Alice Eastwood, una botánica irrepetible

Vidas científicas

Según sostiene la acreditada historiadora de la ciencia estadounidense Margaret Rossiter, «Alice Eastwood forma parte de las mujeres científicas norteamericanas cuya personalidad, actividad y esfuerzos para establecerse como parte de la comunidad científica le permitió superar los extraordinarios obstáculos con que se enfrentaron aquellas que quisieron participar en el crecimiento de la ciencia de su país». Ciertamente, nos encontramos ante una figura femenina que destacó de una manera sorprendente en las múltiples actividades con las que se comprometió a lo largo de su extensa y fructífera vida.

Alice Eastwood (hacia 1910). Wikimedia Commons.

Alice Eastwood nació el 19 de enero de 1859 en Toronto, Canadá, hija de Colin S. Eastwood y de Eliza J. Gowdey Eastwood. A los seis años perdió a su madre y fue enviada junto a su hermana a un convento en Toronto, donde ambas recibieron una buena educación primaria, como ha descrito la naturalista y escritora estadounidense Marcia Bonta.

En 1873, su padre se mudó a Denver, Colorado, llevando a sus hijos e hijas consigo. La vida fue dura para Alice, ya que tuvo que cuidar de sus hermanos y enfrentarse a los inestables negocios de su padre. Sin embargo, en 1879 logró acabar la segunda enseñanza en el East Denver High School con las mejores calificaciones. Aunque demostró ser una estudiante brillante, señala Bonta, «este fue el final de su educación formal».

En la página web titulada Información biográfica, dedicada a quienes investigaron la flora silvestre del oeste de Estados Unidos, puede leerse que la notable valoración conseguida por Alice Eastwood en el colegio de Denver favoreció el que de inmediato le ofrecieran un puesto de trabajo como maestra, que la joven aceptó gustosa. Permaneció dedicada a la enseñanza durante los diez años siguientes impartiendo clases de ciencia y sobre todo de botánica, materia por la que sentía un enorme interés. Por aquella época aprovechó su tiempo libre para formarse a sí misma, estudiando en los pocos libros a su alcance como, por ejemplo, los textos del prestigioso botánico Asa Gray (1810-1888), y del acreditado médico y botánico John Torrey (1796-1873).

Por su parte, la escritora sobre ciencias de la vida, Susan Milius, ha relatado que durante los veranos Alice Eastwood disfrutaba explorando los alrededores de Denver. Salía al campo en soledad a recolectar especímenes por toda la región, incluso por terrenos accidentados y de difícil acceso. Muchas veces se desplazaba a caballo, y decida a montar con comodidad, abandonó los voluminosos vestidos de las mujeres de su tiempo y optó por hacerlo usando unos pantalones diseñados por ella misma.

Con un considerable éxito, consiguió convertirse en una experta botánica autodidacta. Alcanzó excelentes resultados, ya que en sus expediciones descubrió numerosas plantas hasta entonces desconocidas y, además, supo estudiarlas, describirlas y catalogarlas gracias a la buena formación que había ido adquiriendo con sus constantes lecturas, como ha señalado la directora de la Biblioteca de la Academia de la Ciencia de California (CAS, por sus siglas en inglés), Rebecca Morin. Cuando solo contaba con poco más de 20 años, ya era ampliamente valorada debido a su dominio de la botánica, sumado a una inquebrantable vocación y una innegable audacia. Fue pionera en crear una colección de plantas expuesta al público en Colorado, y en 1893 publicó su primer libro sobre la flora de la región central de este Estado (A Popular Flora of Denver, Colorado).

Entre sus numerosas actividades, cabe citar que también colaboró en las excavaciones de unas ruinas existentes en el sudeste de Colorado (hoy forman parte del Mesa Verde National Park), con el fin de identificar las plantas descubiertas en el lugar, convirtiéndose así en una de las primeras paleobotánicas. En 1889, gracias a los ahorros de su salario, pudo dejar la enseñanza y dedicarse únicamente a su deseo de estudiar el mundo de las plantas, como se explica en Información biográfica.

