La espoleta de la física Emma Unson Rotor que ganó batallas
La investigación científica, en la mayoría de las ocasiones, tiene como fin mejorar la vida humana, pero en época de guerras gran parte del esfuerzo se dedica a acabar con el enemigo. Bien lo supo Robert Oppenheimer, creador de la bomba atómica, pero también la hasta hace poco desconocida física Emma Unson Rotor, inventora de una espoleta de artillería que se considera el segundo gran avance al que se debe la victoria de los aliados sobre Hitler en la Segunda Guerra Mundial.

El nombre de Emma Unson Rotor no figura en los titulares de ninguna película de Hollywood, como el de su coetáneo. Su historia permaneció clasificada bajo secreto militar durante décadas y su figura fue largamente eclipsada en los registros públicos, en gran parte debido a que su esposo era el célebre escritor y médico Arturo Rotor, a quien se considera el primer alergólogo de su país. ¿Qué interés iba a tener la figura de una discreta y sencilla mujer que prefería estar al margen de los medios?
Emma nació el 18 de mayo de 1913 en Manila, Filipinas, en una familia de clase alta que pertenecía a la élite intelectual, política y social durante la época de la Mancomunidad (Commonwealth). Fue en su ciudad donde asistió a la Universidad de Santo Tomás y donde obtuvo una licenciatura en Matemáticas y una maestría en Física en 1937. Después de graduarse, la joven consiguió trabajo como instructora de Matemáticas en su misma universidad, donde impartió clases durante varios años. Se sabe que en alguna fiesta conoció a Arturo B. Rotor, con el que se casó.
El gran giro en su vida llegó en 1941, cuando la pareja decidió dejar Filipinas para irse a estudiar cada uno un postgrado en Estados Unidos. Emma tenía una beca del gobierno filipino para hacer el doctorado de Física la Universidad John Hopkins y Alberto para especializarse en alergias, pero apenas dos meses después de su llegada, el Imperio Japonés atacó Pearl Harbor e invadió Filipinas, lo que congeló su beca y por tanto la dejó sin recursos económicos. Durante años, ni siquiera pudieron contactar con su familia en busca de ayuda. Pero nada de eso la rindió: se matriculó en un curso nocturno de mecanografía y taquigrafía y consiguió un empleo como estenógrafa en una biblioteca pública de Baltimore para poder pagar sus cuentas. Incluso iba a clases sueltas de Física en la Johns Hopkins cuando su horario laboral se lo permitía.
Este panorama cambió en 1944, cuando el gobierno estadounidense comenzó a reclutar masivamente a mentes brillantes en ciencias exactas en busca de apoyos en una guerra que se alargaba. Como Emma Unson tenía unas excelentes credenciales en Física y Matemáticas, la Oficina Nacional de Estándares (NBS) no dudó en contratarla como “nombramiento especial de tiempos de guerra” desde enero de ese mismo año, pasando de ser una refugiada económica a una científica clave. Mientras, Arturo se involucró en política, siendo parte del gobierno filipino en el exilio.
Enseguida se hizo evidente su valía apoyando investigaciones experimentales sobre el desarrollo de nuevos dispositivos de artillería, es decir, armas militares de combate. No solo estaba en el diseño, sino que era fundamental en la construcción y las pruebas de componentes mecánicos, eléctricos y de radio que se hacían.
Su mayor éxito fue liderar el desarrollo de la espoleta de proximidad, un dispositivo sofisticado diseñado para detonar misiles cuando se acercan a sus objetivos, en lugar de hacerlo con el impacto directo. Era una tecnología basada en las ondas de radio, que detectan la proximidad de un objetivo para luego activar la detonación. Este invento mejoró la efectividad de la artillería antiaérea, sobre todo contra aviones enemigos y bombas volantes alemanas V-1. Si la bomba de Oppenheimer puso final a la guerra, las espoletas de Emma fueron fundamentales en batallas como la del Mar de Filipinas (en junio de 1944) o la Batalla de las Ardenas, que finalizó en enero 1945, como recuerda Jamie Holmes en su libro «12 Seconds of Silence”. De hecho, se produjeron millones de fusibles de proximidad y una parte significativa de la industria electrónica estadounidense se dedicó a su fabricación. El esfuerzo también contribuyó a los avances en la electrónica miniaturizada, sentando las bases para futuras innovaciones en la industria electrónica.

Ascenso en un mundo patriarcal
En menos de un año, fue ascendida en una división donde había 145 personas y casi ninguna era mujer. En marzo de 1945, su supervisor, el físico William B. McLean, le otorgó una calificación de desempeño «excelente». «Independientemente de su puesto, la Sra. Rotor es una de las personas más valiosas en este proyecto», escribió McLean. Durante esa etapa en la NBS, además, escribió o fue coautora de varios artículos científicos sobre sus hallazgos, algunos sobre la trayectoria de las bombas.
Todo ello quedó oculto al terminar la guerra, dado que los científicos firmaron acuerdos de confidencialidad muy rigurosos según la ley estadounidense. A diferencia de los del Proyecto Manhattan, cuyas identidades se revelaron tras las explosiones atómicas, la tecnología de las espoletas de radio se mantuvo clasificada durante décadas y Emma jamás reveló a qué se había dedicado en los laboratorios, por lo que su trabajo permaneció en el anonimato. Heather Nguyen, una estudiante de Cálculo Avanzado, recordaría más tarde que “las contribuciones de Rotor no solo influyeron en la forma en que se libraba la guerra, sino que abrieron camino para que futuras mujeres de color en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM) se destacaran y alzaran la voz”.
En 1947, la pareja Rotor regresó a Filipinas, donde la patriarcal sociedad de la posguerra la encasilló de inmediato en el rol de “la esposa de”, dado que su esposo era una de las celebridades del país, no solo por haber descubierto enfermedades como médico, sino como líder político, escritor premiado y reconocido músico. Era ella solo su discreta y culta esposa. Tampoco buscaba el reconocimiento. Eligió regresar a la enseñanza en una facultad a la que solo iban mujeres, donde llegó a ser decana. Es un legado con el que se sentía más a gusto que con las medallas de guerra, diría su familia.
En 1988, Arturo falleció de un cáncer. Ella moriría una década después, el 6 de septiembre de 1998, a los 85 años de edad. Sin hijos, su familia no tenía ni idea de lo que había hecho en su juventud, solo que a Lola Emma (abuela Emma) le gustaban las matemáticas.
Fue en 2023 cuando su sobrina Delia Unson y su sobrina nieta Ría Unson fueron contactadas por un historiador americano que seguía su pista y comenzaron a descubrir documentos y artículos en los que reconocían sus aportaciones. Finalmente, publicaron un artículo en la revista Science News con su verdadera historia ese año, y después un documental sonoro sobre su figura en The Lost Women in Science en 2025. Su sobrina nieta Ría, artista, también hizo un retrato de ella para un libro sobre la historia de la ciencia. Gracias a este esfuerzo conjunto, Emma Unson Rotor dejó de ser un simple pie de página invisible para ocupar su lugar legítimo junto a los grandes nombres de la ciencia del siglo XX.
Referencias
- Filipino math teacher Emma Rotor helped develop crucial WWII weapons tech, Science News, 12 septiembre 2023
- Ria Unson, My Lola Helped Change the Course of WWII, Positively Filipino, 6 diciembre 2023
- Erica Huang, Emma Unson Rotor: The Filipina Physicist Who Developed a Top Secret Weapon, Lost Woman of Science, 14 diciembre 2023
- Joshua Aguilar, Filipina teacher fused math with science to create WWII technology, The Crusader, 2 marzo 2024
- Emma Unson Rotor, Wikipedia
Sobre la autora
Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional.