Margaret Bradshaw: la botánica centenaria pionera del ecologismo

Vidas científicas

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Margaret Bradshaw: la botánica centenaria pionera del ecologismo

La vida de la británica Margaret Bradshaw se ha convertido en un icono global de la historia del activismo ambiental. Esta botánica centenaria rompe todos los estereotipos existentes sobre la edad: batalló contra un embalse en los años 60, fundó su ONG de conservación a los 93 años y a los 98 aún recaudaba dinero para esta iniciativa con travesías a caballo y a pie. Hace muchas décadas descubrió un ecosistema único en el norte de Inglaterra, con plantas que están ahí desde la última Edad de Hielo, hace 10 000 años. Hoy su empeño sigue siendo que esas flores pervivan para el futuro.

Margaret Bradshaw. Captura de pantalla YouTube (minuto 3,24).

Margaret Bradshaw nació el 4 enero de 1926 en una granja en el condado de Yorkshire del Este, a unos 150 kilómetros de Teesdale, que fue su verdadero hogar. En algunas entrevistas ha contado que desde niña tuvo dos claras pasiones: los caballos y la botánica, quizá porque ambas cosas las tenía a mano. Afortunadamente, sus padres priorizaron su formación académica a la agricultura y la enviaron a estudiar para ser profesora a la Universidad de Leeds. Esa titulación inicial le permitió dar el salto a otra carrera que le interesaba mucho más, la de Botánica y Zoología, en la que se graduó con honores cuando muy pocas mujeres compartían esas aulas.

Tras licenciarse, la joven Margaret comenzó a trabajar dando clases de Bachillerato, lo que le permitió tener recursos suficientes para poder explorar el cercano valle de Teesdale en su tiempo libre. Fue en ese periodo cuando se encontró por el campo con científicos de la Universidad de Cambridge, que comprobaron que tenía en sus manos una especie entonces desconocida, la Alchemilla subcrenata, y la motivaron a investigar a fondo las plantas locales y a completar su doctorado en la Universidad de Durham, lo que hizo en 1959. Durante sus estudios en Durham, realizó numerosas investigaciones sobre la morfología y la citología de las plantas del género Alchemilla y otras raras. Desde 1962, y hasta 1983, fue contratada por el Departamento de Estudios Extra-Muros de esa universidad para ocuparse de la educación de adultos por el noreste de Inglaterra. Ejercía como tutora itinerante, un puesto que encajaba a la perfección con su personalidad: en vez estar encerrada en un laboratorio, lo suyo era viajar constantemente para impartir botánica y ciencias ambientales en comunidades de la región.

Una feroz batalla ecologista

La llegada de Bradshaw al debate público internacional tuvo lugar a mediados de esa década. La poderosa industria pesada británica demandaba agua y las autoridades planearon construir un gigantesco embalse, el de Cow Green, dando pie a uno de los primeros enfrentamientos del ecologismo moderno, en el que Margaret fue protagonista. Resultó que se quería inundar la zona alta del valle de Teesdale, justo donde estaba el núcleo principal de las plantas de la Edad de Hielo que ella había documentado en su tesis doctoral. Su trabajo demostraba que el embalse acabaría con colonias de plantas únicas en el mundo. Y no dudó en lanzarse a la campaña en contra de la obra, hasta convertirse en su líder y portavoz. Sin embargo, pese al apoyo de la comunidad científica y a que incluso llevó el asunto al Parlamento en Londres, finalmente en 1971 se inundó parte del hábitat que quería proteger.

Aun así, no fue una derrota total: se obligó al gobierno a financiar, como compensación, una investigación para el rescate en la zona. De hecho, la resistencia causó tanto impacto que, por primera vez en la era moderna, la protección de unas pequeñas flores puso en jaque un proyecto estatal multimillonario. Gracias a Margaret, hoy existe protección en Widdybank Fell y el resto del ecosistema de Teesdale, aunque eso no impidió que su estado empeorara, como ella misma ha comprobado.

En 1982, Margaret se casó con el también botánico y ecólogo Michael Proctor. Juntos se mudaron al sur de Inglaterra; en concreto, al condado de Devon, donde fue contratada por el Consejo de Conservación de la Naturaleza para estudiar las plantas raras de la zona. Esta tarea científica la combinaba con la agricultura práctica, al ejercer también de pastora de un rebaño de ovejas de la raza Gotland. La ruptura entre ambos en 1995 fue el detonante para que decidiera regresar al norte, primero a su natal Yorkshire y en 1998 a los valles de Teesdale, donde retomó su emblemático proyecto de protección floral.

