En la búsqueda de nuestras antepasadas lejanas: señalando pruebas contrastadas

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Denunciar los prejuicios androcéntricos y los supuestos implícitos en ellos,  es la primera tarea para abordar la diferencia de sexos en la arqueología.

Claudine Cohen
Claudine Cohen.

Los numerosos estudios con perspectiva de género realizados en las últimas décadas han obligado a la comunidad de especialistas a reconocer un hecho evidente: en el Paleolítico, un amplio período de tiempo que abarca desde unos 2,5 millones de años hasta hace unos 12 000, la mitad de sus habitantes tienen que haber sido mujeres, una obviedad que, sin embargo, muchos han olvidado. Pese a esta indiscutible certeza, son escasos los fósiles humanos de tan largo espacio temporal que se han adjudicado al sexo femenino. Además, una atribución tan significativa todavía, y lamentablemente, se hace a menudo de manera superficial y bastante arbitraria.

No obstante, es cierto que los criterios para determinar la feminidad de un fósil son imprecisos y ambiguos. De hecho, averiguar el sexo de los fósiles es una tarea que ofrece considerables dificultades, razón por la cual quienes estudian el tema han intentado definir algunos parámetros de referencia que puedan ser útiles para tal fin.

Desde una perspectiva anatómica, se presta atención a rasgos o aspectos que tienen que ver con variaciones morfológicas, como el tamaño corporal, el volumen del cráneo (en valor absoluto) o la forma de determinadas partes del cuerpo; por ejemplo, el diámetro de la pelvis. Las diferencias en los caracteres de este tipo entre un sexo y otro configuran lo que se llama dimorfismo sexual.

Los parámetros citados, sin embargo, son realmente válidos si se dispone de una cantidad suficiente de fósiles que permita hacer comparaciones. Y precisamente, un problema básico con los homininos radica en que es difícil contar con una muestra de fósiles lo suficientemente numerosa; de hecho, casi siempre solo se consiguen recuperar restos fragmentarios, y las relaciones métricas en casos así no suelen ayudar mucho.

En el género Homo surge otra dificultad añadida porque los datos disponibles indican que, en general, en nuestro linaje el dimorfismo sexual ha sido bajo. Esto significa que normalmente la situación no es de blanco o negro. El tamaño corporal, por ejemplo, no es siempre mayor en los hombres que en las mujeres, o una pelvis femenina concreta puede diferir en forma y diámetro muy escasamente de una masculina. En suma, los humanos son poco dimórficos. El trabajo científico se ve por consiguiente dificultado ante las señales débiles de lo encontrado.

Reconstrucción de Homo heidelbergensis.

Para más inri, como señala la arqueóloga e historiadora de la ciencia Claudine Cohen (2011), «hace falta que diversas partes del esqueleto hayan llegado hasta nosotros intactas, lo que se da en raros casos, salvo que se trate de sepulturas», o que los restos hayan quedado especialmente protegidos en condiciones naturales como cuevas o derrumbes.

Los ricos yacimientos de Atapuerca (Burgos), concretamente los de la Sima de los Huesos, son de enorme valor porque han proporcionado numerosos fósiles. Con unos 300 000 años de antigüedad y pertenecientes en su mayor parte a la especie Homo heidelbergensis, representan una muestra relativamente amplia para estudiar el dimorfismo sexual. Los resultados a los que han llegado las y los investigadores, sin embargo, no indican que el dimorfismo fuera elevado sino que, por el contrario, el grado de variación entre los sexos parece muy similar, por no decir idéntico, al de las poblaciones humanas actuales; o sea, muy bajo.

En suma, y en general, hoy se admite con escasas discusiones que es probable que los niveles de dimorfismo sexual hayan permanecido en valores constantes durante la evolución del género Homo, es decir, desde hace unos 2,5 millones de años hasta el presente.

