Naiperas

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Los naipes, las cartas, no son sólo uno de los juegos de mesa más populares y entretenidos. Son además una excusa perfecta para socializar, pasar un buen rato en el bar o en casa de amigos, con los niños, con mayores o con compañeras lacónicas que arriesgan un órdago a pares con pocas cartas.

Para todo lo anterior necesitamos una baraja, pero hay un uso de los naipes que no podemos pasar por alto: la magia. Los magos son expertos manipuladores de cartas y en la actualidad van más allá del truco: desde hace unos años, una corriente joven, urbana, demanda diseños especiales en los naipes: es el cardistry. La palabra cardistry es la unión de card, carta o naipe, y artistry, que hace referencia a habilidad artística, «el arte del naipe»; barajar con una mano, cortes del mazo, abanicos, cascadas, o lanzamientos, a ser posible sin que el mazo acabe revoloteando sin orden hasta llegar al suelo.

Desde que existe la magia, existe el cardistry. Todos los cartomagos realizan alguna floritura con sus cartas. El nivel de las demostraciones es cada vez mayor y la manipulación de cartas se convierte en arte por sí misma, con independencia del truco. Se crean diseños originales y muy atractivos visualmente para hacer que el resultado sea impactante; las ilustraciones se diseñan teniendo en cuenta las figuras de cada técnica y de cada movimiento de las cartas. Se crean así efectos artísticos muy llamativos. También es evidente que el material de las cartas tiene que ser adecuado para un buen manejo de las mismas.

Vídeo de una cardistrian, Manuela Rud:

Pero volvamos al uso más habitual de las cartas y a su fabricación, en concreto a la que se llevaba a cabo en una empresa con historia en nuestro país: la fábrica de naipes fundada por Heraclio Fournier en Vitoria.

A finales del siglo XIX, la fábrica contaba con un número de mujeres mucho mayor que el de hombres. Desarrollaban su trabajo en distintos puntos del proceso de fabricación y revisión del producto final. El año de su apertura como fábrica de naipes fue 1870 y este año 2021, omitiendo 2020 por cuestiones de pandemia, se celebra el 150 aniversario. Este es el motivo por el cual el Museo Heraclio Fournier homenajea a las mujeres de sus fábricas con una exposición que reconoce su labor.

Con el mismo objetivo de visibilizar a estas trabajadoras que abrieron camino en los derechos laborales igualitarios, el investigador de la Universidad del País Vasco Aritza Sáenz del Castillo Velasco ha publicado el libro Emakume kartagileak. Memoria bizia / Naiperas. Una memoria viva. En él se recogen los testimonios de las trabajadoras de la fábrica que empleó a un altísimo número de mujeres para esa época. En los primeros años de Heraclio Fournier no estaba bien visto que las mujeres trabajaran fuera del hogar, y mucho menos en la industria. Como dice Sáenz del Castillo, el trabajo productivo de las mujeres era una amenaza social, un ataque a la naturaleza. Sin embargo, las naiperas encontraron la manera de hacerse un hueco en el mundo laboral. Hasta hace poco no sabíamos demasiado de ellas, ni de ellas ni de otras tantas trabajadoras que hacían funcionar la economía de muchas ciudades, porque en ese momento no era aceptable ir más allá de la función reproductiva impuesta a las mujeres. Sabemos que la economía se basa en gran medida en el trabajo de cuidados gratuitos que las mujeres han realizado a lo largo de la historia. Incluso cuando dieron el paso al ámbito de trabajo regulado, no tuvieron reconocimiento ni ayuda corresponsable en casa. No es necesario indicar que tampoco tenían reconocidos sus derechos en el lugar de trabajo.

En la fábrica de naipes la segregación horizontal y vertical por género estaba presente en todos los puestos de trabajo. Se emplearon mujeres en los denominados «oficios complementarios femeninos», tareas previas y posteriores a la impresión de los naipes: selección de cartulina, barnizado, corte de los naipes, revisión de barajas, realización de estuches y empaquetado. Hay que reseñar que su papel fue fundamental para mantener el nivel más alto en la calidad de las barajas. Con el tiempo, ocuparían puestos en administración, en los laboratorios químicos, como ilustradoras, en fotocomposición y como operadoras de las máquinas de impresión.

La fábrica de naipes de Fournier se consideraba una gran familia. La empresa no sólo era un espacio de trabajo sino un espacio social, humano, de formación, de ocio y cultura, incluso asistencial ya que se atendía el estado de salud de sus trabajadores, se cuidaba la moral y la religión, la vivienda, las prestaciones sociales, el deporte, etc. Tampoco podemos olvidar el aire paternalista que se respiraba en la empresa.

