¿Resucitan las deportistas la fortaleza física de nuestras antepasadas?

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Las mujeres ¿son débiles en términos de fisiología y anatomía o han permanecido fuera del mundo del esfuerzo físico  porque levantar pesos no es «propio de las damas»?

Hilary Achauer

En una entrada anterior hacíamos referencia a la sorprendente fuerza física detectada en un grupo de mujeres prehistóricas por un equipo de investigación cuya directora era la antropóloga de la Universidad de Cambridge, Alison Macintosh. Aunque este trabajo fue publicado en noviembre de 2017, el debate en torno a la supuesta debilidad física de las mujeres no es un asunto reciente. Por el contrario, es una cuestión que se ha discutido, y se sigue haciendo, en múltiples ocasiones.

Así por ejemplo, los investigadores Mary C. Stiner y Steven L. Kuhn, antropólogos de la Universidad de Arizona, publicaban en el año 2006 un artículo en el que demostraban que las neandertales fueron mujeres robustas, con un esqueleto que indicaba gran fortaleza física, muy parecido anatómicamente al de sus compañeros varones. En una línea semejante, en 2010 salía a la luz un trabajo firmado por la antropóloga de la Universidad de Florida, Kathryn Weedman Arthur, revelando que las mujeres Konso (un pueblo del sur de Etiopía) tenían la suficiente fuerza física y habilidad para tallar el pedernal y elaborar diversas herramientas de piedra.

Mujeres Konso.

Estudios como los citados, y muchos otros semejantes, evidencian que la ciencia moderna ha demostrado que no existen razones biológicas o médicas que indiquen que las mujeres no pueden realizar diversas actividades basadas en el uso de sus capacidades físicas. Sin embargo, la posesión de un cuerpo vigoroso acompañado de un comportamiento autosuficiente por parte del supuesto «sexo débil», ha despertado desde siempre un marcado rechazo entre la comunidad de especialistas, y también entre el público en general. Uno de esos prejuicios ancestrales de profundo arraigo y difícil superación.

Durante largo tiempo, las mujeres en mayor o menor número según las épocas, han desarrollado una dura lucha para demostrar que no son físicamente débiles y ni frágiles. Recordar, aunque sea brevemente, algunos aspectos de sus logros es una tarea que creemos tiene notable interés porque nos ayuda a saber de qué supuesta caverna venimos.

El deporte hoy, un gran aliado de las mujeres

En el año 2016, las escritoras Jaqueline Mansky (editora de humanidades) y Maya Wei-Haas (editora científica) del Smithonian Magazine, publicaban un interesante artículo subrayando, desde una cuidada perspectiva histórica, cómo la práctica del deporte ha demostrado desde hace tiempo que anatómica y fisiológicamente el género femenino tiene una enorme potencialidad física.

Sin embargo, añaden estas autoras, las mujeres entraron en el siglo XX convencidas de que los ovarios y el útero controlaban su salud física y mental. Al respecto, la historiadora Kathleen E. McCrone ha manifestado con claridad que «sin evidencia científica alguna, tradicionalmente se han relacionado características biológicas con determinados comportamientos». Siguiendo un razonamiento cargado de prejuicios, continúa la historiadora, se ha dado por cierto que «el esfuerzo físico, como correr, saltar o trepar puede provocar serios daños en los órganos reproductores femeninos».

Ciertamente, haciendo gala de estudios y datos supuestamente científicos, legiones de médicos, biólogos y otros especialistas, han esgrimido el mismo argumentario para impedir el acceso de las mujeres al ámbito del deporte y para vetar su llegada a la formación superior: el esfuerzo intelectual, al igual que el esfuerzo físico, era una amenaza para la capacidad reproductiva femenina. Apoyados en una ciencia claramente misógina, estos razonamientos coercitivos alcanzarían su máxima expresión en el siglo XIX y principios del XX.

Mansky y Wei-Haas explicitan, sin embargo, que por aquellos años ya algunas investigaciones médicas habían empezado a cuestionar tan ramplón razonamiento. Por ejemplo, una joven de la Universidad de Wisconsin con un máster en biología aprobado en 1894, Clelia Duel Mosher, pasó más de tres décadas analizando la anatomía y la fisiología femeninas, en un esfuerzo por demostrar sus potencialidades. Los prejuicios dominantes, sin embargo hicieron caso omiso de sus resultados, y continuaron ese injustificado reinado que, fomentando barreras, encerraban a las mujeres en una especie de jaula de cristal.

Billy Jean King y Bobby Riggs (1973).
Imagen: Wikimedia Commons.

La periodista y escritora Hilary Achauer, especializada en salud y bienestar, publicaba en 2016 una anécdota que relata hasta qué punto los prejuicios basados en argumentos pseudocientíficos perduraron durante el siglo XX. «En el año 1973,» relata la autora, «el campeón de Wimbledon de 1939 (Bobby Riggs), que en esos momentos tenía 55 años desafió a una joven tenista (Billie J. King) a un partido de tenis. Riggs pensaba que podía vencer a cualquier jugadora mujer a pesar de que él ya tenía más de 50 años.»

