Un pasado que ilustra con perspectiva de género: el debate sobre la división sexual del trabajo

Categorías

La construcción patriarcal de la diferencia entre la masculinidad y la feminidad es la diferencia política entre la libertad y el sometimiento.

Carole Pateman

La división sexual del trabajo, esto es, que los hombres y las mujeres realicen tareas diferentes, rememora la tradicional dualidad hombre-cazador versus mujer-recolectora. Da por supuesto que la caza requiere mayor fuerza física y velocidad, por lo que habría sido una labor propia de los hombres, mientras que la recolección de alimentos vegetales sería más compatible con la menor fuerza física de las mujeres y las restricciones impuestas por la gestación y el cuidado de la prole. Según este modelo, la división sexual del trabajo se habría originado por diferencias biológicas típicamente asociadas al sexo, es decir, a características «naturales» propias de los machos o de las hembras.

Sin embargo, cuando se intentan reconstruir comportamientos humanos de sociedades prehistóricas los datos empíricos disponibles son lamentablemente escasos. Tan es así que numerosos especialistas coinciden en que de dichas conductas solo pueden extraerse hipótesis más o menos sesgadas. En este sentido, la arqueóloga y catedrática del Instituto de Prehistoria y Protohistoria de la Universidad Erlangen-Nürnberg, Linda Owen, en 2014 apuntaba: «Los roles sociales de cada sexo predominantes en épocas lejanas, a duras penas pueden reconstruirse».

Ciertamente, en los modelos sugeridos con el fin de recuperar comportamientos de tiempos remotos, los prejuicios han sido tan difíciles de evitar que los estudiosos varones, blancos y europeos han analizado las sociedades del pasado desde una perspectiva masculina, blanca y eurocéntrica. De esta manera, las nociones y normas de la vida moderna se han extrapolado a pueblos de homínidos extintos, dividiendo convencionalmente las actividades de ambos sexos: ellos iban de caza y protegían a sus familias, ellas recolectaban hierbas y frutos y se ocupaban de los niños.

Esta suposición lleva implícito que los hombres eran activos, sumamente móviles y se desplazaban largas distancias tras sus presas, mientas que las mujeres se quedaban a la espera, pasivas y sedentarias, en un entorno físico limitado. Pero de esa imagen tan «natural» han ido surgiendo dudas y cuestionamientos cada vez más obvios; por ejemplo, Linda Owen se pregunta: «¿Cómo podían los hombres proteger a las mujeres y a los niños si se encontraban fuera del campamento la mayor parte del tiempo?»

El esfuerzo por describir las funciones sociales femeninas en pueblos antiguos (incluso muy antiguos) como si fueran un calco de la sociedad occidental del presente ha provocado en los últimos años encendidos debates y flagrantes contradicciones. Los desacuerdos, cada vez más profundos, fueron abriendo espacios para sospechar que dividir el trabajo en función del sexo ha tenido menos que ver con el respeto a la naturaleza y más con trasladar al pasado remoto una forma de pensar del presente.

Además, la comunidad académica ha equiparado casi por consenso las diferentes tareas con jerarquías de desigualdad, impulsando y fortaleciendo esa tendencia generalizada que presupone la universalidad del dominio masculino. Como no podía ser de otra manera, el resultado ha generado importantes distorsiones al interpretar de un modo replicante los orígenes del comportamiento de las sociedades humanas.

Por otra parte, el debate se vuelve más complejo porque un conjunto considerable de expertos no admite que otras especies de homínidos distintas de la nuestra hayan tenido división sexual del trabajo. Por el contrario, sostienen que el reparto de las tareas es un comportamiento propio y exclusivo de Homo sapiens, señalando además que su emergencia habría coincidido con la llegada a Europa de los humanos anatómicamente modernos, unos 40-50.000 años antes del presente. Siguiendo este modelo, solo nuestra especie habría alcanzado el pensamiento simbólico, el cual es capaz de definir categorías sociales y asignar tareas en el grupo. En consecuencia, la división sexual del trabajo habría sido el motor que condujo a sistemas de adaptación tan eficaces que permitieron a los humanos modernos explorar nuevos ambientes «hasta cada esquina del mundo».

En síntesis, parece claro que con los datos en la mano no puede establecerse con precisión si a lo largo de la evolución humana hubo o no división del trabajo en función del sexo. Para muchos autores, separar las tareas es un hecho universal, y sostienen que ese reparto se remonta hasta los orígenes de los primeros homínidos, hace alrededor de 6 o 7 millones de años. Para otros, por el contrario, se trata de un fenómeno propio y exclusivo de Homo sapiens y no tiene más de 50.000 años de antigüedad.

Nuevos hallazgos estimulan el debate

La encendida polémica sobre la división sexual del trabajo y sus orígenes se vio avivada en 2006 por la publicación de un artículo firmado por los antropólogos de la Universidad de Arizona Mary C. Stiner y Steven L. Kuhn. Estos especialistas defendieron una tesis sobre la organización de la vida de los neandertales cuyos ecos sobrepasaron el mundo académico y alcanzaron a los medios de comunicación y al público en general.

Los investigadores Stiner y Kuhn realizaron un minucioso estudio de numerosos huesos fósiles de Homo neanderthalensis, detectando que estos huesos presentaban cicatrices resultantes de fracturas producidas por la dureza de las condiciones de vida de aquellos humanos. Los autores separaron los restos óseos procedentes de hombres y de mujeres y los analizaron con gran detalle. Tras sus metódicas observaciones, llegaron a la conclusión de que no había diferencias en la morfología ni en el patrón de las cicatrices encontradas en los restos de uno y otro sexo. Interpretaron este hecho asumiendo que tal similitud sólo podía atribuirse a que las heridas óseas tenían un origen muy parecido y que, por lo tanto, probablemente las mujeres y los hombres neandertales llevaban vidas semejantes y realizaban trabajos análogos.

neander

Además, Kuhn y Stiner certificaron que la evidencia empírica señalaba con nitidez que las mujeres neandertales eran personas fuertes y autosuficientes, muy parecidas anatómicamente a sus compañeros varones. Esas pruebas contradecían el  comportamiento sedentario pues resultaba, cuanto menos, poco coherente. En palabras de los investigadores: «los esqueletos de las mujeres neandertales estaban tan robustamente construidos que parece improbable que ellas simplemente se sentaran en casa cuidando sus hijos».

En suma, en la cultura neandertal los hombres y las mujeres parecen haber realizado labores muy semejantes entre sí, lo que no impediría, advierten los científicos, que desempeñaran algunas labores diferentes, pero siempre dentro de un esquema general compartido.

Con todo, el debate no ha quedado aquí. En los últimos años se ha enriquecido considerablemente, al abrigo de los numerosos descubrimientos relacionados con el ámbito de la paleoecología, disciplina que tiene como objetivo reconstruir ecosistemas del pasado y configurar un punto de partida para conocer los diferentes recursos alimenticios que los homínidos tenían a su alcance, ponderándose las estrategias que seguían para aprovecharlos. Un enfoque que, además, también ayuda a visualizar la complejidad del comportamiento de nuestros antepasados, cómo era su organización social y, en definitiva, para calibrar su capacidad de adaptación al entorno que habitaban.

Gran parte de estos novedosos estudios se han basado en el examen de dientes fosilizados y en el patrón de desgaste dental observado. Pero, como ha apuntado el profesor Nathan H. Lents, «hasta muy recientemente, nadie se había planteado si las marcas observadas en los dientes de los neandertales eran distintas entre los hombres y las mujeres. Cuando lo hizo un equipo español, los resultados fueron sorprendentes».

Los investigadores muestran una ilustración de los neandertales. Foto CSIC.
Antonio Rosas y Almudena Estalrrich muestran una ilustración de los neandertales ayudándose
de la boca para realizar tareas cotidianas (Comunicación CSIC).

El citado equipo estaba compuesto por los científicos del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, CSIC, la doctora en paleontología Almudena Estalrrich y el prestigioso experto en neandertales, Antonio Rosas. En 2015 publicaron un interesante estudio centrado en los dientes fósiles de Homo neanderthalensis y su posible relación con la división sexual del trabajo. La investigación desvelaba un perceptible desgaste dental en los incisivos y los caninos, al apreciarse una serie de marcas o huellas. Dichas marcas sugerían que, a lo largo de sus vidas, los neandertales habrían usado la dentadura para manipular objetos al sujetarlos o sostenerlos con la boca tal como si fuese una «tercera mano».

yacimientos-estudiados

Concretamente, Estalrrich y Rosas examinaron con detalle las estrías o rayas superficiales y las melladuras o golpes presentes en los incisivos y caninos de 19 individuos procedentes de los yacimientos de l’Hortus (Francia), Spy (Bélgica) y El Sidrón (España). Los dos tipos de marcas analizadas se debían a prácticas o actividades no masticatorias. Las estrías mayormente resultan de una tarea repetitiva basada en sujetar o estirar pieles, fibras vegetales u otros utensilios que puedan sostenerse con la boca. Las mellas, por su parte, son probablemente el resultado de un trauma, ya sea por incidir contra algo muy duro o porque el diente se quiebra mientras realiza alguna función.

