Antonia Maury (1866-1952): la mujer que conocía las estrellas

Antonia Maury. Imagen: Wikimedia Commons.

I know the stars. Así de contundente empezaba la poeta estadounidense Sara Teasdale uno de sus trabajos.

I know the stars by their names
Aldebaran, Altair,
And I know the path they take
Up Heaven’s broad blue stair.

(Yo conozco las estrellas por sus nombres,/ Aldebarán, Altair,/ Y conozco el camino que recorren/ Por la amplia escalera azul del cielo).

Muy pocas personas podrían afirmar y demostrar algo tan difícil sobre estas esferas luminosas; quizá Neruda, que no sé cómo se las ingenió para que en una noche de cielo estrellado, cogiese una, maravillado por su belleza, y se la guardara en su bolsillo, en Oda a una estrella.

Quienes llegaron a conocer las estrellas, aunque no estuvieran al alcance de su mano, fueron, con toda seguridad, las “calculadoras de Harvard”, un grupo formado por trece mujeres que se dedicaron a contarlas y a clasificarlas –medían el brillo, la posición y el color de cada astro a partir de placas fotográficas–, en el Observatorio Astronómico de Harvard a finales del siglo XIX. Entre ellas, brillaba de una manera especial, Antonia Maury, una astrónoma incapaz de perderse en el firmamento.

Nace una estrella entre intelectuales

Antonia nació en Nueva York en 1866, en el seno de una familia de intelectuales y amantes de la ciencia. Su curiosidad sobre la astronomía crecía rápidamente gracias a las figuras cercanas de su abuelo materno, John William Draper –historiador y químico que tomó la primera fotografía de la Luna en 1840 y la presentó en la Academia de Ciencias de Nueva York–, y su tío, el astrónomo Henry Draper, con quien pasaba largas horas entretenida en su laboratorio. Estudió en el Vassar College y se convirtió en una alumna distinguida. Se graduó en 1887 bajo la tutela de la astrónoma Maria Mitchell.

Al término de sus estudios, comenzó a trabajar junto a otras mujeres en el Observatorio de Harvard. Fue el director Edward Charles Pickering quien las contrató, pero no lo hizo en pos de la igualdad, sino por una cuestión de rentabilidad empresarial. Pickering opinaba que las mujeres eran mejores que los hombres, mucho más meticulosas en la tarea de clasificar las estrellas con la ventaja (para él) de que cobraban menos por hacer el mismo trabajo.

Un catálogo de estrellas

En ese momento, Pickering tenía entre manos un extraordinario proyecto: terminar el catálogo de espectros estelares, un trabajo que inició el tío de Antonia, Henry Draper. Cuando este murió, su mujer se encargó de que el nuevo responsable del Observatorio retomara tal empresa. Lo hizo junto a “las calculadoras de Harvard”. En concreto, Antonia Maury se encargó de catalogar los espectros estelares del hemisferio norte. Pickering le pidió que clasificara las estrellas teniendo en cuenta el sistema alfabético de clasificación donde las estrellas se agrupaban en siete categorías alfabéticas, desarrollado por su compañera Annie Jump Cannon. Sin embargo, Maury creyó conveniente hacerlo en base a un procedimiento más complejo: observó que había varios niveles de distinción espectral que el anterior esquema no contemplaba. Por ello, ideó un nuevo plan: veintidós grupos en una secuencia descendente de temperatura con un esquema que también clasificaba los espectros por la anchura y la nitidez de las líneas.

Antonia Maury en el Observatorio de Harvard. Imagen: Wikimedia Commons.

Esta reorganización del sistema la ideó sin consultárselo a Pickering, quien a su vez se enfadó porque Antonia se había desviado del trabajo que él le había mandado, aunque los resultados obtenidos fueran revolucionarios. Es más, cuando en 1913 se creó el diagrama Hertzprung-Russell, se demostró que el trabajo realizado por Maury era correcto. Por ello, en 1922, la Unión Astronómica Internacional quiso reconocer su clasificación y en 1943, los astrónomos William Wilson Morgan, Philip Childs Keenan y Edith Kellman tuvieron en cuenta lo que propuso Maury a la hora de hacer una versión revisada del catalogo de Draper (sistema MK). No fue el único reconocimiento que recibió ese año, ya que le otorgaron el premio Annie J. Cannon.

Antonia Maury trabajó durante 40 años como “calculadora de Harvard” y es cierto que tuvo grandes diferencias con Pickering, pero jamás le dio importancia ni habló sobre ello. Como escribe Karmelo C. Iribarren en su libro Diario de K: “Cuando solo te admiten, lo mejor es irse”. Y lo hizo, dejó el Observatorio en 1890 aunque no del todo porque volvió de manera intermitente hasta que, finalmente, su trabajo fue publicado en 1897. Tras su carrera en Harvard, dio clases en la escuela Miss Masson y gestionó el Draper Park Museum. Antes de retirarse en 1948, regresó una vez más a Harvard como ayudante en 1918, cuando Harlow Shapley ya ocupaba el puesto de director. En ese periodo de tiempo, concretamente en 1933, publicó uno de sus trabajos de investigación más famosos sobre la estrella Beta Lyrae.

Referencias

Sobre la autora

Uxue Razkin es periodista y colaboradora del blog de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU Zientzia Kaiera.

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