Su fama como maestra, naturalista y botánica llegó hasta el destacado biólogo evolutivo británico, Alfred Russel Wallace (1823-1913), quien de visita a Estados Unidos la escogió como guía para sus desplazamientos por la zona en una expedición que duraría tres días.

Un significativo cambio vital: la incorporación a la Academia de la Ciencia de California

En 1891, la conservadora del Departamento de Botánica de la Academia de la Ciencia de California, Mary Katharine Brandegee (1844-1920), una botánica extraordinaria a la que hemos hecho referencia en este blog, se interesó por la exposición de plantas que Alice Eastwood había montado en Denver. Tras revisar todos sus especímenes, quedó tan favorablemente sorprendida que la invitó a incorporarse como ayudante en el Herbario de la Academia. La joven aceptó ilusionada, y un año después fue ascendida a conservadora adjunta, donde supervisó y organizó el gran desarrollo que el herbario estaba experimentando. Cuando en 1894 Katharine Brandegee se retiró de la Academia, Alice Eastwood, con solo 35 años, fue nombrada Conservadora y Jefa del Departamento de Botánica de la CAS.

En ese entonces, la citada Academia aún no tenía 50 años de antigüedad y la incorporación de una persona tan emprendedora como Alice Eastwood proporcionó al herbario un considerable esplendor. Muy pronto, la joven botánica consiguió aumentar la cantidad y calidad de las colecciones de la institución. Según describe Rebecca Morin, gran parte de esta expansión procedía de las propias actividades de la científica como recolectora a través de toda California y los estados de Utah y Colorado. Las regiones del oeste americano ofrecían en aquellos años importantes dificultades de desplazamiento, por lo que Alice Eastwood empezó a ser vista como una mujer excepcional, una intrépida exploradora capaz de adentrase por terrenos difíciles e inhóspitos.

Según ha descrito el acreditado profesor de Botánica y Fisiología Vegetal de la Universidad de Cornell, Larry Blakely, «Alice Eastwood fue parte de la historia de la botánica de California […]. En tiempos en los que la única manera de conseguir las raras plantas del desierto era montar a caballo y cabalgar hacia lo desconocido, esta valiente botánica, mujer físicamente muy fuerte, de alta estatura y voz potente, además de dotada con una energía inusual, fue capaz de soportar con notable entereza las adversidades del arduo trabajo de campo». Durante las expediciones, continua este autor, «ella era cocinera, organizadora, científica líder, y guía eficaz».

Arctostaphylos franciscana. Wikimedia Commons.

En la organización del herbario, Alice Eastwood llevó a cabo valiosas innovaciones. La mayor parte de la comunidad especializada ha destacado, entre otros hechos, su importante acierto al tomar una decisión poco convencional: en las colecciones principales, en vez de mantener los especímenes botánicos tipos incluidos en estas selecciones como era lo habitual, optó por separarlos del resto y conservarlos aparte. El tiempo demostró, ha señalado Rebecca Morin junto a otras estudiosas y estudiosos, que aquella fue una medida muy ingeniosa y prudente. Recordemos, antes de continuar, que se llama «tipo botánico» a un ejemplar concreto de un conjunto de organismos utilizado para describir y dar nombre científico a una especie.

Cuando Alice Eastwood se hizo cargo del herbario, clasificó y nombró a docenas de especies. Entre ellas cabe, por ejemplo, incluir un arbusto raro, vulgarmente llamado «manzanita franciscana», al que denominó Arctostaphylos franciscana, perteneciente a la familia Ericaceae. Este pequeño arbusto, que se supone nativo solo de las inmediaciones de la bahía de San Francisco, durante muchos años se creyó extinguido.

