La «Madre del Mar»: Kathleen Mary Drew-Baker

Vidas científicas

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La «Madre del Mar»: Kathleen Mary Drew-Baker

Cada 14 de abril, los puertos de Japón se detienen para rendir culto a una mujer británica que nunca pisó Asia. Visten su monumento con kimonos, queman incienso y la veneran como la «Madre del Mar». Su nombre era Kathleen Mary Drew-Baker y fue una estudiosa británica de las algas, una ficóloga, que pese a las zancadillas en su camino, logró evitar la extinción especies de gran consumo en Japón, salvando de la ruina a miles de familias en un país que nunca visitó, pero que la venera.

Kathleen Mary Drew-Baker.

Kathleen nació en Leigh, en lo que hoy es el Gran Mánchester (Inglaterra) el 6 de noviembre de 1901 en el seno de una familia de clase media; su padre era presidente de una empresa de maquinaria agrícola y su madre había sido maestra, un entorno que estimuló su amor por los libros. En una época en la que la educación superior femenina era inusual, Kathleen logró estudiar botánica gracias a su formación en la Bishop Wordsworth’s School, una escuela mixta de vanguardia donde la botánica se enseñaba al más alto nivel, y donde pronto destacó por su brillantez intelectual.

Fue esa inteligencia la que le permitió encadenar becas y así poder ingresar en la Universidad de Mánchester y financiar sus investigaciones sin depender de fortunas familiares. Tras graduarse, en 1925 se convirtió en una de las primeras mujeres en conseguir una de las innovadoras becas de investigación de la Commonwealth Fund Fellowship para ir a estudiar a la Universidad de Berkeley, en California, donde estaría dos años.

Ya en Mánchester había comenzado a interesarse por las algas. A principios del siglo XX, la botánica era uno de los pocos campos científicos ‘aceptables’ para las mujeres porque se consideraba una extensión de la recolección de flores, algo considerado ‘muy femenino’. Pero a ella no le interesaban. Su curiosidad científica la llevó a quedarse fascinada por algo tan peculiar como las algas rojas (Rhodophyta), un gran enigma biológico por su caótico ciclo de vida. Y se empeñó en desvelar los misterios de su reproducción y morfología. Era habitual ver a Kathleen recorrer la costa norte de Gales recolectando ejemplares de algas que luego analizaba bajo su microscopio en la universidad. Para 1922 ya había publicado algún artículo científico.

Llegar a California y poder colaborar con grandes ficólogos como William Setchell y Nathaniel Gardner fue enriquecedor para la joven. No solo revisó la clasificación taxonómica de las algas rojas del Pacífico, sino que pudo viajar recogiendo muestras por las playas californianas e incluso navegar hasta Hawái, consolidando su reputación. Además, ahí comenzó su herbario personal con miles de especímenes (hoy conservados en el Museo de Historia Natural de Londres).

Cuando regresó a Inglaterra, retomó su puesto de profesora asistente en la Universidad de Mánchester y continuó con sus trabajos científicos.

Una ley contra las mujeres casadas

Sin embargo, la sociedad del momento, que en 2018 solo había reconocido el voto femenino para las mayores de 30 años, estaba en su contra. Ya antes de irse a Estados Unidos Kathleen se había enamorado de Henry Wright Baker, un profesor de ingeniería mecánica de su universidad; pero la familia de ella era anglicana y la de él cuáquera, y se negaba a la boda, que fue aplazada. Al volver, nada había cambiado entre ellos y se casaron en 1928.

La parte negativa fue que el matrimonio supuso su despido inmediato de la universidad debido al Marriage Bar, una política institucional y un reglamento de empleo formal, respaldado por los tribunales, que impedía trabajar a las mujeres casadas en cualquier institución donde ese puesto podía ocuparlo un hombre o una soltera, dado que se entendía que ella ya no tenía que trabajar para vivir. No era una ley, pero si un mandato legal a través de los estatutos de la administración pública, los ayuntamientos y las universidades. No le quedó más remedio que pedir otra beca de residencia, que obtuvo, la Ashburne Hall Residents Fellowship, gracias a la cual fue nombrada Investigadora Honoraria no remunerada. Esta norma no se eliminaría para los profesores en el Reino Unido hasta 1944, para el funcionariado en 1946 y hasta 1975 no fue considerada totalmente ilegal.

Curiosamente, sin cobrar y sin presupuesto para sus investigaciones, inició su etapa más prolífica. Retomó sus trabajos de campo en las costas galesas recogiendo algas. En casa, las metía en frascos de mermelada limpios para su cultivo. Su marido, ingeniero, le diseñó en el sótano de su casa un tanque de agua con mareas artificiales que replicaba el oleaje marino y el ritmo del océano para que las algas sobrevivieran y se comportaran de forma natural bajo el microscopio.

Monumento a Kathleen Drew-Baker. Wonder Women.

En ese laboratorio casero, Kathleen empezó a estudiar cómo las algas se fijaban a fragmentos de conchas de ostras muertas. En concreto, en fragmentos de conchas de ostras descubrió filamentos microscópicos de otra especie viviendo dentro de las paredes, desvelando así la pieza oculta del rompecabezas del alga nori, que cambiaría la historia de la alimentación en 1949. En esos años de trabajo en soledad, publicó nada menos que 47 artículos académicos de alto nivel, muchos sobre los misterios de las algas rojas que se había propuesto resolver. Era tal su rigor que en 1939 la universidad tuvo que reconocer su mérito internacional y le otorgó el Doctorado en Ciencias, el máximo título académico de la institución.

El punto álgido de su carrera llegó en 1949, cuando publicó un artículo histórico en Nature: logró demostrar que una criatura microscópica que habitaba dentro de las conchas de los moluscos en verano era, en realidad, una fase del ciclo de vida del alga roja (Porphyra umbilicalis), que necesitaba de esos bivalvos para crecer. El hallazgo tuvo impacto a miles de kilómetros, en el Japón de la posguerra, donde la producción de nori (el alga fundamental para el sushi) estaba al borde del colapso por la contaminación y los tifones, pero nadie sabía cómo se reproducía. Al aplicar el hallazgo de Drew-Baker, desarrollaron técnicas de siembra artificial utilizando conchas de ostra, lo que industrializó el cultivo y la convirtió en la mencionada “madre del mar” para los japoneses.

En 1952, Kathleen cofundó la British Phycological Society (Sociedad Ficologica Británica), de la que fue elegida presidenta. Continuó activa en la comunidad académica y en sus investigaciones botánicas hasta sus últimos días. A mediados de esa década, tras su rotundo éxito, se organizó en Japón un viaje para que conociera el país, pero un agresivo cáncer impidió que pudiera realizarlo. Falleció prematuramente el 14 de septiembre de 1957, a los 55 años de edad.

Como homenaje, en 1963 se erigió un monumento en su honor en el santuario Sumiyoshi de Uto (Kumamoto), mirando hacia los campos de cultivo de algas, donde cada 14 de abril se celebra el «Drew Day», un festival anual que honra su memoria.

Referencias

Sobre la autora

Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional.

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