Letra de niña

Ciencia y más

Cosas desagradables
El revés de una tela bordada.
El interior de la oreja de un gato.
Una camada de ratas que todavía no tienen pelo, cuando salen arrastrándose
de su nido.

Sei Shonagon, El libro de la almohada
Ilustración de «El libro de la almohada» de Sei Shōnagon. Wikimedia Commons.

Es llamativo cómo las mujeres han desarrollado sistemas de escritura para su propio uso en todo el mundo, en parte porque fueron excluidas de la educación formal. Nos centraremos en Japón y en su escritura, en concreto en la sorprendente historia del silabario adoptado por las mujeres japonesas en el siglo X: el onnade o «mano de mujer». Este sistema ha dado lugar a uno de los tres modos de escritura japonesa en la actualidad, el hiragana, 46 símbolos que subsisten de las miles de variaciones originales.

Durante el periodo Heian (79-1185), las damas de la corte japonesa tenían acceso a la misma educación que los hombres, pero no se les permitía usar los kanji de origen chino que Japón adaptó a su lengua. Como además ellas no participaban en las decisiones políticas, en la correspondencia y las grandes obras de hombres dignos, ¿para qué utilizar la escritura? Además, se consideraba muy compleja para el cerebro femenino. Cada kanji era, y es, un ideograma con un significado asociado que no se desglosa en sílabas con sonidos propios sino que se lee como un bloque semántico. Para tener acceso a la escritura las mujeres utilizaron un sistema con símbolos que representaban sílabas, cada una con su fonema asociado, creadas a partir de trazos más sencillos que los kanjis; este trazado silábico se denominó onnade.

Este sistema de escritura, en oposición a los kanji (otokode, «mano de hombre»), se consideraba poco culto. Sin embargo, la primera obra publicada en onnade fue el Diario de Tosa, escrito por un hombre, Ki no Tsurayuki, haciéndose pasar por una mujer que se lamenta de la muerte de su hija. Lo escribió en el año 935 y la primera frase del Tosa Nikki dice: «Yo, una mujer…». No habría podido escribir este diario como un hombre, usando kanjis, porque publicar literatura personal se consideraba inapropiado para ellos.

Entre los siglos VII y XIII, la literatura japonesa tiene su época culminante y la poesía sobre el amor o la belleza de la naturaleza era muy común entre la aristocracia. Alrededor de 1237 se completó una famosa antología titulada «Cien poemas de cien poetas famosos» que presenta obras de los principales intelectuales del país. Entre estos cien poetas había veintiuna mujeres, mientras que antes del onnade casi todos los poetas en Japón eran hombres. Este dato es sorprendente si lo comparamos con datos actuales que sitúan a Japón en el puesto 121 de 153 países en el índice sobre el grado de igualdad de género (WEF, 2020).

Dos de los libros más representativos de la época Heian fueron escritos por mujeres y marcaron un hito, ya que se consideran germen de la literatura japonesa. El hecho de resaltar la excelencia de las obras anula en parte la identidad de sus autoras, según la profesora Amelia Sato (Sato, 1993). Podríamos reflexionar sobre este sesgo que tiende a difuminar la identidad de los autores cuando son mujeres. Es decir, si una obra es magnífica y señera en cualquier campo, ¿recordamos la individualidad de la autora igual que lo hacemos con los hitos marcados por hombres?

Escenas de «La historia de Genji» por Tosa Mitsuyoshi. Metropolitan Museum of Art. Wikimedia Commons.

Las dos obras fueron el Genji Monogatari (La historia de Genji) de Murasaki Shikibu y Makura no sōshi (El libro de la almohada) de Sei Shōnagon. El Genji Monogatari se considera la primera novela del mundo y narra las aventuras amorosas del príncipe Genji. El Libro de la almohada es un chispeante diario de la autora que recoge sus impresiones cotidianas de manera incisiva, ingeniosa y con un sutil sentido del humor.

En esta Edad Media japonesa las mujeres disfrutaban del amor y el sexo con absoluta libertad. En cierto modo, eran más libres que las mujeres japonesas del siglo XXI. Pero al cabo de un tiempo, la sociedad empezó a cambiar: los samuráis (la clase guerrera) se fueron haciendo más poderosos y el papel de la mujer fue menguando hasta quedar reducido al cuidado del esposo, la familia y el hogar. Este cambio se reflejaría en el uso del onnade, que tomó un cariz más funcional y dejó de ser un medio de expresión intelectual y literario.

