Marguerite Davis, la bioquímica que descubrió cómo la vitamina A nos mantiene sanos

Las vitaminas son sustancias presentes en algunos alimentos que cumplen funciones esenciales en nuestro organismo, de forma que una carencia puede desencadenar problemas de salud. Si seguimos una dieta variada y completa sus niveles en nuestro cuerpo son normales y no necesitamos suplementarlas, pero en algunos casos sí puede ser necesario hacerlo, siempre bajo recomendación médica.

Vitamina A.

Todo lo que sabemos de las vitaminas se lo debemos en gran parte a Marguerite Davis, bioquímica que descubrió, junto a Elmer Verner McCollum, la primera vitamina, la A: entendieron para qué servía, la identificaron, aislaron y abrieron el camino para toda la investigación que vino detrás.

Abuela activista y padre científico

Davis nació el 16 de septiembre de 1887 en Racine, Wisconsin. Su abuela había sido activista defensora de los derechos de las mujeres, su padre era médico y botánico, profesor de la Universidad de Wisconsin. Por impulso de una y otro, y por su interés personal por la ciencia, Davis se matriculó en la Universidad de Wisconsin en 1906 y obtuvo su título de graduada en ciencias por la Universidad de California en Berkeley en 1910. Tras eso volvió a la de Wisconsin y allí continuó los estudios de posgrado aunque nunca terminó de doctorarse.

Trabajó brevemente para una compañía farmacéutica de Nueva Jersey pero pronto volvió a Wisconsin para cuidar de la casa y de su padre. Buscaba un trabajo intelectual al que dedicar su tiempo y su interés.

Unas vacas enferman y otras no

Fue durante el tiempo que pasó en la Universidad de Wisconsin cuando comenzó a colaborar con MCollum, que llevaba varios años realizando estudios nutricionales. Como parte de un experimento, se alimentó a un conjunto de vacas de la universidad con una mezcla cuidadosamente elaborada y equilibrada de proteínas, carbohidratos y grasas derivados únicamente del trigo, y a otro grupo con la misma mezcla pero en su caso extraídos del maíz. Las primeras estaban ciegas, sufrían problemas de crecimiento y sus terneros nacían muertos. Las segundas estaban completamente sanas.

En ese momento el médico holandés Christiaan Eijkman y el bioquímico británico Frederick Gowland Hopkins habían establecido que determinados elementos, aún por identificar, presentes en los alimentos eran esenciales para la supervivencia y una nutrición adecuada. El bioquímico americano de origen polaco Casimir Funk las había bautizado como vitaminas, literalmente “aminas que dan vida”, aunque más adelante se descubrió que no eran exactamente aminas (compuestos químicos derivados del amoniaco).

Elmer Verner McCollum.

En sus experimentos, McCollum trataba de determinar si los alimentos que se daban al ganado podían ser sustituidos por mezclas artificiales sencillas que incluyesen todos los nutrientes conocidos necesarios para su supervivencia y bienestar. Pero algo estaba fallando y las mezclas no parecían ser suficientes. Así que se propuso averiguar si había algo especial en la comida natural que la hacía insustituible, como habían postulado Eijkman y Hopkins.

Él entonces no lo sabía, pero McCollum había vivido en primera persona cuando era un bebé los efectos de la deficiencia de una vitamina. En 1880, a los 7 meses de edad su madre tuvo que dejar de amamantarlo y comenzó a alimentarle con leche de vaca y puré de patatas. El bebé comenzó a enfermar, le sangraban las encías y le aparecieron eccemas en la piel. Padecía escorbuto, una enfermedad consecuencia de la deficiencia de vitamina C. Un día pelando manzanas su madre le dio una de las pieles sobrantes y él empezó a chuparla, algo que le hizo mejorar en pocas horas. Al día siguiente su madre le dio otra piel y poco a poco empezó a darle papillas de frutas, logrando su recuperación.

Grasa de leche, aceite de oliva y tocino: no todas las grasas son iguales

Davis trabajó con él, al principio cuidando de los ratones y ratas de laboratorio y tomando detalladas notas durante el proceso. Comenzaron analizando distintos componentes de los alimentos y en 1912 dieron con la primera pista. Probaron en ratas tres tipos distintos de grasa: proveniente de la leche, del aceite de oliva y del tocino. Los animales alimentados con leche crecieron y se desarrollaron con normalidad, pero los otros grupos, aunque de partida parecían encontrarse bien, pronto dejaban de crecer y enfermaban.

