Frida Palmér, la espía de las estrellas
Frida Elisabeth Palmér marcó un hito al conseguir un doctorado en Astronomía cuando ninguna mujer antes lo había logrado en su país, Suecia. Y muchos más al posicionar en el firmamento más de doscientas estrellas variables, un área de esta ciencia complicada por la dificultad de la observación de unos astros que no siguen un ciclo constante y, además, presentan variaciones en su brillo. Hoy un observatorio lleva su nombre, que sigue siendo un referente en muchos estudios científicos.
Este futuro era poco imaginable aquel 14 de febrero de 1905, cuando Frida nació en Blentarp, al sur de Suecia, en la familia de un constructor al que casi no conoció: falleció cuando su única hija tenía solo cinco años. Su madre, Elsa, se mudó a Järrestad y, tras estudiar unos meses Secundaria en un instituto femenino en la ciudad de Lund, en la misma región de Escania, Frida se matriculó en Filosofía en la Universidad. Se desconoce de dónde le vino la pasión por la astronomía, la física y las matemáticas, que también cursó, obteniendo su licenciatura en 1928. Al año siguiente, comenzó a trabajar en el Observatorio de Lund, que había comenzado a dirigir su mentor y amigo, el profesor Knut Lundmark. En 1930, gracias a su tesón, consiguió una beca que la llevó a visitar observatorios en media Europa. En Praga, Viena, Budapest, Potsdam, Danzig (hoy Gdansk) y Berlín causó una gran impresión ver a una mujer tan joven en un campo científico dominado por hombres.

del observatorio de Lund (hacia 1929). SKBL.
Durante los años siguientes Frida centró su trabajo en esas esquivas estrellas variables, que acabaron siendo el eje de su tesis doctoral. Unas eran estrellas gigantes rojas pulsantes, de masa similar al Sol, que son las que están al final de su vida. Otras, supergigantes rojas, mucho mayores. El mismo año que se licenció, se estrenó en esta ciencia con un catálogo que recogía 99 posiciones estelares; fue un trabajo conjunto con su colega Jöran Ramberg. Para sus observaciones, habían utilizado un instrumento de 1874, el círculo meridiano, que permitía fijar posiciones de estrellas con precisión. Eran unos tiempos en los que no era nada fácil el trabajo: en Suecia hacía un frío intenso por las noches, así que tenía ropa especial para estar horas observando hasta detectar esos movimientos propios de las estrellas, todos muy pequeños.
Ya antes de acabar su tesis, fue publicando algunos artículos que pusieron su nombre en la Astronomía internacional. En 1931, presentó su programa de observación; en 1932 concretó las posiciones de 241 estrellas gracias al círculo meridiano, remontándose a datos de mediciones desde 1790 para 117 de ellas; y en 1937, publicó las de otras 96, observadas en 1935.
Por desgracia, estas investigaciones no le daban para vivir. Dependía de becas y trabajos ocasionales para subsistir, atravesando muchas dificultades económicas. Fue una década en la que, de cuando en cuando, daba clases en institutos femeninos. Cuando conseguía becas, viajaba por toda Europa para seguir investigando en sus observatorios, incluso en la Unión Soviética. En su tesis recuerda especialmente al astrónomo Richard Prager, de Berlín, un gran experto en estrellas variables que le dio acceso a sus ficheros como muestra de apoyo.
Finalmente, el 28 de enero de 1939 presentó su tesis, con el título de Estudios de estrellas variables irregulares, un catálogo de los movimientos de 182 estrellas variables irregulares basado en sus observaciones en el que analizaba sus espectros, brillos, velocidad y distribución en la Vía Láctea. Incluso investigó cómo la luz es absorbida por el polvo y el gas interestelar, con resultados cercanos a los actuales. Aunque casi todas eran de nuestra galaxia, incluso abordó otras lejanas. Varias fuentes indican que fue la primera astrónoma doctorada en Suecia, si bien alguna otra atribuye ese papel a su compatriota Karin Schultz. Lo cierto es que tras ella, habría que esperar otros 17 años, hasta 1956, para que otras dos mujeres —Ingrid Torgård y Aina Elvius— obtuvieran su doctorado en la misma disciplina.
La guerra y los códigos secretos
Apenas un mes antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, en septiembre de 1939, Frida viajó a una reunión de la Sociedad Astronómica en Danzig y para pasar un periodo observando en Bélgica, donde le pilló el conflicto y siguió trabajando en astronomía y en analizando las señales horarias que llegaban de diferentes transmisores de radio. La situación fue a peor y en enero de 1940, el país era ya muy inseguro (los nazis acabaron ocupándolo en mayo), así que regresó a Suecia.
A su vuelta, enseguida comenzó a trabajar en la Dirección Nacional de Radiocomunicaciones de Defensa como analista de sistemas de criptografía, donde estuvo hasta finales de 1945. Llegó a ser directora de un grupo. Sus funciones incluían descifrar mensajes de la armada soviética en el océano Ártico, algo que podía hacer porque dominaba el inglés, el alemán, el francés y el ruso, dado que había traducido muchos artículos de colegas astrónomos soviéticos. Nunca dijo en qué operaciones había participado. Allí tuvo que sufrir la discriminación de género. Para sus colegas criptógrafos era “una insignificante analista de estrellas”, aunque el comandante Torgil Thorén diría de ella que «se caracterizó siempre por su pronta percepción, energía y claro sentido del orden» y que «hizo su trabajo con diligencia y con una conducta impecable y honesta».
Aun estando centrada en esa tarea, no olvidaba el cosmos, al que le permitían dedicarse en su tiempo libre. En diciembre de 1943 terminó un estudio bibliográfico sobre los movimientos de otras 98 estrellas variables rojas, que acabaría publicándose en el verano 1945. Fue ese año cuando, por fin, pudo participar en una expedición del observatorio de Lund al norte de Suecia para observar el eclipse solar total que tuvo lugar ese 9 de julio.
Por desgracia, la vida no se lo puso fácil. En 1946, con solo 41 años, Frida tuvo que dejar su carrera científica para dedicarse a la docencia de matemáticas y física en un instituto y así poder cuidar de su anciana madre. No era algo que la gustara; es más, se dice que era una profesora irascible y que incluso despertaba temor de los alumnos con algunos por sus arranques. Eso sí, aprovechaba los momentos que podía para seguir en contacto con colegas astrónomos y viajar al extranjero, casi siempre sola.
En 1961 recibió la medalla Nordstjärneorden, en reconocimiento a sus investigaciones, que seguían siendo muy citadas en artículos sobre estrellas variables. Es más, la mayoría de las estrellas que Frida Palmér observó todavía se clasifican hoy como ella lo hizo, pese a las grandes mejoras en los telescopios.
Cuando su madre falleció, Frida amplió su círculo social y fundó una Asociación para Mujeres Trabajadoras en Estocolmo, además de continuar viajando por el mundo. Pero murió relativamente joven, a los 61 años, el 13 de octubre de 1966, en Halmstad. Allí en su recuerdo todavía existe el Observatorio Frida Palmér. Su tumba, en 2010, seguía a cargo de una antigua alumna, Gunilla Lindberg y de algunos familiares. Está adornada con plantas perennes formando la figura de la Osa Mayor.
Referencias
- Anders Nyholm, Frida Elisabeth Palmér, Svenskt kvinnobiografiskt lexikon, 18 marzo 2020
- Palmér, Frida (1905 – 1966), astronom, lektor, Kulturportal Lund
- Robert Cumming, Våra 100 mest astronomiska ögonblick avslöjas när Sverige firar «superrymdåret», Popular astronomy, 25 enero 2019
- Frida Palmér, Wikipedia
Sobre la autora
Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional.