Hay un astro del Cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter bautizado como ‘1657 Roemera’. Es uno de los homenajes que recibió en vida la astrónoma norteamericana Elizabeth Roemer, una cazadora de cometas que, además, se convirtió en una gran activista por la igualdad de género. Descubridora de una luna del gigante del Sistema Solar, ya desde la infancia, en periodo de entreguerras, se destacó por su inteligencia y su capacidad de buscar respuestas más allá de lo conocido. Su lucha por la igualdad de género sería otra de sus grandes aportaciones en el ámbito de la ciencia.

Elisabeth nació en Oakland, California, el 4 de septiembre de 1929. No se sabe mucho de su familia, pero si que algo debió llamarla la atención del cielo –entonces la contaminación lumínica era mucho menor– porque desde adolescente ya se sintió atraída por la astronomía. En una entrevista, cuando era adulta, contaría que en su primer año de Secundaria ocurrió algo que marcó su destino. Había comenzado la Segunda Guerra Mundial y los docentes no estaban muy cualificados en los centros públicos. Un día, el de ciencias comentó en clase que Polaris era la estrella más grande conocida. Aquello no convenció mucho a la joven y el profesor la animó a buscar otra respuesta mejor por otro lado. Hoy habría ido a internet, pero entonces recurrió a contactar con el Departamento de Astronomía de Berkeley, donde un asistente la ayudó y, además, le ofreció más recursos para que profundizara en el tema. Desde entonces tuvo claro que mirar al firmamento no solo sería su pasión, sino también su profesión.
Prueba de su capacidad y su interés por la ciencia es que, con 17 años, Elizabeth ganó un concurso de talentos científicos que patrocinaba la marca Westinghouse. Aún existe y se conoce como Regeneron Science Talent Search. Había presentado un proyecto titulado «Explorando los cielos desde el patio trasero de una ciudad», con impresionantes imágenes de estrellas y planetas que había dibujado a mano tras las observaciones que hacía con un telescopio desde el patio de su casa. Entonces ese premio era considerado como el «Junior Nobel» y ganarlo a nivel nacional era uno de los honores más altos para un estudiante de ciencias en el país. Como mujer, fue una pionera en conseguirlo, y justo el año que se graduaba en el instituto.
Como no podía ser de otro modo, eligió estudiar Astronomía en la Universidad de California, en Berkeley, donde en 1950 se graduó con honores gracias a una beca Bertha Dolbeer que se concedía a alumnas de disciplinas en las que había poca representación femenina y así apoyar sus estudios. Para poderse pagar el doctorado, durante dos años, la joven se quedó en Berkeley dando clases en un colegio local; aquello le permitió descubrir que, además de investigar, le encantaba la docencia. En su último año de posgrado, pudo trabajar como astrónoma asistente y técnica en un laboratorio del Observatorio Lick de su universidad. Finalmente, se doctoró en 1955, siendo parte del escuálido 10 % de mujeres que lograban ese título, las menos en ciencias.
Aún se quedaría dos años más trabajando en Berkeley, hasta que ya con el título de astrónoma del Observatorio Naval de los Estados Unidos (USNO), comenzó su carrera profesional en la estación Flagstaff, en Arizona. Este lugar se había creado justo en 1955 como un sitio de «cielo oscuro» del Observatorio, con objeto de poder realizar observaciones ópticas e infrarrojas precisas sin la contaminación lumínica que cada vez era mayor en las grandes ciudades.
79 cometas perdidos, redescubiertos
En poco tiempo, Elisabeth se hizo conocida por su capacidad de redescubrir cometas de los que tardan menos de 20 años en orbitar al Sol. Con la tecnología disponible por entonces, los astrónomos de su época no eran capaces de rastrearlos cuando estaban a poca distancia de la Tierra y los perdían cuando se alejaban. Con la metodología pionera de Roemer, que utilizaba el mismo telescopio reflector de 40 pulgadas del observatorio, ella los encontraba en el área donde predecía que estarían mientras rodeaban el Sol. Lograba detectar el movimiento débil del astro en relación con la estrella, que tenían detrás, aunque no era nada fácil predecir ni la posición y ni el brillo de unos astros que habían estado desaparecidos durante mucho tiempo. Sus datos y mediciones sobre el brillo de los que recuperaba, ayudaron mucho a los astrónomos de su época y han permitido el seguimiento de numerosos cometas de este tipo hasta el día de hoy. Se le acredita el redescubrimiento de 79 cometas de periodo corto que estaban ‘perdidos’. Además, durante 25 años acumuló un extenso archivo de placas fotográficas que sirvieron para medir la magnitud del núcleo de estos cuerpos celestes y entender mejor sus propiedades físicas.
