La señora Darwin

Ciencia y más

Hace unos años se publicó un artículo sobre Emma Darwin que se subtitulada con el conocido “Detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer”. Es el habitual segundo plano, la invisibilización de la pareja de los famosos. Es ignorar la importancia de la participación y del desarrollo histórico de las sociedades haciendo desaparecer el 50 % de quienes las forman. Además de las mujeres directamente silenciadas en el relato de los avances científicos o literarios, se ha infravalorado el papel que tenían las mujeres en las sociedades dentro de la historia, ese 50 % de la población que sostenía a ese otro porcentaje y darle valor a que ese segundo plano no es tal. Sin ellas esos señores no podrían haber hecho lo que hicieron o pensar lo que pensaron. Ahora vamos a repasar la vida de Emma Darwin (1808-1896) y como contribuyó a lo que Darwin nos ha legado. Solo hay que relatar su historia. Conocer su vida nos ayudará a saber más sobre el propio Darwin, su obra y la sociedad en la que desarrolló sus teorías científicas.

Como resumen inicial, en 1837, Darwin se estableció en Londres y en enero de 1839 se casó con su prima Emma Wedgwood. En septiembre de 1842, el matrimonio se trasladó de Londres a una casa de campo, llamada Down House, en el pequeño pueblo de Downe, en Kent, a unos 25 kilómetros al sur de Londres. La salud de Darwin, siempre muy delicada, necesitaba que viviera en un lugar tranquilo, en el campo. En Downe vivió hasta su muerte el 19 de abril de 1882. En aquella casa de campo, Emma Darwin dirigió a Darwin, a siete niños y a una docena de criados.

Desde los 30 años Darwin pasó por frecuentes y largos periodos en los que no podía trabajar más de dos o tres horas al día. Al final de su vida estaba prácticamente incapacitado. El debate sobre su enfermedad sigue abierto aunque varios expertos mencionan la enfermedad de Chagas, quizá contraída en sus viajes por Sudamérica entre Chile y Argentina. Sus síntomas incluían palpitaciones, náuseas, vómitos violentos, indigestión, flatulencia, mareos, furúnculos, eccema y entumecimiento de los dedos, por nombrar algunos. Como tratamientos probó la galvanización con una corriente eléctrica de una batería a su cuerpo, y la cura de agua, en la que le frotaron con agua fría y lo envolvieron en una sábana húmeda. Los medicamentos de Darwin incluían calomelano (cloruro mercurioso), cloruro mercúrico, nitrato de bismuto, tiza (carbonato de calcio) y opio. Durante un tiempo, su dieta no permitía azúcar, mantequilla, especias o té. Estos tratamientos tuvieron diversos grados de éxito, pero la enfermedad siguió a Darwin, comenzando cuando tenía unos 30 años, después de su regreso de su viaje en el Beagle, y continuando hasta el final de su vida. En una carta a su amigo botánico Joseph Dalton Hooker en junio de 1857, Darwin se refirió a sí mismo como un “inválido despreciable miserable”.

Se ha propuesto varios diagnósticos posibles, incluidos intoxicación por arsénico, alergia a las palomas, dolencias psicosomáticas, disfunción inmunitaria, enfermedad suprarrenal, lupus eritematoso, intolerancia a la lactosa y enfermedad de Crohn. Parece que sufría la enfermedad de Chagas, contraída en el viaje del Beagle cuando fue picado por el insecto benchuga, Triatoma infestans, el vector del parásito protozoario Trypanosoma cruzi. La enfermedad de Chagas infligía daños permanentes en el estómago y el intestino delgado, lo que los hacía más reactivos en momentos de estrés. Los síntomas de Darwin eran agudos y estallaban cuando pensaba en sus ideas evolutivas heréticas, estaba sobrecargado de trabajo o preocupado por asuntos familiares, como la muerte de su padre y su hija Annie, o la salud de sus hijos. Su estado mejoró algo en la última parte de su vida, después de la aceptación general de su teoría por gran parte de la comunidad científica. Otra hipótesis sostuvo que Darwin sufría del síndrome de vómitos cíclicos, un trastorno vagamente definido como asociado con ADN mitocondrial anormal (y por lo tanto heredado de la madre).

Emma Darwin (retrato de George Richmond, 1840).

En enero de 1839, cuando Emma Wedgwood se casó con Darwin tenía 30 años, casi un año mayor que su prometido, y con una edad en que ya podía ser considerada una solterona. Sin embargo, si Emma había permanecido soltera durante mucho tiempo, no era por falta de pretendientes; había sido cortejada por varios pero los rechazó.

Emma había nacido el 2 de mayo de 1808 en Maer (Staffordshire, Reino Unido), y era la séptima hija de una familia acomodada. Su abuelo Josiah Wedgwood, que también era el abuelo de Darwin, había ganado una fortuna en la industria de la cerámica. Fabricaba una famosa porcelana de color azul y blanco; la marca todavía existe y las piezas de cerámica de jaspe de Wedgwood han decorado los comedores de los hogares en todo el mundo, e incluso son expuestas en museos.

A pesar de vivir lejos de Londres y el hecho de que su padre era un industrial, Emma había crecido en un hogar con un ambiente intelectual y bastante liberal. Su padre (también llamado Josiah) había apoyado a Darwin cuando fue invitado por el capitán Robert Fitzroy para acompañarlo en viaje de exploración de dos años en el Beagle, que, al final, duró cinco años. Partieron de Davenport el 27 de diciembre de 1831 y regresaron a Inglaterra, al puerto de Falmouth, el 2 de octubre de 1836.

Emma y sus hermanas recibieron una educación liberal, poco habitual para las jóvenes de la época. Cuando tenía 10 años pasó seis meses con su familia en París; después, mientras el resto de la familia prosiguió un largo viaje a Suiza e Italia, ella y su hermana Fanny asistieron a un internado en París, acompañadas de un sirviente. Cuatro años más tarde, las dos hermanas completaron un curso en un internado en Paddington Green, en las afueras de Londres. Durante ese tiempo Emma desarrolló su talento natural para la música. De vuelta en la casa familiar, aprendieron de su madre y de los ilustres visitantes que les visitaban. El ambiente era de libertad y cultura y que contaban con una biblioteca bien provista con libros para todos los intereses. Para sus primos Darwin, cuyo hogar tenía un ambiente bastante restrictivo, la casa Wedgwood era el paraíso. Emma, después de sus viajes y estancia en el extranjero, hablaba francés, italiano y alemán, y se interesaba tanto por la historia como por la política.

En los años en que Darwin viajó en el Beagle, llevaba un diario, del que copiaba fragmentos en las cartas que enviaba a familiares y amigos. Eran cartas muy largas y contenían descripciones detalladas de los paisajes por los que había viajado, las poblaciones humanas que había observado, y los fenómenos que había experimentado, tales como los terremotos en Chile. Describió su descubrimiento de fósiles en América del Sur y las observaciones de los arrecifes de coral en el Pacífico. Los parientes Wedgwood, y Emma entre ellos, compartían la emoción, el orgullo y la admiración que por la vida de Darwin. La llegada de las cartas era siempre un acontecimiento especial y se leían en voz alta a todos los presentes. Pero, para ellos también eran preocupantes, porque Darwin les describía su continuo mareo y los otros problemas de salud que habían comenzado durante el viaje y que le acosarían por el resto de su vida.

