Se recurre a débiles evidencias científicas para defender ideologías?» en [6]): «[…] La falsa apariencia de respetabilidad científica proviene de usar estudios que coinciden con opiniones y hacen que todo parezca convincente y respetable».

En suma, los modelos de carácter sexista procedentes del mundo académico y apoyados en argumentos definidos como «naturales», popularmente ejercen una poderosa influencia en el pensamiento colectivo, por lo que resultan sumamente difíciles de extirpar. Por eso es urgente contribuir e interferir en los debates para que el público interesado pueda acercarse con certezas y menos prejuicios al extraordinario desarrollo que está  viviendo la neurociencia del siglo XXI. Esto es, hacerlo desde una perspectiva moderna y lo menos sesgada posible.

La presencia de las hormonas sexuales

Los estudios dedicados a profundizar en el análisis de las supuestas semejanzas y diferencias entre el cerebro femenino y el masculino, se han basado desde mediados del siglo XX en una persistente visión centrada en las hormonas sexuales. Dado que en ambos sexos éstas juegan un papel en el desarrollo cerebral, la existencia de dos cerebros distintos se ha pretendido asumir como un hecho demostrado y por tanto indiscutible.

Durante largas décadas se han venido publicado trabajos que muestran que las hormonas sexuales afectan al cerebro, y que debido a ello existen algunas diferencias entre hombres y mujeres. Estos resultados, científicamente probados, han sido, sin embargo, tan sobrevalorados que durante más de medio siglo han abonado una tesis que acabó por convertirse en incuestionable. Se trata de la llamada teoría de organización del cerebro.

Su argumento es el siguiente: ya desde que empieza la vida en el útero materno,  nuestro organismo está bañado solo de dos formas posibles por hormonas que determinarán el sexo del cuerpo y también del cerebro. Esta exposición hormonal inicial se convierte en neurológicamente fija, confiriendo a nuestras vidas un destino binario. Los estudios del psicólogo británico y profesor de la Universidad de Cambridge, Simon Baron-Cohen y su equipo, se citan a menudo para sostener la teoría de que los cerebros humanos están organizados de manera distinta en los hombres y en las mujeres.

Desde que fue propuesta a comienzos de la década de 1950, la teoría de la organización del cerebro ha sostenido que las hormonas sexuales masculinas y femeninas son antagónicas, incluso a pesar de que ya desde 1927 existían evidencias de que los hombres y las mujeres poseían ambos conjuntos de hormonas, y que éstas tenían funciones que se extendían mucho más allá del sexo y la reproducción.

En la actualidad, son cada vez más los expertos que muestran dudas sobre el efecto que puedan tener las primeras hormonas prenatales en la organización del cerebro humano. O lo que es lo mismo, ponen en tela de juicio que las pequeñas diferencias hormonales detectadas posean validez suficiente como para generar dos tipos de cerebro.

Daphna Joel.

En este contexto, diversas investigaciones realizadas en conejillos de india con el fin de identificar los mecanismos mediante los cuales las hormonas podrían conferir «sexo» al cerebro, no han mostrado resultados positivos. En consecuencia, investigadores como la profesora de la Universidad de Tel-Aviv, Daphna Joel, argumentan que las diferencias sexo/género detectadas no son suficientes como para concluir que el cerebro humano pertenezca a dos categorías distintas.

El problema se complica porque, al contrario de lo que ocurre entre los genitales donde siempre se han reconocido diferencias categóricas, la cuestión de hasta dónde alcanzan esas categorías en la biología humana aún no se ha resuelto. En el caso de la neurociencia, la distinción entre dos cerebros sexualmente dimórficos solo sería posible si hubiese un solapamiento muy pequeño y constante de formas y estructuras. Es decir, si un cerebro tuviera solo «estructuras femeninas» y el otro solo «estructuras masculinas», con caracteres comunes muy escasos. Pero la situación no parece ser esta.

El debate, además, se vuelve más candente debido al elevado interés social que genera la cuestión, ya que la presencia de órganos masculinos y femeninos distintos se ha utilizado con excesiva frecuencia para probar que los humanos pertenecen a dos categorías desiguales. La ciencia justificaría entonces el que los hombres y las mujeres no reciban el mismo trato.

Los largos tentáculos de una arraigada teoría

El profundo calado del modelo de organización binaria del cerebro humano, insistimos, pese a los escasos datos que lo sostienen, queda reflejado en escritos y trabajos que todavía hoy se publican y gozan de notable popularidad. Nos parece de interés traer a la palestra algunos ejemplos con la intención de contribuir a desenmascarar estereotipos de género a los que la ciencia no es inmune, a pesar de sus propósitos de objetividad.

Cordelia Fine.

Valga señalar el libro escrito por el médico y psicólogo norteamericano Dr. Leonard Sax, Porqué el género importa (Why Gender Matters), publicado en febrero de 2006 y que se convertiría en un hito de considerable impacto. En opinión de diversos expertos, como la doctora en psicología, escritora y profesora de la Universidad de Melbourne, Cordelia Fine, se trata de un libro bochornoso que presenta como un hecho el que «las chicas y los chicos deben ser criados y educados de manera diferente debido a la existencia de diferencias sexuales mentalmente programadas en el cerebro».

Los argumentos defendidos por L. Sax pretenden, en suma, justificar que las desigualdades sexuales, reales y biológicamente programadas, son importantes para la educación de los jóvenes. Con tales razones se enfrenta radicalmente al modelo sostenido por enfoques docentes y sociales que desde hace más de veinte años defienden que el comportamiento de las chicas y los chicos es principalmente el resultado de la educación recibida por sus padres y maestros, junto al clima de libertades y equidad en derechos contenidos en su entorno.

Haciendo caso omiso a la larga experiencia de esos numerosos profesores que sostienen que en la enseñanza debe ser la misma para todos, Leonard Sax defiende la educación separada por sexos, de una manera claramente reaccionaria y poco rigurosa. Según han denunciado numerosos autores, lo más preocupante de libros como el de Sax es la enorme difusión que alcanzan, dada la proclividad a sostener el statu quo en sociedades heterogéneas.

En esta misma trinchera, recientemente el ex ingeniero de Google, James Damore, escribió unas memorias sugiriendo la existencia de razones biológicas que explican por qué las mujeres no están lo suficientemente representadas en las carreras de ingeniería. Este graduado en biología y programador de 26 años, citaba en 2017 artículos de Wikipedia y de ciertas instituciones que sostienen, en base a supuestas diferencias «naturales» entre hombres y mujeres, que éstas tienen más interés en las personas que en las cosas, poseen mejores habilidades sociales, son más propensas a altos niveles de ansiedad y tienen menos tolerancia al stress que los hombres.

Argumentos como los citados constituirían, según Damore, motivo por el cual encontramos menos ingenieros, programadores, jefes de proyecto o directivos mujeres. El mayor problema de este joven biólogo es que, al analizar su trayectoria, se ha detectado que realizó sus investigaciones en dirección inversa: primero llegó a una conclusión y después buscó gráficos, supuestas evidencias y puntos de vista científicos que se acomodaban a sus alegatos.

Damore aplicó una técnica presente cada vez más a menudo en medios de comunicación que defienden políticas extremistas o duras, buscando generar situaciones de polarización social. Mediante la manipulación conveniente de datos verdaderos se consigue enmascarar la realidad y producir noticias falsas con apariencia de sucesos acaecidos.

Según ha expresado Eduardo Arcos, director de Hipertextual, «el manifiesto publicado por James Damore es un documento lleno de mentiras y manipulaciones basado en un discurso que pretende perpetuar el machismo en el ecosistema tecnológico». En julio de 2017, continúa Arcos, Damore contaminó la frágil discusión de la diversidad en Silicon Valley, el lugar donde sucede la mayor cantidad de innovación en el planeta, pero donde las mujeres y las minorías siguen sin tener participación o representación suficiente. En agosto de 2017 Damore fue despedido de Google.

Kimberly Hamlin .

La profesora de American Studies en la Universidad de Miami, Kimberly Hamlin, ha apuntado que libros como el de Leonard Sax o relatos como las memorias de Google la llevaban a retrotraerse a hace más de un siglo, puesto que utilizan los mismos argumentos sobre las capacidades de las mujeres (about women’s abilities) para insistir en que debido a causas «naturales» hay pocas mujeres en la ciencia y en la tecnología. Se trata de razonamientos, indica esta científica, que resultan mucho más fáciles de entender y aceptar que otras  causas más complejas.

Queremos terminar insistiendo en la presencia dentro de la neurociencia de un amplio colectivo de mujeres científicas que lleva ya varios años organizando un movimiento de vanguardia en un esfuerzo por denunciar y eliminar los diversos estereotipos de género que lastran supuestas teorías científicas.

En próximas entradas, pretendemos adentrarnos en la obra de estas expertas, recordando las acertadas palabras de Angela Saini: «Si los estudios parecen sexistas, quizá es porque lo son. No cabe esperar que el arraigado prejuicio que ha mantenido a las mujeres alejadas de la ciencia durante siglos no haya afectado a la sangre y los huesos de la ciencia, en el pasado y en la actualidad».