En 1892, Alice Eastwood descubrió una nueva planta herbácea nativa de California; se trataba de un ejemplar importante que, con posterioridad, también se encontraría en otras zonas del oeste de Norteamérica. En 1905, el botánico alemán August Brand (1863-1930) consideró que dicha planta era lo suficientemente distinta como para representar un nuevo género, al cual dio el nombre de Aliciella en reconocimiento a su descubridora. Según ha relatado Larry Blakely, inicialmente hubo dudas de que se tratara de un nuevo género, pero en los últimos años se ha aceptado la clasificación hecha por Brand, y se han adjudicado al género Aliciella 21 especies.

Es interesante tener en cuenta que no es habitual que se conceda la distinción de dar a una planta el nombre de una persona; sin embargo, en el caso Eastwood, no solo existen diversas especies recordándola, sino también dos géneros: el citado Aliciella y Eastwoodia. Este último, relata Blakely, fue nombrado por su mentora y predecesora Katherine Brandegee en 1904, diez años después de que Alice se convirtiera en conservadora de la Academia. Se trata de un género con una sola especie, Eastwoodia elegans, un arbusto de la familia del girasol descubierto por Alice Eastwood en la zona central de California.

Otra especie nombrada en 1910 en honor de la botánica es Salix eastwoodiae, el «sauce de Eastwood», que se encuentra en áreas de altura elevada de Sierra Nevada. Es un arbusto especialmente atractivo porque tiene tallos y hojas con pelos y exhibe una muestra distintos colores rojizos.

Oreocarya tenuis. Wikimedia Commons.

Entre las numerosas especies que Alice Eastwood descubrió cabe también destacar a Oreocarya tenuis, de la cual recuperó un único ejemplar en 1892 y le llevó 11 años darle nombre. Procedía de lo que hoy es el Parque Nacional de Arcos (Arches National Park), en una zona semidesértica del Cañón del Colorado. De esta planta, su descubridora escribiría: «Presenta flores tan características que parecen tener un alma propia. Hablan en un lenguaje maravillosamente seductor para atraer a los insectos a sus dulces profundidades […]. Las bandas de color de su perianto [cáliz y corola] son desconcertantes, imposibles de describir; pero por encima de todo, cada flor parece decir orgullosamente, con su cabeza en alto, “no hay otra como yo”» (Arches National Park).

Es interesante mencionar que Alice Eastwood fue también una apasionada defensora de la conservación y cuidado del recurso botánico más precioso presente en la zona de la bahía de San Francisco: sus secuoyas. Según se relata en la página web del Arches National Park, el 20 de noviembre de 1904 un periódico local, The San Francisco Call Newspaper, publicaba sobre una reunión de mujeres decididas a proteger las secuoyas en la cual Alice Eastwood defendió apasionadamente la incomparable belleza de estos árboles y su importancia ecológica. El artículo comentaba para terminar que la respetada botánica había afirmado, «la única razón por la que desearía tener un millón de dólares es para comprar el parque de las secuoyas (Redwood National and State Park) y entregarlo al Estado como reserva pública» (Arches National Park).

Un terrible terremoto y la llegada de la fama

El 18 de abril de 1906 es recordado en los Estados Unidos, y también en gran parte del mundo, porque en la bahía de San Francisco tuvo lugar un desastroso terremoto que sacudió la región y fue seguido de fuegos gigantescos que ardieron por tres días y devastaron la ciudad.

Cuando los incendios rodearon la Academia de la Ciencia, Alice Eastwood y unos pocos colegas lucharon valientemente hasta el último minuto en el interior del edificio semiderruido, intentando salvar lo que pudieron del fuego que se avecinaba. El sistema de clasificación que la científica había empleado para organizar el herbario, ordenando los especímenes-tipo todos juntos y separados del resto, le permitió entrar en el edificio ardiendo y rápidamente recuperar tipos botánicos irremplazables, mientras que el resto de las colecciones se perdieron, según ha apuntado Margaret Rossiter.