Para Charles Darwin, decidir si se casaba o no supuso muchas dudas y profundas reflexiones. Casarse y tener hijos significaría tener compañía constante, así como alguien que se preocupara por él y lo divirtiera. En sus momentos de duda escribió que siempre sería «mejor que tener un perro, de todos modos». Tendría alguien para cuidar la casa y habría música y charlas femeninas, las cuales él sentía que eran buenas para la salud. Pero con el matrimonio viene la obligación de visitar a los familiares y recibirlos en casa, y eso era una pérdida de tiempo. No casarse significaría no tener a nadie que lo cuidara en su vejez. Entre los aspectos positivos de la soltería estaban: ir a donde quisiera y poder limitar su vida social, ahorrarse preocupaciones y visitas a familiares, y evitar restricciones económicas pues, concluyó, sin hijos habría más dinero para comprar libros, y no tendría la necesidad de asumir más trabajo para ganar suficiente dinero, lo cual, afirmaba, no era bueno para la salud.

Metódico como era, Darwin redactó unas notas con sus reflexiones y concluyó que

Dios mío, es intolerable pensar en pasarse la vida entera como una abeja neutra, trabajando, trabajando, y nada después de todo… Imagina vivir todo el día solo en un Londres sucio y lleno de humo… Imagínate con una esposa suave y agradable en un sofá con buen fuego, y libros, y tal vez música…

En la columna contraria de su lista escribió que una vez demostrado que es necesario casarse, debía decidir cuándo hacerlo. Vuelve a mencionar algunos de los inconvenientes del matrimonio, pero se tranquiliza a sí mismo:

Ánimo… No se puede vivir esta vida solitaria con una vejez aturdida, sin amigos, con frío y sin hijos mirando fijamente uno a la cara, que ya empieza a arrugarse. No importa, confía en el azar, mantente alerta… hay muchos esclavos felices.

Una vez que había decidido que se casaría, elegir una pareja no era difícil: su prima Emma, a la que conocía desde niño, tenía las cualidades necesarias para cuidar de los hijos que pudieran tener, cuidar y proteger a la familia durante la enfermedad, y mantener la vida solitaria que deseaba para trabajar en un ambiente tranquilo y sin molestias externas. Además, al casarse, Emma recibiría una dote, lo que le hizo aún más atractiva la boda, aunque, en realidad, no necesitaba dinero. Pero Darwin no se consideraba físicamente agraciado y tenía miedo de que ella no lo aceptara. No obstante, probó suerte, y lo consiguió.

Después de su matrimonio, el 29 de enero de 1839, celebrado en Maer, en el pueblo de Emma, la pareja se estableció en Londres. Ese mismo día Darwin escribía en su diario “He contraído matrimonio hoy en Maer, a la edad de treinta años; he regresado a Londres”. Vivieron en Londres solo dos años antes de mudarse a Downe, a unos 25 kilómetros al sureste de Londres, a una casa llamada Down House, donde pasaron el resto de su vida. El pueblo de Downe está en Kent, relativamente cerca de Londres y, por tanto, era fácil viajar y, para Darwin, recibir las visitas de amigos que venían de Londres.

Down House.

Como era común en esa época, Charles y Emma tenían una familia numerosa. De sus diez hijos, con seis niños y cuatro niñas, siete sobrevivieron hasta la edad adulta. Su segunda hija, Anna, murió a los diez años, con fases de mucha fiebre y tal vez por tuberculosis; la tercera, Mary Eleanor, vivió apenas unas pocas semanas; y el décimo, Charles Waring, murió cuando tenía año y medio de edad, quizá con síndrome de Down. A mediados de la década de 1850, Emma era conocida en toda la parroquia por ayudar a quien lo necesitaba y repartía raciones de pan a los hambrientos, además de «pequeñas pensiones para los ancianos, golosinas para los enfermos, comodidades médicas y recetas de medicina sencilla».

Al regreso del viaje en el Beagle, Darwin ya no sentía la necesidad de viajar. En las memorias que al final de su vida escribió para sus hijos, confesó que

Pocas personas pueden haber vivido una vida más retirada que la nuestra. Aparte de breves visitas a las casas de los parientes y, ocasionalmente, a la playa o a otros lugares, no hemos ido a ninguna parte.