Tras lo expuesto, puede afirmarse que determinar el sexo de los fósiles no es tarea baladí. De hecho, en no pocas ocasiones se ha revelado como un asunto complejo donde los acuerdos son difíciles de alcanzar y los debates acalorados. No obstante, como era de esperar dado el sesgo sexista que ha caracterizado a este tipo de investigaciones, la mayoría de los restos se han adjudicado a homininos masculinos. Solo unos pocos se han considerado femeninos, aunque algunos que inicialmente se clasificaron como pertenecientes a un sexo luego debieron cambiarse al otro. Todo ello nos revela las dificultades que el tema encierra. Veamos algunos ejemplos.

Fósiles atribuidos a mujeres

Entre los primeros fósiles atribuidos al sexo femenino cabe señalar el esqueleto neandertal hallado en la cueva de La Ferrassie, en el suroeste de Francia, tal como se describe en la página web del Smithonian National Museum. En este refugio rocoso, descubierto en 1909, se hallaron los restos intencionalmente enterrados de ocho individuos neandertales con una antigüedad que oscila entre los 68 000 y 74 000 años. Incluían adultos, niños, e incluso dos fetos. Dentro de este conjunto pudo identificarse un cráneo y un esqueleto incompleto pertenecientes a una mujer, que permitió a los y las expertas enriquecer sus conocimientos sobre Homo neanderthalensis, especie extinguida hace unos 38 000-40 000 años.

Reconstrucción de macho y hembra de Homo neanderthalensis.

En la cueva de Tabun, situada en Monte Carmelo, al norte de lo que hoy es Israel, se encontró una sepultura con los restos de una mujer neandertal que tendría al morir unos 30 años. La profesora de antropología de la Universidad de Burdeos, Anne-Marie Tillier, apuntaba en 2005 que se trata de uno de los esqueletos humanos más antiguos hallados en Oriente Próximo, ya que la tumba ha sido datada en unos 120 000 años de antigüedad. Cabe recordar aquí que en la década de 1930 la primera mujer catedrática de la Universidad de Cambridge, Dorothy Garrod, realizó una serie de importantes excavaciones demostrando la ocupación de los neandertales en las cuevas de Monte Carmelo.

También en Israel, en la cueva de Qafzeh, se encontraron restos de homininos. Entre ellos destaca un enterramiento de Homo sapiens asociado a una criatura colocada de través a sus pies. Inicialmente, se interpretó como la sepultura de una mujer joven y su hijo recién nacido, ambos muertos en el momento del nacimiento. Sin duda la reunión de estos dos esqueletos en una misma tumba jugó un papel esencial en esta conclusión. Sin embargo, como ha señalado Claudine Cohen en 2011, un examen más preciso de la pelvis del fósil adulto parece revelar tan solo rasgos masculinos, lo que ha llevado a pensar que probablemente se trata de los restos de un hombre. La antigüedad de esta tumba se ha calculado en torno a 80 000-120 000 años.

La Sra. Ples.

Otro hallazgo identificado como fósil femenino tuvo lugar en Sudáfrica, en la cueva de Sterkfontein. En 1947, el antropólogo Robert Broom descubrió un cráneo femenino perteneciente a la especie Australopithecus africanus. En este caso el fósil no estaba enterrado, sino incrustado en la roca del refugio, y se hizo rápidamente conocido con el sobrenombre de Sra. Ples (Mrs. Ples). Fue clasificado como femenino a causa de la gracilidad de los huesos, aunque esta conclusión hoy está cuestionada. Su antigüedad es enorme, en torno a los 2,6-2,8 millones de años, y es uno de los cráneos mejor conservados no perteneciente al género humano (el género Homo).

En su momento, este fósil tuvo una considerable importancia por tratarse de una prueba evidente a favor de la hipótesis de Charles Darwin sobre el origen africano de la humanidad.

En este contexto, no podemos olvidar a la célebre Lucy, uno de los fósiles atribuidos al sexo femenino más conocido. Se trata de una australopiteca perteneciente a la especie Australaopithecus afarensis hallada en 1974 por un equipo de investigación dirigido por los paleontólogos Donald Johanson e Yves Coppens en el yacimiento de Hadar en Etiopía.

