Las bibliotecarias que cabalgaban por los Apalaches

Hitos

La Gran Depresión

Las «mujeres de los libros», las book women, ensillaban al amanecer para abrirse camino a lo largo de laderas nevadas y arroyos fangosos con un objetivo simple: entregar material de lectura a las comunidades montañosas aisladas de Kentucky. La iniciativa Pack Horse Library partió de la Works Progress Administration (WPA) creada por el presidente Franklin D. Roosevelt para ayudar a Estados Unidos a salir de la Gran Depresión, durante la cual, en 1933, el desempleo afectaba al 40 % de la población de los Apalaches.

Bibliotecarias dispuestas a comenzar su reparto.

Estas bibliotecarias subían a las montañas de Kentucky, con sus alforjas llenas de libros, acercando la lectura a la gente de entornos rurales y aislados. Además de la situación de pobreza asociada al momento que vivía el país, Kentucky estaba ya de por sí empobrecido y mucho más aún por una economía nacional paralizada que hizo que fuera uno de los estados más afectados.

La iniciativa Pack Horse Library, dirigida por Ellen Sullivan Woodward, fue uno de los planes más singulares del New Deal. El proyecto consistía en distribuir material de lectura a las personas que vivían en la parte escarpada de unos 25 000 km2 del este de Kentucky. El estado ya iba por detrás de sus vecinos en electricidad y carreteras. Durante la Depresión, la comida, la educación y las oportunidades económicas se volvieron todavía peores para sus habitantes debido al cierre de las minas de carbón. Tampoco tenían libros: en 1930, hasta el 31 % de las personas en el este de Kentucky no sabía leer. Los residentes querían aprender, señala el historiador Donald C. Boyd. El ferrocarril era la esperanza de muchos habitantes de los Apalaches que estaban dispuestos a participar en el futuro de progreso que les prometían. «Vieron la alfabetización como un medio de escape de una trampa económica viciosa», escribe Boyd.

Alforjas repletas de historias

La realidad era que en 1935, Kentucky solo había distribuido un libro per cápita en comparación con el estándar de la Asociación Estadounidense de Bibliotecas que tenía registrado de 5 a 10, escribe la historiadora Jeanne Cannella Schmitzer. Era «una imagen angustiosa de las condiciones y necesidades de las bibliotecas en Kentucky», escribió Lena Nofcier, que en ese momento presidía los servicios bibliotecarios del Congreso de Padres y Maestros de Kentucky.

La pregunta de cómo acercar la cultura a esa región remota ya había tenido una respuesta en 1913, cuando una residente de Kentucky llamada May Stafford solicitó dinero para llevar libros a la gente del campo a caballo, pero su proyecto solo duró un año. El Berea College, una institución local, envió un vagón de libros tirado por caballos a las montañas a principios de la década de 1920. Pero ese programa ya estaba muy lejos en el tiempo cuando en 1934 se formó la primera biblioteca de caballos de carga patrocinada por la WPA en el condado de Leslie.

Una bibliotecaria del Pack Horse Library en un sendero difícil y peligroso.

A diferencia de muchos proyectos del New Deal, este requería la ayuda de la gente del lugar. Los almacenes de libros y otros materiales de lectura se montaban en cualquier instalación que se prestara, desde iglesias hasta oficinas de correos. Desde allí se cargaban libros a lomos de mulas o caballos, con grandes alforjas repletas de historias, y se dirigían a las colinas. Las bibliotecarias se tomaban su trabajo tan en serio como los carteros y cruzaban arroyos en condiciones peligrosas, con los pies congelados en los estribos.

Salían al menos dos veces al mes, y cada ruta cubría de 150 a 200 km por semana. Nan Milan, que transportaba libros en un radio de unos 15 km desde Pine Mountain Settlement School, un internado para niños de la montaña, bromeó diciendo que los caballos que montaba tenían las patas más cortas de un lado que del otro para no resbalarse en los empinados caminos de montaña. Las book women usaban sus propios caballos o mulas (el grupo de Pine Mountain tenía un caballo llamado Sunny Jim) o los alquilaban a los vecinos. Ganaban 28 dólares al mes, unos 500 dólares de hoy en día. La iniciativa fue una oportunidad para impulsar a la vez el empleo y la alfabetización.

Donaciones generosas

La WPA pagó los salarios de las transportistas de libros pero muy poco más. Los condados tenían sus propias bibliotecas base desde las que partían las bibliotecarias a caballo. Las escuelas locales ayudaron a cubrir costos y donaron la mayor parte de los materiales de lectura (libros, revistas y periódicos). En diciembre de 1940, una nota en prensa Mountain Eagle señaló que la biblioteca del condado de Letcher necesitaba donaciones de libros y revistas sin importar lo viejos o gastados que estuvieran. Se recortaban lecturas y se pegaban en álbumes de recortes con temas particulares, recetas, por ejemplo, o manualidades. Uno de esos álbumes elaborado con trozos, que todavía se encuentra en la Biblioteca y Museo Presidencial Franklin D. Roosevelt en Hyde Park, Nueva York, contiene recetas pegadas en un cuaderno con la siguiente introducción: «Los libros de cocina son muy populares. Todo lo que tenga que ver con el enlatado o la conservación es bienvenido»; estaba en alza la economía doméstica.

Bibliotecarias de la Pack Horse Library en Hindman, Kentucky.

