Katerina Harvati: la senda griega en nuestras migraciones evolutivas a Europa

La presencia de numerosas y acreditadas científicas dirigiendo equipos de trabajo de vanguardia cuya finalidad es contribuir a esclarecer los orígenes y la evolución de nuestra especie, representa un valioso ejemplo que ilustra los excelentes resultados conseguidos gracias a la participación de las mujeres en la construcción del conocimiento científico. Se trata de una situación que en el siglo XXI debería ser tan habitual que ni mereciera mencionarse. Sin embargo, todavía no es así.

Los largos años en que los orígenes humanos fueron un ámbito de trabajo casi en exclusiva masculino, han dibujado en el pensamiento colectivo estereotipos y sesgos difíciles de borrar. Por ello, nos parece un poderoso incentivo compartir en este blog los trabajos dirigidos por expertas investigadoras que, publicados en las mejores revistas científicas, forman parte del núcleo fundamental de un debate que está agitando a toda la comunidad especializada.

Katerina Harvati, una destacada especialista

Katerina Harvati nació en Atenas en 1970. Su investigación está principalmente centrada en los orígenes de la humanidad moderna, el estudio de los neandertales y en las migraciones de los homininos desde África. Es una autoridad puntera en el uso de métodos analíticos muy recientes, como por ejemplo la antropología virtual aplicada a la paleoantropología.

Katerina Harvati. Imagen: U. Tübingen.

Graduada en Antropología en la Universidad de Nueva York (CUNY), defendió en el mismo centro su tesis doctoral (2001) centrada en los orígenes de los neandertales y de los humanos modernos. Por sus novedosos y originales hallazgos en los yacimientos griegos, su tesis alcanzó la calificación summa cum lalude. Posteriormente, trabajó como investigadora en el Instituto Max-Planck de Leipzig (Max-Planck-Institute for Evolutionary Anthropology). En la actualidad es la directora del Instituto de Paleoantropología en la Universidad de Tübingen (Eberhard-Karls-Universität).

Del amplio currículo de Katerina Harvati, podemos destacar que en  2007, la revista Time seleccionó su proyecto titulado «Migraciones humanas fuera de África» («Man’s Migration Out of Africa», Time 2007) entre los diez mejores descubrimientos del año. Este artículo explica los análisis realizados por Harvati y su equipo en un cráneo descubierto en Sudáfrica cuyos resultados apoyaron la teoría de que todos los humanos modernos (esto es, quienes poseen las características anatómicas de las poblaciones humanas actuales) tienen origen africano.

Por sus notables contribuciones a la Paleoantropología, en el año 2010 fue elegida miembra de la prestigiosa American Association for the Advancement of Science.

Un aspecto destacado de los estudios que ha realizado Katerina Harvati radica en las cruciales evidencias sobre el papel de su país en la ruta migratoria recorrida por los primeros humanos modernos que salieron de África. Grecia pudo haber sido la puerta geográfica por la que nuestra especie entró en Europa.

No obstante, pese a los extensos trabajos realizados, en la actualidad la comunidad de especialistas asume que los datos más recientes brindados por la paleoantropología europea aún no han aclarado muchas cuestiones. Por ejemplo, siguen sin despejarse asuntos relacionadas con el lugar de origen de los primeros colonizadores, las adaptaciones que les permitieron dispersarse o el tipo de relaciones que tuvieron con otros homininos.

Al respecto, Katerina Harvati hace hincapié en sus numerosos trabajos apuntando que, si bien es cierto que el registro fósil humano europeo ha aumentado considerablemente, aún sigue siendo difícil de interpretar. No se comprende bien el número de especies presentes, su relación entre ellas y las que establecieron con sus contemporáneos de África y de Asia, al igual que se mantienen serias dudas sobre la interacción potencial entre sapiens y neandertales.

Según esta notable investigadora, y el equipo que dirige, una parte de esas incertidumbres podrían aclararse dedicando mayores esfuerzos de investigación al sur de la península Balcánica. La posición geográfica de esta región, argumenta Harvati, la sitúa directamente en la ruta más probable del paso desde África hacia Asia y Europa.

Además, esta experta recuerda que la región de los Balcanes fue uno de los tres refugios europeos más importantes para la fauna, la flora y probablemente también para las poblaciones humanas durante los periodos glaciares. Sin embargo, sostiene la investigadora, pese al interés de esa zona, la investigación paleoantropológica localizada en sus enclaves ha sido bastante escasa.

En 2016, Katerina Harvati junto a otros autores, participó en la edición y escritura de un libro titulado Paleoanthropology of the Balkans and Anatolia, el cual ha tenido una notable difusión. En esta obra se revisan sistemáticamente las pruebas que evidenciarían la presencia de los primeros humanos en una de las regiones geográficas posiblemente más relevantes de Europa: los Balcanes y la Anatolia. Los y las autoras de este tratado, consideran que habrían sido lugares decisivos para dar forma al curso de la evolución humana europea, aunque su registro paleoantropológico todavía sea apenas conocido.

