Nuevas miradas a nuestros orígenes: ¿plantas medicinales en El Sidrón?

El Sidrón es una cueva situada en Asturias que contiene una de las colecciones más numerosa y completa de neandertales de toda Península Ibérica. Localizada a 20 Km de la línea moderna de costa, esta cueva ha sido declarada como «lugar de interés geológico español de relevancia internacional» (Geosite) por el Instituto Geológico y Minero de España. Según un trabajo publicado en 2013, en el que participa el conocido profesor de investigación del CSIC Antonio Rosas, la ocupación de El Sidrón por los neandertales tuvo lugar hace entre 47.300 y 50.600 años antes del presente, época en que la región disfrutaba de un clima relativamente suave y de un ecosistema boscoso.

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Cueva del Sidrón.

La arqueóloga británica Karen Hardy, acreditada Profesora de Investigación del ICREA (Institución Catalana de Investigación y Estudios Avanzados) e Investigadora Asociada de la Universidad de York, dirige en el Sidrón un importante proyecto de investigación. Esta científica, que lleva décadas dedicada al estudio de la capacidad del linaje humano para adaptarse a distintas condiciones climáticas, intenta descifrar las complejas estrategias que permitieron a nuestros antepasados aprovechar los múltiples recursos disponibles en su entorno. Entre sus numerosos trabajos, tienen gran interés los excelentes resultados que Karen Hardy, junto a sus colaboradores, ha logrado sobre los neandertales que habitaron en la cueva asturiana.

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Karen Hardy.

Con el fin de conocer mejor las vidas y los retos a los que se enfrentaron aquellos humanos, el equipo de Hardy, a través de un conjunto de cuidadosos análisis, ha sacado a la luz una inesperada perspectiva del extenso conocimiento ecológico alcanzado por los habitantes de El Sidrón. Pese a que se ha tendido a considerar a los neandertales casi exclusivamente carnívoros, Hardy y sus colaboradores encontraron que no sólo incluían diversas plantas en su dieta, sino que, además, supieron hacer un uso de ellas mucho más amplio de lo que se pensaba.

Para los expertos, el principal problema para evaluar la explotación de las plantas en tiempos antiguos ha sido siempre la falta de evidencia directa, ya que el material vegetal no suele conservarse en los yacimientos. En un esfuerzo por salvar esta dificultad, Hardy y su equipo optaron por un camino más complejo: el estudio de los dientes fósiles, concentrando su atención en la placa dental, también llamada cálculo o «sarro». Recordemos que en las poblaciones donde la higiene oral no existe, la mayor parte de la gente desarrolla placas o cálculos calcificados que pueden durar toda la vida del individuo. Incluso fosilizan tan fuertemente adheridos a la superficie de los dientes que se han encontrado en homínidos de hasta 1,8 millones de años de antigüedad.

Desde hace unos años, las placas conservadas en los dientes fósiles representan un almacén de detalles biográficos por su capacidad para atrapar y conservar fragmentos de múltiples materiales que entran en la boca. Entre esos restos se encuentran microfósiles vegetales que pueden analizarse mediante el uso de test bioquímicos y observaciones al microscopio, y permiten inferir algunos detalles biográficos de poblaciones humanas antiguas.

En esta línea de trabajo, Karen Hardy ha estudiado meticulosamente muestras de placas dentales procedentes de fósiles de 5 individuos de El Sidrón. Tras una concienzuda búsqueda, encontraron pequeños restos vegetales, incluidos numerosos granos de almidón, que delataban que aquella población, al igual que otras de diferentes regiones, había ingerido diversos tipos plantas (Hardy et al. 2013; 2014).

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Automedicación en primates.

Sin embargo, lo que más ha llamado la atención por lo inesperado en los resultados de este equipo ha sido que los neandertales de la cueva asturiana parecían emplear vegetales no solo con fines alimenticios, sino también medicinales. Si esto fuera cierto, significaría que la población conocía la capacidad de curar de algunas plantas y por lo tanto seguramente también poseían conocimientos de botánica. Aunque tal conclusión parezca sorprendente, en realidad no debería serlo ya que todos los grandes primates modernos revelan un comportamiento práctico muy variado con respecto a las plantas de su entorno.

Existe, además, un extenso cuerpo de evidencias que demuestra el uso complejo en el reino animal de plantas medicinales con fines de automedicación. Ciertamente, se trata de un tema muy extenso del que aún queda mucho por saber, pero es admitido que la mayor parte de los animales, desde las orugas hasta los grandes primates, practican algún grado de automedicación.

