Yvonne Young Clark, o cómo redifinir quién puede dedicarse a la ingeniería

Vidas científicas

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Yvonne Young Clark, o cómo redifinir quién puede dedicarse a la ingeniería

Hay trayectorias científicas y técnicas que no se definen por un único invento o descubrimiento, sino por algo quizá visible pero igual de decisivo y casi más necesario: hacer que los sistemas funcionen, sostener proyectos complejos y abrir camino para quienes vendrán después. En disciplinas donde el avance es necesariamente colectivo, donde cada pieza depende de muchas otras, estas contribuciones suelen quedar en segundo plano, a pesar de ser imprescindibles.

En ese espacio, a medio camino entre la práctica y la docencia, entre la industria y el aula, se sitúa la figura de Yvonne Y. Clark, una ingeniera que no solo participó en algunos de los desarrollos tecnológicos más ambiciosos del siglo XX, sino que, en contextos marcados por la segregación racial y la discriminación de género que delimitaban claramente quién podía dedicarse a qué, desempeñó un papel clave en la transformación del acceso a la ingeniería para generaciones de estudiantes.

Yvonne Y. Clark. Imagen: Lost Women of Science.

Una curiosidad obstaculizada

Yvonne Young Clark nació en 1929 en Houston, Texas, aunque creció en Louisville, Kentucky, un lugar y momento en los que la segregación racial era tan natural (para algunos) como respirar y las expectativas sociales sobre lo que una mujer podía o no podía hacer eran determinadas y muy estrechas. Desde muy joven mostró una inclinación clara hacia la tecnología, el desarrollo y lo técnico: le interesaba desmontar objetos, reparar aparatos, comprender los mecanismos ocultos tras lo cotidiano, además de un tartamudeo de nacimiento que formó siempre parte de su vida.

Este tipo de curiosidad práctica, orientada a la resolución de problemas, adquiere en su caso un significado casi rebelde porque se desarrollaba en un entorno que no solo no la apreciaba ni fomentaba, sino que en ocasiones la bloqueaba activamente, no en su familia pero sí en cualquier otro ámbito en el que la entonces joven Clark daba muestras de ella.

Se topó de bruces con esa barrera en su etapa escolar, cuando no pudo cursar asignaturas como dibujo técnico, imprescindibles para las formaciones técnicas o de ingeniería, por considerarse inapropiadas para las alumnas. O más adelante, a finales de la década de 1940, cuando tras ser aceptada en la Universidad de Louisville le fue retirada su plaza al descubrir la autoridad universitaria de que se trataba de una mujer afroamericana. El caso de Clark en este sentido no fue una excepción, sino uno más en un sistema en el que el acceso a la educación se utilizaba como un mecanismo muy eficaz para mantener a las personas claramente diferenciadas según su etnia y su género, y con ello sus aspiraciones intelectuales, económicas y vitales.

Clark consiguió estudiar ingeniería finalmente en la Universidad de Howard, una universidad de trayectoria histórica mayoritariamente negra. Allí se graduó en ingeniería mecánica en 1951, convirtiéndose en la primera mujer en lograrlo en esa universidad, abriendo un camino inexistente hasta entonces para otras mujeres.

Resolución de problemas concretos, análisis de sistemas generales

Tras su graduación, inició su carrera profesional en el ámbito industrial, en una época en la que la presencia de mujeres —y especialmente de mujeres negras— en ingeniería era muy reducida. Si formarse como tales era difícil, trabajar de ello después lo era todavía más. Trabajó en distintas compañías, como el Frankford Arsenal, RCA, Ford o Westinghouse, lo que le permitió adquirir una experiencia técnica diversa y adaptarse a diferentes tipos de proyectos, demostrando, a pesar de los prejuicios, su capacidad y talento.

En estos primeros años de trabajo, Clark desarrolló su habilidad para centrarse en la resolución de problemas concretos, en el análisis de sistemas y en la mejora de su funcionamiento. Este tipo de trabajo, esencial en cualquier desarrollo tecnológico, rara vez se traduce en reconocimiento individual, pero constituye la base sobre la que se construyen proyectos de mayor escala. En su caso, esta experiencia acumulada sería especialmente relevante años después, cuando tuvo la oportunidad de colaborar con la NASA en el contexto de la carrera espacial.

En los años 1960, Clark participó en varios proyectos dentro del programa Apolo que, tras varias misiones, terminó poniendo a un hombre por primera vez sobre la Luna y es considerado por tanto uno de los momentos más emblemáticos en la historia de la ciencia y la ingeniería. Clark trabajó en el análisis de componentes del cohete Saturno V, el vehículo que permitió las misiones tripuladas a la Luna, y en el desarrollo de sistemas para manejar las muestras lunares traídas por las misiones Apolo. Se trataba de tareas que exigían precisión, fiabilidad y una comprensión detallada de cómo interactuaban múltiples elementos en condiciones extremas. Este tipo de perfiles rara vez reciben un reconocimiento individual, pero sin ellos sería imposible que proyectos tan grandes y complejos pudiesen salir adelante.

Un referente de lo que es posible, aunque no fácil

Paralelamente a su actividad en la industria, Clark continuó su trayectoria y formación académica, que ya había comenzado años antes. En 1965 se incorporó a la Tennessee State University, donde llegaría a ser profesora titular de ingeniería mecánica, en un contexto en el que la presencia femenina en las facultades de ingeniería seguía siendo muy limitada, y en 1972 obtuvo un máster en ingeniería en la Universidad de Vanderbilt.

Yvonne Y. Clark en la Tennessee State University. Fotografía: Vanderblit University.

A lo largo de su carrera docente, su labor fue más allá de la mera transmisión de conocimientos técnicos. Clark entendía la enseñanza como una herramienta para ampliar oportunidades y como un espacio desde el que cuestionar las barreras existentes. Su propia experiencia le permitía identificar las dificultades a las que se enfrentaban muchas estudiantes, y su presencia en el aula funcionaba como un referente tangible de lo que era posible, aunque no fácil.

Su contribución no se limitó a formar profesionales, sino a transformar las expectativas sobre quién podía ser ingeniero o ingeniera: contribuyó a aumentar de manera notable la presencia femenina en un entorno tradicionalmente dominado por hombres, algo que no fue inmediato ni automático, sino el resultado de un trabajo sostenido que combinaba la enseñanza, la mentoría y la creación de un entorno más inclusivo. Esto es menos visible que los resultados de la investigación o los desarrollos tecnológicos, pero resulta igual o más relevante que eso para el futuro de una disciplina, en este caso, de la ingeniería.

En conjunto, su carrera sirve para señalar de forma innegable cómo distintas formas de discriminación se cruzaban sin complejos ni vergüenza durante buena parte del siglo XX en Estados Unidos y por extensión en todo el mundo occidental. En muchos momentos fue la única mujer y la única persona negra en su entorno profesional o académico (y prácticamente siempre era la única mujer negra en esos lugares), y en otros tuvo que enfrentarse a decisiones institucionales que limitaban sus oportunidades.

Más allá de sus logros individuales, el legado de Yvonne Y. Clark se encuentra en las estructuras que ayudó a sostener y transformar: en los proyectos en los que participó, en los sistemas que contribuyó a hacer funcionar y, sobre todo, en las generaciones de estudiantes que encontraron en ella un modelo posible.

Clark falleció en Nashville, Tennessee, en 2019, pocos meses antes de cumplir 90 años.

Referencias

Sobre la autora

Rocío Benavente (@galatea128) es periodista.

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