Me miran, puedo hacerlo, puedo hablar en público

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La respiración se acelera, sudamos, aparece tensión corporal, sequedad bucal, rubor facial, se sienten náuseas, sube la presión arterial, hay malestar abdominal, urgencia urinaria, taquicardia, fallos de memoria, confusión, la voz se vuelve temblorosa y el miedo al error suena como música de fondo. Seguro que algunos y algunas hemos sentido muchos de estos síntomas al hablar para un grupo de espectadores.

Imagen: Pixabay.

Es probable que este hecho sea especialmente difícil para personas con un bajo concepto de sí mismas, pero no todo es cuestión de poca autoestima. También es muy posible que lo pasen mal al hablar en público si en la infancia se formaron creencias sobre su baja valía y asimilaron el estereotipo de lo poco o nada interesante que puedan decir. Integraron pensamientos persistentes en la línea de «No hay nada relevante que yo pueda decir», o «Se van a reír porque soy ridícula», o «No soy lo suficientemente buena», etc. Intuimos que esto provoca una autoexigencia excesiva que puede ser consecuencia de un prejuicio de género tristemente arraigado.

Algunas veces el miedo a hablar es consecuencia de un perfeccionismo que no tolera fallos, ni siquiera «el fallo» del propio miedo, considerado como una debilidad que no hay que mostrar.

La geógrafa y académica británica Linda McDowell comenta en su libro Género, identidad y lugar: Un estudio de las geografías feministas (McDowell, 2000), que la interacción en espacios públicos no es igualitaria y que las mujeres quedamos, todavía en muchas ocasiones, excluidas de este espacio.

Para las mujeres resulta complejo, porque aún existen paradigmas sociales androcéntricos con los que se sigue reproduciendo lo que algunos autores llaman «la dominación masculina». En la esfera pública, por ejemplo, la falta de un comportamiento equitativo conlleva una baja representación de las mujeres en espacios públicos y de toma de decisiones.

Saber hablar en público es clave para hacer llegar nuestro mensaje, compartir proyectos, aportar opiniones, etc. No digamos en el ámbito científico donde la comunicación de cada descubrimiento, de cada avance o de cada paso en la investigación es esencial para informar, divulgar o conseguir financiación…

Si el miedo a hablar para un grupo de personas interfiere en el día a día de forma significativa, si se evitan situaciones en las que sea necesario expresarse, se rechazan ascensos, se elige la carrera universitaria o se cambia de trabajo para eludir las presentaciones orales, quizá sea el momento de pedir ayuda especializada. Según el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5), de la Asociación Americana de Psiquiatría, la fobia a hablar en público (glosofobia) está considerada, dentro de los trastornos de ansiedad social, una fobia social específica (APA, 2013). Este extremo se diagnostica con precaución y con una revisión exhaustiva de síntomas que aquí no trataremos.

Si volvemos a unos márgenes más manejables de la ansiedad que precede a hablar para una audiencia, podemos hasta plantearnos algo tan frívolo como el aspecto físico, incluso la ropa que llevamos para la charla, ya que todavía surgen estereotipos acompañados de críticas maliciosas sobre lo que la ponente llevaba puesto, su color de piel o el de su silla de ruedas, el corte de pelo, el maquillaje o el precio de sus zapatos. todo vale para juzgar desde la ignorancia. Por otro lado, la autoexigencia y el empeño en cumplir con la presión social y cultural que conlleva ser mujer en algunos ambientes hace que el nivel de autocrítica sea excesivamente alto. Aparecen entonces el miedo, el bloqueo y la ansiedad.