Referencias

  1. Denworth, Lydia (2017). «¿Existe un cerebro femenino?» Investigación y Ciencia. Noviembre 2017, 32-37
  2. Eliot, Lise (2009). Pink Brain, Blue Brain: How Small Differences Grow into Troublesome Gaps and What We Can Do About It. Houghton Mifflin Harcourt.
  3. Joel, Daphna and Cordelia Fine. It’s time to celebrate the fact that there are many ways to be male and female. The Guardian, 1 diciembre 2015
  4. North, Anna. 5 Myths about the Female Brain. Jezebel, 9 enero 2010
  5. Saini, Angela (2018). Inferior. Cómo la ciencia infravalora a la mujer y cómo las investigaciones reescriben la historia. Círculo de tiza
  6. Sergio Ferrer, “Nada en nuestra biología permite decir que la igualdad de género es imposible”, SINC, 28 marzo 2018

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

9 Comentarios

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Mariano SánchezMariano Sánchez

Artículo de alto interés. No soy médico ni científico. Tan sólo alcancé estudios primarios, pero es un tema que desde temprana edad (ya cumplí los 78) me ha preocupado por su controversia. Mi creencia siempre ha sido que la diferencia, si es que la hay, más allá del peso y tamaño está en la educación social y cultural, siempre que ambos sean cerebros libres de patologías condicionantes.
Salvo mejor saber y opinión que serán legión.

Carolina Martínez PulidoCarolina Martínez Pulido

Buen comentario, Mariano. Gracias. En este tema que es muy complejo y no hay consenso entre los científicos, lo que parece cierto es que nuestros cerebros ofrecen algunas diferencias, pero no suficientes como para que existan dos tipos distintos, femenino y masculino. La educación y el medio ambiente en que crecemos tienen una gran influencia, y los sesgos sexistas son enormes. Contra esos estereotipos inculcados tenemos que luchar para alcanzar la igualdad.
Un cordial saludo.
Carolina

Beatriz

Gracias por este interesante artículo, Carolina. Es muy necesario desmontar esa gran construcción en torno a las diferencias biológicas entre mujeres y hombres, en el caso de este artículo, respecto al cerebro.
Quiero añadir que bajo el discurso que resalta las diferencias entre mujeres y hombres subyace otro que sugiere diferentes oportunidades. Hace falta poner también en primera línea este implícito: sean grandes o pequeñas las diferencias entre los cuerpos de las personas.
Haya o no diferencias entre nuestro cerebro, nuestra grasa corporal, nuestra altura, nuestros pechos o nuestros músculos, o los órganos diseñados evolutivamente para mantener la especie, todas las personas tenemos los mismos derechos y deberíamos contar con iguales oportunidades.

Carolina Martínez PulidoCarolina Martínez Pulido

Me alegra que te haya gustado el artículo, Beatriz. A mi me gusta tu comentario. Es cierto lo que dices: aunque existan mayores o menores diferencias entre las personas, esas diferencias no tienen ningún valor jerárquico. Sin embargo, me parece muy necesario denunciar, todas las veces que haga falta, que a lo largo de la historia, las diferencias entre hombres y mujeres se han pretendido usar para justificar la inferioridad “natural” femenina. El resultado ha sido una ciencia que produce modelos profundamente sexistas que tenemos que corregir entre todas y todos.
Un cordial saludo
Carolina

Carolina Martínez PulidoCarolina Martínez Pulido

Hola a los lectores de esta entrada,
Soy Carolina Martínez Pulido,autora del artículo sobre El supuesto sexo del cerebro. Quiero manifestar que lamento mucho no haber citado en este trabajo a Sergio Ferrer, quien realizó una interesante entrevista a Ángela Saini, y por una omisión despitada no lo he citado en mi artículo. Lo tengo en mis notas y soy totalmente consciente de su entrevista y del interés que esta tiene. Fue un fallo no haber incluido su nombre y su trabajo, me escandaliza usar el esfuerzo de otros compañeros gratuitamente. En fin, solo me queda pedir disculpas y agradecer a la editora del blog por la corrección.
Un cordial saludo,
Carolina Martínez Pulido

Annette Kreuz

No nos conocemos, y eso, después de leer su artículo y su comentario, me parece personalmente una lástima , profesionalmente no la perderé de vista. Enhorabuena Annette Kreuz Directora Centro Fase 2 Terapeuta Familiar

Carolina Martínez PulidoCarolina Martínez Pulido

Hola Annette.
Comentarios como el tuyo nos dan muchos ánimos. Un montón de gracias y espero que sigamos en contacto.
Un cordial saludo
Carolina

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