Annie Jean Macnamara (1899-1968): el faro de Australia ante la crisis de la polio

Una enfermedad infecciosa mantuvo en jaque al mundo. Del virus que la causaba no se sabía apenas nada y se conocían pocos detalles acerca del modo de transmisión. ¿Os suena esta historia? Podría ser una descripción acertada para estos tiempos, que, por ejemplo, las generaciones venideras pudieran leer en un libro sobre lo ocurrido en el año 2020. La pandemia que sorprendió al mundo.

Micrografía electrónica del poliovirus.
Imagen: Wikimedia Commons.

Sin embargo, en ese caso, no se trataba de la COVID-19, sino de la poliomielitis, una enfermedad que fue muy temida en el siglo XX, y que afectó principalmente a niñas y niños. El mal que devoraba el sistema nervioso. Fueron unos años oscuros; el sufrimiento cubría las paredes de las casas, el suelo, los cuerpos que las habitaban. De ellas, como un grito ahogado, nacían el dolor y el miedo.

La magnitud de esta crisis sanitaria obligó a que investigadores de diferentes países trabajaran para encontrar la vacuna contra el poliovirus. Hace unos meses recordábamos el trabajo de la viróloga Isabel Morgan (1911-1996), quien logró crear la vacuna experimental. Este trabajo fue clave para que más tarde Jonas Salk descubriera la vacuna para uso general en 1955. En este hallazgo también fue importante la contribución de la médica australiana Annie Jean Macnamara (1899-1968), quien junto al biólogo Frank Macfarlane Burnet –Premio Nobel de  Fisiología o Medicina en 1960– demostró que había más de una cepa del virus. Esta información fue esencial y se consideró uno de los primeros pasos en esta carrera contra reloj.

Además, ella insistió en la necesidad del cuidado adecuado de las personas con discapacidad que padecieron la polio y propuso nuevas formas de rehabilitación para los pacientes. Su idea principal consistía en entablillar la parte paralizada del cuerpo hasta que el nervio dañado se recuperara y, con el tiempo, se “reeducaran” los músculos. Asimismo, inventó, junto con los fabricantes de férulas, dispositivos ingeniosos de inmovilización.

Dedicó mucho tiempo a los pacientes; su forma de ser inspiraba mucha confianza entre las familias afectadas. Macnamara tenía un rostro afable, era encantadora y atenta con todos. Era una una mujer pequeña (152 centímetros de estatura) pero mostraba la fortaleza de un gigante. Su perfil, de hecho, recuerda a un fragmento que escribe Juan Tallón en Rewind: «La fortaleza de una persona se demuestra en su capacidad para, con paciencia, redimirse, devolver todo lo que se ha movido, y que es importante, a su lugar».

Una terapia rechazada y el problema de los conejos

Annie Jean Macnamara nació en Beechworth, Victoria (Australia), en 1899. Después de graduarse en Medicina en 1923, empezó como residente en el Hospital Real de Melbourne, y más tarde, se trasladó al Hospital Real de Niños de la misma ciudad. Durante su estancia allí, hubo un brote de poliomielitis y dedicó todo su tiempo a encontrar la manera de erradicar la enfermedad y de cuidar a sus pacientes. No solo demostró que había más de una cepa del virus, sino que junto con su compañero Burnet puso en marcha una terapia con suero inmune para los pacientes que se encontraban en la etapa preparalítica. Macnamara defendió sus resultados en varias revistas, pero al final este tratamiento fue rechazado. Entre 1925 y 1931 fue consultora y médica responsable del Comité de Poliomielitis de Victoria. Del mismo modo, llegó a ser asesora honoraria de poliomielitis de las autoridades oficiales de Nueva Gales del Sur, Australia del Sur y Tasmania.

Lanzamiento del virus mixoma para conejos (hacia 1937). Imagen: Wikimedia Commons.

Entre 1931 y 1933, gracias a una beca, viajó a Inglaterra y Estados Unidos para estudiar ortopedia. Allí, dedicó sus esfuerzos a encontrar nuevos sistemas de rehabilitación, y también consiguió el primer respirador artificial para Australia. Asimismo, resolvió el problema de las plagas de conejos que había en su país. En ese momento, la Universidad de Princeton estaba investigando la mixomatosis (causada por el virus mixoma), una enfermedad que mataba a los conejos. Dada la sobrepoblación que había en Australia, ella instó al gobierno a probar ese virus para combatir esas plagas. Los ensayos iniciales no tuvieron éxito, el virus no se propagó. Pero unos años más tarde, y tras la insistencia de Macnamara de seguir con lo pautado, consiguieron controlar la plaga.

Una eminencia

Esta médica australiana no solo fue una autoridad en cuanto al tratamiento y conocimiento de la poliomielitis, sino también en cuanto a los métodos de rehabilitación propuestos para ayudar a los pacientes que hubiesen sufrido esta enfermedad; ella era como el libro al que todo el mundo acude para consultar las dudas. En 1935, fue nombrada Dama Comandante de la Orden del Imperio Británico (DBE) por garantizar el bienestar de las niñas y niños. En 1938, por ejemplo, fundó una clínica donde trataban a diario a unos treinta niñas y niños; allí, les daban de comer y los llevaban de vuelta a sus casas.

Macnamara dirigió, también, varios centros en su país y no solo trabajó en el terreno de la polio, sino que ayudó a pacientes de envenenamiento por plomo y parálisis cerebral. En referencia a esto último, se conoce que el primer centro para niñas y niños con parálisis espástica en Australia se abrió en el Hospital Real de Niños en 1940 gracias a su recomendación. Ella continuó trabajando hasta que murió en 1968 a causa de una enfermedad cardiovascular.

Composición realizada con varias imágenes de Dame Annie Jean Macnamara.

La poliomielitis ha sido un tema recurrente en la literatura y el cine; a través de ellos también se han comprendido muchos aspectos sobre esta dolencia. Una de las obras más conocidas es Némesis, de Philip Roth, donde la enfermedad es una parte fundamental de la narración. El escritor estadounidense ubica la historia en la comunidad judía de Newark (New Jersey), en 1944. Roth se detiene, sobre todo, en explicar la sintomatología de la polio y en el terror que sufrió Estados Unidos por los brotes del virus. El autor se sirve de reflexiones que podrían aplicarse de nuevo, hoy: «Le asombraba cómo divergen las vidas y nuestra impotencia ante la fuerza de las circunstancias. ¿Y qué pinta Dios en todo esto?».

Referencias

Sobre la autora

Uxue Razkin es periodista y colaboradora del blog de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU Zientzia Kaiera.

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