Eunice Newton Foote (1819-1888), la climatóloga que descubrió el abrigo del planeta Tierra en el sudor de los gases, salivó igualdad y fue carbonizada por el efecto Tyndall (II)

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Continuación de Eunice Newton Foote (1819-1888), la climatóloga que descubrió el abrigo del planeta Tierra en el sudor de los gases, salivó igualdad y fue carbonizada por el efecto Tyndall (I)

Huella de carbono orgásmica

“Las mujeres se encuentran en la primera línea del cambio climático, pero no sólo como víctimas; también son importantes agentes de cambio”, evidencia Mary Robinson –embajadora especial de Naciones Unidas para el Cambio Climático–.

Stop cambio climático.

Corría la década del 50′ y una dama procuraba no estar en estado de espera. No se sentaría bajo el sol a menos que sucumbiera ante la necesidad de entendimiento. Con el calor en la piel y en la mente, Eunice Foote jugaba a desafiar a los rayos del astro rey. Si bien a muchos el calor los sofoca y hastía, a ella la elevaba. Con la termodinámica de aliada, en 1856 teorizó que “los cambios en el dióxido de carbono en la atmósfera podrían afectar la temperatura de la Tierra”.

Sus experimentos evidenciaron la inusual –para una mujer en ese tiempo y lugar– educación superior que debe de haber recibido en el campo de las ciencias. Para llegar a su idea de avance se valió de dos cilindros –de 76 cm de largo y 10 cm de diámetro–, los manipuló y calentó al sol con diferentes contenidos de gases. Tal vez sus pupilas aumentaron al ver lo que había descubierto. El aire rarificado en un cilindro se calentaba menos que el aire a presión normal, y en el aire húmedo sucedía lo opuesto; sufría un calentamiento mayor. En ese instante, Eunice con instinto casi chamánico, sintió cómo el conocimiento le era revelado. “El mayor efecto lo he encontrado en el gas ácido carbónico”, enfatizó al respecto.

Bajo circunstancias sudoríparas

La mañana del 23 de agosto de 1856, marcaría un hecho disruptivo en un evento de semejantes proporciones para la fecha. Hombres de ciencia de todo Estados Unidos, inventores y curiosos, se dieron cita en Albany  –Nueva York– para participar de la Décima Reunión Anual de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS). Para sorpresa de los asistentes, el encuentro –realizado para compartir descubrimientos innovadores, discutir avances en sus campos y explorar nuevas áreas de investigación–, no pudo entregar documentos de calidad. ¡Al menos no provenientes de hombres! Redobló la apuesta con una notable excepción.

El experimento en prosa tenía nombre de mujer y se titulaba Circumstances affecting the Heat of the Sun’s Rays. Firmado por Eunice Foote, anticipaba en dos páginas la revolución en la ciencia climática. Demostraba empíricamente y por primera vez las interacciones de los rayos del sol en diferentes gases a través de una serie de experimentos con una bomba de aire, cuatro termómetros y dos cilindros de vidrio. Primero la científica americana colocó dos termómetros en cada cilindro y, usando la bomba de aire, retiró el aire de un cilindro y lo condensó en el otro. Permitiendo que ambos cilindros alcancen la misma temperatura, ubicó los cilindros con sus termómetros al sol para medir la variación de temperatura una vez calentados y bajo varios estados de humedad. Repitió este proceso con hidrógeno, aire común y dióxido de carbono, todos calentados después de exponerse al sol. De los gases probados, concluyó que el ácido carbónico había atrapado la mayor cantidad de calor, con una temperatura final de 125° F. Foote estaba años adelantada a su tiempo. Lo que ella había descripto y teorizado es lo que hoy conocemos como Efecto Invernadero.

Testimonio del experimento (1857). Imagen: NOAA Climate.

La acidez de la castración verbal

“Ahora se escucha una diversidad de voces de diferentes mujeres que históricamente han estado ausentes”, remarca Phumzile Mlambo-Ngcuk –directora ejecutiva de ONU Mujeres–.