Reconstrucción de Lucy. Museo de la Evolución (Varsovia).

Como se ha publicado en diversas ocasiones, sus descubridores bautizaron el fósil  con el nombre de Lucy porque, según ellos, su «feminidad» pudo detectarse a primera vista en base a la esbeltez del esqueleto (1,05 m de estatura). Sin embargo, en esos momentos no había ningún punto de comparación con otro individuo, por ello con el transcurso del tiempo la pertenencia del conocido fósil al sexo femenino ha sido cada vez más discutida. Ciertamente, gracias al hallazgo de más ejemplares el análisis de los datos propició el que se encontrasen argumentos suficientes para pensar que Lucy muy bien podría haber sido varón.

Quizás, como ha señalado Claudine Cohen, la célebre australopiteca se bautizó demasiado pronto; hubo una cierta precipitación relativamente explicable por el síndrome de los descubridores ante algo inédito hasta entonces. Además, continúa esta experta, «Lucy fue celebrada en 1975 como un fósil excepcional justo cuando en los países anglosajones las investigaciones y las especulaciones de las antropólogas feministas abrían el camino sobre la existencia de “las mujeres prehistóricas”». Junto a más especialistas, la científica se pregunta «¿habrá de llamarse Lucy algún día Luciano?», cuestión que también ha generado un debate sobre cierto oportunismo desplegado por algunos científicos con notable afán de protagonismo. En palabras de Cohen, «los planteamientos en esta disciplina están cargados de intenciones políticas e ideológicas».

Llegados a este punto, nos parece necesario insistir en una obviedad: es altamente probable que las poblaciones del pasado estuviesen compuestas por un número aproximadamente igual de cada sexo y, sin embargo, la mayor parte de los restos hallados se consideran masculinos, siguiendo el tradicional androcentrismo que ha caracterizado a la ciencia.

Ciertamente, explica Claudine Cohen, «desde su aparición hace 150 años, la prehistoria ha ido actualizando los métodos iniciales de investigación –excavaciones, reconstrucción, experimentación–; además, progresivamente ha recurrido a la geología, la biología, la arqueología, la etnología, la historia del arte…, y se ha enriquecido a costa de todas esas ciencias». Sin embargo, continúa esta autora, «más allá de los últimos avances, las interpretaciones que suelen hacerse están a menudo impregnadas de nuestros esquemas mentales y culturales». Como se ha dicho, los prejuicios son demasiado humanos como para evitar sus interferencias en el método objetivo.

Valga recalcar que indagando sobre el tema, es difícil encontrar fósiles de homininos considerados femeninos, incluso aunque el periodo de tiempo tenga una considerable extensión. No obstante, entre las huellas de nuestro pasado se descubren restos cuya feminidad resulta indiscutible, representando un verdadero desafío a los arraigados convencionalismos, como queda reflejado en el valioso descubrimiento que tuvo lugar en Moravia.

Sorprendentes hallazgos en la República Checa

Venus de Dolní Věstonice.

En Moravia, República Checa, en un yacimiento arqueológico conocido como Dolni Vestonice (Dolní Věstonice), cuya antigüedad se calcula entre 26 000 y 28 000 años, se han hecho importantes descubrimientos de fósiles humanos y de numerosos objetos de arte. Desde que en 1924 empezaron las excavaciones, entre los hallazgos más valiosos destacan dos estatuillas que representan a sendas mujeres. Una de ellas, se conoce como la Venus de Dolni Vestonice, y la otra consiste en una cabeza femenina con la cara deformada. En este lugar, también se han encontrado enterramientos de personas, diversas clases de ornamentos particulares y miles de artefactos de cerámica, gran parte de ellos moldeados en arcilla que simbolizan animales.