«En julio de ese mismo año tuvo lugar el partido ante numeroso público», continúa la escritora. «Riggs advirtió que él ganaría porque las mujeres no tienen estabilidad emocional, y juegan con un rendimiento del 25 % inferior al de los hombres. Desde el comienzo del partido, sin embargo, la joven tenista venció al veterano en los tres sets (6-4, 6-3, 6-3). Al finalizar, mientras arrojaba su raqueta al aire, Billie King manifestaba “Pensé que retrocederíamos cincuenta años si no ganaba”, y también añadía: “Habría arruinado el tenis de las mujeres y afectado a la autoestima de todas nosotras”».

El 1973, la lucha por la igualdad de las mujeres tenía todavía mucho camino por recorrer. La segunda ola del feminismo estaba empezando a dotarse de fuerzas con el fin de cambiar esa creencia ampliamente admitida de que las diferencias biológicas entre las mujeres y los hombres convierten al género femenino en intelectualmente inferior, físicamente más débil, más emocional y mejor preparado para la vida doméstica.

Llegados a este punto, nos parece de interés recordar brevemente el cuidadoso trabajo de investigación sobre el tema realizado por la destacada escritora científica Colette Dowling, que alcanzó un notable éxito internacional.

Breve comentario sobre un sugerente libro

En el año 2000 salía publicada la primera edición de un libro titulado El mito de la fragilidad (The Frailty Myth: Redefining the Physical Potential of Women and Girls). Escrito por la citada Colette Dowling, provocó un enorme revuelo entre la comunidad de especialistas y entre el público en general.

Basándose en una extensa investigación sobre fisiología deportiva, endocrinología, biología y psicología, Dowling presenta un riguroso cuadro acerca de las posibilidades físicas de las  mujeres, confirmando que no hay razones biológicas que justifiquen que se mantengan fuera de la actividad deportiva profesional.

La medicina moderna conoce desde hace tiempo la capacidad de desarrollo muscular de las mujeres. De hecho, denuncia la escritora, la ciencia médica ha demostrado que la actividad física al aire libre es indiscutiblemente saludable; sin embargo, «la fragilidad se ha vendido a las mujeres como algo inherente a su feminidad, causando un daño indecible a su salud, autoestima y estatus social». Además, sostiene Dawling, «la fuerza y la habilidad son básicamente cuestión de aprendizaje y entrenamiento […]. Los hombres no tienen el monopolio de la capacidad física» acaba señalando con firmeza.

Asimismo, Dowling esgrime un significativo argumento: «Justo cuando las mujeres estaban empezando a demandar educación y poder político y económico, se vieron privadas del control sobre sus cuerpos. Justo cuando comenzaban a tener ideas sobre la lucha por la justicia, se les requirió, con toda la persuasión de la sociedad patriarcal dominante, que cultivasen su fragilidad». De manera muy insidiosa, atestigua la escritora, sufrieron un importante retroceso en su lucha por la igualdad.

Muchas mujeres sucumbieron a las presiones sociales y asumieron la imagen buscada de debilidad con el fin de lucir más «femeninas», porque «en nuestra cultura no gustan las mujeres musculadas», afirma Dowling. No obstante, aunque la historia nos muestra que en el transcurso del siglo XX ellas se lanzaron a superar un obstáculo tras otro, con el fin de demostrar su poder físico al igual que sus capacidades intelectuales, «todavía permanecen en segunda fila por la única razón de ser mujeres».

En su popular libro, Colette Dowling aconseja a las jóvenes deportistas que «ignoren las muecas de desprecio, se aten bien sus zapatillas y den una patada al sexismo». Además, añade la escritora, «a medida que las creencias que sostienen el mito de la fragilidad se rompan, una detrás de otra, el cambio no será trivial. Alterará la manera en que las mujeres caminen sobre la tierra».

Afortunadamente, el tiempo está dando la razón a esta animosa autora. El cursi estereotipo que asocia feminidad y fragilidad, muestra serias grietas que señalan un pronto desmoronamiento. Crece el número de jóvenes conscientes de que si se entrenan adecuadamente pueden desarrollar su fuerza y convertirse en excelentes atletas.

Las deportistas actuales ganan posiciones tras acreditar fortaleza

Los grandes avances entre las mujeres deportistas profesionales son cada vez más sorprendentes. Por ejemplo, en el atletismo últimamente han batido récords que, sin duda, están estrechando las distancias que las separan de las cotas alcanzadas por los hombres, a pesar de que el foco de atención siga centrado en el atletismo masculino. En un cuidadoso análisis publicado en 2016, la experta en deporte de alto rendimiento, Hilary Achauel, demostraba que en casi todos los deportes, los profesionales varones consiguen mucho más dinero, mucho más sponsor y por supuesto más atención y tiempo en los medios de comunicación que dan a conocer esfuerzos y logros en las competiciones.