Desconocemos si las horas de exposición al sol dejaron en Eunice un bronceado. Pero no caben dudas de que investigar y luego ahogarse en la censura de la época –que impedía a las mujeres comunicar sus descubrimientos–, la tiñó de ácida amargura. Su documento ni siquiera aparecía en las Actas anuales de la sociedad –un registropublicado de los documentos presentados en las reuniones anuales–.

En The Establishment of Science in America, una de sus autoras –la historiadora Sally Gregory Kohlstedt— arroja una bocanada de aire fresco sobre el contexto asfixiante: “En la década de 1850, Alexander Dallas Bache, una fuerza líder de la AAAS, promovió la membresía abierta. Pero Bache también impuso revisiones estrictas y críticas de todos los artículos publicados en las Actas para cultivar una imagen y una voz específicas para la ciencia estadounidense; incluso si un comité local de la asociación aprobara documentos para su publicación, el comité permanente de la AAAS, en el que Bache sirvió, podría rechazarlos. Con solo mirar la lista de miembros y los artículos publicados, queda claro que la imagen y esa voz eran predominantemente masculinas”.

Amurallada por las restricciones de Dallas Bache, Eunice tuvo que ser reemplazada. El auxilio vino de una mano compatriota. El estadounidense Joseph Henry –físico, profesor de Princeton y director del Instituto Smithsoniano–, se encargó de comunicar su trabajo; ¡y con peculiaridad! Prefaciando la lectura del documento de la Sra. Foote, el académico –que inventó el telégrafo y no lo patentó; además creyó haber descubierto la inducción electromagnética aunque luego averiguó que el británico Michael Faraday se le había adelantado– desnudó los manejos retrógrados de la época. “La ciencia no es de ningún país ni de ningún sexo. La esfera de la mujer abarca no solo lo bello y lo útil, sino lo verdadero”, acuerpó la lucha científica femenina.

Coordenadas de acuerpamiento

Reconocimiento en el Scientific American (1856).
Imagen: Hathi Trust.

Un mes después de la alocución –el 13 de septiembre de 1856– apareció en la Scientific American de Nueva York una breve columna titulada Scientific Ladies.- Experiments with Condensed Gases”. Con la desazón a cuestas producto de la membresía vomitiva de “hombres selectos”, la investigadora recibió apoyo moral de otros intelectuales. En dicha publicación, la climatóloga fue elogiada por escritores que omitieron cualquier tipo de reservas para asegurar que “los experimentos de la Sra. Foote proporcionan abundantes pruebas de la capacidad de la mujer para investigar cualquier tema con originalidad y precisión”. La científica desacreditada debe de haber sentido un mar de caricias tras leer “nos alegra decir que esto fue hecho por una mujer”.

El escrito no sólo daba cuenta de la comunicación de Eunice. También la respaldaba explicando la desidia que atravesaba al género femenino: “Algunos no sólo han mantenido, sino incluso expresado, la idea de que las mujeres no poseen la fortaleza mental para dedicarse a la investigación científica. Debido a la naturaleza de las obligaciones femeninas, pocas de ellas han tenido el esparcimiento o la oportunidad para dedicarse a la ciencia de manera experimental, pero las que han tenido el gusto y la oportunidad para hacerlo han demostrado tanto poder y habilidad para investigar correctamente como el hombre”. En esa denuncia también se ejemplificaba la situación dentro de la redacción: “Las columnas del Scientific American a menudo han sido honradas con artículos sobre temas científicos, escritos por mujeres, que enorgullecerían a hombres de la más alta reputación científica”.

El sustento de la excepción

Certificado de acceso académico de Mitchell (1848).
Imagen: Maria Mitchell Association.