Antes de la pandemia, el 9,79 % de las mujeres españolas reconocían tener problemas de ansiedad según la Encuesta Nacional de Salud (Ministerio de Sanidad, 2012). El mes de marzo de 2021, la Confederación Salud Mental España realizó un estudio en el que participaron varios centros sanitarios españoles. En este informe se puso de manifiesto que en los meses de la pandemia, la prevalencia de la ansiedad en las mujeres era del 33 % (CSME, 2021). El mismo estudio destaca como factor principal de riesgo para sufrir ansiedad y/o depresión, el ser mujer. Es fundamental recordar esto cuando nos sintamos con cierta dificultad ante el desafío que supone comunicar nuestras ideas en público para no caer en la trampa de la «autoflagelación» estéril, la que precede al inmovilismo.

De cualquier modo, no sólo hablan en público personas que por su trabajo deben hacerlo (reuniones, eventos, conferencias, seminarios…); en muchas ocasiones tenemos que dirigirnos, con determinación y fluidez, a un grupo de personas: darles nuestra opinión, discrepar con asertividad, plantear un proyecto o expresar nuestro agradecimiento.

El miedo a qué pensarán, a decir algo inconveniente, a resultar torpes o poco oportunas, son motivos suficientes para impedirnos hablar con tranquilidad, con soltura y sin la sensación de ser examinadas.

Las reuniones de vecinos, el discurso que nos toca en la jubilación de un compañero, coger el micrófono en algún evento, defender pruebas orales… son situaciones asociadas, para muchas y para muchos, a frustración, aislamiento y, en definitiva, a una mejorable gestión emocional.

A hablar en público se aprende; el primer paso es identificar las señales fisiológicas que vimos al inicio. Todas se producen porque nuestro cuerpo reacciona ante lo que nuestra mente considera un peligro. Estos mecanismos se ponen en marcha como defensa y es bueno ser conscientes de que no existe ninguna amenaza por hablar a un público; así podremos regular sensaciones y ajustar el posible malestar.

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Hay también factores externos que es conveniente valorar:

  • El número de personas en el público. Normalmente tendemos a experimentar mayor ansiedad ante audiencias numerosas.
  • Tipo de audiencia: no es lo mismo dirigirse a un grupo de personas desconocidas que a una audiencia de confianza. También depende de si es un público ante el que se ha hablado antes o es un grupo totalmente nuevo. La edad y las características del público pueden influir en el rendimiento; y tampoco es lo mismo hablar a niños o a adultos.
  • Grado de control sobre el contenido: el nivel de preparación sobre lo que queremos comunicar influye en el manejo de la situación.
  • Experiencia previa: si esta actividad forma parte o no de las responsabilidades habituales en el trabajo, influirá en el grado de soltura para resolver ante una audiencia.

Los especialistas proponen técnicas para afrontar una situación en la que sea necesario hablar ante un grupo de personas:

