Ni una cerveza con los colegas

Ciencia y más

El sexismo en ciencia es una realidad que todavía causa tristeza, impotencia y rabia en muchas mujeres y, afortunadamente, en muchos hombres conscientes del problema. Cada día salen a la luz múltiples denuncias por acoso o agresiones sexuales. Hay docenas de ejemplos cada año de sexismo dentro de entornos académicos. Pero no es solo esta discriminación dentro del ámbito el único motivo que impide a las mujeres una carrera de éxito enriquecedora y tranquila en STEM.

Un ejemplo humillante hacia una mujer, hacia una persona

La misoginia y el sexismo fuera del lugar de trabajo también erosionan el buen desempeño de las mujeres en su carrera como científicas. Evidentemente, estas agresiones influyen en su ánimo y, en consecuencia, en su propósito de hacer buena ciencia. ¿Por qué ocurre esto?, ¿por qué se solapan dos realidades que tienen lugar en esferas diferentes? La investigadora Meghan Barrett comenta una anécdota personal que lo ilustra: «Hace unos días, di una charla en clave de bienvenida a los nuevos estudiantes graduados que pasarían su primer año en mi departamento; habitualmente, llevo pantalones de campo y una camiseta para trabajar con el pelo recogido en un moño desordenado, pero para esa ocasión me vestí con unos vaqueros ceñidos, una blusa azul marino sencilla, unos zapatos bonitos y algo de maquillaje. Me alisé el pelo para darme un empujón de confianza; me sentía bien, ilusionada y con ganas de hacer acogedora la nueva etapa de mis estudiantes».

Imagen: Pixabay.

Después de la presentación, suele ser habitual salir a tomar algo al bar más cercano. Ella pidió una cerveza y se felicitó por la charla fluida, lúcida y acogedora que había dado. Se fue andando para coger el metro a casa; todavía era de día y pensó en cenar con su pareja y un amigo común. Mientras hablaba por el móvil para quedar con ellos, escuchó un barullo detrás de ella que podía adivinarse. Eran chicos en bicicleta circulando por la acera. Se apartó para que no tuvieran que bajar a la carretera en la que había mucho tráfico que venía de frente. De repente se oyó una fuerte bofetada, luego risas. Algunos se volvieron para mirar la boca abierta y la expresión perpleja de Meghan… Ésta se pasó la mano por su trasero y no podía creer que le hubieran dado una palmada.

Su primera respuesta fue ira: la felicidad con la que salió de su charla se esfumó y fue inmediatamente sustituida por una sensación de dolor, miedo y rabia en ebullición. Mucho después de que los hombres se alejaran, cuando ya estaba sentada en el vagón del metro y más tarde en casa, pudo sentir la fuerza de la mano en su nalga como una marca en una parte íntima de su piel. Que todos esos hombres se hubieran reído de algo tan humillante e invasivo empeoraba lo que sentía. La idea de que quizá fuera la cerveza lo que provocó el incidente le angustiaba; pensó que quizá caminara con un paso demasiado provocador. Ya no tenía ánimo para salir a cenar esa noche y se quedó en casa.

La satisfacción que había sentido por la charla desapareció del todo. Ahora se sentía asqueada por la ropa ceñida que motivó la palmada en su trasero. ¿Qué había incitado a unos hombres a tomarse la libertad de tocarle, a la luz del día y en público?

El evento se le quedó grabado y provocó anticipaciones del tipo: «A partir de ahora, cada vez que vaya a vestirme para una presentación o una conferencia, cada vez que considere salir con mis colegas de departamento después para tomar una copa o cenar, tendré cuidado de no beber demasiado, no volver sola y vestirme de forma más neutra».

Falta de confianza y pérdida de oportunidades

Lo que empezó a ocurrirle a la doctora Barrett, la anticipación, es uno de los síntomas cognitivos que provoca dificultades en áreas tan relevantes de nuestra vida como la académica o la laboral. Los otros dos son la rumiación y la preocupación constante. Los tres influyen en la capacidad para concentrarse y pueden ser responsables de serios cuadros de ansiedad.

El sexismo que Meghan experimentó en su vida personal le disuadió de usar ropa acorde a su gusto y carácter, que le hiciera sentir bien, segura al hablar; además, es difícil relacionarse con compañeros de trabajo en entornos sociales con esa ansiedad permanente y esa falta de confianza en una misma. Sin embargo, esos contactos son fundamentales para la carrera de cualquier científico o científica: comunicar bien su ciencia y crear redes. Pero ser acosada sexualmente en la calle predispone a no destacar demasiado, a pensar dos veces si salir con colegas, aunque sea muy motivador continuar conversaciones interesantes, propuestas de nuevos proyectos, etc. Como la doctora Barrett, muchas mujeres prefieren ir a casa y perder valiosas colaboraciones/críticas/oportunidades de establecer contactos y no arriesgarse a otro ataque, quizá más intrusivo.

Si, además, unos chicos en bicicleta se fijaron en su ropa sexualizada, es probable que el público de sus charlas también lo haga, así que lo mejor es vestir de forma anodina, aunque se pierda en confianza y autoestima. Con estos pensamientos se da crédito a prejuicios basados en estereotipos falsos y muy dañinos. Se llega a la conclusión de que cuanto más gris se presente una ponente al mostrar su línea de investigación, mejor será su imagen como profesional competente con la que otros científicos podrían colaborar o recomendar para futuros proyectos.