La noticia de que la leche parecía tener un efecto protector sobre la salud fue recibida con entusiasmo en esta zona rural de América donde la cría de vacas era un enorme sector económico, así que las investigaciones de Davis y McCollum recibieron el apoyo necesario para continuar. Para seguir investigando este ingrediente imprescindible, llevaron a cabo procesos para extraer los componentes disueltos en la grasa de la leche y los mezclaron con aceite de oliva y tocino. Al dar esta versión enriquecida a las ratas, estas no mostraron problemas de salud y crecieron con normalidad, igual que las que habían bebido leche. Esto demostraba que ese ingrediente liposoluble era real y tenía ese efecto protector y promotor de la salud. Publicaron su descubrimiento en 1913. Habían hallado lo que más adelante se llamaría vitamina A.

Buscando vitamina A más allá de la leche

Pero este descubrimiento hacía surgir nuevas dudas y preguntas. El resto de los animales no beben leche una vez que son adultos, y muchos humanos tampoco lo hacen, y sin embargo viven sanos y sin problemas de desarrollo, así que esta sustancia, bautizada de momento como “factor liposoluble” no podía estar presente solamente en la leche. Por experimentos previos sabían que no estaba en los cereales, y que no estaba tampoco en la carne. Davis y McCollum lo encontraron también en las yemas de huevo, pero muchos animales tampoco comen de esto.

Hallaron cantidades considerables en extractos de hojas de alfalfa, y esa fue la primera fuente vegetal. Más adelante lo encontraron en todas las verduras de hoja verde que analizaron. Esto dio a McCollum la clave de lo ocurrido con los dos grupos de vacas años atrás: cuando se producía la mezcla a partir de trigo, se utilizaba el grano y los tallos, pero ninguna hoja, mientras que el maíz se procesaba con el grano, los tallos y en este caso las hojas, debido a las distintas técnicas de cosechado utilizadas.

Casi a la vez que Davis y McCollum habían investigado y descubierto este factor de crecimiento liposoluble, Casimir Funk había descubierto otra sustancia, en su caso soluble en agua, que también estaba presente en algunos alimentos, aunque otros distintos, y en su ausencia se sufrían problemas de salud, aunque también diferentes. La suya fue conocida como vitamina B.

Una nueva fase en la investigación nutricional

Marguerite Davis.

El trabajo de Davis y McCollum por un lado y de Funk por otro fue el pistoletazo de salida en el estudio de estas sustancias conocidas como micronutrientes que no componen los principales grupos de nutrientes que necesita nuestro cuerpo para funcionar y mantenerse sano pero cuyas carencias provocan debilitamiento y distintas enfermedades. Se inició una nueva era en el estudio de la nutrición, y se analizaron bajo una nueva perspectivas muchas patologías en las que se sospechaba una relación con una dieta deficiente, aunque sin saber exactamente cuál era la causa concreta: el consumo de fruta y verdura fresca se relacionó con la disminución del escorbuto y se halló la vitamina C, descrita en 1932 y 1933; más o menos en la misma época se analizó cómo el consumo de hígado de bacalao ayudaba a combatir el raquitismo y se describió y analizó la vitamina D.

A pesar de su labor durante esos años, el Departamento de Química Agrícola en el que se encuadraba su trabajo consideraba a Davis poco formada y entrenada para formar parte oficialmente del personal y durante cinco años se negó a pagarle el sueldo que McCollum pedía para ella. En su sexto año de trabajo sí recibió una paga de 600 dólares anuales. Dimitió de su puesto poco después.

Más adelante se trasladó a la Universidad Rutgers de Nueva Jersey y organizó un laboratorio de química nutricional en la escuela de farmacia. En 1940 se retiró y volvió a vivir en Racine, Wisconsin, con su hermano, aunque siguió actuando como consultora química ocasional durante muchos años. De vuelta en su pueblo natal se involucró en la vida pública y dio curso a otros intereses, como la jardinería o el estudio de la historia local. Falleció allí el 19 de septiembre de 1967, tres días después de haber cumplido 80 años.

Referencias

Sobre la autora

Rocío Benavente (@galatea128) es periodista.

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