La cueva griega de Apidima brinda restos fósiles de notable interés

Katerina Harvati y sus colegas publicaron en julio de 2019 un impactante artículo en la revista Nature. Se trataba del hallazgo de unos antiguos fósiles humanos en la cueva de Apidima, un refugio ubicado en la costa occidental del sur de Grecia.

Muchos años antes, hacia finales de la década de 1970, relataba en 2019 el editor científico Ian Sample en The Guardian, que durante unas excavaciones realizadas por especialistas de la Universidad de Atenas en la cueva de Apidima se descubrieron unos fósiles incrustados en un solo bloque rocoso próximo al techo del refugio. En aquella excavación, lograron recuperar dos cráneos parciales (sin la mandíbula inferior), situados muy próximos uno del otro, a los que se dio el nombre de Apidima 1 y Apidima 2. Asimismo, se hallaron algunas herramientas de piedra. Todo ello se almacenó en el museo de la Universidad de Atenas.

En un artículo publicado en 2011, Katerina Harvati y dos colegas, retomaron el estudio de aquellos hallazgos. Explicaron que, a pesar de que tales cráneos representaban los fósiles humanos más importantes hallados en Grecia, habían permanecido casi olvidados durante décadas, sin haberse estudiado ni descrito con detalle. Esa falta de atención, continúa la científica griega, probablemente fue debida a que estaban muy dañados e incompletos, y porque, además, carecían de contexto arqueológico y de cronología. Unas coordenadas que son obligatorias en este tipo de investigaciones.

En ese estudio de 2011, la doctora Harvati y sus colaboradores decidieron analizar a fondo uno de aquellos olvidados cráneos. Optaron por el llamado Apidima 2, que era el mejor conservado. Tras un minucioso trabajo llegaron a la conclusión de que este fósil pertenecía al linaje neandertal. Puesto que tenía un aspecto relativamente grácil, fue considerado femenino. Dada la proximidad física en que se habían hallado los restos de ambos cráneos, el equipo que los investigaba pensó que Apidima 1, que estaba más deteriorado, también sería un neandertal.

Con posterioridad, otro equipo de investigación también dirigido por Katerina Harvati, continuó estudiando los cráneos de Apidima, esta vez empleando métodos más avanzados. Usaron tomografía computarizada (TC) para escanear ambos cráneos (scanned both skulls), lo que les permitió realizar una reconstrucción virtual tridimensional (3D) de cada espécimen en el ordenador. De esta manera, recuperaron el aspecto que probablemente habrían tenido antes de romperse y distorsionarse, logrando comparar sus formas tridimensionales con las de otros homininos. En tales comparaciones, Apidima 2 claramente encajaba con los neandertales, mientras que, sorprendentemente, Apidima 1 se asemejaba a los cráneos de los humanos modernos.

Reconstrucción del cráneo Adipima 2. Imagen: Katerina Harvati, Universidad de Tübingen.

En una conversación mantenida con el acreditado escritor científico Carl Zimmer, la científica ha relatado que al rehacer virtualmente la cara de Apidima 2 se dieron cuenta de que realmente estaban mirando a un neandertal. Sin embargo, añadía la experta, cuando analizaron un fragmento de la parte de atrás del cráneo de Apidima 1, detectaron que en este caso estaban tratando con algo diferente.

En los neandertales y otros parientes humanos extinguidos, la parte de atrás del cráneo se caracteriza porque sobresale hacia fuera. «Es como cuando el pelo se sujeta hacia la nuca en un moño», argumentaba Harvati a Zimmer. «En nuestra especie, sin embargo, no existe esa protuberancia. En comparación con nuestros parientes extintos, la parte de atrás del cráneo de los humanos modernos es claramente redondeada». La científica relata a su entrevistador el asombro que provocó en ella y en todo su equipo, el comprobar que la parte de atrás del cráneo de Apidima 1 era redondeada, como la de los humanos actuales. Además, subrayaba la investigadora, el fósil también presentaba ciertas estructuras propias de Homo sapiens que están ausentes en otras especies.

Por otra parte, mientras Harvati y sus colegas estaban analizando los fósiles, el experto en geocronología de la Universidad de Griffith (Griffith University), Australia, Rainer Grün, llevó a cabo un cuidadoso estudio basado en un novedoso método llamado datación de uranio-torio, con el fin de  averiguar la edad de los restos. Sus resultados mostraron que Apidima 2, el neandertal, tenía 170 000 años, y que por tanto era solo un poco más antiguo que la edad que se le había calculado con anterioridad.