Margaret Bradshaw. Captura de pantalla YouTube (minuto 2,05).

En esta nueva etapa, se propuso comprobar el impacto que había tenido el embalse y el paso del tiempo en el valle. Con la ayuda de un detector de metales, localizó las viejas estacas de hierro que había colocado décadas atrás en cuadrículas y descubrió una catástrofe silenciosa: la población de la violeta de Teesdale (Viola rupestris) había caído un 58 %, y otras flores raras habían desaparecido casi por completo debido al fin del pastoreo tradicional. El daño se debía tanto al exceso de pastoreo en unas áreas como al abandono total en otras. Dado que no podía mapear todo el valle sola, fundó el Grupo Upper Teesdale Botany para reclutar y entrenar a personas voluntarias en técnicas de cartografía botánica de alta precisión. Por fin, en 2009, publicó un estudio evolutivo e histórico que comparaba sus muestreos de los años 50 con datos de los años 2000, demostrando la alarmante caída de las poblaciones de flores de especies milenarias.

Es de destacar la impresionante fortaleza física que siempre ha tenido. En 2015, rozando los 90 años, la botánica Bradshaw sorprendió al entrenar y completar la famosa Great North Run, una de las media maratones más multitudinarias del mundo, que se celebra el noreste de Inglaterra. Hizo los 21 kilómetros para recaudar fondos para el Equipo de Rescate de Montaña de Teesdale, del cual había sido cofundadora en 1968.

Cuatro años después, ya con 93 años, consciente de que las instituciones públicas no hacían nada ante la pérdida de un patrimonio genético único, y viendo que se le acababa el tiempo, creó la ONG Teesdale Special Flora Trust para pagar sus investigaciones y formar a una nueva generación de botánicos voluntarios que continuara su legado. Además, implicó a los granjeros de este valle, financiando y diseñando calendarios de pastoreo controlado de forma que las ovejas mantuvieran el césped corto, pero sin dañar a las flores. «La mayoría de las plantas consideradas raras requieren luz para crecer y no pueden sobrevivir a la sombra, ni siquiera de vegetación adyacente de 30 centímetros de altura», señalaba en una entrevista a la BBC. Gracias a ello, el número de ovejas está hoy aumentando, se gestiona con mayor cuidado y se han recuperado ya algunas de las especies.

Para conseguir fondos para esta organización, pese a su edad, no ha dudado en asumir retos físicos sorprendentes: a los 95 años, completó una travesía de 88 kilómetros a lomos de su poni Sigma y en 2024, con 98, caminó otros 88 kilómetros. Además, en 2023 publicó su primer libro Flora especial de Teesdale: lugares, plantas y gente, obra de 288 páginas por el que fue entrevistada en medios como The Guardian. Entre los reconocimientos recibidos destaca la Orden del Imperio Británico, que en 2010 fue nombrada miembro honorario de la Sociedad Botánica de Gran Bretaña e Irlanda o que el serbal blanco Sorbus margaretae de Devon recibió su nombre en su honor.

En la actualidad, Margaret Bradshaw reconoce que le preocupa cómo afectará a la flora de Teesdale el cambio climático, asunto sobre el que sigue recabando datos. Con motivo de su 100 aniversario, el pasado mes de enero, un periodista le preguntaba cuál es el secreto de su longevidad. «Mis genes, especialmente los de mi madre, que vivió hasta los 95 años, como su abuela». Añadía también la buena alimentación y el buen sueño, no fumar, tomar «una cantidad moderada de vino con las comidas», el aire fresco de Teesdale y, sobre todo, tener un propósito en la vida: “La flora rara de Teesdale y su supervivencia».

Margaret vive desde hace años en el pequeño pueblo de Eggleston, en el corazón de su valle. Es una casa con un pequeño prado que utiliza para experimentar con la flora local. Desde allí, sigue vigilando sus queridas flores de la Edad de Hielo. Cuenta que cuando se cruza con visitantes, les invita a quitarse los auriculares, levantar la cabeza del móvil y oler y saborear el aire que los rodea, sentir la naturaleza. Seguro que muchos no saben quién es esa anciana que les regala tan estimulante consejo.

Referencias

Sobre la autora

Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional.

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