Neurocientíficas ante el sexo del cerebro

Aunque apenas pesa un kilo y medio y cabe en una mano, el cerebro es todo un universo.

Javier de Felipe

Los estudios sobre las diferencias sexuales en el cerebro están impulsando una época de efervescente actividad en el ámbito de la neurociencia, el campo que estudia nuestro sistema nervioso en todos sus aspectos. En los últimos años, un colectivo de vanguardia, en el que participan numerosas mujeres altamente especializadas, está desarrollando importantes, novedosas y atractivas líneas de investigación que tienen, entre otros objetivos, desterrar los numerosos estereotipos de género que han impregnado esta disciplina científica.

Las publicaciones más convencionales sobre las diferencias sexuales en el cerebro han proyectado la existencia de dos tipos de cerebro mutuamente exclusivos: uno «masculino» y otro «femenino». Algo equivalente a lo que ocurre, por ejemplo, con los genitales. Se trata de una noción que está siendo discutida cada vez por más especialistas, sobre todo debido a que los resultados recientes ponen de manifiesto que hay un claro solapamiento entre las características del cerebro de las mujeres y de los hombres.

En suma, sin negar la existencia en función del sexo de ciertas diferencias anatómicas en determinadas áreas cerebrales, parece claro que éstas son insuficientes como para dividir a los humanos en base a dos categorías cerebrales. Por el contrario, expertos y expertas en el tema consideran que ya no tiene sentido hablar de cerebro femenino y masculino: hoy lo prioritario es centrar la atención en la enorme variabilidad y plasticidad de nuestro órgano más complejo.

El debate sobre la noción de «cerebro femenino» y «cerebro masculino»

En el año 2010, salía a la luz un libro que ha tenido un notable impacto en la neurociencia actual. Bajo el título: Brain Storm: The Flaws in the Science of Sex Differences (Tormenta cerebral: Los fallos de la ciencia sobre las diferencias sexuales), su autora, la respetada profesora de Estudios de las Mujeres del Barnard College (Barnard College in New York), Rebecca Jordan-Young, siembra serias dudas sobre los numerosos trabajos publicados a lo largo de casi un siglo donde se afirma que los cerebros humanos están organizados de manera distinta en los hombres y en las mujeres.

Analizando el enorme cuerpo de literatura neurocientífica que ha visto la luz desde la década de 1920 hasta 2010, Rebecca Jordan-Young, doctorada en ciencias médicas, ha realizado una excelente labor de investigación. Con notable meticulosidad, la investigadora ha examinado innumerables artículos, libros y otros trabajos, tanto especializados como con fines divulgativos, que esgrimen los más variados argumentos en apoyo de las convencionales diferencias existentes entre el cerebro masculino y femenino. Además, la científica no solo dedicó años a indagar en cientos de estudios comparando métodos y resultados, sino que también entrevistó a casi dos docenas de figuras líderes en este ámbito.

En diversas conferencias, Rebecca Jordan-Young ha declarado que desde hacía ya un tiempo sospechaba que la mayor parte de la investigación científica sobre el sexo del cerebro era incorrecta, y fueron precisamente esos recelos los que la impulsaron a escribir su libro. La estudiosa tenía conciencia de que algo no funcionaba y desafinaba en estas investigaciones; por ejemplo, podía verificar que esos estudios que se utilizaban como base de lo publicado, de hecho se contradecían unos a otros, ya que no tenían los controles adecuados y, además, sus resultados parecían débiles e inconsistentes.

En definitiva, la «teoría de la organización del cerebro» estaba ampliamente aceptada con el fin de demostrar que debido a la exposición a ciertas hormonas prenatales, el cerebro se diferencia en sexualmente femenino o masculino. Una interpretación que según R. Jordan-Young, se apoyaba en cimientos muy poco sólidos. Las señales de alarma insinuando una clara falta de rigor científico, convenció a la investigadora de que debía indagar en el tema e intentar hacer algo al respecto.

Rebecca Jordan-Young.

En una interesante reseña del libro de Rebecca Jordan-Young, la profesora de Sociología del Trinity College y experta en Women’s & Gender Studies, Alyson K. Spurgas, elogia la rigurosa manera en la que Jordan-Young fue capaz de demostrar con lucidez que casi todos los experimentos llevados a cabo por los defensores de la teoría de la organización del cerebro, simplemente «no se ajustan a los estándares científicos de fiabilidad y validez». Con una «precisión devastadora», continúa Spurgas, Jordan-Young expone que «los estudios no miden las mismas variables o comparan las mismas poblaciones, y debido a estas cuestiones de definición y medición, igual que a los poco cuidados diseños en los «modelos», no ofrecían nada más que una pose folklórica carente de evidencia empírica».

En esta reseña, Alyson Spurgas concluye que Brain Storm, que representa el resultado de más de una década de investigación y análisis, «es una crítica feroz y veraz con capacidad para aniquilar una idea que ha estado tan firmemente entrelazada en nuestro pensamiento colectivo que llegó a ser considerada como un hecho indiscutible de la vida».

Por su parte, la editora científica Sara Lippincott, también ha publicado un interesante artículo sobre el libro de Rebecca Jordan-Young, donde apunta sin tapujos que «en su exhaustiva revisión de la bibliografía existente, la investigadora ha encontrado una mezcla de muestras demasiado pequeñas, controles inadecuados, datos conflictivos y conclusiones extravagantes, sacando a la luz investigaciones con demasiados fallos escondidos detrás de la teoría de organización del cerebro».

Lippincott relata asimismo que en su libro Jordan-Young apuntaba que las investigaciones sobre la organización del cerebro humano están confinadas a «cuasi-experimentos». Esto significa (simplificando en gran manera), que mientras es posible bombear hormonas en el cerebro de una rata y observar lo que sucede, no se puede hacer tal cosa con las personas. Los investigadores deben por tanto «obtener sus datos de forma no invasiva, y al mismo tiempo han de extremar su rigurosidad».

En este contexto, Jordan-Young escribe que estaba muy interesada «en averiguar cómo los científicos resolvían el problema de medir algo tan complejo como la sexualidad o el género, de manera que […] pudieran asociarse con la estructura del cerebro o con la exposición a las hormonas». Igualmente, la científica destaca que «lo significativo no es si el efecto de las hormonas es o no “real”. Éstas figuran en el desarrollo humano de diversas maneras importantes, incluyendo el proceso neuronal». Lo destacable era conocer si tenían suficiente poder como para generar dos tipos de cerebros distintos.

Según Jordan-Young: «El problema está en la forma en que la teoría sobre la organización del cerebro […] atribuye una especificidad no real y permanente a los efectos de las hormonas prenatales, así como a la inevitable uniformidad de las diferencias sexuales, algo que se ha demostrado falso […]. Incluso en las ratas, la exposición a las primeras hormonas (o las hormonas prenatales) no genera unos cimientos sólidos que indiquen que el comportamiento debe permanecer para siempre».

La conclusión de Brain Storm es evidente, apunta Lippincott, «las historias estándar sobre cerebro femenino y cerebro masculino han quedado obsoletas y no son científicas; a menudo incorporan asunciones sin fundamento sobre cómo y cuando surgen las diferencias, y dan saltos prematuros que llevan, por ejemplo, a conclusiones firmes a partir de pequeños y no repetidos estudios».

La reseña de esta conocida editora, termina afirmando que «el libro de Jordan-Young añade peso a la literatura científica que gradualmente se está acumulando sobre este tema. [Muestra] que los argumentos sobre un cerebro femenino distinto son cada vez más débiles». Y concluye: «Este libro es una visión refrescante y sensata ante el comportamiento de un área de la ciencia que quizás no es tan empírica como debería ser».

Alyson K. Spurgas, Sara Lippincott y Margaret McCarthy.

Llegados a este punto, nos parece de interés traer a colación una diferente opinión formulada por la profesora de Farmacología y Psiquiatría de la Universidad de Maryland, Margaret McCarthy. Esta especialista considera al libro de Rebecca Jordan-Young, Brain Storm, notablemente problemático sobre todo por la forma en que refleja cómo los científicos estudian las diferencias sexuales en el cerebro y cómo presenta el estado actual de la cuestión.

Y este no es el único aspecto que la profesora Margaret McCarthy reprocha a Jordan-Young. Hace también otra recriminación al señalar que el libro «presta poca atención a los numerosos estudios sobre animales llevados a cabo desde los años 50, negando a sus lectores la presentación de la enorme evidencia existente sobre las correlaciones entre cerebro y comportamiento. Correlaciones que muy bien podrían ser el resultado de efectos organizadores de hormonas esteroideas».

En este contexto, McCarthy expresaba enfáticamente: «Hay pruebas irrefutables de que existe una base biológica para las diferencias entre los sexos en el cerebro, que se extiende desde los animales a los humanos». Sin embargo, igualmente reconoce las dificultades que encierra aplicar la teoría de organización del cerebro a los seres humanos. De hecho, explicita lo controvertido y difícil de la cuestión dada la imposibilidad de llevar a cabo en las personas los mismos tipos de experimentos que han clarificado y validado la teoría en otras especies. Además, según esta profesora, «el origen de las diferencias es más complejo en los humanos que en los animales, ya que en éstos no se lidia con el género, es decir, no están condicionados por el conjunto de atributos psicológicos, culturales y sociales del sexo».

Con todo, M. McCarthy, admite que «Jordan-Young revisa de manera sistemática, seria y atractiva, los desafíos y dificultades que acarrea el tratar la diferenciación sexual del cerebro humano». Y señala que éste es, según su criterio, uno de uno de los aspectos más sólidos del libro. «El comportamiento humano es complejo y a menudo no exhibe diferencias sexuales marcadas o categóricas como han sido identificadas en algunos casos en otras especies», argumentaba en su reseña.

Finalmente, Margaret McCarthy admite que «si se considera el contexto amplio de los estudios biológicos sobre las diferencias sexuales en el cerebro y el comportamiento en humanos, las preocupaciones de Rebecca Jordan-Young están bien fundadas. Es realmente difícil confirmar actualmente qué factores biológicos o ambientales, provocan las diferencias sexuales documentadas en el cerebro humano».

Queremos subrayar que aquí solo hemos incluido unas pocas reseñas, como ejemplos, del libro de Rebecca Jordan-Young. Pero es interesante tener presente que la publicación de Brain Storm ha tenido un enorme eco, y el número de comentarios y respuestas que ha generado ha sido notablemente elevado.

Otros trabajos con objetivos similares

Vale la pena recordar en este breve apartado, el libro escrito por Lise Eliot, neurocientífica de la Escuela de  Medicina de Chicago, Pink brain, blue brain (Cerebro rosa, cerebro azul), publicado en 2009. La autora ha dedicado décadas de exhaustiva investigación a estudiar la plasticidad del cerebro.

Lise Eliot llega en su libro a la conclusión de que este órgano es tan maleable que las pequeñas diferencias que existen cuando una criatura nace, se van amplificando considerablemente con el paso del tiempo. Los padres, maestros y el ambiente socio-cultural, refuerzan y consolidan estereotipos de género a los que se tiende a considerar innatos e inmutables. «Olvidamos que las diferencias dentro de cada sexo –tanto en las niñas como en los niños– son normalmente mayores que las existentes entre los sexos», subraya L. Eliot. En respuesta al entorno, apunta, la flexibilidad del cerebro produce más diferencias de comportamiento entre sexos que la propia programación biológica.

Por su parte, la profesora de Neuroimagen Cognitiva de la Universidad de Aston, Reino Unido, Gina Rippon, junto a otros investigadores, también ha llamado la atención sobre la plasticidad del cerebro. A partir de la interpretación de numerosos test de imágenes, esta investigadora señala que desde la infancia tanto los hombres como las mujeres están moldeados con expectativas de género, y de acuerdo con esas expectativas desarrollan habilidades y tendencias de comportamiento.

Rippon sostiene que precisamente los comportamientos aprendidos podrían ser literalmente los responsables de los cambios de forma de ciertas estructuras del cerebro, de la misma manera que memorizar las calles de Londres altera la estructura física del hipocampo asociadas con la memoria de los taxistas.

Lise Eliot, Gina Rippon y Eleanor A. Maguire.

La científica está haciendo referencia a un interesante estudio publicado en 2006, por la profesora de Neurociencia Cognitiva, Eleanor A. Maguire y sus colaboradores del Institute of Neurology, University College London. Estos investigadores consideran que los seres humanos tienen una marcada capacidad para usar los conocimientos espaciales adquiridos. Llegan a esta conclusión tras analizar mediante imágenes un aumento del volumen de materia gris del hipocampo (que se supone relacionado con la memoria y el aprendizaje) de los taxistas, tras años de circular por una gran ciudad como Londres.

El resumen aquí expuesto solo pretende poner de manifiesto la enorme complejidad de nuestro cerebro y las incuestionables dificultades con que se enfrentan quienes se dedican a su estudio. En este sentido, nos parece bastante acertada la reflexión hecha por la profesora Margaret McCarthy: «Si buscáramos una buena especie entre todos los vertebrados para tratar de afirmar los principios básicos que subyacen a las interrelaciones entre hormonas y cerebro y diferencias sexuales, seguramente no escogeríamos a Homo sapiens». Una inquietante duda para toda tribu de deterministas biológicos.

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

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