¿Cerebro femenino, cerebro masculino?

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Las mujeres necesitan a la ciencia tanto como la ciencia necesita a las mujeres.

Helen H. Gardener
H. H. Gardener
Helen Hamilton Gardener.

Helen Hamilton Gardener nació el 21 de enero de 1853 en Virginia, Estados Unidos. Durante su infancia y juventud recibió una excelente educación y demostró un gran interés por la ciencia. Tras terminar sus estudios en la Escuela Normal de Cincinnati, trabajó como maestra durante dos años. Posteriormente, en 1880, se trasladó junto a su marido a Nueva York donde asistió a clases de biología en la Universidad de Columbia como alumna libre. A partir de entonces comenzó una fructífera carrera jalonada de varios libros, numerosos artículos y conferencias.

Tras sus estudios universitarios, Gardener adquirió un intenso compromiso con el feminismo activo y se implicó profundamente en la lucha contra el sometimiento de las mujeres. Se definió a sí misma como una persona agnóstica y luchó contra la doble moral sexual de la iglesia. Al igual que otras defensoras de los derechos femeninos de finales del XIX, Gardener consideraba que la ciencia era una parte vital de sus argumentos y una herramienta importante para sus avances en la lucha por la igualdad.

La publicación del libro de Charles Darwin El origen del hombre (1871), con sus reiteradas afirmaciones sobre la superioridad masculina, llevaron a que la generalidad de los lectores asumieran que la teoría evolutiva era inherentemente misógina. El marcado sesgo sexista del libro despertó entonces una encendida respuesta por parte de las llamadas feministas darwinianas, defensoras de la evolución biológica y de la igualdad entre los sexos. Las más perspicaces se dieron cuenta de que en realidad la nueva teoría contribuía a la lucha de las mujeres por alcanzar sus derechos, incluso aunque su autor no lo pretendiera.

Como es ampliamente conocido, la evolución biológica desafió el relato bíblico del Génesis y dio comienzo a un camino sin retorno que acabó separando el estudio de los organismos vivos de la narración religiosa. Aplicada a la evolución humana, la teoría darwiniana ofreció, junto a un vocabulario innovador, una manera radicalmente nueva de pensar las diferencias entre los sexos: los seres humanos no eran producto de una creación especial, sino el resultado de un proceso evolutivo, al igual que el resto de los organismos vivos.

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La líder feminista Alice Paul y Helen Hamilton Gardener (1908-1915).

Las mujeres, tras innumerables generaciones oyendo que el Génesis representaba una explicación indiscutible sobre la subordinación femenina, estuvieron rápidas para abrazar este nuevo paradigma científico. La teoría evolutiva las liberaba de la «costilla de Adán» y del «legado de Eva». Tomando como ejemplo la aplicación del método científico de Darwin, aprendieron a desconfiar del dogma, la tradición y la ortodoxia y, en su lugar, empezaron a ver el mundo que las rodeaba con una mirada fresca y crítica, exigiendo evidencias verificables para todas las supuestas verdades que se les brindaban. Las feministas darwinianas tomaron conciencia de que sus derechos y la evolución biológica debían avanzar de la mano en su batalla contra los prejuicios y la intolerancia.

Helen Gardener formó parte de aquellas agudas lectoras que reconocieron que el cambio desde la creación divina a la evolución biológica y desde la fe a la observación científica ofrecía prometedoras posibilidades a las mujeres. Optó por el feminismo evolutivo y se involucró profundamente en los esfuerzos por resolver cuestiones sobre las diferencias biológicas entre los sexos. Se especializó en el estudio del cerebro humano y en 1888 publicó uno de sus artículos más conocidos, titulado «Sexo y cerebro».

Como feminista de la generación que vivió el cambio del siglo XIX al XX, Gardener se fijo una meta a la que se dedicó con pasión: demostrar que las diferencias físicas entre mujeres y hombres no indican ninguna clase de inferioridad mental o de otro tipo. Su lucha, que fue larga e intensa, alcanzó un gran eco por su enfrentamiento con un prominente médico, el neurólogo norteamericano William A. Hammond (1828-1900) que defendía con vehemencia la superioridad del cerebro masculino frente al femenino.

A través de sus investigaciones sobre desórdenes de tipo nervioso, Hammond se había convencido de la existencia de un estrecho vínculo entre la educación femenina y el colapso mental. Aseguraba haber observado que «muchas jóvenes mujeres, cuyo sistema nervioso estaba exhausto, se habían vuelto irritables debido a una intensa aplicación al estudio para el cual sus mentes no estaban preparadas». Este influyente médico proclamaba la superioridad intelectual del cerebro masculino sobre el femenino debido a su mayor tamaño y complejidad, y afirmaba que «cuanto más grande es el cerebro mayor es la capacidad mental de un individuo».

Hammond llegó incluso a determinar que el cerebro de las mujeres era distinto, e inferior al de los hombres de diecinueve formas distintas, incluyendo entre ellas menos peso, menos circunvoluciones y una sustancia gris más fina. Según él, estas diferencias en la estructura del cerebro explicaban la incapacidad de las mujeres para alcanzar preeminencia intelectual o profesional. Y concluía que los cerebros femeninos estaban «perfectamente adaptados la función propia de las mujeres en el plan establecido por la naturaleza», esto es la maternidad.

Una clave de los argumentos del neurólogo se apoyaba en una idea contenida en la teoría de la evolución de Darwin según la cual cuanto más avanzada estaba una especie más distintas eran las funciones de hombres y mujeres. Entre los humanos, Hammond decía haber encontrado «el singular hecho de que las diferencias a favor de los hombres se incrementaban con la civilización». Así, si los cerebros de las mujeres evolucionaban para parecerse más al de los hombres, esto significaría un retraso evolutivo.