  • Ajustar las expectativas. Si experimentamos ansiedad al hablar en público no sería lógico ponernos como objetivo dar la charla como expertos, sin nervios y con un control total de la situación. Es realista esperar un nivel de ansiedad que podremos controlar.
  • Normalizar las emociones. La ansiedad es una emoción que forma parte de nosotros. De hecho, es la responsable de nuestra supervivencia ante los posibles peligros. Sin embargo, delante de una audiencia no hay un riesgo real del que tengamos que escapar. Asumir este hecho hace que manejemos mucho mejor las señales de tensión
  • Es fundamental que el mensaje sea claro. Las ideas esenciales del discurso tienen que ser concisas, ya que serán las que recuerden nuestros escuchantes. Un discurso denso y farragoso anula la sensación de control y hace perder el interés de la audiencia.
  • Las formas. El tono, el volumen, el ritmo, etc. son factores básicos para conseguir un buen resultado final. Es conveniente manejar bien los silencios.
  • Practicar mucho. Si ensayamos nuestro discurso antes de hablar en público lograremos tener un mayor control sobre el contenido y también sobre la situación que provoca ansiedad. Imaginar previamente la exposición reduce el componente novedoso. Visualizarse haciéndolo bien, con calma y eficacia ayuda a manejar la autoconfianza.
  • La curva de ansiedad. Lo importante es el desarrollo de la exposición, no tanto el inicio. Si al principio parecía difícil arrancar, esto es lo esperable, lo habitual hasta que se entra en contacto con una situación ansiógena. Lo que ocurre después es que al llevar un rato escuchando nuestra propia voz, la ansiedad disminuye y eso se reflejará en nuestro rendimiento.
  • El público quiere escucharnos. Lo más habitual es que se trate de un grupo de personas interesadas por lo que vamos a exponer. Puede ayudar rememorar alguna situación anterior en la que formábamos parte del público y recordar qué pensábamos en ese momento.
  • No somos tan transparentes como creemos. Las emociones no son interpretadas de la misma manera por los demás. Hay estudios que demuestran que viendo una grabación de nuestra charla, no seríamos capaces de identificar en nuestra propia imagen las emociones que sentíamos en esos momentos.
  • Es importante respirar. Las técnicas de relajación y respiración van a resultar muy útiles para disminuir la ansiedad y para percibir mayor sensación de control.
  • Es bueno darse instrucciones motivadoras. Nuestro diálogo interno tiene un papel clave en cómo nos sentimos y cómo actuamos. Pueden ayudar mensajes como «voy a ser capaz», «lo voy a lograr», «este nerviosismo es normal», «tengo controlado lo que quiero contar», etc.
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Todas estas técnicas pueden aprovecharlas científicas y científicos que ocupan una parte de su trayectoria profesional en dar a conocer su trabajo. Sin embargo, no es habitual recibir ninguna noción en cuanto a comunicación y es evidente que esta falta de formación específica disminuirá el potencial de su investigación.

La formación en comunicación científica no está todavía incluida en los planes de estudio de las universidades y sería muy conveniente reconocer el valor de contar ciencia tanto dentro como fuera de la academia. La falta de capacidad para comunicar de una forma eficaz puede ser una limitación sobre todo para los científicos y las científicas jóvenes que empiezan a construir su trayectoria académica y laboral (Bankston y McDowell, 2018). Poder discutir sus hallazgos con científicos y no científicos es fundamental para su propio avance profesional, en términos de difusión entre sus pares de una manera clara y comprensible, además de obtener financiación al exponer su trabajo. Su audiencia, científica o no, probablemente, apoyará la ciencia si llega a comprenderla, si es accesible.

Uno de los motivos por los que no se enseña comunicación científica en las universidades podría ser la inercia del sistema científico actual, en el que no se contempla la incorporación y valoración de otras habilidades aparte de la capacidad para la investigación (Forrester, 2017). Se está iniciando un cambio cultural, un cambio en el pensamiento hacia la aceptación de la comunicación científica como una materia esencial para la formación de científicas y científicos. Si sólo esperamos que hagan investigación, sin enseñarles cómo comunicarla, una parte de sus logros se perderá.

Sería bueno promover la difusión de la ciencia y hacerlo de la forma más eficaz posible; una de las más atractivas es presentarla directamente a una audiencia. Para ello, hay que hablar ante un grupo de personas. Sería deseable que este grupo, sea cual sea su procedencia, prestara una atención sin prejuicios. En cuanto al dueño o la dueña del micrófono, ya hemos visto que puede regular su ansiedad y que existen técnicas y estrategias para hacerlo. Con práctica, incluso se puede conseguir un estilo propio y lograr «meternos al público en el bolsillo».

Referencias

Sobre la autora

Marta Bueno Saz es licenciada en Física y Graduada en Pedagogía por la Universidad de Salamanca. Actualmente investiga en el ámbito de las neurociencias.

2 comentarios

  • Un artículo útil que relaciona temas complejos de salud mental con la práctica de la comunicación verbal como espacio de afirmación de cada ser. La referencia bibliográfica, a a la que se puede acceder gracias a los enlaces también se agradece

  • Gracias, Christian. Sí, la salud mental en cualquiera de sus aspectos es un terreno muy complejo. Y es cierto que la comunicación nos hace quiénes somos. Un afectuoso saludo.

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