Los neandertales que ocuparon El Sidrón probablemente conocían bastante bien su entorno natural, lo que hace plausible que fueran capaces de apreciar el valor nutritivo y medicinal de ciertas plantas. Como tan claramente ha expresado Karen Hardy: «Pese a que la amplitud de sus conocimientos botánicos y su capacidad para automedicarse permanece, por supuesto, abierta a la especulación, el que los grandes primates tengan conciencia de la flora de su entorno, sumado a la extensa evidencia de automedicación en el reino animal, haría sorprendente que los neandertales no compartieran también tal conocimiento». En suma, si diversas especies de primates ingieren plantas para mejorar su salud los neandertales no tendrían por qué ser una excepción.

El minucioso análisis de la placa dental realizado por Hardy y sus colaboradores reveló en concreto la presencia de restos de dos especies: milenrama o aquilea (Achillea millefolium) y camomila (Chamaemelum nobile), atrapadas en dientes fósiles. Estos vegetales tienen una larga historia de uso medicinal entre la humanidad moderna. La aquilea o milenrama es una planta común en las regiones templadas y se usa sobre todo por sus propiedades antiinflamatorias, aunque también posee acción antimicrobiana, diurética y digestiva. La camomila es muy utilizada porque alivia el dolor estomacal y porque calma y relaja los nervios.

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Restos de mandíbula de neandertales encontrados en El Sidrón.

La aquilea y la camomila carecen de valor nutritivo y, además, tienen un desagradable gusto amargo, por lo que fue una sorpresa encontrar restos de ellas apresados en la placa dental. Los investigadores supusieron entonces que la aquilea y la camomila eran consumidas a pesar de su mal sabor con fines curativos. «La automedicación representa la evidencia más convincente», apuntaba al respecto Karen Hardy.

Una información procedente de la genética molecular vino a complementar este descubrimiento. En la actualidad, según ha señalado el biólogo Carles Lalueza-Fox, se considera probable que los neandertales de El Sidrón también tuviesen el gen que permite a Homo sapiens detectar el sabor amargo. Este gen podría quizás haber funcionado como un «seguro de vida» porque la mayor parte de los vegetales venenosos se caracterizan, entre otras cosas, precisamente por su gusto amargo; los individuos, al probar una planta y percibirla desagradable evitarían su ingestión y consiguiente intoxicación.

Los biólogos vegetales han demostrado que las mismas características que convierten a una planta en medicinal también pueden hacerla venenosa debido a los llamados metabolitos secundarios. Se trata de moléculas químicas complejas muy diversas que no son esenciales para la vida de la planta pero que cumplen distintas funciones. Por ejemplo, intervienen en las interacciones ecológicas entre la planta y su ambiente como mecanismo de supervivencia, ya que muchos de esos compuestos son toxinas naturales que sirven para la defensa contra predadores y patógenos.

Aquilea y camomila.
Aquilea y camomila.

Los primates en general, y los homínidos en particular, para sobrevivir necesitan seleccionar qué plantas pueden comer y cuáles no. Aunque normalmente suelen ser más o menos tolerantes a ciertas toxinas vegetales, algunas son letales. En este contexto, los resultados de Karen Hardy y su equipo sugieren que los neandertales de El Sidrón tenían un conocimiento lo suficientemente refinado para usar plantas con confianza incluso cuando el gusto amargo les advirtiese de su potencial toxicidad. Asimismo, Lalueza-Fox sostiene que «el hecho de que supieran que podían comer estas plantas aun sintiendo su sabor amargo hace pensar que conocían bien sus cualidades.»

En suma, pese a que no puede saberse con certeza por qué aquellos habitantes de una cueva asturiana hace casi cincuenta mil años consumían aquilea y camomila, no cabe duda que el posible uso de estas plantas añade una nueva y rica dimensión a la vida neandertal. Karen Hardy y sus colaboradores proponen que tenían un conocimiento de las plantas al menos igual al de los grandes primates actuales, y que la capacidad para automedicarse parece el comportamiento más convincente en el contexto en que vivieron.

Al respecto, la científica ha expresado: «Los resultados [descubiertos por el equipo] representan un avance significativo para conocer mejor las vidas y los retos que afrontaban nuestros ancestros […] y ofrecen una perspectiva fascinante de su conocimiento ecológico y sus capacidades tecnológicas».

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

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