Los libros estropeados se restauraron en las bibliotecas y, como señala el historiador Donald C. Boyd, se distribuyeron tarjetas de Navidad antiguas como marcadores para evitar la habitual costumbre de doblar las esquinas que en estos libros estaban tan gastadas y eran tan frágiles. Las bibliotecarias se volvieron expertas en reconvertir los libros viejos pegando historias e imágenes de éstos en carpetas, que se transformaban en formatos nuevos para aprender, para conocer otras cosas, para saber y contar con otras referencias. Igual que las recetas, pegadas en carpetas y distribuidas por las montañas, se crearon álbumes de recortes con patrones de colchas y prendas de vestir.

Pronto, se extendió la noticia de la necesidad de libros para la campaña y llegaron muchos de la mitad de los estados del país. Un residente de Kentucky que se había mudado a California envió 500 libros en memoria de su madre. Un benefactor de Pittsburgh recolectó material de lectura y lo llevó a los puntos de salida; le contó a un reportero historias que había escuchado allí de las book women: «Por favor, que la señora de los libros nos deje uno los domingos y por la noche, cuando terminemos de arar el maíz, podamos leerlo», pidió un niño. Otros ahorraron los centavos que pudieron para ayudar al proyecto, para reponer las existencias de libros y comprar además cuatro máquinas de cine en miniatura con manivela.

Transmisoras de cultura

En 1936, las book women atendían a 50 000 familias y, en 1937, a 155 escuelas públicas. A los niños les encantó el programa; muchas escuelas de montaña no tenían bibliotecas, y como estaban tan lejos de las bibliotecas públicas, la mayoría de los escolares nunca habían intercambiado libros de lectura. «“Tráeme la próxima vez un libro bonito para leer”, gritaban los niños cuando se despedían de la bibliotecaria que era ya una cara conocida», escribió una supervisora de la Pack Horse Library.

«La gente de la montaña amaba a Mark Twain», dice Kathi Appelt, coautora junto a Schmitzer de un libro sobre las bibliotecarias, en una entrevista de radio de 2002. «Uno de los libros más populares… fue Robinson Crusoe». Como eran muchos los adultos que no sabían leer, señaló, los libros ilustrados se encontraban entre los más queridos. Los adultos analfabetos dependían de sus hijos alfabetizados para que les ayudaran a descifrarlos.

Las bibliotecarias de Pack Horse Library visitando escuelas en la montaña.

Ethel Perryman supervisó proyectos profesionales y de mujeres en London, Kentucky durante los años de la WPA. «Las personas que quieren libros viven en las montañas y usan los arroyos para viajar porque no hay caminos», escribió al presidente de la Asociación de Padres y Maestros de Kentucky. «Las mujeres de los libros llevan lecturas a escuelas rurales aisladas y centros comunitarios, recogiendo y reponiendo las existencias de libros a medida que avanzan para que la cantidad total de éstos circule por el condado».

El sistema tenía algunos desafíos, escribe Schmitzer: Los caminos a veces eran intransitables, y alguna bibliotecaria tuvo que hacer a pie su ruta habitual de 30 km porque su mula murió en el camino. Las familias montañesas más conservadoras se resistieron inicialmente a las bibliotecarias, desconfiando de las extrañas que llegaban con esos relatos novedosos. En un intento por ganarse su confianza, las transportistas leían pasajes de la Biblia en voz alta. Muchos solo los habían escuchado a través de la tradición oral, y la idea de que las bibliotecarias de caballos de carga pudieran ofrecer acceso a la Biblia arrojaba una nueva luz que lograba vencer el rechazo inicial hacia los libros y revistas, hacia las ilustraciones y los álbumes.

La Pack Horse Library terminó en 1943 después de que Roosevelt ordenara el fin de la WPA. El nuevo esfuerzo de guerra estaba haciendo que la gente volviera a trabajar, por lo que los proyectos de WPA, incluido el de las mujeres bibliotecarias, disminuyeron gradualmente. Eso marcó el final de los libros entregados a caballo en Kentucky, pero en 1946, las bibliotecas móviles motorizadas se pusieron en marcha. Una vez más, los libros llegaron a las montañas y, según el Instituto de Servicios de Museos y Bibliotecas, las bibliotecas públicas de Kentucky tenían 75 bibliotecas móviles en 2014, la mayor cantidad en Estados Unidos.

Las book women no sólo llevaban nuevas lecturas a las personas de entornos aislados, sino que fueron, sobre todo, transmisoras de cultura para estas comunidades. Trataron de satisfacer las desideratas de libros, se demoraban en sus repartos para leer a los que no sabían hacerlo o no podían y ayudaron a afianzar la dignidad y la autoestima en las personas del entorno rural. Como dijo un usuario de las bibliotecas móviles: «Los libros que llegaron a las montañas nos han salvado la vida». Como en muchas ocasiones, la literatura libera la angustia de la soledad, alivia el cansancio de la jornada y amplía el mundo pequeño del entorno más cercano. Los libros que se prestan en bibliotecas públicas son regalos maravillosos, lleguen como lleguen al usuario, a lomos de un caballo o motorizados en un bibliobús

Referencias

Sobre la autora

Marta Bueno Saz es licenciada en Física y Graduada en Pedagogía por la Universidad de Salamanca. Actualmente investiga en el ámbito de las neurociencias.

4 comentarios

  • He disfrutado mucho con esta lectura. Desconocía a estas heroínas. Gracias por compartirlo

    • Gracias, Eva. Es muy reconfortante qué lo que una escribe, le haga disfrutar a otra

  • Me ha encantado conocer esta historia que desconocía por completo, la comparto con mi hija adolescente,le encantará seguro.

    • Gracias! Me hace mucha ilusión que lo compartas con tu hija. Eso dice mucho de tu relación con ella. Un saludo cariñoso para las dos.

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