Pero en los inicios de la etapa industrial en España, el trabajo femenino era muy precario. Se consideraba un oficio secundario, a pesar de que las trabajadoras eran mayoría en muchos entornos laborales. Había dos razones principales para contratar mujeres: por un lado, porque eran meticulosas, constantes, observadoras y cumplidoras, y, por otro lado, porque se les pagaba salarios más bajos. Una mujer con una carrera profesional larga solo podía recibir un salario igual al de un jornalero, es decir, un hombre que acababa de ingresar a la fábrica, sin derecho a cambiar de categoría.

Así andaban las cosas cuando al finalizar la Guerra Civil, la dictadura sacó a las mujeres del espacio público y abolió toda la legislación sobre igualdad establecida en la Segunda República. Así, el Fuero del Trabajo, que fue la columna vertebral de la legislación laboral franquista, pedía en 1938 que las mujeres abandonaran el taller y la fábrica y regresaran a casa, «para cumplir con el deber de esposas y madres».

En Fournier, aunque no se impuso un permiso de ausencia obligatorio para el matrimonio, muchas naiperas se jubilaron para casarse a la edad de 25 a 29 años, con una pequeña compensación económica. Como resultado, las mujeres mayores de 30 años quedaron como el 20 % de la fuerza laboral. Con todo, la fábrica de Fournier continuó contratando mujeres, «por el alto costo de vida en Vitoria, para ofrecer recursos a sus familias». Las naiperas rompieron con el imaginario impulsado por el régimen. Llevaban a casa un salario que muchas veces era el pilar de la economía familiar.

Las mujeres casadas querían seguir trabajando. Se dieron cuenta de que para acabar con la dependencia de los hombres era fundamental construir su proyecto de vida ligado a una carrera profesional. Querían compaginar familia y taller. Reivindicaron la figura de la trabajadora: tomaron conciencia de lo injusto de muchos estereotipos arrastrados por sus parejas, empezaron a denunciar la discriminación salarial y exigieron una revisión de los puestos de trabajo. Solicitaron medidas para conciliar el trabajo doméstico y profesional, pidieron guarderías en las fábricas y reclamaron condiciones en sus empleos que hoy vemos como derechos fundamentales, que disfrutamos gracias a su lucha. La autogestión se volvió muy importante en la construcción de su proyecto de vida, y sabían que necesitaban una fuente económica para lograrlo.

A partir de la segunda mitad de la década de 1950 aumenta la demanda de mano de obra femenina. Esto permitió cambiar el rol de las mujeres, que comenzaron a hacer otros trabajos en las fábricas. En Fournier, ampliaron el abanico de sus puestos y de sus cargos. Destaca el Servicio de Proyecto y Dibujo, donde hubo un cambio de mentalidad en cuestiones de género. Accedieron incluso a organismos que representaban a los trabajadores.

Las demandas de las naiperas llegaron lejos, contando además con el ambiente de la huelga que se desató en Vitoria en los primeros meses de 1976. Algunas pasaron a formar parte de la oposición a la dictadura y hubo quien participó activamente en las movilizaciones del 3 de marzo de 1976, fecha de la primera huelga en Fournier.

A partir de estas movilizaciones y derechos conseguidos, las mujeres han seguido en las fábricas, en concreto en esta de naipes donde la tecnología avanza y la inclusión es un principio de empresa. Las aportaciones de las mujeres se reconocen y se valoran de forma positiva: la ciencia detrás de cada análisis de materiales para la elaboración de naipes, la creatividad y la tecnología para sus diseños, la química en fijación de colores y los barnices, etc. Incluso supervisan el proceso desde los controles de calidad en los que tanto se apreciaban y aprecian sus «cualidades femeninas».

Aunque todavía queda mucho por hacer en cuestiones de estereotipos y roles de género en este ámbito, las mujeres diseñan y fabrican juegos de cartas con las mismas capacidades que sus compañeros de oficio. Pueden ser expertas jugadoras de mus o pueden crear belleza haciendo volar los naipes. Como dice el prefacio del libro de las naiperas, citando a Pamela K. Metz y Jacqueline L. Tobin: «Ahora el silencio se rompe; un coro se eleva. Las mujeres hablan».

Referencias

Sobre la autora

Marta Bueno Saz es licenciada en Física y Graduada en Pedagogía por la Universidad de Salamanca. Actualmente investiga en el ámbito de las neurociencias.

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