Mujeres y ciencia en un campo de refugiados

Ciencia y más

En la actualidad hay más de 70 millones de personas en todo el mundo que tienen que abandonar sus hogares. Debido a que las crisis cada vez duran más, el hogar que conocen generaciones enteras es el campamento que les acoge. La duración promedio de su nuevo asentamiento va en aumento, y se establece aproximadamente en 26 años.

Vivir en un campamento

No se trata sólo de conseguir alimentos y esperar a que llegue un futuro mejor. En algunos de los campamentos más grandes del mundo, las personas refugiadas y las comunidades autóctonas impulsan sus propias economías.

Uno de estos asentamientos es el de Kakuma. Está en el noroeste del condado de Turkana, Kenia. Es un campo de personas refugiadas del ACNUR, establecido en 1992. Se ubica en una región muy pobre de Kenia y, como resultado de esta pobreza, existen tensiones constantes entre los refugiados y la comunidad local que, en ocasiones, terminan en conflictos. En comparación con el entorno, el campamento tiene mejores instalaciones de salud y un porcentaje mayor de niños escolarizados.

El complejo consta de cuatro zonas y está gestionado por el gobierno de Kenia y el Departamento de Asuntos de Personas Refugiadas de Kenia junto con ACNUR. La mayoría huyeron de la guerra civil en Sudán del Sur, pero hay otros colectivos étnicos y cada uno ocupa una zona diferente donde han construido sus propios puestos de mercado, cafeterías, bibliotecas y lugares de culto.

Imagen: ACNUR.

Como una forma de iniciativa empresarial, con ayuda de proyectos internacionales, los refugiados abrieron escuelas, centros de idiomas y habilidades profesionales, a veces con maestros kenianos o voluntarios del campamento. Desde hace dos décadas se ofertan cursos académicos a distancia diseñados por la Universidad de Sudáfrica y también aparecen iniciativas telemáticas, en línea. En 2022 había 25 escuelas primarias y 5 escuelas secundarias, algunas de ellas colegios técnicos donde se imparte el plan de estudios de Kenia y cursos de árabe, un tipo de madrasas, numerosos cursos de formación profesional y otros. Kakuma cuenta con unos 650 profesores, de los cuales solo el 40 % ha superado estudios de enseñanza secundaria.

Las niñas refugiadas

La cultura y la tradición no favorecen la educación de las niñas; éstas sólo representan el 20 % de los alumnos en la escuela. Algunos padres rechazan la escolarización de sus hijas porque pueden aprender sobre planificación familiar y anticoncepción e incluso pensar por sí mismas de forma crítica. Sin embargo, las chicas son conscientes de que la educación es el mejor medio para liberarse de la opresión familiar. Hay una regla en Kakuma que exige que los niños y las niñas coman juntos en la escuela. Esto es muy rompedor y contrasta con la práctica tradicional.

Si eres una niña refugiada en este campamento, una de las mejores opciones es el internado para chicas; allí se da espacio para concentrarse en el aprendizaje. Angelina Jolie es un internado ubicado lejos de las residencias. Reduce la distracción y disminuye el número de abandonos por obligaciones en casa, matrimonios tempranos y embarazos.

Mujeres que curan sus heridas con sueños cumplidos

Amina Rowimoh Hortense llegó al campamento de personas refugiadas de Kakuma desde la República Democrática del Congo en 2004, huyendo de una realidad horrible. Con 17 años estaba entusiasmada con la idea de ir a la universidad, pero el conflicto acabó con todos sus sueños. Ha pasado por momentos muy difíciles hasta conseguir curar sus heridas, crecer y convertirse en la persona que es ahora: una cineasta de 28 años con varios premios en su carrera. Su pasión es explicar historias de mujeres refugiadas, y tiene su propia empresa de producción en Kakuma.

Es graduada en formación cinematográfica de FilmAid, una organización que lleva a cabo programas con ONU Mujeres y otras entidades de las Naciones Unidas en Kakuma. La mayoría de las historias que cuenta buscan la empatía del espectador y descolocarle ante el dolor de otros seres humanos. Cuando alguien sufre, a menudo no lo explica; permanece en silencio. Ella utiliza el poder del cine para hablar en nombre de estas personas. Su última película, que trataba de la mutilación genital femenina, fue proyectada en el campamento, y se dirigía a las mujeres y a los hombres para que cuestionaran esta práctica. En la actualidad trabaja en una película que analiza la realidad de la vida de una persona refugiada; «Es como si no existiéramos, como si no perteneciéramos a ningún sitio». Es muy duro pensar en un futuro tan incierto en el que cabe la posibilidad de morir en el campamento.

Christine Wambulwa es keniata, y la única mujer mecánica de la ciudad del campamento de Kakuma. Cada día, a las 7:30 am, abre el taller de reparación de vehículos que hay al lado de la autopista. «Para mí no hay fines de semana. Si a alguien se le estropea su coche en medio de la carretera, o en el bosque, en cualquier momento, allí estaré. Me gusta muchísimo este trabajo».

Amina Rowimoh Hortense, Christine Wambulwa y Refika Cornoleus. Imágenes: ONU Mujeres.

Christine creció en la ciudad de Kakuma, fijándose en lo que hacían sus hermanos cuando jugaban y reparaban sus coches de juguete, igual que cuando cuidaban el ganado; de hecho, ella creía que era un chico. Ya más mayor, no había suficiente dinero para educarla y eran muchos hijos para alimentar, así que aprendió a reparar coches de verdad.

El primer vehículo que reparó fue un camión Toyota, y al principio fue un poco difícil porque tenía que cargar con piezas pesadas. Pero ahora cuenta con buenas máquinas que pueden levantar pesos. Muchos hombres de su entorno no creen que una mujer sepa reparar un motor y se lo pensarán antes de dejarle el suyo en el taller. De todos modos, eso no hace que Christine desista de lo que le gusta. Cuando murió su pareja quedó como el único pilar económico de la familia. Gracias a ella sus hijas e hijos van a la escuela. «La mentalidad se ha abierto un poco, ahora hay más mujeres conductoras y más niñas que estudian en esta zona. Los prejuicios culturales siguen siendo el principal factor que se lo impide».

En las casas improvisadas y los patios de Kakuma, la necesidad de combustible es acuciante. Refika Cornoleus es una refugiada de Sudán y fabricante de jikos ecológicas en Kakuma. Las jikos son unas cocinas hechas a mano con alambre que distribuyen el calor de forma eficiente y requieren menos combustible. Necesita entre dos y tres horas para hacer una, y las puede vender por 250 o 500 chelines keniatas, unos 2 o 4 euros.

Sus jikos son conocidas en todo el campamento y ella las fabrica por encargo. Ha enseñado a otras cinco personas la técnica de fabricarlas como ella misma aprendió de su abuelo.

Cuando Refika escapó de la guerra de Sudán con sus seis hijas e hijos, dejó atrás a su marido, su abuela y su abuelo. Gracias al negocio de las cocinas jikos consigue dinero adicional para mantener a su familia. Echa de menos a su marido, pero se levanta cada día y se pone a trabajar. También asiste a clases para tener más posibilidades de conseguir un trabajo mejor. Su asignatura favorita es lengua inglesa.

Software en femenino en el campo de refugiados

Nyamam Gai Gatluak es de Sudán del Sur, y es ambiciosa. Es estudiante de la escuela Angelina Jolie de Kakuma y forma parte del club de informática que participó en los eventos del Día Internacional de la Niña organizados por UNICEF, el ACNUR, Unilever, ONU Mujeres y el movimiento IamtheCode.

Imagen: ONU Mujeres.

Quiere ser ingeniera de software, crear sus propias aplicaciones y facilitar el aprendizaje a otras chicas, incluso de zonas rurales o de otros campamentos.

Nyamam es una de las 60 niñas que fueron admitidas de 500 que se presentaron. Es consciente de que muchas niñas no van a la escuela y las que consiguen ir, cuando llegan a casa tienen que dejar los libros y meterse en la cocina para preparar la comida y encargarse de otras tareas puesto que los niños no hacen este tipo de trabajo. Por lo tanto, las niñas no tienen tiempo para estudiar. Estar en un internado es un privilegio.

La escuela Angelina Jolie es la única para niñas que hay en el campamento y la demanda es muy alta. Después de sufrir crisis devastadoras y crudísimos conflictos, estudiar en el internado es la primera oportunidad que tienen muchas niñas para tener un futuro mejor. Allí se aprende, entre otras cosas, a usar Internet.

Nyamam conoce los desafíos a los que se enfrentan las mujeres en el campamento porque todavía existen muchos estereotipos de género profundamente arraigados. Junto a ella, ya son 150 alumnas las que han aprendido a diseñar sitios web, videojuegos, etc. utilizando HTML y Scratch, un lenguaje de programación en línea gratuito.

En Kakuma y en muchos lugares del mundo, las mujeres sufren innumerables injusticias y desigualdades para acceder a la educación. Son muy pocas las que acceden a carreras de ciencias desde un campo de refugiados, pero Nyamam cree que es posible y que las mujeres que pican código pueden cambiar el mundo.

Internet en África

Una pregunta que nos puede surgir es cómo de fácil es acceder a un dispositivo digital en zonas de África que quizá imaginamos sin luz, sin Internet, sin servicios técnicos, etc.

El mapa de internet en África. Imagen: El orden mundial.

Aunque el mapa de acceso a Internet en África está lejos de la saturación de Europa o el norte de América, cada vez son más los usuarios de un ordenador, una Tablet o un móvil. Hay iniciativas como Instant Network Schools (INS) que garantizan que los niños refugiados tengan la oportunidad de aprender y tener formación digital. INS tiene en cuenta las necesidades de recursos educativos de los refugiados y los incluye en las aulas. El programa se estableció en 2013 y aporta acceso a herramientas digitales, contenido alineado con el plan de estudios local, conectividad a Internet y apoyo para los docentes. ACNUR codesarrolla cada ubicación del INS con líderes escolares, ministerios de educación locales, líderes comunitarios y profesores para garantizar la formación de los estudiantes.

Se proporciona a cada escuela un kit de aula que incluye un ordenador portátil para el maestro, 25 tabletas para el alumnado, proyector, una estación de carga incorporada, un servidor local, conectividad 3G/router Wifi y seguridad de datos en la navegación.

Además de estos kits, las escuelas también están equipadas con sistemas de energía solar sostenible y un generador de reserva. Ya se han instalado 84 Instant Network Schools en Egipto, Sudán del Sur, la República Democrática del Congo, Tanzania, Mozambique y Kenia.

ACNUR y la Fundación Vodafone tienen un plan de expansión de 5 años para el programa INS hasta 2025.

Es evidente que se necesita dinero, recursos, formación de profesoras y profesores locales, infraestructuras, etc. pero sobre todo se necesitan mujeres que tomen conciencia de los estereotipos e inercias culturales y que tomen confianza para romper prejuicios desde sus olivares en el sur de Italia o desde sus aulas en un campo de refugiados.

Referencias

Sobre la autora

Marta Bueno Saz es licenciada en Física y Graduada en Pedagogía por la Universidad de Salamanca. Actualmente investiga en el ámbito de las neurociencias.

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