El esqueleto de una monja une ciencia y humanidades

¿Cómo imaginamos la transcripción de manuscritos durante la Edad Media? Es bastante probable que para responder la pregunta pensemos en monjes trabajando duro a la luz de las velas en los scriptoria, copiando el conocimiento del mundo en páginas de pergamino. «Siempre son monjes, monjes, monjes», dice Alison Beach, historiadora de la Universidad Estatal de Ohio. Pues bien, parece que parte de ese trabajo fue realizado por mujeres, y que algunas tenían habilidades excepcionales, eran muy respetadas e incluso se les confiaban los pigmentos más caros, los destinados a los mejores artistas del siglo XI.

Esta es la conclusión de una investigación llevada a cabo por un equipo internacional de especialistas en diferentes áreas dirigido por Christina Warinner, paleogenetista del Instituto Max Planck para la Ciencia de la Historia Humana (Radini et al, 2019).

La evidencia proviene de la placa dental fosilizada de un esqueleto encontrado en el cementerio de un monasterio medieval de mujeres en Dalheim, un pequeño pueblo cerca de la ciudad alemana de Maguncia. Los expertos y expertas de este grupo interdisciplinar querían, a través del análisis de la placa dental que se acumulaba en la dentadura de las personas, comprender mejor las dietas y las enfermedades que les afectaban en el pasado. Estos estudios se centran en el ADN de las bacterias en la boca, junto con rastros de las cosas que la gente comía y bebía.

Partículas azules detectadas incrustadas dentro del cálculo dental arqueológico.
Imagen: Radini et al. (Science Advances).

Durante estas investigaciones, en una tumba etiquetada como B78, encontraron el esqueleto de una mujer de mediana edad que murió alrededor del 1100 d.C. Al principio, lo único que se destacó de sus restos fue la falta de desgaste de sus huesos, una señal de que vivió una vida bastante sedentaria. Al examinar de cerca los dientes de B78, los investigadores se sorprendieron. «El microscopista me llamó y me dijo, “la dentadura de esta mujer está llena de partículas azules”», recuerda Warinner. «Nunca antes había visto este color en la boca de alguien, este azul tan brillante como un huevo de petirrojo».

Un análisis cuidadoso utilizando varios métodos espectrográficos diferentes, incluida la espectroscopía de rayos X de dispersión de energía (SEM-EDS) y la espectroscopía micro-Raman, reveló que los fragmentos azules eran polvo de lazurita, un mineral que forma parte del lapislázuli. En la Edad Media, esta gema, que se empleaba como pigmento para decorar manuscritos, solo se podía encontrar en lo que hoy es Afganistán. La piedra en polvo valía más que su peso en oro y llegaba a Europa a través de una compleja red comercial que se extendía a lo largo de miles de kilómetros. El pigmento de lapislázuli azul vivo producido era tan valioso que los artistas medievales y los iluminadores de manuscritos lo reservaban para los temas que consideraban más importantes, como el manto azul de la Virgen, por ejemplo.

El equipo descartó varias hipótesis para explicar los rastros de lapislázuli: la mujer podría haber besado una imagen que contuviera lapislázuli como parte de un ritual devocional, o podría haber confiado en la «medicina lapidaria», una práctica medieval que consistía en ingerir piedras preciosas como remedio curativo. Pero, después de valorar fechas sobre costumbres y prácticas religiosas, los investigadores y las investigadoras concluyeron que el pigmento azul se habría ido acumulando en la boca de B78 al humedecer el pincel con los labios para afinarlo mientras pintaba. Con el tiempo, se incrustó en su placa dental, donde se conservó durante casi 1 000 años. Esta acumulación sugiere que la mujer estuvo en contacto con este pigmento por un gesto repetido con frecuencia durante mucho tiempo. Sabemos que el cotizado lapislázuli no se confiaba a cualquier artista. El hecho de que una mujer utilizara este pigmento significa que ésta era del más alto nivel, con una gran reputación en caligrafía e iluminación.

Las investigaciones a partir de la placa dental son en la actualidad una fuente potente que aporta información arqueológica muy valiosa. Una ventaja importante de estos análisis es que se extrae directamente de la boca de la persona fallecida, lo que puede mostrar de manera concluyente lo que comieron o bebieron las personas, en lugar de hacer inferencias basadas en lo que quedó en sus tumbas o lo que se encontró en los asentamientos.

Estas técnicas no solo permitieron a los investigadores identificar lazurita en este cementerio antiguo, sino que la encontraron en la boca de una mujer. Eso nos abre una ventana más para asomarnos con rigor a esta época de la historia.

En la Edad Media eran pocos los oficios practicados exclusivamente por hombres o por mujeres y la copia y la iluminación de manuscritos no eran una excepción. Hay evidencias de que una parte muy significativa de estas joyas decoradas se produjo en los scriptoria monásticos o catedralicios, y muchos monasterios europeos eran mixtos, por lo que parece lógico pensar que monjes y monjas compartieran el trabajo de copiar e iluminar.

Miniatura de una edición francesa en pergamino de La ciudad de las damas. Wikimedia Commons.

No sólo las religiosas eran copistas; también tenemos referentes de mujeres iluminadoras laicas como ésta citada por Christine de Pizan en La Ciudad de las Damas (1405): «Conozco una pintora llamada Anastasia que tiene tanto talento para dibujar e iluminar las miniaturas que no se podría encontrar en París, donde viven los mejores artistas del mundo, uno solo que la supere». En el siglo XIV, Bourgot Le Noir, iluminadora de libros, trabajó en la imprenta familiar y su obra está a la altura de la de su padre (Gaze, 1997).

Las referencias más antiguas de mujeres iluminadoras las encontramos en los siglos VII y VIII: Herlinda, Reinula de Maasryck y la abadesa Agnes de QuedlinbugHitda de Meschede fue una abadesa ilustradora de Colonia que vivió entre 978 y 1042 y Diemoth de Wessobrun nos ha dejado el mayor número de obras: 45 manuscritos desde 1075 a 1130. Más conocida es Hildegarda de Bingen que ilustró su obra Scivias entre 1141 y 1152.

Sin embargo, fue Ende el primer testimonio en la historia del arte europeo de la participación de una mujer como creadora de una obra artística. No se sabe si fue monja o noble, pero sí sabemos que vivió en Hispania en el siglo X y que participó como iluminadora del Beato de Gerona durante su estancia en el monasterio mixto de San Salvador de Tábara, uno de los más importantes del Reino de León. Este libro, que se acabó de elaborar en 975, aparece firmado por «Emeterius, Senio» y por «Ende» o «En», que se describe a sí misma como «depintix Dei aiutrix», pintora y servidora de Dios. La calidad del Beato de Gerona es superior a la de muchos códices europeos de la época por la innovación iconográfica, la llamativa policromía y la fuerza de los dibujos.

Autorretrato de Claricia. Wikimedia Commons.

En Alemania, algunas artistas firmaron sus trabajos: Guda de Weissfauen, una monja iluminadora del siglo XII y Claricia, de principios del XIII. Guda lo hizo en una letra inicial del homiliario de San Bartolomé en la que aparece la siguiente inscripción: «Guda, peccatrix mulier scripsit et pinxit hunc librum» (Guda, una pecadora escribió y pintó este libro). Claricia se inmortalizó a sí misma en un salterio, columpiándose cogida a una enorme letra «Q» con la melena suelta y en actitud desenfadada y su nombre escrito alrededor de su cabeza. Se ha sugerido que representa a una estudiante laica o a una novicia de una abadía benedictina de Augsburgo donde se elaboró el salterio.

Desafortunadamente, son pocas las que firmaron, pero también son pocos los autores hombres que lo hicieron. Sin embargo, cuando un libro es anónimo, los historiadores han supuesto que fue copiado por un hombre, pero, ¿por qué no considerar la posibilidad de que lo hiciera una mujer? Parece que, según nos cuentan en los manuales, las cosas hermosas sólo pudieron hacerlas los hombres, no se plantea la autoría femenina y nos inculcan la idea de que las mujeres apenas participaron en profesiones relevantes, influyentes o creativas. Anónimo no es siempre la firma indiscutible de un autor, en masculino. Es importante reescribir de forma rigurosa la historia de la humanidad con la inclusión justa de nombres de mujeres. Podemos plantearnos que el trabajo creativo de hombres y mujeres sólo se diferencia en las condiciones en las que se produce y que para ellas, en ocasiones, ni siquiera se dan estas condiciones.

Referencias

Sobre la autora

Marta Bueno Saz es licenciada en Física y Graduada en Pedagogía por la Universidad de Salamanca. Actualmente investiga en el ámbito de las neurociencias.

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