Al igual que a ella –en la misma columna– se le rendía homenaje a la norteamericana María Mitchell. La profesora pionera que descubrió un cometa y se comprometió con el movimiento antiesclavista y el acceso de la mujer a los estudios superiores era la principal referente de Eunice Newton Foote. Al parecer, el “hilo rojo” las unía. Mitchell era otra excepción a la regla. En el año 1848 fue nombrada “miembro” de la Academia Americana de las Ciencias y las Artes de Boston –el mismo año en el que se firmó la convención de Seneca Falls en la que Eunice tuvo un rol privilegiado–. No por nada Eunice la admiraba. Era la primera mujer reconocida por la prestigiosa institución. ¡El pase libre no sería todo! Dos años después, también se convertiría en la primera astrónoma profesional en ingresar en la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS). Aunque representara una evolución, la presencia femenina en la AAAS no hizo la diferencia. La misoginia lejos de terminar, se potenció.

La historiadora Margaret Rossiter –autora de la serie completa de tres volúmenes Mujeres científicas en Estados Unidos”--señala que “a pesar de ser más laxa que otras instituciones, también creó distinciones entre miembros masculinos y femeninos al reservar el título de socio, profesional o compañero casi exclusivamente para hombres, mientras que las mujeres se consideraban meras miembros”. Incluso la Institución Smithsoniana –uno de los principales centros de investigación científica de Estados Unidos–, se basó en una cláusula para el aumento y la difusión del conocimiento entre los hombres.

La cristalógrafa Dorothy Crowfoot Hodgkin –Premio Nobel de Química en 1964–, escribió en una carta: «“Recuerdo que estaba sentada en los escalones de la Real Sociedad esperando a alguien y hablando con John Bernal. Le dije que había resuelto la estructura de la penicilina”. Él me dijo: “ganarás el Premio Nobel por esto” y yo le dije: “preferiría que me eligieran miembro de la Real Sociedad”. Él contestó: “eso es más difícil”». En sintonía con aquel “sexismo discursivo” de Bernal, tras consagrarse como la primera mujer en obtener la prestigiosa Medalla Copley, los periódicos británicos dieron a conocer la noticia con el título “Ama de casa de Oxford gana un Nobel”.

No hace falta decir que el siglo XIX fue una época bestial para la osadía y curiosidad femenina constructora de nuevos paradigmas. Mientras que Newton Foote no pudo dar cuenta de sus impresiones experimentales en el 1856, su marido Elisha –miembro de la Asociación Americana para el Avance de las Ciencias (AAAS)– sí lo hizo comunicando su propia investigación también focalizada en las propiedades de los gases. Para una mujer en activa sintonía con el movimiento de lucha por los derechos de las mujeres, ser relegada a la audiencia de su descubrimiento le debe haber significado el preludio de su lapidación científica.

La carbonización del desposeído

Como si su orgullo no estuviera desmantelado ante las lesiones científicas crónicas padecidas, faltaba algo más. ¡Una “usurpación” científica! Tres años después de que Eunice apareciera en la ventana empírica, el físico y químico irlandés John Tyndall publicó resultados similares a los de ella demostrando los efectos de ciertos gases de invernadero, incluido el ácido carbónico. “No poseemos, hasta donde sé, ni un solo experimento”, atestiguó el científico que la carbonizó. Aunque no llevaba pólvora en las manos, también avivó el fuego sexista al detallar en una carta que “las mujeres tienen más sentimiento y menos intelecto que los hombres”, además de oponerse abiertamente al sufragio femenino.

John Tyndall (1820-1893).
Imagen: Wikimedia Commons.

Desposeída de prestigio la Sra. Foote –tras concluir que “una atmósfera de ese gas podría darle a nuestra Tierra una elevada temperatura; y como algunos suponen, en algún periodo de su historia, el aire estuvo mezclado en éste en una proporción mayor que la actual, con lo que debería haber resultado necesariamente un incremento de la temperatura provocada por su propia acción y por el aumento del peso del aire”–, el reconocido Sr. Tyndall aprovechó para teorizar que “el norte de Europa una vez estuvo cubierto de hielo, pero se derritió gradualmente con el tiempo debido a los cambios atmosféricos”. De esa forma sentó las bases de cómo las variaciones atmosféricas a lo largo del tiempo y las emisiones de dióxido de carbono podrían tener profundos efectos en el clima a nivel global.

Si bien es probable que el químico desconociera la experiencia de la climatóloga, aún hay sospechas. Un artículo de investigación publicado por Roland Jackson el 13 de febrero de 2019 en The Royal Society evidencia la necesidad de desnudar el principio de duda. El título habla por sí solo: Eunice Foote, John Tyndall and a question of priority. Como un sabueso, el autor intenta escarbar para salir del estado de anoxia embistiendo con la ironía del desarme: “Did he know about Eunice Foote’s work?”.

A pesar de la capacidad anticipatoria de Eunice, el trabajo del Sr. Tyndall continúa siendo ampliamente avalado por la ciencia climática moderna que lo galardona como el padre del CO2 en la atmósfera. Aunque el montaje experimental de Foote no separaba el visible del infrarrojo en el espectro de la luz solar –aparte de la creencia de que el propio efecto invernadero provocado por los recipientes de cristal podría haber influido en los resultados–, merecía recibir el crédito por su hallazgo climático.

Aparentemente, la comunicación del experimento del hombre del clima en el año 1861fue digna de ovación. La distinción aún sigue despellejando a Foote al considerarlo “mucho más cuidadoso” en su trabajo experimental. El científico Irlandés –doctorado en la Universidad de Marburg, trabajó en Marburg, Berlín y Londres con algunos de los mejores físicos experimentales de la época, tuvo acceso al último aparato, y a los expertos fabricantes de instrumentos que podían producir equipos precisos según sus especificaciones– utilizó una fuente de rayos oscuros (infrarrojos) y aisló el gas a estudiar en un tubo de latón tapado en ambos extremos con cristales de sal con la finalidad de dejar pasar la totalidad del infrarrojo y demostrar que el CO2 absorbía en este rango del espectro calentando el gas del recipiente.

Aparato de calor radiante de Tyndall. Imagen: The Royal Society Publishing.

Cuando Eunice Foote y John Tyndall  realizaron sus experimentos, la concentración de CO2 en la atmósfera era de unas 290 (ppmv). Actualmente se encuentra por encima de las 400 (ppmv). Mientras que el irlandés estuvo motivado por el mecanismo de los cambios de temperatura en las eras glaciales, –recientemente establecidas en Europa en las discusiones de sobremesa mantenidas en 1836 y 1837 entre el zoólogo y geólogo helvético Jean Louis Rodolphe Agassiz y su ex-compañero de pupitre, el botánico y poeta germano Karl Friedrich Schimper–, la estadounidense se centró en el origen del clima cálido y húmedo del Devónico tardío y el inicio del Carbonífero. En ese período, hace 360 millones de años, la atmósfera albergaba un alto contenido en CO2.

“El principito” de la ciencia

En la historia de la ciencia las damas son como las partículas: fundamentales pero invisibles. Aún están sub representadas en disciplinas insignias para el estudio del cambio climático. En las Ciencias de la Tierra menos del 20% de los meteorólogos y geocientíficos tienen identidad femenina. En las Ciencias ecológicas están ligeramente mejor posicionadas con un 55% de estudiantes de posgrado.

“Memorama de las Invisibles”. Imagen: Museo de los Metales.

Eunice Foote –al igual que Antoine de Saint-Exupéry— hallaba el verdadero valor de las cosas en lo no evidente. Quizás por ello se obsesionaba con encerrar gases y analizar sus reacciones –como si participara en “Gran Hermano”–.  La cazadora y espectadora de las variaciones atmosféricas dejó su última huella científica documentada en el año 1858. Su retirada de la ciencia fue prematura y se produjo tras soltar la mano de su objeto de investigación principal. Con el estudio de las propiedades eléctricas de los gases a diferentes presiones y temperaturas se despidió de la invisibilidad. “Esta vez cita las teorías de Becquerel, Gay-Lussac, Biot y Humboldt, lo que indica una familiaridad con la literatura científica e implica haber diseñado los experimentos para poner a prueba sus teorías”, escribió Elizabeth Warner Reed en 1992.

Además de los gases, la materia palpable también se dispuso a jugar a las escondidas con la científica. Después de contar hasta diez, la Sra. Foote abrió los ojos para encontrarse con los latidos de la creación. Junto a su marido Elisha –quien poseía la autoría de varios libros y documentos sobre matemáticas, además de especializarse en legislación de patentes, gracias a lo cual se desempeñaría como el undécimo Comisionado de Patentes entre los años 1866 y 1869– se entregó al patentamiento de la invención: el relleno de suela de botas y zapatos surgió de su propia genética, mientras que una cosechadora, una secadora y un máquina de encuadernado fueron producto del ingenio de su cónyuge.

La carne de la vida

Guía de la vida marina (1961).
Imagen: Barnes & Noble.

«Gracias a la vida» aglutina la totalidad de la existencia con su moraleja hecha verso: “porque no es lo mismo que vivir, honrar la vida”. Este himno humanistacompuesto por la cantautora chilena Violeta Parra e inmortalizado por “La voz de América Latina” Mercedes Sosa, que en apreciación de Joan Manuel Serrat “ha hecho llorar mucho a los hombres”-– enhebra y contextualiza las puntadas que se hicieron carne en la organicidad sublevada de Eunice Newton Foote.

El cordón umbilical de Eunice no sólo alimentó al planeta Tierra con sus actos libertarios, predicciones y descubrimientos; también sustentó la vida de sus dos hijas, quienes amamantadas con la preocupación genética por la existencia igualitaria de las distintas especies que habitan el mundo, comprendieron el significado de abrazar lo verdadero. Con el correr del tiempo no sólo vivirían, también honrarían el legado moral, científico, evolutivo y civilizatorio de su madre. Mary Foote Henderson (1842-1931) sin descuidar su pasión por el arte y la escritura llegaría a presidir la Asociación para el Sufragio Femenino de Missouri; y Augusta Foote Arnold (1844-1904) se convertiría en miembro del consejo del Barnard College y sería la primera investigadora en escribir sobre la línea de marea usando un lenguaje coloquial. Documentaría la vida marina existente en las playas norteamericana en el libro “The Sea-Beach at Ebb-Tide”.

Seguramente la “pintora de paisaje” descubrió un efecto aún mayor que el producido por los gases atmosféricos cuando su árbol genealógico lejos de condensarse, se dilató. Los Foote se graduaron de abuelos con la llegada de cada uno de sus seis nietos –tres por cada hija–. Quizás el matrimonio de científicos antes de mudarse a Saratoga, Nueva York, embriagó a su descendencia con los sorbos metafóricos del ciclo de la vida y su permanente estado de cambio: “Mis manos fueron como las tuyas, las tuyas serán como las mías, pero las mías no volverán a ser como las tuyas”.

El propósito de un adiós

“El movimiento climático no puede tener éxito sin un incremento del liderazgo de las mujeres en el mundo. Mujeres y niñas ya están liderando audazmente la justicia climática, abordando la crisis climática de manera que cure, en lugar de profundizar, las injusticias sistémicas. Sin embargo, estas voces a menudo están poco representadas y sus esfuerzos son insuficientemente respaldados. Es el momento de reconocer la sabiduría y el liderazgo de estas mujeres”, evidenció Musimbi Kanyoro –presidenta y directora ejecutiva de la agencia internacional Global Fund for Women— junto a otras líderes contemporáneas.

La dama del tiempo que predijo el cambio climático con la intención de curar sin profundizar, recién cobraría visibilidad 200 años más tarde de su último suspiro gracias a los rescatistas del mérito científico: el geólogo, historiador y coeditor de Oil-Industry History, Raymond Sorenson –quien fue el primero en encontrar a Foote y publicar un artículo en el 2011–; la climatóloga Katharine Hayhoe –quien tras ser interrogada por un colega en el 2016 con un “¿por qué no hay mujeres en la historia de la disciplina?”, realizó un sondeo por la Historia de la Ciencia del Clima y en agosto iluminó el experimento de la pionera mediante un post–; y el climatólogo Ed Hawkins –quien en septiembre de ese mismo año publicó un tweet y también abrió un hilo de discusión al respecto–.

A los 69 años la vida de Eunice Newton Foote –la mujer que poseía yesca en su interior, que generaba tormentas de cambio y que no podía estar en estado de espera– se apagó un 30 de septiembre de 1888 en Lenox, Massachusetts, y la de su marido Elisha –cinco años antes– el 22 de octubre de 1883 en St. Louis, Missouri. Ante la extrañeza de las despedidas sólo nos consuela saber que todo hola es un adiós esperando suceder.

Referencias

  • Reed, Elizabeth Wagner (1992). «Eunice Newton Foote (1819-1888)». American Women in Science before the Civil War, 65-68. Ed. University of Minnesota, Minneapolis
  • Wellman, Judith (2004). «Eunice Newton Foote and the Declaration of Sentiments». The Road to Seneca Falls. Elizabeth Cady Stanton and the First Woman’s Rights Convention, 1-320. Ed. University of Illinois Press, Urbana and Chicago
  • Fleming, James Rodger (1998). «An Introduction to the Climate Change». Historical Perspectives on Climate Change, 1-208. Ed. Oxford University Press, Inc. New York, Oxford
  • Sorenson, Raymond P. (2011). «Eunice Foote’s Forgotten Work». Eunice Foote’s Pioneering Research On CO2 and Climate Warming, 1-5. Search and Discovery – Online Journal for E&P Geoscientists. AAPG/Datapages, Inc. Tulsa, USA
  • Jackson, Roland (2019). «Tyndall did not reference Foote’s work». Eunice Foote, John Tyndall and a question of priority. Notes and Records, 1-14. The Royal Society Journal of the History of Science, London
  • Munn, O. D. Wales, S. H. Beach, A. E. (1856). «Recognition to Eunice Foote». Scientific Ladies – Experiments with Condensed Gases Vol. XII. No. 1: 5 pp. The Scientific American -The Advocate of Industry, and Journal of Scientific, Mechanical, and Other Improvements. Ed. Cornell University, New York
  • Silliman, B. Silliman, Jr. and Dana, James D. (1856). «Foote Papers». XXX. On the Heat in the Sun’s rays; by ELISHA FOOTE. XXXI. Circumstances affecting the heat of the Sun’s rays; by EUNICE FOOTE. Second Series. Vol. XXII. No. LXVI: 377-382 pp. The American Journal of Science and Arts. Ed. G. P. Putnam and Co, New York
  • Lovering, Joseph (1858). «Communications: Physics and Chemistry. On a New Source of Electrical Excitation. By Mrs. Eunice Foote». Proceedings of the American Association for the Advancement of Science, 123-126, AAAS. Ed. Harvard University, Library of the Museum of American Archeology and Ethnology
  • Kohlstedt, Sally Gregory. Sokal, Michael Mark. Lewenstein, Bruce V. (1999). «150 Years of the American Association for the Advancement of Science». The Establishment of Science in America, 1-236. AAAS. Ed. Rutgers University Press, New Brunswick, New Jersey, and London

Sobre la autora

Jessica Brahin. Periodista, Internacionalista y escritora.

1 Comentario

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Cecilia TirapeguiCecilia Tirapegui

Este tipo de argumentos, que potencian la verdadera dimensión de tantos hallazgos científicos, que han sido silenciados por “ciertos hombres” (que afortunadamente, ya son menos), deberían seguirse divulgando: permanentemente las nuevas generaciones podrán identificar cuán anacrónico es ese rancio argumento. Las nuevas generaciones podrán desarrollarse con mayor justicia…

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