Isabel Caballero de Frutos: «La ciencia me permite traducir el lenguaje del agua»
Isabel Caballero de Frutos es Científica Titular del Instituto de Ciencias Marinas de Andalucía (ICMAN-CSIC). Tras licenciarse en Ciencias del Mar en la Universidad de Vigo, con un máster en la Universidad de Cantabria y otro en la Universidad de Cádiz, y completar su tesis doctoral en la Universidad de Granada, trabajó en la NOAA (Estados Unidos), donde lideró un proyecto de cartografía costera. Desarrolla su investigación en el ámbito de la teledetección aplicada al estudio integral de las zonas costeras, combinando oceanografía y observación de la Tierra mediante datos satelitales. Su trabajo se centra en el desarrollo de metodologías innovadoras para la monitorización de ecosistemas costeros, especialmente con las imágenes Sentinel-2 del programa europeo Copernicus. Ha realizado contribuciones destacadas en el análisis de ambientes litorales, así como en el desarrollo de herramientas avanzadas para consolidar nuevas aplicaciones que ayuden en la gestión y conservación del medio marino.
Su trayectoria ha sido reconocida con diversos premios y distinciones, entre ellos el premio del IEEE Oceanic Engineering Society OCEANS’11 international competition en 2011, el reconocimiento de la Academia Nacional de Ciencias, Medicina e Ingeniería de Estados Unidos en 2016, el primer puesto del Premio Nacional Modesto Vigueras en 2021 y el Premio Internacional a la Excelencia en Observación de la Tierra otorgado por la Agencia Espacial Europea en 2026, convirtiéndose en la primera científica española en recibir esta distinción por sus contribuciones pioneras mediante el uso de datos Sentinel-2. Su actividad investigadora se complementa con una amplia producción científica, una fuerte capacidad de colaboración interdisciplinar, así como una destacada labor en divulgación.

1. ¿Cuál es tu área de investigación?
Mi investigación se centra principalmente en la aplicación de herramientas de teledetección para evaluar las zonas costeras y marinas desde un enfoque multidisciplinar. En particular, gracias a los satélites Sentinel-2 del programa Copernicus, estudio multitud de aspectos que ocurren en estas regiones tan dinámicas, como la calidad del agua, las mareas rojas, la erosión y la cartografía de fondos marinos someros. Las zonas costeras son ecosistemas muy vulnerables y sometidos a una gran presión humana, por lo que comprender su evolución es clave para su adecuada gestión y conservación. Lo fascinante es cómo estos instrumentos ópticos, que sobrevuelan la Tierra a una altitud de 786 km, son capaces de proporcionarnos información indispensable sobre lagunas, marismas, estuarios, albuferas, playas, manglares o arrecifes de coral, ofreciendo una perspectiva única para estudiar procesos oceanográficos y biológicos. Además, sus diez metros de resolución espacial nos brindan la posibilidad de analizar estos ecosistemas complejos con gran nivel de detalle, lo que ha revolucionado la forma de estudiar y comprender estas regiones extremadamente sensibles del planeta.
2. ¿Por qué te dedicas a ella?
Me dedico a este campo porque combina el uso de tecnología espacial con problemas ambientales muy reales en la interfaz tierra-océano. Y porque es apasionante. Poder conocer el estado de salud de las costas y los mares desde el espacio supone un reto científico y técnico que me mantiene en un aprendizaje continuo y nunca deja de sorprenderme, ya que las preguntas que surgen son prácticamente infinitas. Me interesa comprender estos paisajes cambiantes, que se transforman cada día, cada hora, y que sostienen la vida. La ciencia me permite traducir el lenguaje del agua y me ha hecho entender que observar la Tierra desde tan lejos, desde el espacio, también es una forma de estar cerca de ella y contribuir a su cuidado.
3. ¿Has tenido alguna figura de referencia en tu trayectoria?
Cuando era pequeña, nunca los encontré. Solo los libros, que no son pocos, o, como dice Irene Vallejo, son “el infinito en un junco”. A lo largo de mi carrera sí he tenido referentes científicos en el ámbito de la oceanografía y la observación de la Tierra, especialmente en el CSIC, como mi supervisor doctoral, Gabriel Navarro. También fueron muy importantes mis estancias postdoctorales y colaboraciones internacionales, como la realizada durante dos años junto a Richard P. Stumpf, en la NOAA en Estados Unidos, que marcó un punto clave en mi formación y me enseñó lo importante que es transferir y acercar la ciencia a la sociedad, que mi trabajo sea útil para todos. Además, he encontrado referentes en mis viajes y experiencias internacionales: personas generosas que estudian el océano con respeto y curiosidad, y de las que aprendo constantemente a través de su trabajo diario. Su conocimiento y pasión por el mar acaban contagiándome.
4. ¿Qué te gustaría descubrir o solucionar en tu campo?
Me gustaría seguir mejorando las herramientas de observación satelital para monitorizar con mayor precisión fenómenos como la turbidez del agua, las floraciones algales y la erosión costera. También me gustaría aprender a ver con más claridad aquello que aún se nos escapa: los cambios sutiles de las costas, la huella del clima en el mar y las señales tempranas de transformación de los ecosistemas. Creo que avanzar en este conocimiento es fundamental para anticiparnos a los impactos ambientales y contribuir a una mejor conservación y gestión de estos espacios. Nos une a ellos una relación que va más allá de lo científico: representan esos oasis a los que acudimos cuando el estrés nos desborda y a los que anhelamos llegar durante los meses estivales. Es labor de todos mantenerlos sanos y a salvo.
5. ¿Qué consejo darías a quien quiera adentrarse en el mundo de la investigación?
Le recomendaría mantener siempre viva la llama que prende la curiosidad, formarse en herramientas cuantitativas y tecnológicas, pero también en aspectos sociales y humanos. La investigación requiere paciencia, capacidad de adaptación y colaboración internacional, porque la ciencia no entiende de fronteras. También le diría que no deje de mirar con asombro, incluso cuando los datos sean complejos o inciertos. Investigar es aprender a convivir con las preguntas sin tener prisa por responderlas; es disfrutar del camino, del aprendizaje continuo y del proceso de descubrir cosas con alegría y entusiasmo. Siempre me gusta recordar que la mirada de un científico hacia sus datos y resultados debe ser la misma mirada que tiene un artista hacia sus obras y creaciones; deben contemplarse con cuidado, respeto y admiración.