El agitado modelo interpretativo sobre el sexo del cerebro: ejemplos ilustrativos

Esa masa de algo más de un kilogramo que albergamos en el cráneo no es masculina ni femenina.

Daphna Joel
Daphna Joel.

La escritora y periodista científica Lydia Denworth, autora de numerosos libros y con más de veinte años de experiencia, publicaba en la revista Investigación y Ciencia «¿Existe un cerebro femenino?». Este artículo trata del trabajo realizado por la experta en neurociencia y profesora de la Universidad de Tel Aviv, Daphna Joel, quien ha revisado gran parte de la extensa y polarizada bibliografía existente sobre las diferencias sexuales en el cerebro.

La propia Joel explicita que al comenzar su investigación compartía la teoría más extendida popularmente en su especialidad, la cual sostenía que, al igual que las diferencias sexuales producen casi siempre en los vertebrados dos sistemas reproductores, también se producirían dos formas diferentes de cerebro, una femenina y otra masculina. Sin embargo, a lo largo de su extensa revisión bibliográfica Joel descubrió un revelador trabajo publicado en 2001 por Tracey J. Shors, profesora de Behavioral and Systems Neuroscience del Departamento de Psicología de la Universidad de Rutgers, el cual cambió su forma de pensar sobre el tema.

La investigación de Shors y sus colaboradores, publicada en Journal of Neuroscience, demostraba que las características de ciertas neuronas  presentes en el cerebro de los animales podían cambiar desde masculinas a femeninas, o a la inversa, cuando estaban sometidas a un factor estresante durante quince minutos. En esencia, este estudio estaba centrado en un detalle del cerebro de las ratas: las espinas dendríticas, unas pequeñas protuberancias en las neuronas (semejantes a las espinas de las rosas), que regulan la transmisión de las señales eléctricas.

El equipo de Shors ponía de manifiesto que cuando los niveles de estrógeno eran elevados, las ratas hembras tenían más espinas dendríticas que los machos. También descubrieron que, si se sometía a estrés intenso a machos y hembras, mediante una descarga eléctrica en la cola, su cerebro respondía de manera opuesta: mientras que ellos producían más espinas, ellas desarrollaban menos.

La lectura de estos resultados impactó profundamente a Daphna Joel porque contradecía con datos empíricos muy bien analizados la teoría de organización del cerebro aceptada durante décadas por la mayor parte de la comunidad de expertos. Con posterioridad, Joel confesaría a la periodista Lila MacLellan del blog Quartz : «Me di cuenta de que si ciertas áreas del cerebro podían cambiar desde la típica “forma femenina” a la “forma masculina” bajo el efecto del estrés, entonces carecía de sentido hablar de cerebro femenino y cerebro masculino».

A partir de ese hallazgo inesperado, Daphna Joel, tal como relata la autora del artículo de Investigación y Ciencia, Lydia Denworth, en lugar de considerar que existen áreas del cerebro distintas en hembras y machos, empezó a contemplar nuestro cerebro como un mosaico (adaptando un término ya usado por otros autores) conformado por «un surtido variado de rasgos masculinos y femeninos, a veces intercambiables».

Lydia Denworth, Tracey J. Shors y Lila MacLellan.

Esta novedosa perspectiva llevó a la científica a plantear una hipótesis sobre diferencias cerebrales entre sexos que ha suscitado una nueva controversia en el ámbito de la neurociencia, ya de por sí altamente conflictivo en el sentido y alcance de su interpretación.

Un artículo de notable trascendencia: el sexo más allá de los genitales

Junto a colaboradores de la Universidad de Tel Aviv, del Instituto Max Planck de Ciencias Cognitivas Humanas y del Cerebro, en Leipzig, y de otros colegas procedentes de la Universidad de Zúrich, Daphna Joel realizó una serie de estudios a partir del análisis de imágenes de resonancia magnética sobre un elevado número de cerebros humanos. La variabilidad en sí misma y los considerables solapamientos que hallaron entre los datos procedentes de ambos sexos, llevaron al equipo a pensar que los cerebros no pueden agruparse en dos categorías distintas (o dimórficas).

Estos estudios fueron publicados en la prestigiosa revista PNAS (Proceedings of the National Academy of Sciences) en diciembre 2015, en un artículo titulado: «Sexo más allá de los genitales: el cerebro humano en mosaico» («Sex beyond the genitalia: The human brain mosaic»); en ese estudio los expertos daban a conocer los significativos resultados de sus investigaciones. Como explicita en Quartz Lila MacLellan, tras meticulosas comparaciones de los cerebros de más de 1400 hombres y mujeres, analizando su volumen, conexiones, y otras características físicas de la estructura cerebral, habían constatado que la mayor parte de los cerebros estudiados mostraba características tanto masculinas como femeninas.