En una carta publicada el 25 de mayo de 1906 en la prestigiosa revista Science, Eastwood informaba sobre los devastadores efectos del terremoto, describiendo que «la escalera de mármol estaba en ruinas; subimos agarrándonos del pasamanos de hierro y colocando nuestros pies entre los peldaños». A continuación, añadía que ella y un ayudante lograron bajar con cuerdas desde el piso superior cerca de 1 500 de las muestras de plantas más valiosas, incluyendo un decisivo ejemplar de la manzanita franciscana. Apuntaba también «la dureza que significaba verse en la obligación de decidir lo que debía salvar y lo que debía sacrificarse, mientras que por la ventana podía ver una imparable pared de fuego que lentamente iba destrozando la academia».

La científica terminaba su relato con las siguientes palabras: «No lamento la destrucción del trabajo que he realizado, ya que disfruté mucho mientras lo hice, y aún puedo obtener la misma satisfacción comenzándolo de nuevo». Y, como ha subrayado al respecto Larry Blakely, «hizo mucho más que eso, ya que en 1942 el número de especímenes vegetales con que contaba el herbario de la CAS había aumentado a más de 300 000, casi tres veces el número perdido en 1906; y todo ello fue, sin duda, resultado de los constantes esfuerzos de la infatigable Alice Eastwood».

Después del terremoto, mientras se construía un nuevo edificio para la Academia en San Francisco, Alice Eastwood se dedicó a visitar y estudiar diversos herbarios de los EE. UU. y de Europa. Entre ellos, como ha detallado Marcia Bonta, incluyó el Gray Herbarium de la Universidad de Harvard, el New York Botanical Garden, el Muséum national d’histoire naturelle de Francia, el Natural History Museum de Londres y los Kew Gardens.

En 1912, cuando se completaron las instalaciones de la nueva Academia en Golden Gate Park, Alice Eastwood volvió a su cargo de conservadora del herbario y emprendió una serie de productivas expediciones de recolección. Se desplazó por todo el oeste americano, llegando incluso hasta Alaska. Según ha narrado el escritor Dale Debakcsy, realizó cientos de viajes a lo largo de la costa del Pacífico, buscando especímenes en las montañas más elevadas y en los desiertos más cálidos; mayormente recolectaba por duplicado. Valga señalar que el trabajo recolector suele ser por duplicado, excepto en el caso de plantas raras o protegidas, para poder realizar luego intercambios de ejemplares con instituciones parecidas y sumar así el fruto de otras expediciones. Siguiendo esta metodología, Eastwood obtuvo muy buenos resultados, consiguiendo que en un corto plazo el herbario de la Academia recobrase el esplendor que ostentaba antes del terremoto.

Alice Eastwood recolectando Festuca eastwoodaa en Pyramid Lake (hacia 1927).
Imagen: Herman Knoche. California Academy of Sciences.

Según ha apuntado Rebeca Morin, Eastwood contribuyó con «miles de ejemplares para el herbario de la Academia, siendo ella personalmente la responsable de su espectacular desarrollo en tamaño, y también de su valor como representante de la flora occidental de Norteamérica». Hacia 1942, había fundado una colección de cerca de 300 000 especímenes, casi tres veces el número de los destruidos en el incendio de 1906. Hoy, el herbario de la Academia de la Ciencia de California es uno de los más destacados de Estados Unidos y lleva el nombre de Alice Eastwood en honor de tan especial botánica.

A lo expuesto hay que añadir que, dondequiera que iba la conservadora de la academia, según narra Debakcsy, «era capaz de encontrar no solo nuevas especies, sino nuevas amistades; desplegando gran simpatía, entusiasmo y sencillas muestras de gratitud por la ayuda recibida; actitud que le permitió ganarse la estima de la gente por todos los caminos que recorrió en su vida».

En uno de sus viajes, realizado a comienzos de 1938, continúa Debakcsy, acompañó a otra destacada botánica, Susan Delano McKelvey, en expediciones al suroeste del país. Entre ambas se estableció una fuerte amistad y una duradera colaboración, apoyada por frecuentes cartas y un enriquecedor intercambio de especímenes, como se verá en un próximo post dedicado a esta botánica estadounidense.

La inagotable Alice Eastwood también se preocupó de que la Academia tuviera una buena y bien organizada biblioteca; con tal fin, siempre que conseguía algún dinero extra lo gastaba en comprar buenos textos de botánica, enriqueciendo así una colección que terminaría siendo excelente.

