Helen Mackay, la pediatra que descubrió que la pobreza también se veía en la sangre

Vidas científicas

7 min

Helen Mackay, la pediatra que descubrió que la pobreza también se veía en la sangre

Hay avances científicos que consisten en encontrar algo que nadie había visto antes, pero otros se producen al observar de una manera distinta algo que todo el mundo tenía delante. Durante las primeras décadas del siglo XX, la anemia infantil formaba parte del paisaje habitual de hospitales y consultas. Los médicos la veían constantemente. Era tan frecuente que en muchos casos se aceptaba como un aspecto negativo pero normal de la infancia.

Helen Mackay.

La pediatra escocesa Helen Mackay no estaba convencida. Donde otros veían casos aislados, ella empezó a buscar patrones: cuántos niños sufrían anemia, qué niveles de hemoglobina debían considerarse normales y cuáles no, por qué algunos grupos de población parecían verse más afectados que otros, qué papel desempeñaba la alimentación y, sobre todo, ¿podía hacerse algo para evitarla?

Las respuestas a esas preguntas acabarían sentando unas nuevas bases científicas para la nutrición infantil. A través de miles de observaciones clínicas y análisis realizados durante décadas, Mackay ayudó a demostrar que muchas enfermedades infantiles que parecían inevitables estaban relacionadas en realidad con deficiencias nutricionales concretas y de forma general con la pobreza en la que vivían enormes masas humanas pertenecientes a la clase obrera en un momento en el que la sociedad se estaba transformando a toda velocidad, migrando del campo a las ciudades, cambiando el trabajo en el campo por las fábricas. Su trabajo contribuyó a sentar las bases del conocimiento moderno sobre la anemia ferropénica infantil y mostró que problemas asociados a la pobreza podían estudiarse con el mismo rigor que cualquier otra enfermedad.

De Escocia a Birmania, Londres y Viena

Helen Marion Macpherson Mackay nació en Inverness, Escocia, el 23 de mayo de 1891. Parte de su infancia transcurrió en lo que hoy es Birmania, donde su padre trabajaba para la administración colonial británica, antes de regresar al Reino Unido para continuar su educación. A los quince años ingresó en Cheltenham Ladies’ College y posteriormente estudió medicina en la London School of Medicine for Women, vinculada al Royal Free Hospital, una de las escasas instituciones que permitían entonces a las mujeres formarse como médicas.

Se licenció en 1914 y comenzó su carrera en una profesión que seguía reservando los puestos de mayor prestigio casi exclusivamente a los hombres. Sin embargo, Mackay fue abriéndose camino con rapidez. En 1919 se convirtió en la primera mujer en ocupar el puesto de house physician and surgeon (algo así como médico y cirujano residente) en el Queen’s Hospital for Children de Hackney Road, en el este de Londres. Poco después fue nombrada pediatra honoraria del Mothers’ Hospital, una institución a la que permanecería vinculada durante casi cuarenta años.

El rumbo de su carrera cambió tras la Primera Guerra Mundial. Gracias a una beca del Lister Institute se incorporó al equipo dirigido por la investigadora Harriette Chick, que estudiaba las enfermedades relacionadas con las graves carencias alimentarias que sufría la población europea de posguerra. El grupo se trasladó a Viena para investigar el raquitismo infantil bajo la dirección del pediatra Clemens von Pirquet.

Un problema de salud que va de la sangre a los huesos

Mackay había viajado para estudiar una enfermedad de los huesos pero lo que encontró fue una enfermedad de la sangre. En los hospitales vieneses observó que una gran proporción de los bebés presentaba anemia. No era la única persona que lo veía. Lo que distinguió a Mackay fue que decidió estudiar el fenómeno de forma sistemática. En aquellos años se sabía que algunos lactantes desarrollaban niveles bajos de hemoglobina, la proteína responsable del transporte de oxígeno en la sangre, pero seguían existiendo preguntas fundamentales sin respuesta. No estaba claro cuál era la frecuencia real del problema, qué valores podían considerarse normales durante la infancia o cuál era exactamente la causa de la mayoría de los casos.

A su regreso a Londres decidió abordar esas cuestiones mediante observación, medición y comparación. Entre mediados de la década de 1920 y comienzos de la siguiente estudió a centenares de bebés atendidos en el Mothers’ Hospital y en el Queen’s Hospital, acumulando miles de mediciones de hemoglobina. Aquellos niños vivían en el East End londinense, una zona marcada por la pobreza.

Los resultados que obtuvo mostraban que la anemia infantil era extraordinariamente frecuente y, en la mayoría de los casos, estaba relacionada con una deficiencia de hierro. Los niños que recibían suplementos de hierro mejoraban sus niveles de hemoglobina y mostraban un mejor estado general. Mackay también contribuyó a establecer qué valores de hemoglobina se consideraban saludables durante los primeros años de vida, una cuestión fundamental para distinguir entre un desarrollo normal y una enfermedad que requería tratamiento.

Lactantes de fórmula y bebés de bajo peso, especialmente vulnerables

Su trabajo aportó además información valiosa sobre la alimentación infantil. Al comparar distintos tipos de lactancia observó que los bebés alimentados con leche materna desarrollaban anemia con menor frecuencia que aquellos alimentados con preparados artificiales o leche de vaca. Décadas después, investigaciones posteriores confirmarían que el hierro presente en la leche materna se absorbe mucho mejor que el de otras fuentes.

También identificó otro grupo especialmente vulnerable: los bebés nacidos con bajo peso. Estos niños disponían de menores reservas de hierro y presentaban un mayor riesgo de desarrollar anemia durante los primeros meses de vida. Muchas recomendaciones posteriores sobre suplementación de hierro en prematuros y recién nacidos de bajo peso se apoyarían en estos resultados y otros similares obtenidos por investigadores que analizaron el mismo problema.

Su interés por estos problemas nunca estuvo separado de la práctica clínica. A lo largo de su carrera trabajó en hospitales, impulsó clínicas comunitarias para madres y bebés y atendió directamente a familias de algunos de los barrios más desfavorecidos de Londres. Conocía de primera mano las condiciones de vida de sus pacientes. Allí combinó su trabajo de médica comprometida con sus pacientes y sus comunidades con sus observaciones sistemáticas que ella supo convertir en evidencia científica. Cogió una realidad social visible para todos y ayudó a convertirla en un problema comprensible, medible y tratable.

Su prestigio profesional fue en aumento. En 1934 se convirtió en la primera mujer elegida fellow del Royal College of Physicians, una institución que durante siglos había permanecido cerrada a las mujeres. En 1945 fue además una de las primeras mujeres admitidas en la British Paediatric Association.

Quienes trabajaron con ella la describieron como una persona reservada, rigurosa y exigente consigo misma. Solía vestir el mismo traje marrón, poseía una memoria notable e insistía en la importancia de elaborar con cuidado y detalle las historias clínicas de los pacientes porque sabía que sin datos trazables los problemas médicos que trataban nunca podrían abordarse de forma eficaz.

De hecho, muchas de sus conclusiones siguen presentes en la práctica pediátrica actual: las leches infantiles de fórmula contienen un aporte específico de hierro, la relación entre nutrición y desarrollo infantil es un principio básico de la medicina pediátrica a día de hoy y la deficiencia de hierro continúa siendo una preocupación sanitaria en numerosos países.

Helen Mackay murió en 1965.

Referencias

Sobre la autora

Rocío Benavente (@galatea128) es periodista.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *.