Françoise Brauner, la doctora que quiso curar a los niños del fascismo y la guerra

Françoise y Alfred Brauner.

Françoise Brauner nació en Austria y estudió Medicina en alemán, aunque gran parte de su labor la ejerció en Francia, tras huir de la persecución y la represión fascista. Llevó a cabo una intensa labor médica y científica del tratamiento de niños con discapacidad y secuelas tras las Segunda Guerra Mundial. Gran parte de ese trabajo lo llevó a cabo junto a su marido, Alfred Brauner, francés de origen austriaco.

Aunque ambos hablaban alemán, solo él hablaba francés con soltura, y ese era el idioma en el que se relacionaban en Francia y también en el que relataron y publicaron su trabajo. Esta es la causa de que la mayoría del trabajo y de la vida de ella que conocemos hoy esté mediada por la voz de él, que fue quien la contó. Sin embargo, sería un error pensar que él fue la figura principal y ella su asistente o acompañante. El trabajo que hizo Françoise Brauner, y el que hicieron juntos como matrimonio, la tuvo a ella como impulsora, tomadora de decisiones y principal cerebro pensante.

De Austria a Francia huyendo del fascismo

Françoise Brauner nació como Fritzi Erna Riesel en 1911 en Viena, ciudad en la que residía su familia por el trabajo de su padre, un alto funcionario austriaco que llegó a ser Ministro de Asuntos Sociales. Desde siempre se asumió que estudiaría medicina y sería pediatra. Obtuvo su título de médica en la misma Viena, donde en 1928 conoció al que, años después sería su marido, Alfred Brauner, austriaco de origen francés.

En los siguientes años la situación política y bélica en Europa no haría más que empeorar. Hitler llegaría al poder en Alemania en 1933 y en Austria se instalaría también un régimen profascista. En 1936, Brauner, a pesar de que Francia había restringido la llegada de emigrantes austriacos y su diploma en Medicina no era suficiente para entrar en el país sin hablar francés, huyó a París y allí volvió a encontrarse con Alfred, con quien terminó casándose, en contra de sus convicciones feministas, para evitar ser deportada o enviada a prisión si la guerra terminaba desatándose.

Como médica a la Guerra Civil española

Sin embargo, ella no permaneció en Francia mucho tiempo: en España había estallado la Guerra Civil y desde allí las Brigadas Internacionales que luchaban junto al bando republicano habían hecho un llamamiento para atraer a profesionales sanitarios al frente de Madrid.

Françoise Brauner en Benicassim.

Años después reflexionó sobre por qué había decidido comprometerse con la causa republicana española: “Yo sabía lo que una victoria de los generales significaría pues, durante mis estudios de medicina en Viena, había visto cómo el fascismo austriaco, en colaboración estrecha con Mussolini, había destruido militarmente el partido social-demócrata. Varios amigos míos habían perdido la vida entonces. Pero lo que fue decisivo —y sólo hoy es cuando lo comprendo del todo— es que, al ser una de las pocas mujeres en haber elegido el oficio de médico, luchaba por la igualdad de los derechos, […]. Cuando se producían en el mundo conmociones que me parecían virajes de la Historia quería, yo, una mujer joven de veinticinco años, no mantenerme al margen sino ejercer mi oficio aportando mi ayuda.”

Brauner, con su título de médica, fue aceptada allí, aunque como mujer casada tuvo que aportar un permiso de su marido, algo que no fue fácil de aceptar para ella. Una vez en España trabajó en el hospital militar que las Brigadas Internacionales tenían en Benicassim, a las órdenes del médico checo Bedrich Kisch, en el servicio de cirugía. Alfred mientras tanto siguió en Francia, realizando el servicio militar en la época prebélica. Durante los meses que duró no volvió a saber de ella, según cuenta él en una biografía de ambos.

Al terminar su periodo de servicio se fue a España a buscarla haciéndose pasar por periodista gracias a un carné de prensa de un diario de París. La encontró en Benicassim, atendiendo a los pacientes del hospital. Cuenta que al entrar en una sala con decenas de heridos todos empezaron a llamarla por su nombre, cada uno en un idioma diferente, y que ella tenía una palabra amable para cada uno de ellos, en cada uno de esos idiomas.

“Cuando, en mi servicio, iba de una cama a otra, debía cambiar de idioma casi a cada cama. Para los heridos, sobre todo los que estaban solos del todo, sin compatriotas, cobraba una gran importancia el que se les hablara en su lengua materna y el poder expresar sus preocupaciones en su idioma.” Brauner convenció a su Alfred de que no podía irse de allí y dejar a los heridos sin atender. “No quería abandonarlos a ningún precio, cada uno de mis enfermos estaba ligado a mí y yo a él”.

Atención a los niños desplazados por el conflicto

En este momento comenzó el trabajo que durante las décadas siguientes harían entre los dos, el de atender y cuidar a los niños que habían vivido la guerra. Puesto que se quedó en España con ella, Brauner enseñó a Alfred otra parte de su trabajo allí, el de la supervisión médica de los niños alojados en hogares de acogida después de que sus casas hubiesen sido destruidas por los bombardeos. Él había llevado de Viena a París y de París a Benicassim algunos de sus documentos y metodología educativa, así que fue asignado como supervisor de estos menores.

Brauner siguió trabajando en el hospital, que siguió abierto hasta abril de 1938 y por el que pasaron más de 7 000 heridos de las Brigadas Internacionales, tanto españoles como de otros países. Pero la situación se iba ennegreciendo para el bando republicano y las Brigadas Internacionales terminaron por retirarse. Brauner y su marido se volvieron a París, como contábamos al principio de este artículo, con la maleta llena de testimonios infantiles de lo que estaba ocurriendo en España, pero ninguna editorial francesa quiso publicarlos.

Una vez de vuelta en Francia, ambos siguieron dedicándose a la atención infantil. El régimen de Hitler en Alemania estaba desplazando a miles de refugiados por Europa y muchos niños judíos terminaron acogidos en Francia. Brauner se encargó durante unos meses del cuidado médico y la educación de 130 niños de origen alemán y austriaco, que la adoraban según su marido.

De la resistencia ante los nazis al cuidado de los niños supervivientes de los campos

Seis meses después llegó la Segunda Guerra Mundial, que les pilló de vacaciones escalando el Mont Blanc. El matrimonio no quiso quedarse en la ‘Francia libre’ y trató de unirse a la resistencia contra la ocupación alemana ayudando a esconderse a ciudadanos austriacos atrapados en la Francia ocupada y como tapadera daban clases de alemán para gente que buscaba colaborar o trabajar para los alemanes. Ella además seguía proporcionando atención médica en un hospital infantil de París. Consiguieron mantener el engaño durante toda la ocupación. Un vecino les avisó de que la Gestapo había descubierto su tapadera justo el día de antes de la liberación de Francia.

Niños liberados en Buchenwald son examinados por personal médico. La médica de la izquierda es Françoise Brauner. Imagen: Wikimedia Commons.

El fin de la guerra había dejado en Europa miles de niños huérfanos, heridos, enfermos y traumatizados. Brauner y su marido recibieron el encargo de acoger y cuidar a 440 menores supervivientes de los campos de concentración de Auschwitz y Buchenwald en un antiguo sanatorio. Aunque la recepción fue complicada y los niños llegaban con enormes traumas, Brauner atendió su salud e intentó atender también su ánimo y los problemas mentales con los que llegaban, sintiéndose muy útil.

Investigación y cuidado de niños con discapacidad

A partir de estos trabajos y de su título en Medicina, Brauner siguió estudiando en Francia hasta obtener la especialidad de psiquiatría infantil, y en 1959 comenzó a codirigir y a ocupar el puesto médico más alto de los dos Centros de tratamiento educativo para niños polidiscapacitados que su esposo había creado en la ciudad de Saint-Mandé (Val-de-Marne).

Era habitual que colaborase con Jerôme Lejeune, a quien se ha considerado históricamente autor de la primera definición de la trisomía del cromosoma 21 como causa del síndrome de Down, aunque lo hizo usurpando el trabajo de una colega, Marthe Gautier.

Pero si algo se ha destacado del trabajo que hizo Brauner fue la buena relación y el cariño que despertaba tanto en los niños a los que atendía como en sus familias, algo no solo necesario para favorecer su recuperación y mejorar su salud y su vida, sino para poder investigar y estudiar sus patologías y posibles tratamientos que atenuasen sus síntomas.

Brauner murió en el año 2000 a los 90 años tras sufrir un accidente cardiovascular mientras se recuperaba de una cirugía de cadera. Cuando se supo la noticia, su marido recibió cientos de cartas de condolencia.

Referencias

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