Ya hemos visto que los kanji se empleaban en cuestiones oficiales, mientras que el onnade estaba reservado para la expresión de sentimientos, como las cartas de amor y los diarios. Pero no solo el contenido de la escritura de mujeres y el de los kanji era diferente. Normalmente, en Kanji Shodō, la caligrafía más cuidada de los kanji, los caracteres se escriben en líneas verticales rectas paralelas regularmente espaciadas. Por el contrario, los Kana Shodō, la caligrafía más vistosa de onnade, se escriben en líneas ligeramente fluctuantes, a menudo con espacios vacíos, de modo que cada una se dispersa en la composición. Además, los caracteres en el Kana Shodō están interconectados entre sí para hacer la escritura más fluida.

Estas características han sido recogidas por Kaoru Akagawa, una maestra calígrafa que en su adolescencia no podía leer las cartas de su abuela porque pensaba que su escritura era poco clara. Más de una década después, Kaoru se dio cuenta de que su abuela no tenía mala letra sino que perteneció a una de las últimas generaciones en utilizar este código creado por y para mujeres, el Kana Shodō más cuidado. Estos caracteres crean diseños espectaculares que Kaoru utiliza en sus obras de arte, recorriendo superficies increíbles con «letra de mujer».

Nos podemos preguntar si en la actualidad, en nuestra cultura occidental, ocurre algo parecido entre la letra de mujer y la de hombre. ¿Es otro estereotipo? Una sociedad con prejuicios espera una grafía impecable, dulce, ordenada ¡y curvilínea! que refleje las mismas cualidades que se esperan de su dueña. Sería interesante profundizar en la prevalencia del estereotipo y conocer su repercusión en en el ámbito educativo: letra de niña o letra de niño.

Versión de Kaoru Akagawa de «Gran ola de Kanagawa» de Katsushika Hokusai. Kaoru Akagawa tradujo algunas líneas
de una ópera alemana al japonés, luego las transcribió a kana, y con esta escritura creó la obra. © Kaoru Akagawa.

Kaoru Akagawa tiene 47 años y lleva dos décadas practicando esta escritura. Ahora es una de las maestras calígrafas más jóvenes de Japón, donde los grandes calígrafos tienen una edad que sobrepasa los 60 años. En sus obras combina Kana Shodō con nuevas técnicas, tejiendo miles de símbolos intrincadamente entrelazados que se fusionan para formar composiciones complejas y vistosas.

Muchos de nosotros tenemos una imagen de la escritura japonesa que no se corresponde con estos símbolos suaves y fluidos. En el día a día de los japoneses este trazo curvo y antiguo aparece ocasionalmente en lugares tan curiosos como los envoltorios de dulces japoneses tradicionales y en la señalización de los restaurantes de fideos soba.

Los caracteres del onnade que ellas utilizaron durante casi un milenio transcriben sílabas fonéticamente de la misma manera que el katakana, el segundo silabario que también surgió de los complicados kanji. Para estandarizar estos tres tipos de escritura, a principios del siglo XX, un programa del gobierno japonés extinguió el 90 % de los 550 caracteres utilizados en estos silabarios tan complejos, así como las miles de variaciones en sus trazos. Se estableció el sistema de caracteres kanji, hiragana y katakana utilizados actualmente en el japonés escrito. Esta medida simplificó mucho la escritura y la impresión del japonés no solo en aquel momento sino en la actualidad, si pensamos en su uso en las tecnologías digitales.

Con la impresión mecanizada se perdió por completo la escritura enlazada de los textos clásicos y cada sílaba pasó a escribirse de forma independiente y reconocible. Muchos pensaron que con tantos dispositivos electrónicos, los alfabetos japoneses quedarían obsoletos, pero ha ocurrido lo contrario: el diccionario predictivo de ordenadores y móviles consigue adivinar los kanji que quiere escribir el usuario a partir de los hiragana que, a modo de sílabas, éste va introduciendo.

Como ejemplo puede servir la siguiente captura de pantalla en la que pretendemos escribir 女, el kanji correspondiente a la palabra mujer. Es imposible tener un teclado con los miles de kanji de uso común. En su lugar disponemos de un teclado virtual compuesto por los 46 caracteres hiragana. El kanji 女 se pronuncia onna, así que para escribirlo introduciremos los hiragana que forman esa palabra. En este caso son tres, ya que la primera n tiene su propio carácter (o-n-na). Pulsamos por tanto おんな, que el dispositivo identifica como 女.

Resulta un tanto paradójico que una escritura ideada en el siglo X, relegada a sentimientos, percepciones individuales de la realidad y pasiones íntimas sea hoy la clave para poner en marcha el predictor de texto de un dispositivo digital. Es el legado de aquellas mujeres que aprendieron y crearon una forma nueva de escribir, superando la resignación impuesta por un entorno que no permitía su participación intelectual y dudaba de sus capacidades.

Referencias

Sobre la autora

Marta Bueno Saz es licenciada en Física y Graduada en Pedagogía por la Universidad de Salamanca. Actualmente investiga en el ámbito de las neurociencias.

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