Una de las estatuillas femeninas del yacimiento checo, la llamada «Venus», consiste en la representación de una mujer obesa desnuda; mide unos 11 cm y está clasificada entre las evidencias más antiguas de talla en cerámica. Con 28 000 o 29 000 años de antigüedad, es similar a las encontradas en otras excavaciones arqueológicas, por ejemplo en la cantera alemana de Willendorf o en las cuevas italianas de Grimaldi. La estatuilla de Dolni Vestonice, también conocida como Venus negra, constituye el objeto de mayor valor y también el más famoso de Moravia.

Venus de Willendorf.

La segunda representación femenina es la citada cabeza con la parte izquierda de la cara deformada. Esculpida en marfil, esta singular talla se ha relacionado con una mujer encontrada en una tumba del yacimiento, debido a que esta última presenta la misma distorsión en el mismo lado del rostro, lo que podría implicar una conexión entre ambas.

Además de la sorprendente desfiguración tan parecida a la cabeza de marfil, ese esqueleto femenino enterrado, que corresponde a una mujer de unos cuarenta años de edad, parece haber sido inhumado siguiendo algún tipo de ritual. Su sepultura fue muy elaborada, pues contenía dos huesos de mamut, restos de pedernal correspondiente a la punta de una lanza y, además, tanto el esqueleto como la tierra que lo rodeaba estaban impregnados de ocre rojo .

Recordemos que el ocre rojo es un pigmento natural cuyo color oscila desde un tono amarillento naranja hasta un profundo marrón rojizo. Tal como señala la antropóloga Rosa Gallego, y otros diversos estudiosos, el ocre se ha utilizado tradicionalmente desde la prehistoria como pigmento para pintura artística​ y para pintura corporal. Su importancia radica en que tiene un destacado valor ritual en muchos casos.

El hallazgo de una sepultura tan trabajada como la de Dolni Vestonice significa que en el entierro de aquella mujer se desplegó un ceremonial notablemente sofisticado, propio de entierros de alto estatus. Este hecho ha tenido un profundo impacto en la interpretación de las jerarquías sociales de los pobladores de la región durante el Paleolítico Superior.

Cabeza deformada de Dolní Věstonice (réplica).

Las evidencias observadas, afirman quienes han estudiado el tema con detalle, son de sumo interés porque sugieren con bastante claridad que se trata del entierro de una mujer chamana. Señalemos que el término chaman/a hace referencia a una persona destacada (tradicionalmente un hombre) con poderes supuestamente ocultos, capaz de hacer predicciones o curar enfermedades y que ocupa un lugar significado en su pueblo.

La mujer enterrada en Dolni Vestonice podría representar el hallazgo más antiguo hasta ahora conocido que muestra la existencia de mujeres chamanas, de ahí su importancia y el debate que su descubrimiento ha desatado. La tumba revela, con escaso espacio para dudas, el elevado lugar jerárquico que aquella mujer ocupaba, a quien posiblemente se le otorgarse sabiduría y respeto.

En este aspecto, nos interesa subrayar que ese enterramiento de Moravia no es la única señal que apunta a que las mujeres durante el Paleolítico Superior podían detentar posiciones de alto rango. Las célebres estatuillas paleolíticas, ampliamente distribuidas por Europa, junto a las diversas manifestaciones de arte rupestre que incluyen figuras femeninas, han sido interpretadas por un creciente número de profesionales a lo largo de las últimas décadas como pruebas evidentes de que las mujeres en nuestro pasado prehistórico podían haber ocupado espacios relevantes y ejercido poder dentro de las sociedades en las que vivían.

En la actualidad, como acertadamente reflexiona Claudina Cohen, «ya no se trata de seguir buscando en el origen pruebas de la preeminencia de las mujeres, sino más bien de identificar, con la ayuda de rigurosos métodos arqueológicos, los diferentes roles que las mujeres realmente asumieron en la prehistoria y el modo por el cual las sociedades prehistóricas pudieron determinar y vivir las diferencias entre los sexos».

Concluyendo, cuantas más piezas sueltas vaya certificando la comunidad científica, más cerca estaremos de perfilar el hilo conductor de una existencia femenina también activa en la supervivencia y evolución de la especie humana.

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

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