Achauel sostiene, al igual que afirmaba unos quince años antes Colette Dowling, que «la mayor parte de las diferencias de fuerza entre hombres y mujeres son probablemente de origen sociocultural». Asimismo, la experta pone el acento en que un aspecto importante del trabajo que queda por hacer en el ámbito del deporte femenino es eliminar el antiguo y totalmente desfasado prejuicio de que los músculos y la fuerza son rasgos masculinos. «Las mujeres entrenadas deben demostrarse a sí mismas y a los demás que la fuerza no tiene género», reitera Hilary Achauel con determinación.

La influencia mundial del entrenamiento de alta intensidad (CrossFit) puede jugar un importante papel contribuyendo a destruir la perniciosa y arraigada idea de que las mujeres son el sexo débil, señalan cada vez más especialistas. «Tomar conciencia de que la fuerza física es un constructo social podría ser el sello del feminismo en los años 2000», ha declarado Achauel en diversos círculos.

Mujeres entrenando (CrossFit). Imagen: Wikimedia Commons.

Por esta misma senda insisten también otros conocedores del tema. Por ejemplo, en un artículo publicado en el diario El País el 14 de octubre de 2019, el periodista Carlos Arribas escribía: «No hay límites en el deporte para las mujeres; no los hay para su resistencia y para que permanezcan en este ámbito. Los triunfos y récords recientes de [importantes deportistas] simbolizan el auge y la pujanza del deporte femenino».

La explosiva información que nos revela el evidente potencial físico de las mujeres deportistas tiene su proyección en diferentes campos de estudio. Por ejemplo, en la caída de aquellos viejos paradigmas tozudamente defensores de la debilidad de nuestras antepasadas prehistóricas. Inevitablemente, ello nos lleva a replantearnos cómo serían aquellas mujeres que nacieron y vivieron en las duras condiciones de los tiempos lejanos.

¿Eran nuestras antepasadas físicamente poderosas?

Empecemos recordando que el mismo Charles Darwin publicó en 1871 El origen del hombre, con el fin de incluir sin rodeos al ser humano en su célebre teoría de la evolución biológica. Sostenía el maestro naturalista que nuestro linaje se originó en África siendo los grandes simios, el chimpancé y el gorila, nuestros parientes vivos más próximos. A partir de ese escenario ampliamente asumido, es difícil negar que la imagen de mujeres frágiles y delicadas resultara bastante incongruente.

El argumento más a menudo ofrecido para salvar tal incoherencia fue, durante décadas, impregnar a la teoría de la evolución humana de un profundo androcentrismo: han sido los hombres los artífices dominantes y protagonistas de nuestro proceso evolutivo. Si en algunas escasas ocasiones se planteaba el papel de las mujeres, se las dotaba de gran dependencia y pasividad para poder encajarlas en un mundo hostil donde la lucha por la supervivencia era dura e inevitable.

Mujer neandertal.

Las feministas con formación académica se revolvieron con energía, aunque con escaso eco, ante tales argumentos. Tras cuidados estudios, empezaron a desvelar que las mujeres del pasado vivieron vidas mucho más complicadas y exigentes de lo que podía entonces imaginarse. Si se tomaba como referente la imagen de «mujer verdadera» a la que estaban limitadas, difícilmente ellas podrían haber sobrevivido. Y, aunque a muchos no gustara, tampoco nuestra especie habría perdurado. La supuesta debilidad femenina perdía a pasos agigantados enormes dosis de credibilidad.

Sin embargo, tuvieron que transcurrir décadas para que se empezase a asumir el agotamiento del modelo interpretativo convencional. Tal como han descrito diversas autoras, fue impresionante el alboroto generado cuando a finales de la década de 1970, y en años subsiguientes, se hizo ineludible admitir que «en tiempos paleolíticos las mujeres no estaban secuestradas en cuevas, barriendo el polvo de las piedras y amamantando a sus crías, como los científicos hombres siempre habían sugerido», argumentaba entre otras Colette Dowling. Empezó entonces a cobrar entidad una novedosa visión de las capacidades de las mujeres prehistóricas, principalmente como resultado de preguntas que hasta el momento ni siquiera se habían hecho.

Afortunadamente, entrado ya el siglo XXI, la ciencia ha ido constatando una y otra vez la autonomía y la capacidad física femeninas. Los valiosos resultados brindados por el entrenamiento profesional y la práctica del deporte de élite están confirmando sin dejar espacio para las dudas, el poderoso desarrollo físico que las mujeres pueden alcanzar.

La lucha por la igualdad avanza imparable e incontestable, tanto en el ámbito de la capacidad intelectual femenina, con brillantes científicas en multitud de especialidades, como en la esfera del deporte, mostrando que el cuerpo femenino puede desarrollar un gran potencial físico y moldear excelentes deportistas capaces de batir asombrosos récords. Compartimos la visión de que ya no hay marcha atrás ni diques de contención que eviten que otros muros de prejuicios sigan demoliéndose. Y esta vez por la fuerza física femenina y feminista.

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

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