Un de los reconocimientos más importantes por su trabajo lo recibió del astrónomo suizo Paul Wild, uno de los grandes descubridores de cometas, quien quiso expresarle su agradecimiento por sus éxitos dando su nombre a uno que él había hallado en 1961: es el mencionado ‘Romera’. También ella descubrió en esos años el primero de sus astros: ocurrió el 29 de octubre de 1964 y le llamó ‘Lucifer’. En su correspondencia con colegas se refería a él como su «Ángel Guardián Lucifer».
En 1965, la doctora Roemer se convirtió en la primera directora interina del USNO, aunque solo estuvo un año al frente de tan importante institución. Al año siguiente, se nombró a otro director y ella se trasladó al Laboratorio Lunar y Planetario de la Universidad de Arizona, en Tucson, donde se especializó en astrometría. Allí pudo dar clases como profesora desde 1969 y allí también presidió el comité que establecería el Departamento de Ciencias Planetarias en 1972.
Aunque disfrutaba con las clases, seguía pasando muchas horas nocturnas en el telescopio. Y había resultados: el 1975 descubrió otro asteroide, ‘Bok’, y codescubrió una de las lunas de Júpiter, Temisto, junto con su colega Charles T. Kowal. Temisto se perdió al poco de su hallazgo porque tiene una órbita irregular, aunque luego se volvió a ver en el año 2000 desde el observatorio de Hawái. En 1980, Roemer también trabajó en el Observatorio Steward de Tucson, que no dejó de visitar hasta 1997.
De su vida personal se sabe que Elisabeth nunca se casó. En una carta, el astrónomo William Wilson Morgan diría que ella era «la persona más destacada en su campo, y probablemente en el mundo» y ponía en valor que había logrado mucho “sin un marido que le abriera el camino». Ese era el contexto en el que vivía. De hecho, aun siendo valorado su trabajo, sus colegas no se dirigían a ella como doctora, sino que la llamaban con el diminutivo coloquial ‘Pat’, algo que no hacían con sus compañeros masculinos. En su caso, como se quejaría en alguna ocasión, obviaban su titulación e incluso la excluyeron de procesiones académicas a las que sí invitaban a sus compañeros doctores, sobre todo en sus primeros años como profesional.

Una de sus luchas por la igualdad fue la de acabar con la brecha salarial de género, defendiendo un sueldo justo tanto para ella como para sus compañeras. Incluso ya al final de su carrera, en 1994, para visibilizar que existía, hizo un gráfico que comparaba los salarios de astrónomos y astrónomas del Observatorio Steward de la Universidad de Arizona, reflejando grandes disparidades. Era una situación que le generaba un profundo rechazo. Cuando en una ocasión la invitaron a hablar de este tema, confesó: «No puedo con esto: he vivido demasiadas experiencias y la amargura no está muy lejos de la superficie. Sobrevivo evitando pensar en ello».
Tampoco le hizo mucha gracia recibir premios que se daban más por su género que por sus méritos científicos, como fue el Premio al Mérito de la revista Mademoiselle, donde fue elegida como una de las 10 «Mujeres del Año» en 1958. De todas, Elisabeth Roemer era la única con formación en ciencia y tecnología que figuraba en la lista, así que aceptó porque sabía que su representación era vital en la lucha por hacer que esas carreras fueran más accesibles para las mujeres.
Aunque se jubiló de la universidad oficialmente en 1998, continuó su investigación sobre cometas y asteroides y siguió como profesora emérita mientras tuvo energía. En 2006, se hizo miembro de Friends of Lowell Observatory. También fue miembro de la prestigiosa Unión Astronómica Internacional.
En 2016, con 87 años, decidió donar sus bienes a la ciencia. Se conoce como la Donación de la Fundación Elizabeth Roemer y sirvieron para crear un fondo de instrumentación en la Fundación del Observatorio Lowell, que apoya la adquisición y el acceso a tecnologías y materiales mejorados dentro de las instalaciones del observatorio de Arizona. Poco después, el 8 de abril de 2016, moría en Tucson.
Referencias
- Madison Mooney, Who Was Elizabeth Roemer?, Lowell Observatory, 16 septiembre 2022
- Elizabeth Roemer, Lowell Observatory Archives
- Elizabeth Roemer, Wikipedia
Sobre la autora
Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional.