En la síntesis de nuestros orígenes: una espiral de hallazgos sorprendentes

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María Martinón Torres. Imagen: E. Lacasa.

La paleoantropología, con el fin de esclarecer la intrincada historia evolutiva humana, tiene entre sus objetivos prioritarios la reconstrucción de los cambios biológicos y culturales experimentados por nuestros antepasados desde hace unos seis millones años. En aquella época, a partir de una población de simios que habitaba en los bosques se produjo la separación entre el linaje que dio origen, por un lado, a los chimpancés, y por el otro a los homininos.

Tradicionalmente, los principales focos de las evidencias que han sustentado estos estudios han sido los fósiles de especies ya extinguidas, así como elementos de la cultura material, esto es, las herramientas, el arte y otros vestigios que hayan quedado como huellas de comportamientos y formas de vivir.

La complejidad que encierra elucidar la evolución humana implica la colaboración de un ámbito de trabajo internacional y multidisciplinar en el que participan especialistas procedentes de la biología, geología, química, física, arqueología y otros campos disciplinares. En España existen numerosos equipos de investigación dedicados a este tema, entre los que se encuentra el grupo de la sierra de Atapuerca situado en Burgos.

Desde 1998, la doctora en medicina María Martinón-Torres, máster en Antropología Forense y en Orígenes Humanos, y directora del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH) es, además,  una destacada investigadora del citado equipo de Atapuerca. Sus claras reflexiones sobre el estado actual de la cuestión nos parecen de notable interés para sintetizar el bullente debate en que hoy está inmersa la comunidad especializada.

Martinón-Torres ha subrayado que durante la última década las investigaciones sobre los orígenes humanos se están desarrollando una peculiar frontera del conocimiento, básicamente debido a la creciente consolidación de novedosas líneas de trabajo que proceden, además, de las fuentes clásicas del registro fósil y la arqueología, de la paleogenómica y la proteómica, consistentes en técnicas basadas en el análisis del ADN y de proteínas antiguas, las cuales están aportando novedosos y sorprendentes datos sobre nuestra propia especie.

Captura de pantalla de “Paleogenómica, análisis del ADN“.

Ciertamente, los hallazgos recientes revelan una gran complejidad, hasta el punto de que podrían provocar la reconstrucción de una parte fundamental de la prehistoria humana. En este sentido, la arqueóloga del Instituto Max Planck (Max Planck Institute for the Science of Human History, Jena), Eleanor Scerri, manifestaba en septiembre de 2020 a la cualificada periodista científica graduada en la Universidad de Columbia, corresponsal de The Scientist, de National Geographic  y otras revistas de divulgación, Katarina Zimmer, que «para armar esta historia necesitamos información procedente de múltiples campos de estudios diferentes […]. Nadie en solitario va realmente a tener todas las respuestas; ni genetistas, ni arqueólogos, ni paleontólogos, porque todas estas áreas tienen sus desafíos y sus limitaciones». Veamos dos de los interrogantes centrales.

¿Dónde y cómo se originó Homo sapiens?

Hasta hace pocos años, ha explicado Martinón-Torres, la historia del origen la humanidad moderna se asumía como un relato casi lineal. A partir del surgimiento en un lugar único de África, Homo sapiens se habría expandido por todos los continentes hace en torno a 60 000 años. Esta es la base de la conocida teoría llamada Fuera de África (Out of Africa), en la que se sugiere que en su expansión por el planeta nuestra especie habría reemplazado a todos los eventuales grupos humanos arcaicos, sin cruzarse genéticamente con ellos.

Este modelo, sin embargo, ha quedado desfasado por la irrupción en el tablero evolutivo de inesperados descubrimientos. Por ejemplo, hoy resulta cada vez más evidente que Homo sapiens no estaba en un lugar concreto y único de África, ni tampoco estaba solo. Por el contrario, los fósiles sugieren que otras especies de homininos merodeaban por el continente en la época en que surgieron nuestros ancestros.

Cráneo de Kabwe. Wikimedia Commons.

Se han citado al respecto diversos ejemplos. Uno de ellos es el cráneo de Kabwe, que fue hallado en 1921 en un yacimiento de Rhodesia, hoy Zambia, y que estuvo depositado en el Museo Británico de Londres sin poderse determinar con claridad su especie y antigüedad. Muchos años más tarde, en la década de 1980, el acreditado paleoantropólogo del citado museo, Chris Stringer, lo clasificó como perteneciente a la especie Homo heidelbergensis. Lo cierto es que en la actualidad se acepta la edad estimada de este cráneo en alrededor de 299 000 años. Esto significa que el individuo de Kabwe habría vivido al mismo tiempo que los primeros representantes de Homo sapiens.

Otro ejemplo lo constituye Homo naledi que también vivió hace unos 300 000 años, en este caso en Sudáfrica. Aunque tenía un cerebro relativamente pequeño, este hominino, descubierto en 2015, resultó muy novedoso porque sus restos muestran una combinación única de caracteres antiguos y otros casi modernos.

Por otra parte, en una cueva de Marruecos llamada Jebel Irhoud, se han encontrado restos fósiles en torno a 300 000 años de antigüedad que, como apunta María Martinón-Torres, «arrojan nueva luz ¿o más interrogantes? sobre el origen de nuestra especie». Aunque estos especímenes, explicita la científica «carecen de algunos de los rasgos que se consideran exclusivos de Homo sapiens (como la presencia de barbilla, la frente vertical o el cráneo alto y abombado), muchos investigadores consideran que se trata de uno de los representantes más antiguos de nuestro linaje».

La novedad de los fósiles marroquíes, aclara la directora del CENIEH, «no radica tanto en su antigüedad como en su localización. La mayoría de los fósiles africanos atribuidos a nuestra especie se han registrado, hasta ahora, en regiones del este o del sur de África, pero no del norte». A raíz de las interpretaciones más recientes, continúa la experta, «está cobrando peso la hipótesis de que nuestro origen no procede de una, sino de varias poblaciones que llegaron a habitar en regiones muy dispares del extenso continente africano, y que mantendrían intercambios genéticos intermitentes». En consecuencia, «Homo sapiens habría evolucionado en un patrón más reticulado y menos lineal de lo que se había creído hasta ahora».

Katarina Zimmer.

En el mismo sentido, el citado experto en evolución humana, Chris Stringer, ha detallado ante preguntas de Katerina Zimmer que el continente africano pudo haber sido un lugar muy poblado. «Hace diez años, la mayor parte de nosotros probablemente habría pensado que África en los últimos 300 000 años nos enseñaría una clara evolución de Homo sapiens, en contraste con a la extinción de todas las demás especies». No obstante, continúa Stringer, «ahora sabemos que hubo distintos tipos de homininos en el entorno».

Ante la cuestión de cómo se relacionaron esos grupos de homininos, un creciente colectivo de especialistas sostiene actualmente que los análisis moleculares han roto el paradigma dominante porque demuestran que los primeros homininos anatómicamente modernos, hibridaron y tuvieron descendencia fértil con otras especies humanas hoy extintas. Recordamos que hemos hecho referencia a este tema en diversas entradas de este blog, por tratarse de una de las cuestiones con mayor trascendencia en la biología evolutiva moderna. Véase su hilo argumental.

Uno de los principales problemas que plantea el tema de las especies híbridas, ha subrayado Martinón-Torres, es que atenta contra el concepto biológico de especie originalmente planteado por Ernst Mayr (1904-2005), uno de los biólogos evolutivos más destacados del siglo XX. «Según Mayr, explica la científica, una especie es un grupo o población natural de individuos que pueden cruzarse entre sí, pero que están aislados reproductivamente de otros grupos afines. Este concepto implica que individuos de especies diferentes no podrían hibridar ni tener descendencia fértil con otros individuos que no pertenezcan a su misma especie».

Rebecca R Ackermann.