En otras palabras, los citados análisis de cerebros humanos procedentes de cuatro bases de datos revelaban un extenso solapamiento en la distribución de toda la materia gris, la materia blanca y las conexiones establecidas, tanto en hombres como en mujeres. Dependiendo de la muestra analizada, entre el 23% al 53% de los cerebros individuales contenían una mezcla de rasgos «típicamente masculinos» y «típicamente femeninos», mientras que solo del 0% al 8% de los sujetos tenían cerebros «por completo masculinos» o por «completo femeninos» (Quartz 2017).

Básicamente, el equipo concluía que, pese a estar de acuerdo con que la genética, las hormonas y el ambiente crean variaciones, «todos pertenecemos a una población única y extremadamente heterogénea». Según estos autores, los cerebros humanos están compuestos por una única estructura en «mosaico», algunas más frecuentes en las mujeres en comparación con los hombres, algunas más frecuentes en los hombres en comparación con las mujeres, y algunas comunes tanto a los hombres como a las mujeres.

Imagen de Margaret M. McCarthy.

En una entrevista concedida a la escritora científica Nicholette Zeliadt en enero de 2017, Daphna Joel apuntaba con relación a esos resultados: «Me quedé realmente sorprendida […]. Me di cuenta que estamos malinterpretando o conceptualizando erróneamente los efectos del sexo en el cerebro».

A la pregunta de la entrevistadora sobre la forma en que los estudiosos malinterpretan las diferencias sexuales, la científica responde: «Normalmente, cuando los investigadores encuentran diferencias sexuales, asumen que éstas están programadas, que siempre han estado ahí, y que siempre lo estarán, bajo cualquier circunstancia. Pero existen numerosas evidencias de que en realidad este caso es excepcional […]. Una idea equivocada es que las diferencias sexuales son persistentes. En las personas, no vemos muchas diferencias sexuales entre los cerebros de los niños y las niñas. La mayoría las detectamos cuando comienza la adolescencia y la edad adulta […]. Estas diferencias pueden depender de niveles hormonales o de las condiciones ambientales. No lo sabemos.».

En la misma entrevista, Daphna Joel comenta: «Otro error frecuente está relacionado con el origen de las diferencias sexuales. Cuando los investigadores encuentran diferencias en el cerebro de los hombres y de las mujeres, asumen que esas diferencias reflejan los efectos de las hormonas sexuales o de los cromosomas en el cerebro […].  Podría ser, sin embargo, que lo que realmente genera la diferencia entre los hombres y las mujeres es una discrepancia en el estatus socioeconómico, la educación o el tiempo dedicado a cuidado de los niños. No podemos explicar todas las variables que pueden influir en lo que parecen diferencias sexuales en el cerebro. Pero deberíamos empezar a considerar que los factores fisiológicos, psicosociales y ambientales podrían también estar afectando».

En suma, el trabajo de Daphna Joel y sus colegas muestra con meridiana claridad que el cerebro humano típico constituye un mosaico en el que se combinan algunas características habituales de los hombres y otras de las mujeres. De hecho, esta conclusión no era totalmente nueva; en realidad, confirmaba lo que muchos expertos ya sospechaban: los cerebros humanos no pueden dividirse en dos categorías sexuales diferenciadas. Así pues, cuando el artículo salió a la luz, aquellos especialistas que defendían ideas similares lo proclamaron como un gran avance para la neurociencia.

En este contexto, la profesora de Neuroimagen Cognitiva de la Universidad de Aston, Gina Rippon, escribía: «El resultado pone en evidencia confusiones muy arraigadas […]. Mi esperanza es que cambien las reglas del juego en el siglo XXI». En la misma línea, Catherine Dulac, bióloga molecular de la Universidad de Harvard, cuyo trabajo con ratones confirma los descubrimientos de Daphna Joel y su equipo, ha comentado a la revista Investigación y Ciencia: «Existe una enorme heterogeneidad entre individuos». Y esta bióloga argumenta además, «sería un error concluir que no existen diferencias entre sexos. Pero la pregunta realmente interesante es cómo surgen éstas y en qué grado se dan».

Nicholette Zeliadt, Gina Rippon y Catherine Dulac.

Sin embargo, pese al elevado número de neurocientíficos que consideran convincente el trabajo de Daphna Joel y colaboradores, y se muestran de acuerdo en que su contribución fundamental ha consistido en demostrar, individuo por individuo, la variabilidad inherente al cerebro humano, las cosas en el debate no están resultando fáciles, y las respuestas han sido en muchos casos mucho más agresivas de lo esperado.

El debate entre ciencia e ideología

Cuando salió a la luz el artículo sobre la organización en mosaico del cerebro humano, numerosos investigadores que llevaban largo tiempo estudiando el tema mostraron un profundo desacuerdo. Discrepaban del trabajo en múltiples aspectos, entre ellos con la metodología seguida y con las conclusiones alcanzadas.

Pero sobre todo, para un porcentaje no despreciable de expertos lo relevante era que el estudio adolecía de un feminismo manifiesto. Al igual que en otras ocasiones en la historia, la comunidad más conservadora consideró que el nuevo modelo propuesto para reemplazar al que había dominado durante décadas era propio de una ideología feminista y no de observaciones científicas. Sin reparos afirmaban que «el artículo es ideología enmascarada como ciencia».