Tanto los hombres como las mujeres presentaban estrías en la cara labial (frontal) de sus incisivos, pero esas estrías eran considerablemente más largas en las mujeres. Esto no indica que ellas usasen sus dientes para más tareas que los hombres (lo que habría causado estrías más profundas, no más largas), sino que los empleaban para tareas distintas. Además, pese que ambos mostraban mellas, éstas estaban en zonas diferentes. Los hombres típicamente las mostraban en los dientes de arriba, mientras que las mujeres las tenían en los dientes de abajo.

Diente de la mandíbula de un neandertal (cueva de El Sidrón).
Diente de la mandíbula de un neandertal,
cueva de El Sidrón (Comunicación CSIC).

Los autores concluyeron que las diferencias detectadas en el patrón de desgaste dental no masticatorio, aunque sutiles, parecen indicar que las mujeres y hombres neandertales utilizaban sus dientes con fines algo distintos. Cabría entonces pensar y deducir que la división del trabajo por sexos no ha sido una característica específica de Homo sapiens, sino que, por el contrario, los neandertales de hace unos 40.000 años ya dividían algunas de sus faenas entre mujeres y hombres. Los científicos no tienen claro qué actividades eran las que realizaba cada sexo, pero sí consideran probable que la especialización o división del trabajo estuviera limitada a unas pocas labores.

Tanto Antonio Rosas como Almudena Estalrrich ponen el acento en la importancia que tiene la posible separación de las faenas según el sexo, incluso aunque sea reducida, porque viene a sumarse al incremento que han experimentado en estos últimos años nuestros conocimientos sobre la cultura de los neandertales.

De hecho, los datos más recientes no sólo sugieren que nuestros parientes vivieron en comunidades socialmente complejas, sino que en sus sociedades las mujeres fuertes, vigorosas y autosuficientes, con toda probabilidad participaban en la vida comunitaria como sujetos activos, trabajando codo con codo junto a los hombres con el fin de adaptarse y sobrevivir en aquellos ecosistemas duros y difíciles.

En suma, el añejo modelo femenino de sumisión, pasividad y dependencia, tan querido y alardeado por el pensamiento convencional de nuestras sociedades occidentales, se está desmoronando con gran estruendo. Cambia el paradigma dominante, toda una revolución y reconversión de ideas-fuerza en esa nueva mirada interpretativa.

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

14 Comentarios

Comenta

Marisa CastiñeiraMarisa Castiñeira

Me gusta mucho como vas aportando datos y nos explicas que muchas veces esos papeles establecidos entre sexos son una construcción y extrapolación de una historia reciente, pero no la de nuestros antepasados como especie.
Un placer leerte Carolina

Carolina Martínez PulidoCarolina Martínez Pulido

Hola Marisa. Muchas gracias por tu comentario. Ciertamente, si leemos algunas interpretaciones sobre nuestra prehistoria, y sobre todo en lo referido a las mujeres, uno no puede dejar de asombrarse de la cantidad de prejuicios con que te encuentras. Y lo que es peor, lo profundamente arraigados que están. Cuando empecé a estudiar estos temas, en muchas ocasiones me sentía avergonzada por no haber tenido un pensamiento más crítico; me di cuenta que un granito de arena es válido para intentar desmontar ideas preconcebidas.
Quiero, ahora, aprovechar para decirte que he visto tus actividades como docente y me ha gustado tu originalidad. Hoy para enseñar hay que “exprimir” la creatividad.
Un cordial saludo.

MartaMarta

Hola, hay una pequeña errata en una fecha tanto en el cuerpo del texto como en las referencias. El trabajo de Almudena Estalrrich y de Antonio Rosas es del 2015, no del 2005. Un saludo.

Carolina Martínez PulidoCarolina Martínez Pulido

Gracias, Marta. Un fallo que se me escapó. ¿Puedes corregirlo?
Un abrazo,
Carolina

GonzaloGonzalo

Buenas.

Echo en falta que se hable de cómo los pueblos que han continuado siendo cazadores recolectores o que estaban en estadios menos avanzados de civilización han aplicado la división del trabajo. Me refiero a los aborígenes australianos, los pigmeos, los pueblos del amazonas o los inuits. Creo que en todos estos pueblos se reproduce el modelo del hombre cazador. No digo que la mujer no sea importante, pues los vegetales en climas cálidos aportan el 80% de la alimentación. (No así en el caso de los inuits). Puede que en otras sociedades se hayan compartido las tareas, no hay nada que lo impida tajantemente. Así lo describe Procopio sobre pueblos finlandeses.

No quiero decir que deba existir en nuestra sociedad tal división, pero pongo sobre la mesa ese asunto. Que se hiciera en el pasado o por pueblos menos desarrollados no implica que deba ser bueno, pero ahí está.

También me gustaría comentar que cuando los chimpancés organizan batidas para defender su territorio son un puñado de machos los que salen agitando sus palos alrededor del territorio y sin embargo, entre los bonobos, tremendamente matriarcales, quienes mantienen el orden de la comunidad (donde hay menos presión biológica externa) son las hembras.

Mi opinión es que hombres y mujeres somos diferentes, y eso no es malo, lo malo es encasillarnos o no trabajar en conjunto y aprovechar nuestras capacidades.

Carolina Martínez PulidoCarolina Martínez Pulido

Hola Gonzalo,
En primer lugar, muchas gracias por tu comentario.
No he tratado de los pueblos cazadores recolectores que tu mencionas, además de por razones de espacio, porque se trata de poblaciones todas compuestas por Homo sapiens, o sea, nuestra especie, y mi intención, soy bióloga, era darle una perspectiva evolutiva: hacer referencia a otras especies y si la división del trabajo puede haber influido en la evoluticón de los homínidos. De todos modos, son numerosas las antropólogas, y también antropólogos, que apuntan que muchos de esos pueblos que mencionas deberían llamarse recolectores-cazadores, en este orden, pues consideran que la caza está sobre valorada.
Ciertamente, los bonobos se organizan en torno a las hembras; se trata de primates poco agresivos, y en eso los expertos apuntan que nos parecemos más a los chimpancés.
Estoy de acuerdo en que los hombres y las mujeres tenemos diferencias anatómicas y fisiológicas claras. En cuanto a comportamiento, hay muchas discusiones entre lo genético y lo cultural. De todos modos, hacer cosas distintas no me parece ni bueno ni malo, lo que es muy negativo es organizar las taresas jerárquicamente.
En fin, me he alargado un poco. Un saludo.
Carolina

Capitolina DíazCapitolina Díaz

Excelente trabajo Carolina. Lo utilizaré en mis clases a partir de ahora. Necesitamos muchos trabajos como ese.

Carolina Martínez PulidoCarolina Martínez Pulido

Me alegra mucho tu comentario, Capitolina. Y viniendo de ti, para mi es especial.
Un beso.
Carolina

frernandofrernando

No aporta más que a la eterna victimización de un género respecto al otro. ¿Si la división del trabajo no tiene un origen ancestral, es entonces un capricho devenido de la maldad masculina? y pregunto, ¿tanto antes como ahora, hay datos empíricos que demuestren que el varón se alimentaba mejor, era menos asesinado, menos riesgosa su vida que la mujer, en general, o, el hecho de que que la autoridad la ejerciera un varón da por sentado que todos o casi todos los varones eran privilegiados? Si eso no existe, es solo valoración subjetiva machista, es decir, lo que el varón hacía era mejor porque lo hacía el varón.

Carolina Martínez PulidoCarolina Martínez Pulido

Hola Fernando. No creo que la división del trabajo en función del sexo provenga de un capricho o de un acto de maldad, y tampoco digo tal cosa en este artículo. Ciertamente, cuanto más atrás nos alejemos en el tiempo más difícil es reconstruir comportamientos. Lo que sí me interesa sostener es que no hay datos empíricos que nos lleven a jerarquizar tareas, pueden ser distintas, y puede que se dividieran en función del sexo, pero todas eran igualmente valiosas. Defender las contribuciones de las mujeres en nuestra prehistoria no significa victimizarlas sino sacar a la luz sus esfuerzos.
Un saludo.
Carolina

Deja un comentario

Obligatorio

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>