Sin embargo, subraya Martinón-Torres, «la naturaleza nos proporciona un abanico amplio de casos de hibridación […]. Una última apreciación particularmente interesante en el mundo de los primates, explica la científica, «viene de los estudios que investigadores como Rebecca Ackermann [profesora del Departamento de Arqueología de la Universidad de Ciudad del Cabo] y su equipo han realizado en monos babuinos».

Valga indicar brevemente que Rebecca Ackermann realizó una serie de minuciosos estudios de hibridación que han servido como palanca creativa para intentar explicar la emergencia de los humanos modernos. Su investigación, que tuvo lugar hace más de dos décadas, comenzó con un estudio de huesos fósiles de babuinos que mostraban ciertas anomalías en su estructura, unas pruebas indicadoras de que estos animales eran, de hecho, híbridos. Tras cuidados razonamientos, la científica documentó sus hallazgos y los usó como una analogía para comprender la evolución humana. Dado que la mayor parte del trabajo de Ackermann tuvo lugar años antes de que la hibridación en la evolución humana fuese confirmada mediante la genética, sus resultados fueron muy provocadores y altamente controvertidos, generando acalorados debates entre la comunidad especializada.

Siguiendo con las aclaraciones de la directora del CENIEH, ésta ha señalado que «en el ámbito paleontológico, el concepto de especie utilizado es mucho más pragmático, por lo que el término suele utilizarse como categoría útil en la que se agrupan aquellos individuos que, principalmente por sus características anatómicas, forman un grupo homogéneo y en principio reconocible y distinguible de los individuos de otros grupos».

Especialistas como Martinón-Torres y otras, sostienen que la hibridación podría haber sido ventajosa para nuestra especie como «fuente de genes beneficiosos para la conquista del mundo». No obstante, admiten la necesidad de seguir investigando y ahondar en el efecto que el intercambio genético ha tenido en el porvenir de cada una de las especies participantes en la hibridación.

Un punto de coincidencia cada vez más generalizado entre quienes estudian este complejo tema reside en subrayar que la paleogenómica sugiere que la interacción de los humanos anatómicamente modernos con especies hoy extinguidas, no fue necesariamente violenta, y que las hibridaciones frecuentes serían evidencia de ello, al contrario de lo sostenido durante largo tiempo por el pensamiento más conservador (Martinón-Torres, 2019).

Sin embargo, y a pesar de los recientes avances, se ha subrayado, tal como explicita la periodista científica Katarina Zimmer, que nuestro pasado lejano en África permanece confuso porque los y las especialistas todavía «no han conseguido reconstruir la historia humana en sus detalles; ello se debe en gran en parte a que la información procedente de homininos fósiles que aporten datos sobre la coexistencia en África de los humanos anatómicamente modernos con otras especies es escasa». Además, los datos genéticos, sin dudar de su indiscutible interés, generan un notable desconcierto porque revelan relaciones interespecíficas que hace una década parecían impensables, lo que está provocando importantes reflexiones y posturas encontradas entre los diversos equipos de investigación.

Eleanor Scerri, Jessica Thompson y Khady Niang.

Parte de la comunidad especializada, incluyendo a la citada directora del Instituto Max Planck, Eleanor M. L. Scerri, al acreditado paleoantropólogo británico Christofer Stringer o la profesora de antropología de la Universidad de Yale, Jessica Thompson, han elaborado  recientemente una nueva teoría sobre nuestros orígenes, sosteniendo que los humanos modernos no surgieron en un único lugar, sino que emergieron gradualmente a partir de una red de poblaciones interconectadas desparramadas por toda África, tras darse un próspero compartir de genes continentales en el que podrían haber participado otros linajes de homininos además del nuestro. Para la doctora en Arqueología de Universidad de Dakar, Khady Niang, se trata de «una buena manera de interpretar los datos que hoy disponemos».

Otro foco de discusión del debate actual sobre nuestros orígenes radica en la salida de los humanos anatómicamente modernos del continente africano. Veamos.

¿Cuándo salió Homo sapiens de África?

La directora del CENIEH y gran parte de sus colegas, opinan que los datos genéticos, junto a los nuevos descubrimientos fósiles y las dataciones más recientes, sitúan la salida de nuestra especie del continente africano antes de lo estimado por la teoría de Fuera de África, «lo que ha supuesto la revelación de un pasado completamente desconocido para las poblaciones actuales». De hecho, la reciente datación en torno a los 190 000 años de un maxilar humano procedente del yacimiento de Misliya (Israel), respalda la idea de que Homo sapiens fue capaz de adaptarse a otros territorios antes de lo pensado, si bien, sostiene Martinón, «este sigue siendo un debate abierto».

Sarah Tishkoff.

En tal sentido, un creciente colectivo de especialistas, puntualiza que los humanos modernos salieron desde África hacia Eurasia probablemente en varias ocasiones, encontrándose en el nuevo continente con otras especies. Asimismo, la situación de más de una especie de homininos en África habría sido semejante a la desplegada en Eurasia, donde los neandertales y denisovanos prosperaron por cientos de miles de años antes de que H. sapiens migrara de África, coincidiera e hibridara con ellos.

Un hallazgo intrigante generado a partir de tales estudios queda reflejado en las evidencias detectadas sobre la mezcla con grupos humanos hasta ahora desconocidos y ya extinguidos: las llamadas poblaciones «fantasma» que han dejado huellas en los genomas modernos. En este aspecto, la profesora de genética y biología de la Universidad de Pensilvania Sarah Tishkoff, ha explicado a la periodista científica Katerina Zimmer que los análisis de genomas modernos muestran huellas genéticas en el ADN que evidencian hibridación con homininos extintos no identificados; y añade que «el modelo que acepta e incluye una población fantasma es siempre el mejor ya que básicamente se ajusta a los datos disponibles».

Breve comentario final

En tan apasionante contexto, María Martinón-Torres ha expuesto que «en su día los análisis de genética supusieron una revolución en el campo de la paleontología. Supuso aplicar técnicas y conceptos que no eran habituales en nuestro campo. Con estos análisis cambiaron muchas cosas, como saber que sapiens y neandertales se habían cruzado». Y no solo esto, añade la directora del CENIEH, sino que además «existía un tercer grupo hominino al que todavía no le hemos puesto cara, con el que también hemos intercambiado genes. Se trata de los denisovanos, cuya huella genética se encuentra en parte de la población actual, sobre todo en el sudeste asiático, [a pesar de que] apenas tenemos fósiles para identificarlos».

Además, Martinón-Torres transmite al respecto una valiosa reflexión: «el tema de las razas se diluye cuando analizamos el ADN. Gracias a la paleogenética o paleogenómica estamos viendo que especies diferentes, como sapiens y neandertales, hibridaban, tuvieron descendencia a la que alguien proporcionó cuidados, por lo que parte de su herencia genética ha llegado hasta nosotros con nuestro ADN». Así pues, argumenta con firmeza la científica, «las ideas de las personas racistas no se sustentan en la biología. Nosotros somos un crisol de humanidades extinguidas».

Asimismo, continúa María Martinón-Torres, «parte de nuestro éxito evolutivo probablemente se ha debido a habernos mezclado con otras especies que nos han proporcionado ventajas genéticas y mayor versatilidad para adaptarnos a nuevos territorios. Si parte del éxito ha sido esa mezcla, esa hibridación, no sé cómo alguien puede sustentar que dentro de la misma especie existen grupos diferentes y que los hay superiores e inferiores. El éxito de nuestra especie es la diversidad». La ciencia también sirve para conclusiones como estas, sobre todo cuando nos encontramos ante la furia del fanatismo de los prejuicios.

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

2 Comentarios

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Guillermo Guevara PardoGuillermo Guevara Pardo

Excelente artículo que resume de manera muy clara el proceso evolutivo humano y además destaca la importantísima contribución de distintas científicas en este campo. Felicitaciones a la autora.

Carolina Martínez PulidoCarolina Martínez Pulido

Muchas gracias por tu comentario, Guillermo.
Un cordial saludo
Carolina

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