Desgaste por partida doble

Los científicos blancos heterosexuales no experimentan estas vejaciones y muchas mujeres en carreras de ciencia tampoco, pero hay un porcentaje muy alto de científicas a las que sí les ocurre; desde comentarios abiertamente sexistas y toques físicos inapropiados, hasta la publicación de opiniones en medios que las devalúan y sexualizan. Su vida diaria fuera de la ciencia está llena de sutiles, o no tanto, agresiones que pueden aislarlas, sobre todo por la actitud de defensa en un esfuerzo por minimizar la frecuencia de estas interacciones negativas. Además, el tiempo, la energía y los recursos necesarios para superar los sucesos humillantes (microagresiones y, a veces, agresiones directas) se traduce en menos tiempo, energía y recursos para la ciencia.

Se estima que los efectos acumulativos de lidiar con la misoginia suman al menos ochenta horas de trabajo perdido cada año en comparación con los hombres que no experimentan la misma hostilidad. Esto significa que habrá que pasar muchas horas adicionales trabajando para alcanzar el mismo nivel de productividad, agotando el tiempo libre y el tiempo para el cuidado personal/ocio (que ya son un bien limitado en carreras STEM). La ciencia es agotadora para todos, pero no nos sorprende que a las mujeres les resulte particularmente extenuante, ya que su fuerza emocional se consume en el trabajo y también en el hogar. Tampoco nos resulta extraño que algunas mujeres encuentren sus currículums menos llenos que los de los hombres con los que trabajan; tiempo extra que dedican a protegerse de actitudes sexistas, horas que no se incluyen en su lista de publicaciones, divulgación o credenciales diversas.

Este problema de sobrecarga de energía emocional que pasa desapercibido no solo está relacionado con el sexismo; las científicas afroamericanas también deben sostenerse anímicamente tras el drenaje constante del racismo en su bienestar junto con los efectos del sexismo cotidiano. Y esa es solo una intersección: la identidad de género, la orientación sexual, la discapacidad, la estatura, el peso, etc., pueden robar tiempo, energía y recursos de científicas brillantes. Se irán quedando atrás si no cuentan con entornos amables, equitativos, seguros y que reconozcan un trabajo bien hecho con independencia del autor o autora. Es justo que el objetivo sea procurar esos entornos de inclusión real.

Aunque no lo sufras, escucha y sé consciente

Es fundamental reconocer las diferencias en las expectativas de género. Sería muy bueno que personas que no sufren directamente estos «problemas de mujeres» los hicieran suyos. Interesarse por relatos como el de Meghan Barrett o informarse para crear una opinión propia en estos temas forzarían, de alguna manera, una conciencia esencial que es un punto de inflexión en el camino hacia la equidad. Querer escuchar y conocer cómo se sienten muchas compañeras, constituiría un gran impulso para teñir de violeta el lugar de trabajo; todo depende del interés de los hombres por conocer, por saber cómo desgastan las agresiones hacia las mujeres, científicas o no. La falta de conciencia de los hombres, incluso los que tienen las mejores intenciones, les impide convertirse en defensores del cambio. Esta frase es maravillosamente gráfica: «Mi jefe no tiene ni idea de cuántas pelotas mantengo en el aire». Nos da idea de la carga, el desgaste, el aguante, el multitasking, en definitiva, que ignoran muchos hombres hacia sus compañeras de trabajo.

Cuando se comprenden las jerarquías en cuestiones de género en el hogar y en el lugar de trabajo, se desarrolla una mayor conciencia situacional. A través de esta conciencia, o «inteligencia de género», se descubren diferentes perspectivas que pueden impulsar políticas y procedimientos de igualdad.

De acuerdo con el Estudio de Liderazgo de Hombres Blancos, el 68 % de los participantes simplemente no sabían que la diversidad fuera con ellos, que pudieran hacer algo. Un primer paso es comunicarles que hay otras realidades en sus entornos de trabajo y señalar que apoyando la equidad en sus equipos se beneficia toda la estructura. Las investigaciones muestran que las organizaciones con mayor diversidad superan a las empresas más homogéneas. Además, son más productivas, creativas y atractivas para los inversores en nuevos proyectos. También en ciencia, los equipos de investigación más diversos producen ideas más novedosas y con mayor impacto.

Hasta hace poco, la mayoría de los hombres blancos pensaban poco en sus privilegios y, de repente, escuchar críticas sobre los grupos a los que pertenecen puede ponerlos a la defensiva. Pero sería infantil evitar las conversaciones difíciles para que no se sientan incómodos y sigan en su nube. Lo inteligente es crear un entorno en el que todos quieran formar parte de la solución, no parte del problema. Asumir responsabilidades, comprender, posicionarse y desterrar estereotipos que frenan las carreras profesionales de la mitad de la población, es una tarea de todos.

Referencias

Sobre la autora

Marta Bueno Saz es licenciada en Física y Graduada en Pedagogía por la Universidad de Salamanca. Actualmente investiga en el ámbito de las neurociencias.

2 comentarios

  • Leyendo la información que nos das,me entristece mucho, que no avanzamos en respeto,Los chicos, no tienen una buena relación con sus padres,son las raíces que tuercen el árbol y también lo mantiene recto,si son esponja,todo empieza en el comportamiento que ven,. Perdón pero es lo que creo.Gracias Marta por tu ayuda con las Mujeres,con ciencia.P

    • Pilar, tienes la solución a buena parte del problema. Los niños, los chicos, tienen que crecer en igualdad. La educación es el recurso más potente que tenemos para conseguirlo.
      Un gran abrazo y gracias por el comentario.

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