El asombro de los especialistas creció cuando comprobaron que Apidima 1, considerado un Homo sapiens, tenía como mínimo 210 000 años de edad, revelando ser casi 40 000 años más antiguo que Apidima 2. Semejante edad, ha puntualizado Harvati en diversas ocasiones, convertía el fragmento óseo en «el resto fósil más antiguo de humanos modernos no solo en Europa, sino en cualquier lugar fuera de África».

Resumiendo, valga destacar que la investigación publicada en julio de 2019 indicaba que el fragmento de cráneo de Apidima 2 tenía una morfología neandertal, y una edad en torno a 170 000 años. Mientras que el fósil del cráneo de Apidima 1, por el contrario, era bastante más antiguo, ya que al fecharlo, usando el mismo método, revelaba alrededor de 210 000 años, y su morfología sugería que habría pertenecido a un humano moderno.

La publicación de un trabajo proponiendo que Apidima 1 representa la evidencia más antigua de Homo sapiens fuera de África, en una revista tan prestigiosa como Nature, conmocionó a la comunidad especializada. Tras estos llamativos resultados, el equipo investigador, según ha destacado entre otros Carl Zimmer, se tendría que enfrentar ahora a un considerable desafío científico: averiguar cómo encaja Apidima 1 en nuestra historia lejana.

Discusiones en torno a un descubrimiento sorprendente

El citado artículo publicado en el verano de 2019 por Katerina Harvati y sus colegas, como decíamos, alentó enérgicos debates entre la comunidad especializada de todo el mundo. Al estar centrado en un tema que durante largo tiempo ha despertado gran interés, tanto a nivel especializado como popular, el del origen y expansión de nuestra especie en Europa, el clima de discrepancias no tardaría en llegar y hacerse mediático.

La tesis más ampliamente asumida hasta el presente, sostiene que los primeros humanos modernos habrían alcanzado Europa hace unos 70.000 años. Sin embargo, Katerina Harvati, como autora principal del nuevo estudio, ha explicado en diversas ocasiones que «nuestros resultados indican que la dispersión inicial de Homo sapiens fuera de África tuvo lugar con anterioridad a lo supuesto». Una aseveración realmente insurgente.

Sin embargo, se trata de una hipótesis que no es del todo nueva. Otros fósiles de humanos modernos hallados en Israel, también se han interpretado como aleatorias y breves “excursiones” fuera de África ocurridas mucho antes del éxodo masivo que permitió a H. sapiens dispersarse por Eurasia y finalmente colonizar el mundo. La comunidad de especialistas, ha relatado Ian Sample, «considera estas “excursiones” como dispersiones fallidas, en las que los pioneros terminaron por morir y no dejaron un legado genético en la gente que hoy vive».

El equipo de investigación liderado por Katerina Harvati, también ha sugerido que probablemente en el sur del Peloponeso griego estuvo presente, primero, una población de Homo sapiens hace algo más de 200 000 años, y luego fue seguida por otra de Homo neanderthalensis.

Para explicar estos desplazamientos de poblaciones, el reconocido especialista británico Chris Stringer del Museo de Historia Natural de Londres (London’s Natural History Museum) y uno de los firmantes del artículo, ha sugerido en una conversación con el editor científico de la BBC, Paul Rincon, que «el movimiento de gente hacia Europa tuvo lugar durante una época cálida. Quizás esta podría haber sido la razón por la que un grupo de humanos modernos logró expandirse hasta el sureste del continente en aquel tiempo». Poco después, continúa el experto, «empezó una época mucho más fría. Posiblemente, el cambio del clima fue la razón por la que los sapiens desaparecieron y los neandertales ocuparon su lugar».

Trabajando en un sitio arqueológico. Captura de pantalla de
Finding Fossil Evidence with Katerina Harvati-Papatheodorou (minuto 0,28).

Harvati y su equipo hacen hincapié en la complejidad de las migraciones humanas, apoyando la tesis de una dispersión múltiple de los primeros humanos modernos fuera de África. En otras palabras, la expansión de nuestros antepasados no habría estado limitada solo a un gran éxodo, sino que desde el continente africano partieron diversas oleadas, siendo el cráneo fósil bautizado como Apidima 1 una prueba de ello.

El experto Chris Stringer ha señalado en la BBC que, si los resultados obtenidos por Harvati y colaboradores se verificaran, el hallazgo de Apidima1 en el sur de Grecia representaría el cráneo fósil más antiguo conocido de Homo sapiens en Europa; sería al menos 160 000 años más viejo que el último encontrado en este continente. La confirmación del fósil griego como miembro de nuestra especie, afirma el investigador británico, requeriría rehacer la historia de cómo los humanos se dispersaron por Europa.

No obstante, Stringer se muestra prudente en sus conclusiones. Al hacer referencia a las semejanzas entre el cráneo Apidima 1 y el de un humano moderno, ha precisado con precaución que «obviamente, sus afinidades se refieren solo a las partes preservadas. Debemos ser cuidadosos, porque se trata únicamente de la zona de atrás del cráneo; el frente puede haber sido mucho más primitivo; no lo sabemos. En base a lo que tenemos, sí puede diagnosticarse como un humano moderno».

En este sentido, diversos especialistas son más críticos, y opinan que la tesis defendida por Harvati y sus colegas va más allá de lo que las evidencias encontradas hasta la fecha pueden apoyar. Dudan que el cráneo realmente pertenezca a un humano moderno; e incluso piensan que el proceso seguido para establecer su edad no es del todo convincente. El citado editor Ian Sample por su parte, afirma que «si en uno de estos dos aspectos se hubieran cometido errores, la narrativa de los científicos podría verse fatalmente deteriorada».

La doctora Rebecca Wragg Sykes, investigadora posdoctoral de la Universidad de Burdeos, especializada en arqueología neandertal, ha manifestado sobre el fósil Apidima 1 durante una entrevista con el periodista científico Ed Yong, que «no parece un Homo sapiens clásico». A continuación, la investigadora plantea que «quizás representa a un grupo de humanos que se cruzó con los neandertales o con otros homininos antiguos».

Entre quienes reclaman más evidencias también se encuentra el respetado codirector de Atapuerca, el doctor en biología Juan Luis Arsuaga. Este experto ha afirmado en una conversación con Ian Sample no estar convencido de que el cráneo pertenezca a un humano moderno temprano. «El fósil se encuentra demasiado fragmentado e incompleto para hacer una afirmación tan fuerte». Y sostiene categórico que «en ciencia, las aseveraciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias». Considera, por lo tanto, que un cráneo parcial carente de zona basal y de la totalidad de la cara, no parece evidencia o prueba suficiente.

En la misma línea, John Hawks, reconocido paleontólogo de la Universidad de Wisconsin-Madison, también expresa sus dudas al periodista científico Ian Sample: «¿Podemos realmente usar una pequeña parte de un cráneo para reconocer nuestra especie?», se pregunta. Y continúa apuntando que «la descripción contenida en el artículo señala que el cráneo es más redondeado en la parte de atrás […], y ello lo vuelve similar a los humanos modernos. No obstante, cuando detectamos complejidad no deberíamos asumir que una única y pequeña parte del esqueleto puede contarnos la historia completa».

Sin embargo, la doctora Laura Buck, paleoantropóloga de la Universidad de California (UC Davis), especializada en cruzamientos entre linajes de homininos extintos, argumenta en una conversación con Carl Zimmer que la doctora Harvati y sus colegas han hecho un trabajo fascinante. «Esa forma tan redondeada [de la parte de atrás del cráneo] es algo que no solemos ver en otros grupos».

Ante el bullente clima generado por las conclusiones de su equipo, Katerina Harvati se pregunta: ¿cuánta información se puede verdaderamente obtener solo a partir de la parte de atrás de un cráneo? En realidad, bastante, ha declarado la especialista al reportero científico Ed Yong, ya que se trata de una zona del cráneo que informa mucho cuando se observa a homininos diferentes. «La forma redondeada es considerada una estructura propia únicamente de Homo sapiens que, sabemos, evolucionó relativamente tarde».

Laboratorio de paleogenética.

Antes de terminar esta entrada, recordemos que parte de la historia humana está registrada en su ADN (is recorded in human DNA), y por ello es válido preguntarse si las técnicas moleculares podrían servir para determinar la especie a la que pertenecen los restos hallados al sur de Grecia. El problema ante esta cuestión radica en que no siempre es posible recuperar el ADN de fósiles antiguos. Las proteínas, sin embargo, tienen una resistencia mayor que el material genético, y ya existen análisis de estas moléculas antiguas preservadas en los fósiles. Se trata de una novedosa tecnología, llamada paleoproteómica, que ha comenzado a usarse para identificar especies.

Katerina Harvati ya se remitió al respecto, exponiendo que su equipo de trabajo está intentando extraer ADN de los fósiles, y que, si pueden obtener muestras suficientes, tratarán también de realizar análisis de proteínas.  No obstante, la experta declara que no se siente optimista en cuanto a los resultados debido a la escasez de restos fósiles y a su evidente deterioro. ​

Con todo, los resultados ya obtenidos por Katerina Harvati y sus colegas, junto al enriquecedor debate que han generado, consolidan a esta científica como una profesional altamente valorada por la comunidad paleoantropológica internacional. Una consideración merecedora de su reconocimiento en nuestro listado de investigadoras referentes.

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

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