Rose Frisch, la científica que relacionó la grasa corporal con la fertilidad femenina ante la hostilidad de sus colegas

En un mundo que premia la delgadez como un valor y estándar de belleza, combatir la grasa corporal es para algunas personas, y en mayor medida para algunas mujeres, un objetivo a conseguir. Ante una epidemia de obesidad cada vez mayor, mantener un control de ese parámetro corporal es una forma de cuantificar ese problema de salud personal y pública. Sin embargo, la grasa corporal cumple también una función en nuestro organismo y guarda una estrecha relación con determinados procesos metabólicos y reproductivos, de nuevo especialmente en las mujeres.

Una de las protagonistas en esa relación es la leptina, una hormona producida entre otros en el tejido graso y que juega un papel fundamental en procesos regulatorios del cuerpo como la sensación de apetito y saciedad pero también en el ciclo ovulatorio de las mujeres. Esta es una de las razones por las que un porcentaje demasiado bajo de grasa corporal, o una reducción drástica de la misma, puede interrumpir el ciclo hormonal y reducir la fertilidad de las mujeres. Durante el embarazo, la placenta también produce leptina y se ha encontrado leptina en la leche materna, lo que revela de nuevo el importante papel que esta sustancia juega en todo el proceso reproductivo.

Si conocemos la leptina y su papel en la salud reproductiva de las mujeres, así como toda la relación que tienen la grasa del cuerpo y la fertilidad, es gracias al trabajo de Rose Frisch, científica pionera en el estudio de la fertilidad femenina en una época, las décadas de la Guerra Fría, en que la ciencia era un campo poco receptivo para las mujeres, ya fueran investigadoras u objeto de la investigación.

De una escuela pública del Bronx a desarrollar la bomba atómica

Frisch nació el 7 de julio de 1918 en el barrio del Bronx, en Nueva York. Hija de inmigrantes rusos judíos, acudió a una escuela pública de la ciudad. Por consejo de su hermano y con el apoyo económico de una fundación que daba becas universitarias, estudió en el Smith College, dónde se graduó en Artes en 1939. En esa época, en una cita a ciegas, conoció a David H. Frisch, estudiante universitario de Física en la Universidad de Princeton, con el que terminaría casándose. Ella misma obtuvo un título superior de Zoología en la Universidad de Columbia en 1940, y después ambos se matricularon en la Universidad de Wisconsin, donde ella obtuvo el doctorado en Genética en 1943.

Sus estudios se vieron interrumpidos por el estallido de la Segunda Guerra Mundial. A principios de 1942 ambos fueron trasladados con secretismo al laboratorio de Los Álamos, en Nuevo México, donde comenzaba la carrera por desarrollar la primera bomba atómica. Allí Frisch trabajó como computadora humana para el físico Richard Feynman, ayudándole en cálculo de operaciones y resolución de ecuaciones.

Tras el desarrollo y el lanzamiento de las bombas en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, y con ello el fin de la contienda, Frisch volvió a Boston, donde por fin terminó su doctorado. Tras esos años el matrimonio tuvo tres hijos que ella se encargó de cuidar, a la vez que ayudaba a mantener la vida social de su marido y a atender a sus estudiantes. En 1960, cuando su hijo menor terminaba la educación primaria, Frisch volvió a la investigación.

¿Por qué pagarte más si puedes vivir con el sueldo de tu marido?

Su primer trabajo fue como investigadora asociada en el Centro de Salud Pública de la Universidad de Harvard, donde a pesar de tener un doctorado su sueldo era muy bajo porque, según sus jefes, con el salario de su marido tenían suficiente para vivir. Según ha contado su familia después, ella, igual que otras científicas antes y después, vivió un doble efecto de ese desprecio masculino: por un lado la hostilidad hacia sus ideas, por otro, y puesto que no podía aspirar a una carrera con sus correspondientes ascensos, era más libre para seguir sus intereses y su curiosidad sin las presiones académicas a las que sí debían plegarse los investigadores que querían ascender, mientras tenía acceso a material investigador y estadístico de calidad en la biblioteca de la universidad.

Rose E. Frisch.

En 1974, Frisch firmó a medias un estudio en el que se demostraba que los ciclos menstruales de una mujer se detenían si esta experimentaba un marcado descenso de peso. Aunque la relación entre la cantidad de grasa corporal y la fertilidad era bien conocida entre criadores de distintos animales, que una mujer, y además ya mayor, hablase de ciclos menstruales en conferencias y congresos abrumadoramente masculinos no fue bien recibido. Sus hijos contaban cómo en una ocasión, durante una ponencia, un asistente la interrogó agresivamente sobre sus hallazgos para después, tras su charla, acercarse a preguntarle cuánto peso tendría que ganar su hija paciente de anorexia para poder quedarse embarazada.

Una hipótesis confirmada 20 años después con el descubrimiento de la leptina

A día de hoy la conexión entre ambas cosas es ampliamente conocida y aceptada, y la causa tras ella, la leptina, se descubrió en 1994, pero mucho antes de eso, Frisch ya determinó que había un componente en la grasa que era necesario para mantener la capacidad reproductiva de las mujeres.

Esa hipótesis partía de un atento análisis y unas observaciones clínicas basadas en una intuición muy aguda, por ejemplo que las niñas con sobrepeso a menudo llegan a la pubertad antes que otras más delgadas, y que las mujeres que por hacer una dieta estricta, mucho deporte o ambas cosas a menudo dejan de menstruar completamente o empiezan a presentar ciclos irregulares, especialmente atletas y gimnastas. Muchas de esas mujeres, si entrenaban desde niñas, llegaban a la pubertad más tarde de lo habitual y luego tenían problemas para quedarse embarazadas a pesar de su aparente buena salud.

El descubrimiento de la leptina confirmó la hipótesis de Frisch dos décadas después, pero éste sigue teniendo impacto hoy, ya que sus implicaciones se encuentran detrás de muchos estudios e investigaciones sobre la relación entre malnutrición y fertilidad y también entre un bajo porcentaje de grasa corporal y un menor riesgo de cáncer de mama debido a una menor exposición a los estrógenos.

Frisch murió el 30 de enero de 2015 a los 96 años.

Referencias

Sobre la autora

Rocío Benavente (@galatea128) es periodista.

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