Edith Marie Flanigen, la inventora de piedras preciosas

Vidas científicas

Si alguien llena su depósito de gasolina, lava su ropa o lee sobre los esfuerzos por limpiar después del accidente nuclear de Fukushima, en Japón, entonces se encontró con el trabajo de Edith Flanigen.

Edith Flanigen. LEMELSON-MIT.

La frase es de la Fundación Medallas Nacionales de Ciencia y Tecnología, un reconocimiento a esta química nacida en Búfalo (EE. UU.) en 1929, que recibió en 2014 de manos del expresidente Barack Obama y que resume, quizá demasiado, el papel fundamental que ha tenido para el desarrollo de muchos avances de nuestra vida cotidiana. Además, como señala el titular, inventó piedras preciosas, en concreto, esmeraldas sintéticas, de forma que indirectamente evitó la extracción mineral de unas ‘joyas’ que tantos impactos generan en zonas del mundo como Colombia.

El año que nació Edith fue el de la gran hecatombe económica global. Nació en Búfalo, en el estado Nueva York, donde estuvo el foco del desastre financiero. En algunas entrevistas ha confesado que, al igual que su padre, desde cría tuvo una curiosidad innata e insaciable. Fue una profesora de química de su escuela secundaria, Dorothea Fitzgerald, quien a ella y a sus hermanas Joan y Jane les despertó el interés por la química. Las tres juntas estudiaron esta ciencia en el D’Youville College de su ciudad, siendo nuestra protagonista la primera de su promoción. En 1952, obtendría su licenciatura en Química Física Inorgánica por la Universidad de Siracusa, de la que llegó a ser Honoris Causa en 2008, una vez jubilada.

Nada más acabar la carrera, y dado su expediente, enseguida logró un puesto como investigadora en la compañía Union Carbide, empresa fundada en 1917 y que llegaría a ser tristemente famosa por el accidente en su planta de Bophal (India) de 1984. Allí murieron 25 000 personas y 150 000 quedaron afectadas en un siniestro del que no se hizo responsable.

Los inventos de Edith

Pero mucho antes, en la postguerra, Edith y sus dos hermanas habían entrado en la empresa para tratar de identificar, extraer y purificar una variedad de polímeros de silicona. Cuatro años después, en 1956, Edith se trasladó de departamento y se interesó por tamices o filtros moleculares como la zeolita, que llegó a ser el eje de su carrera científica.

Zeolita.

Las zeolitas son cristales diminutos y porosos que ayudan a separar y purificar mezclas químicas según el tamaño de sus partículas. Como un colador, atrapan partículas de algunos tamaños y dejan pasar otras, lo que ayuda a clasificar y separar diferentes moléculas de los materiales. Aunque es un mineral natural, Flanigen y el grupo que dirigió desde 1968 en Union Carbide inventaron más de doscientas versiones sintéticas diferentes del compuesto, que se dirigen a varias partículas. Hoy son fundamentales en una industria de miles de millones de dólares que tiene una amplia gama de aplicaciones: se usan de forma habitual para refinar el petróleo crudo en petróleo, han reemplazado a los fosfatos dañinos para el medio ambiente en el detergente para la ropa e incluso se utilizaron para filtrar el material radiactivo del agua en torno a Fukushima tras el accidente nuclear.

Cómo acabar con los escépticos

Edith no tardó en ver reconocida su valía. En aquellos años eran muy pocas, en realidad excepciones, las mujeres que lograban ser jefas de un equipo de investigación. Por ello, desde el principio, si bien comprobó que la mayoría de sus subordinados masculinos la valoraban y apoyaban, se esforzó por ganarse a los más reticentes, que los había. «Les di respeto», diría después. «Una vez que trabajamos juntos y tuvimos éxitos, estaban más entusiasmados con el trabajo que estaban haciendo que escépticos con la relación entre nosotros».

Uno de sus inventos más conocidos es el de la esmeralda sintética que comercializaba Union Carbide, de la que se vendieron infinidad de piezas en todo el mundo para ser usadas en los predecesores de los láseres y también como joyas. Pero su legado es mucho mayor. Como experta en ciencia de los materiales, hay al menos 109 patentes que llevan su nombre y, aunque trabajó para el sector petroquímico, en años del desarrollo del sector, esos inventos fueron, sobre todo, para conseguir combustibles más limpios (creó un tamiz que se puede usar para optimizar la conversión de petróleo crudo en gasolina y hacer que la refinación sea más eficiente, más limpia y más segura), limpiar de desastres ambientales o purificar el agua, todas ellas unas tecnologías basadas en los tamices moleculares que ella había desarrollado.

Las buenas ideas son ideas aún mejores cuando pueden mejorar la vida de las personas y ayudar a la Tierra. Ha sido muy satisfactorio, durante toda mi carrera, descubrir materiales que nunca han existido antes, es realmente un gran placer.

Edith Marie Flanigen, entrevista con el National Inventors Hall of Fame® (NIHF)

Ciertamente, su trayectoria científica no puede decirse que haya pasado desapercibida. Ha sido una de las pocas mujeres en la Academia Nacional de Ingeniería de su país y, en 1992, se convirtió en la primera investigadora en recibir la Medalla Perkin, el máximo honor de Estados Unidos en química aplicada. En 2012, además, recibió la mencionada Medalla Nacional de Tecnología e Innovación. Desde su jubilación, en 1994, no ha dejado de inspirar a numerosos jóvenes innovadores involucrados en programas y eventos de NIHF con su presencia, incluso realizando visitas a los sitios del programa Camp Invention. Hoy, a sus 94 años, sigue viviendo en Búfalo.

Referencias

Sobre la autora

Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional.

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