A pesar de su aparente aislamiento, cuando los numerosos miembros de las familias Darwin y Wedgwood se reunían, Down House se transformaba en un lugar ruidoso con hasta cincuenta personas. Todo ello a pesar de que aspiraban a una vida retraída, pero Charles y Emma a menudo recibían visitas de familiares, amigos intelectuales de Darwin y otros científicos que deseaban consultar con él cualquier asunto de sus investigaciones, expresar sus propias opiniones, o le admiraban y estaban ansiosos por conocerle.

Darwin era muy disciplinado y metódico en su vida cotidiana. A pesar de que no tenía deberes de trabajo, se puso a sí mismo un calendario que cumplía escrupulosamente. Desayunaba solo a las 7:45 am y luego, en su estudio, trabajaba hasta las 9:30 a.m. Luego hacía una pausa de una hora para leer su correo o, a menudo alguien se lo leía mientras descansaba en el sofá. A las 10:30 am, reanudaba su trabajo, y a las 12, antes de almorzar, salía a caminar por el jardín con su perro. La ruta era siempre la misma, y recorría, con su andar lento y laborioso, el cuarto de milla del camino de arena que llamó su “camino de pensar”.

Después del almuerzo, leía los periódicos mientras descansaba nuevamente en su sofá y después escribía cartas. La hora de la siesta era a las 3:00 pm. por la tarde y, a las 4 p.m., daba otro paseo por el jardín, después de cambiarse de ropa. Media hora más tarde, volvía a trabajar hasta las 5:30-6:00 de la tarde, cuando descansaba y escuchaba la lectura de una novela hasta las 19:30 horas, que era la hora de la cena. Después leía, jugaba dos juegos de damas con Emma, ​​o la escuchaba tocar el piano. A las 10 pm. salía de la habitación y media hora más tarde se iba a la cama.

El diario que Emma llevaba desde los 16 años y que continuó hasta pocos días antes de su muerte, el 7 octubre de 1896, revela muchos detalles de las historias de las familias Wedgwood y Darwin. Es un valioso registro social de la clase media próspera de Inglaterra en el siglo XIX y de su vida intelectual de la clase media en Inglaterra durante el siglo XIX.

Y nos cuenta como era la vida diaria en un hogar victoriano. Emma era responsable del personal femenino, incluyendo doncellas, niñeras e institutrices, y mantuvo sus propias cuentas personales relativas a pequeños gastos. Junto a los diarios, y como muchas otras amas de casa, Emma llevaba un libro de cocina en el que incluía anécdotas y experiencias personales.

Darwin asumió la responsabilidad del personal masculino y pagó sus sueldos. Además, estos diarios constituyen un detallado registro de la salud de toda la familia, especialmente la de su esposo, que era un hombre enfermizo y la principal razón por la cual dejaron Londres en 1842 para establecerse en la zona rural de Down.

Emma Darwin, hacia 1880.

Darwin era muy consciente de que sus ideas sobre la evolución podrían conducir a una crisis en el mundo de la ciencia y en la sociedad. Esta idea le inquietaba y puede haber sido una de las causas que le impidieron dar a conocer su teoría durante varias décadas. Emma Darwin era una mujer religiosa, mientras que Darwin, aunque había estudiado para clérigo, había perdido progresivamente la fe y era consciente de que los relatos en los que se basaba el cristianismo presentaban una falsa historia del mundo y se oponían al pensamiento racional. La muerte de su hija Annie, quizá por tuberculosis y después de una larga agonía de fiebres, también ayudó a la pérdida de la fe en Darwin.

En su autobiografía escribió:

Había llegado poco a poco […] a ver que el Antiguo Testamento desde su historia del mundo manifiestamente falsa, con la Torre de Babel, el arco iris como signo, etc., etc., y desde atribuir a Dios los sentimientos de un tirano vengativo, no era más digno de confianza que los libros sagrados de los hindúes, o las creencias de cualquier bárbaro.

Emma sufrió a causa del agnosticismo de su marido al igual que el propio Darwin porque era consciente de que sus ideas revolucionarias sobre un mundo que no necesitaba un Dios Creador eran una afrenta a la sensibilidad de Emma.

Esta fue quizás una importante razón por la que Darwin dudaba en hacer públicas sus ideas sobre la evolución. También en su autobiografía se encuentra esta cita sobre los consejos recibidos de su padre sobre la religión y el matrimonio:

Antes de comprometerme para casarme, mi padre me aconsejó que ocultara cuidadosamente mis dudas, porque decía que había conocido la miseria extrema causada con personas casadas. Las cosas iban bastante bien hasta que la esposa o el esposo perdió la salud, y luego algunas mujeres sufrieron miserablemente al dudar de la salvación de sus esposos, haciéndolas sufrir a ellas también.

Darwin, sin embargo, no siguió el consejo de su padre. Cuando él y Emma ya estaban comprometidos, pensó que no debía haber secretos entre ellos y le habló de su agnosticismo.

En una carta que Emma le escribió a Charles Darwin, expresó su preocupación por su pérdida de fe. En la misma carta, Emma dice que el hábito de un científico de no creer en nada que no se pueda probar no debe influir en él en otras cosas que no se pueden probar, ya que, si son ciertas, probablemente superen el entendimiento humano. También dice

No creas que no es asunto mío y que no me significa mucho. Todo lo que te concierne a ti me concierne a mí y sería muy infeliz si pensara que no nos pertenecemos el uno al otro para siempre.

En su respuesta, expresó su pesar al ver que ella sufría a causa de sus pensamientos sobre la religión. En uno de los libros en los que se publicaron estas cartas, la hija de Emma Darwin, Henrietta Litchfield, recordaba que su madre era extremadamente religiosa, y no solo en privado; iba a la iglesia y les leía la Biblia a sus hijos.

… desde que te has ido, algunos tristes se han impuesto por sí mismos, por temor a que nuestras opiniones sobre el tema más importante difieran ampliamente. Mi razón me dice que las dudas honestas y conscientes no pueden ser pecado, pero siento que sería un vacío doloroso entre nosotros. Te agradezco de corazón por tu apertura conmigo y debería temer la sensación de que estabas ocultando tus opiniones por miedo a causarme dolor.

Carta de Emma Wedgwood (luego Darwin) a Charles Darwin el 21-22 de noviembre de 1838.

La influencia de Emma sobre su esposo hay quien la considera negativa pues se asegura que indirectamente refrenó a Darwin, durante quizá décadas, a exponer públicamente su teoría sobre la evolución por temor a herir sus sentimientos religiosos. Pero, por otro lado, Emma fue un elemento esencial en la vida de Darwin. Fue su apoyo, esposa y madre dedicada a sus hijos, y su gran amiga y cuidadora. Darwin escribió sobre ella en su autobiografía:

Ha sido mi sabia consejera y cuidadora alegre a lo largo de la vida, y sin ella hubiera sido durante un período muy largo un miserable periodo de mala salud.

Y Emma, en una carta fechada en 1860, le escribía a Charles que

No te puedo decir de qué manera sufría contigo durante tu enfermedad de las últimas semanas, que tantas molestias te causó, ni cómo te agradezco el talante tan alegre que me mostraste, aunque yo sabía lo mal que te encontrabas. A veces no te pude decir o expresar de todo corazón lo que sentía. Estoy convencida, lo sé, de que te quiero lo bastante como para tomar en serio tus sufrimientos y el único consuelo para mi espíritu estriba en recibir todo de la mano de Dios y en creer que todos estos padecimientos y enfermedades nos son impuestos para elevar nuestro espíritu y pensar esperanzados en una vida futura.