En realidad, el interés de Alice Eastwood por todas las materias relacionadas con la botánica la impulsó a comprometerse en multitud de facetas, desde los niveles más bajos de la taxonomía hasta los aspectos más prácticos de la horticultura. En este sentido, Debakcsy ha subrayado, «con su alegre personalidad e inmensos conocimientos de las plantas, Eastwood fue también clave para la horticultura de California, fundando y dirigiendo diversas organizaciones».

Alice Eastwood recibió numerosos galardones

Con el comienzo del siglo XX, los reconocimientos a esta extraordinaria botánica empezaron a llegar. En 1903 fue valorada dentro del 25 % de los mejores profesionales en su disciplina. Por esta razón, su nombre se incorporó como una de las escasas mujeres incluidas en la publicación por aquel entonces llamada American Men of Science, y que salía a la luz en forma de una serie de libros muy apreciados por la comunidad especializada (Blakely, 2001). Valga puntualizar que en 1971, gracias a que los estudios con perspectiva de género empezaban a asomar con fuerza en la historia de la ciencia, el nombre de esta publicación se amplió para incluir a las mujeres, por lo que pasó a llamarse American Men and Women of Science. Sus volúmenes hacen referencia biográfica a los principales científicos y científicas de Estados Unidos y Canadá.

Alice Eastwood en su 80 cumpleaños (19 enero de 1939).
Imagen: Frank Rogers. California Academy of Sciences.

El respeto que Alice Eastwood inspiraba ha quedado reflejado en diversos documentos. Por ejemplo, el acreditado director del Arnold Arboretum de la Universidad de Harvard, le escribía en una carta fechada en 1923: «usted es la única botánica verdaderamente eficiente en California […] y confío mucho más en lo que puedo obtener de usted que de cualquier otra persona», según ha relatado el citado profesor de botánica Larry Blakely.

Este mismo botánico ha apuntado que durante un acto celebrado en 1942 en honor a los cincuenta años de servicio de Alice Eastwood como conservadora botánica de la CAS, el presidente de la Academia concluía en su homenaje que «la forma sincera y directa de abordar cualquier problema, junto a su modesto y amable espíritu le han ganado la estima y el cariño de incontables amigos leales y devotos que le desean muchos más años de productiva actividad en los campos que tanto ama».

Ciertamente, el magnífico impulso que Alice Eastwood dio al desarrollo de la botánica en su país la hizo merecedora de un gran reconocimiento. En la actualidad, ha pormenorizado el escritor Dale Debacksy, existen 21 especies nombradas en su honor, así como los citados géneros Eastwoodia y Aliciella. Además, fue autora de más de 300 artículos científicos y otros de interés general, 200 de los cuales escribió después de los 50 años de edad.

Igualmente, describió, clasificó y nombró 125 especies de plantas de California y su entorno, y tuvo el mérito de hacerlo de una manera muy novedosa para su tiempo, ya que utilizó, a diferencia de muchos de sus contemporáneos, el moderno sistema métrico, facilitando así lecturas posteriores. Fue editora de las revistas de biología Zoe y Erythea, y cofundadora, junto al botánico John Thomas Howell (1903-1994), de Leaflets of Western Botany (1932-1966). También es de interés recordar que fue profesora de latín, y pasó parte del final de su vida traduciendo a un inglés accesible algunos de los tesoros de botánica con que contaba la biblioteca de la Academia.

Oficialmente se retiró como conservadora en 1949, cuando contaba 90 años de edad, aunque continuó trabajando en su despacho. Al cumplir 94 años escribió: «Cuento mi edad por mis amigos, y soy muy rica en amigos»; poco después fallecía en la ciudad de San Francisco el 30 de octubre de 1953. En los archivos de la Academia de la Ciencia de California se encuentran cuidadosamente almacenados todos los escritos y trabajos de esta gran botánica, considerada «irrepetible» por la comunidad científica de su especialidad.

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

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