Tales alegatos han azuzado dialécticamente una temática ya de por sí agitada, y en ciertos puntos con formas bastante agrias. Lo que ha terminado por plantear preguntas acerca de cómo se considera el sexo y el género fuera del laboratorio.

El científico que se opuso con más fuerza a la organización del cerebro en mosaico probablemente fue Larry Cahill, un profesor de neurobiología de la Universidad de California, campus de Irvine, gran defensor de que el cerebro de la mujer difiere del cerebro del varón en organización y actividad. Ante el nuevo modelo en mosaico, este profesor hace referencia a su autora principal, manifestando, tal como ha apuntado Lila MacLellan en Quartz, que las científicas como Daphna Joel son en realidad «anti-diferencias sexuales». Y en su alegato expresa su «preocupación porque ellas tienen miedo de encontrar diferencias entre los cerebros masculinos y femeninos, ya que de alguna manera significaría que los hombres y las mujeres no son iguales».

La periodista colaboradora del diario El País, Mónica G. Salomone, especializada en temas de divulgación científica, ha descrito claramente en un artículo publicado el 19 de abril de 2006, que la visión del profesor Larry Cahill «se centra en las diferencias químicas, estructurales y funcionales que los neurocientíficos han encontrado en los últimos años en cerebros de distinto sexo». Tales aspectos le han llevado a concluir, apunta Salomone,  que «hombres y mujeres usan diferentes regiones del cerebro para procesar y almacenar [por ejemplo] la memoria a largo plazo». La periodista también destaca las polémicas connotaciones sociales y políticas que acarrean este tipo de trabajos.

Anne Fausto Sterling.

La bióloga Anne Fausto-Sterling, doctora en filosofía y profesora emérita de biología y estudios de género de la Universidad de Brown, Rhode Island, en su valorado libro Cuerpos sexuados y en otros trabajos, se muestra altamente crítica con la investigación de las diferencias cerebrales entre los sexos. Tal como señala Lydia Denworth en Investigación y Ciencia, esta experta apunta: «Hablar de diferencias promedio es engañoso si nos limitamos a ello […]. El cerebro no es una entidad uniforme que se comporta como algo masculino o femenino, ni tampoco reacciona del mismo modo en todos los contextos. Daphna Joel está intentando entender las complejidades implicadas en qué es lo que hacen realmente los cerebros y cómo funcionan».

Daphna Joel y Anne Fausto-Sterling defienden que los estudios deben incluir el sexo como una variable, con el mismo número de sujetos femeninos y masculinos; pero deben reconocer también, a la hora de analizar los datos, que las categorías de «macho» y «hembra» pueden reflejar variables que no tienen nada que ver con el sexo (Lydia Denworth, 2017).

El artículo de 2015, en sus párrafos finales señalaba una vertiente que nos explica porqué un tema tan especializado como el funcionamiento de nuestro cerebro despierta tanto interés entre el público en general. El punto crucial radica en su influencia a nivel social. Adoptar una visión que reconozca la variabilidad y diversidad humana tiene significados muy importantes en los debates sociales de temas de larga duración como, por ejemplo, las ventajas o desventajas de la educación separada por sexos.

Otro aspecto destacado de elevado interés para nuestras sociedades, tiene que ver con el significado del sexo/género como una categoría social. Esto es, el tradicional uso de las diferencias sexuales con el fin de justificar un trato diferencial para las mujeres y para los hombres, no pueden ser tratados como iguales quienes de manera «natural» pertenecen a categorías distintas.

El cambio de paradigma desde dos cerebros, masculino y femenino, al de un solo cerebro compuesto por un mosaico altamente heterogéneo, implica de hecho reemplazar la práctica actualmente dominante de buscar una lista de diferencias sexo/género, por otros métodos de análisis que tengan en cuenta la enorme variabilidad del cerebro humano y sus diferencias individuales. La ciencia, entonces, no podrá utilizarse como escudo para justificar jerarquías sexuales contaminadas de prejuicios de género sociales y culturales.

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

2 Comentarios

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Sol OlivasSol Olivas

Me parece bastante interesante toda la información que se proporciona en éste sitio. Es muy interesante encontrar éste tipo de artículos sobre el tema, sin duda, es aberrante lo que la comunidad científica enfrascada en sus prejuicios de género ha manipulado para jerarquizar.
¡Agradezco la información! Ha sido de total aporte y conocimiento.

Carolina Martínez PulidoCarolina Martínez Pulido

Hola Sol. Me ha gustado tu comentario. Muchas gracias. Este tema despierta interés sobre todo por que en los últimos años han salido a la luz estudios muy importantes que nos revelan, entre otras cosas, cómo se puede intentar manipular la ciencia para justificar desigualdades.
Un cordial saludo
Carolina

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