Por entonces llevaban 21 años casados. En otro apartado, Charles parecía responder a Emma y escribía que

Su bondad llena de comprensión hacia mí fue inalterable, y soportaba con la mayor paciencia mis eternas quejas sobre el malestar y las incomodidades… Me admira el haber tenido la inmensa suerte de que ella, una persona que por sus cualidades morales era infinitamente superior a mí, aceptase ser mi mujer. Durante mi vida, que sin ella hubiera sido en muchas épocas desgraciada y quejumbrosa por las enfermedades, fue para mí un sabio consejero y un consuelo alegre.

Emma era también la que le leía las cartas y los periódicos, revisaba las pruebas de sus libros, y cuando no se sentía bien, escribía cartas a los amigos científicos de su esposo en su nombre. Emma era, además, una consumada pianista y todos los días, a una hora determinada, tocaba el piano por su afición y para entretener a Charles. Estas sesiones calmaban y unían a la pareja.

El primer piano de Emma se lo regaló su padre para el nuevo hogar de los recién casados. En febrero de 1839 escribía a su hermana Elizabeth que

Marché por la nieve derretida hasta Broadwood’s, para probar el pianoforte y sonaba hermoso hasta donde pudimos juzgar… Me gusta particularmente en todos los sentidos, y nunca escuché un [pianoforte] que admirara más. Esperamos tenerlo hoy en casa.

Los pianos les acompañaron casi a diario en los siguientes 43 años de matrimonio, en Londres y en Downe en Kent. Este instrumento proporcionaría no sólo un apreciado foco de entretenimiento por las tardes y para enseñar a los niños, sino que también fue un aparato experimental para el trabajo de Charles y, sin duda, un fuerte estímulo para sus ideas sobre la evolución de la musicalidad y la selección sexual.

A finales de otoño, de Viktor Mikhailovich Evstafieff (1916-1989).

En resumen, es probable que Darwin, sin Emma Darwin, no hubiera sido capaz de lograr muchas de las cosas que hizo. Emma no era solamente un apéndice de su gran esposo, sino un personaje vivo cuyo apoyo le permitió escribir sus obras sobre sus teorías de la evolución que cambiaron el mundo que ahora vivimos. Experimentó grandes cambios durante su vida que abarcó la mayor parte del siglo XIX: nació mientras aún reinaba Jorge III, vivió las guerras de Napoleón, experimentó la rápida expansión del Imperio Británico, leyó las nuevas novelas de Jane Austen y Robert Louis Stevenson, y en sus últimos años conoció inventos como el teléfonos o la bicicleta. Un mundo nuevo que Charles Darwin había contribuido a crear.

Charles Darwin murió de un ataque al corazón a los 73 años, el 19 de abril de 1882. Después de su muerte, Emma lo extrañó y comentaba que había cosas que lamentaba no haberle dicho, como el placer que le producía que tuviera una fotografía de ella cerca de su espacio de trabajo, en su estudio. En 1883 se instaló en Cambridge, donde pudo estar más cerca de sus hijos George y Horace y, más tarde, de su hijo Francis. También recibió visitas de los viejos amigos de su marido, con quienes habló de él. Pasaba los meses de invierno en Cambridge y, en verano, regresaba a Downe. En 1885, fue a Londres para visitar la estatua que el Museo de Historia Natural había dedicado a Charles. Su salud fluctuó, pero continuó escribiendo muchas cartas y disfrutaba de la compañía de su familia. En 1896, unos meses antes de morir, todavía tocaba el piano para sus nietos, aunque se cansaba rápidamente. Hay entradas en sus diarios fechadas apenas unas semanas antes de su muerte, el 2 de octubre de 1896, a los 88 años.

Fotografía de los carteles de la gran exposición dedicada a Darwin en 2009 en el Museo de Historia Natural de Londres.

Referencias

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Sobre la autora

Eduardo Angulo es doctor en biología, profesor de biología celular de la UPV/EHU retirado y divulgador científico. Ha publicado varios libros y es autor de La biología estupenda.

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