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Helen Hamilton Gardener con la líder feminista
Carrie Chapman Catt (Casa Blanca, 1920).

Hellen Gardener, junto a otras estudiosas feministas, denunció lo evidente: nadie había demostrado que un cerebro más grande significase más inteligencia. Si el tamaño cerebral indicara la inteligencia, los elefantes deberían dominar a los humanos y las personas gigantes tendrían que gobernar el planeta. También argumentó una obviedad biológica: los cerebros de los hombres eran más grandes porque controlaban cuerpos más grandes.

Otro flanco débil de las tesis del conocido médico era que sus conclusiones sobre los cerebros femeninos carecían del escrupuloso rigor que requiere el método experimental característico de los trabajos científicos. Las evidencias en las que Hammond se apoyaba estaban principalmente fundadas en anécdotas de sus pacientes o relatos transmitidos por sus colegas, en vez estudios de laboratorio o encuestas seriamente interpretadas.

Helen Hamilton Gardener leyó estos comentarios y cogió su pluma. Para ella los argumentos del médico eran particularmente peligrosos porque llevaban consigo la autoridad cultural procedente de un científico nacionalmente respetado. Optó por responderle en las páginas de la revista Popular Science Monthly, generando durante varios meses un agudo de debate en la sección de cartas al director. Gardener objetaba que los métodos del médico eran tan sexistas como sus hallazgos –hallazgos que consideraba cimentados en la «asunción de prejuicios» más que en «hechos científicos y descubrimientos»–.

Como firme defensora de la evolución biológica, Hellen Gardener decidió investigar la osada afirmación que Hammond sostenía impasible: «hay diferencias naturales entre los cerebros de los sexos de la raza humana». Hasta ese momento ningún experto había realizado alegatos similares sobre el cerebro de los «animales inferiores» y por tanto resultaba incongruente que los cerebros humanos se hubieran desarrollado de una manera tan diferente al de las otras especies.

Dado que Hammond había puesto tanto énfasis en el tamaño y en las diferencias estructurales, Helen Gardener eligió una prueba lógica: consultar a los mejores expertos en anatomía cerebral del país si habían notado diferencias entre el cerebro femenino y el masculino. La respuesta no se hizo esperar: era imposible detectar a qué sexo pertenecía un cerebro sólo con observar su anatomía.

En su chispeante enfrentamiento con el médico, Helen Gardener lo desafió a determinar el sexo de veinte cerebros que ella le proporcionaría, prestados a partir de las colecciones de diversos anatomistas con los que la joven había trabajado en distintos hospitales. Hammond no aceptó el desafío. Los argumentos de Gardener resultaron entonces demoledores para el afamado médico: atajaron conjeturas y prejuicios sexistas al tiempo que contribuían a consolidar la idea de que la diferencia entre los logros de hombres y mujeres correspondía a las oportunidades que habían tenido unos y otras, no al volumen de su cabeza.

En su conocido ensayo «Sexo y cerebro» (1888), donde detalla su crítica al sexismo científico, Gardener expuso sus poderosos argumentos sobre las posibilidades y limitaciones de la ciencia en su tiempo. Las mujeres, alegaba, «han considerado a la ciencia como su amigo y aliado» sólo para encontrarse con una «pseudociencia que adopta teorías, inventa estadísticas y publica los prejuicios personales como hechos demostrados».

Para Gardener, la ciencia significaba la interpretación imparcial de los resultados experimentales, y sostenía que numerosos científicos varones simplemente disfrazaban antiguas ideas religiosas sobre la inferioridad femenina con el lenguaje científico moderno. A lo largo de las múltiples ocasiones en que se dirigió al gran público, a través de conferencias, periódicos, revistas, Gardener pedía a las mujeres que estuvieran más informadas y que fueran consumidoras críticas del conocimiento científico, que se cuestionaran sobre lo que leían y que distinguieran a los buenos trabajos científicos de los malos.

Helen Hamilton Gardener y su cerebro. American journal of physical anthropology
Helen Hamilton Gardener y su cerebro (American Journal of Physical Anthropology).

Las contribuciones de Helen H. Gardener, sin embargo, aún fueron mucho más lejos: en 1897 decidió donar su cerebro a la ciencia. Deseaba que éste fuera científicamente diseccionado para demostrar, de una vez por todas, que el cerebro de las mujeres no era estructuralmente, o en cualquier otro aspecto, inferior al de los hombres. Confiaba en la ciencia experimental objetivamente interpretada, y creía que si se estudiaba un cerebro como el suyo –educado, bien entrenado y activo– nadie podría atreverse a sostener una afirmación tan incorrecta como que era inferior al de un hombre.

Cuando Gardener murió en 1925, el Dr. James Papez diseccionó su cerebro y publicó sus exhaustivos resultados en un largo y detallado trabajo en la prestigiosa revista American Journal of Physical Anthropology. Entre numerosos datos, incluyó varias menciones al peso del cerebro de la donante, pero aclaró que «no puede asignarse ningún valor importante únicamente a lo que pesa un cerebro». Evitó, además, realizar ninguna generalización sobre el cerebro femenino o sus capacidades. A lo largo del artículo, el autor se sumaba a las nuevas teorías sobre la importancia del ambiente y la educación para dar forma a la capacidad intelectual humana.

Gardener donó su cerebro en coherencia con su pensamiento: las mujeres necesitan a la ciencia tanto como la ciencia necesita a las mujeres. Su generosa donación representó una seria alternativa al sexismo «científico» y sirvió de apoyo a la contienda que había mantenido durante toda su vida.

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

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