Patsy O’Connell, la química que descubrió cómo repeler las manchas

Vidas científicas

Patsy O’Connell Sherman.

Década de los años 40 en Mineápolis (Minnesota, Estados Unidos). La Segunda Guerra Mundial acaba de finalizar y el país está en plena reconstrucción. Aunque son muchas las mujeres que durante el conflicto se han incorporado al mundo laboral, en los centros de enseñanza la igualdad de género sigue siendo una quimera… Patsy O’Connell Sherman, que sería una gran inventora en las décadas siguientes, es una adolescente cuando le ponen delante un test que, según le dicen, le ayudará a determinar su futuro. En su escuela, como en tantas otras, hay uno para las chicas y otro distinto para los chicos. El resultado del suyo le dice que será buena ama de casa, pero Patsy, cuyo padre la ha incitado a ser curiosa y a interesarse por la ciencia, no se lo cree y pide hacer el test ‘para chicos’, cuya conclusión es muy distinta: su futuro está en la química.

No se sabe hasta qué punto este cuestionario tuvo que ver con su elección posterior, pero lo cierto es que finalmente Patsy O’Connell optó por matricularse en la carrera de química en el Gustavus Adolphus College de su ciudad natal, donde se convirtió en la primera alumna en graduarse a la vez en esta disciplina y en matemáticas, en 1952. En aquellos tiempos, apenas había un 6 % de químicas en activo en todo el país, profesionales que por cierto ganaban un 60% que sus compañeros.

Poco después de acabar sus estudios, Patsy entró a trabajar en la multinacional 3M, una empresa que había nacido a comienzos de ese siglo, como ella en Minnesota. Gracias al invento de la cinta adhesiva (el celo) a mediados del siglo XX era ya una gran compañía, caracterizada por la búsqueda de la innovación en diferentes materiales. Allí, la joven química entró con un contrato temporal, como era habitual entonces para las mujeres, dado que se suponía que en poco tiempo se casarían y tendrían hijos, abandonando su profesión. Desde luego no fue el caso de nuestra protagonista: se casaría y tendría descendencia, pero nunca dejaría de investigar.

Las niñas deben seguir sus sueños. Pueden hacer cualquier cosa que otra persona pueda hacer.

Numerosas biografías señalan que Patsy O’Connell repitió muchas veces esta frase a lo largo de su vida para animar a otras como ella a no rendirse ante los muros invisibles del sexismo. Eran tiempos en los que en compañías tan grandes como 3M ni siquiera tenían servicios para mujeres, tampoco las permitían entrar en zonas de producción por considerarse peligroso para ellas, aunque fuera para conocer los resultados de sus propios experimentos. De hecho, Patsy tenía que esperar fuera a que alguien le diera información, sin poder ver cómo funcionaban sus inventos en directo como sus colegas masculinos.

Un año después de su incorporación a la empresa, la joven química de 23 años ya era investigadora fija y obtuvo el encargo de trabajar en un proyecto militar con un colega, Samuel Smith, al que quedaría unida profesionalmente gran parte de su vida. Unos años antes, en 1944, la empresa había adquirido los derechos para producir unos compuestos llamados fluoroquimicos y buscaban cómo sacarles provecho. Patsy y Sam tenían que investigar algún tipo de material de caucho que soportara las condiciones que generaba el combustible que comenzaba a utilizarse en los aviones, tan fuerte que dañada el material usado hasta entonces.

Una tarde, Joan Mullin, técnica en el laboratorio de ambos, dejo caer uno de los tubos de ensayo con uno de los compuestos en pruebas y parte del contenido se derramó en una de sus zapatillas blancas. La sorpresa vino cuando comprobaron que donde había caído el compuesto, éste no se quitaba y que, además, repelía el agua y la grasa, tampoco se manchaba aunque le echaran tinta o café encima. La tela había quedado protegida. Fue uno de esos accidentes fortuitos que, combinados con mentes privilegiadas, se convierten en grandes hallazgos.

Al principio, no sabían para qué podía servir aquello, pero había demasiadas preguntas en el aire: ¿cómo se había adherido el compuesto a la tela? ¿sería útil para otros tejidos? ¿cuánto duraría la protección?… Patsy y Sam se dedicaron a encontrar las respuestas durante los tres años siguientes, hasta lograr la que sería la primera de sus patentes: un protector y repelente de manchas para telas de lana que fue bautizado como “Scotchgard” (la empresa ya utilizaba ‘Scotch’ para sus productos adhesivos). Corría el año 1956 y habían inventado un producto único de caucho sintético que iba a facilitar las tareas en millones de hogares.

Patsy O. Sherman y Samuel Smith. National Inventors Hall of Fame.

Tras su primer éxito, durante la década siguiente, juntos siguieron trabajando para mejorar la fórmula de su protector textil, consiguiendo que el “Scotchgard” pudiera ser útil también en tejidos sintéticos (nylon, poliéster, etc.) y desarrollando versiones para su aplicación en ropa, zapatos, alfombras o tapicerías. Su investigación culminó a fines de la década de 1960, cuando presentaron un producto que repelía las manchas y permitía eliminar la suciedad aceitosa de las telas sintéticas, incluidas las populares telas de planchado permanente que triunfaban entonces. Se convirtió en el protector más conocido en Estados Unidos y más tarde en el resto del mundo.

Con su primer invento, Patsy inauguró la cuenta personal de las 16 patentes que obtendría a lo largo de su vida, de las que 13 fueron compartidas con Sam Smith.

Otro de sus inventos más conocidos fue el primer «abrillantador óptico» compuesto destinado a incluirse en los detergentes de ropa. Hacía que el resultado del lavado fuera, como señalaba su publicidad, «más blanco que el blanco».

Esta intensa dedicación a la ciencia, fue reconocida en 3M con sucesivos ascensos en su organigrama, donde también fue mucho tiempo una ‘rara avis’. En la década de 1970, se la nombró directora del laboratorio y en los años 80 desarrolló y dirigió también el departamento de educación técnica de 3M. Finalmente, fue ascendida a gerente de Desarrollo Técnico. También fue una pionera, en 1974, en estar incluida en la prestigiosa Sociedad Carlton de 3M que honra a los mejores científicos de la empresa. Allí se jubilaría en 1992 tras una intensa carrera investigadora.

Fundamental fue su interés en promover las vocaciones científicas entre las jóvenes estudiantes, dando charlas en colegios e institutos en las que las animaba a seguir carreras científicas y perseverar como los hombres. De hecho, sus dos hijas siguieron los pasos de su madre: Shailyn hizo una maestría en química como ella y trabajó también en 3M durante muchos años, mientras que Wendy es bióloga y propietaria de una empresa de óptica de precisión.

Patsy O’Connell Sherman falleció en 2008, a los 77 años de edad de un infarto, en su ciudad natal. Desde el año 2001 forma parte del Hall de la Fama de los Inventores Nacionales de Estados Unidos, que reconoce a aquellas personas que han destacado por sus relevantes aportaciones al desarrollo tecnológico.

Referencias

Sobre la autora

Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional.

2 comentarios

  • Maravilloso vuestro trabajo. Debería estar por todos los sitios como «campo obligatorio» bàsico de aprendizaje. No me ha gustado el titular, para toda la importacia de la vida – carrera- d esta mujer, pero no pasa nada. Aurrera. Zorionak.

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