La extraordinaria plasticidad del cerebro humano: el enfoque de Gina Rippon

Nuestro cerebro se renueva a sí mismo durante toda la vida hasta un punto que hace poco se creía imposible.

Michael S. Gazzaniga
Gina Rippon.

La profesora emérita de neurociencia cognitiva del Aston Brain CentreAston University, Birmingham, Gina Rippon, forma parte de un grupo, aún pequeño pero en constante crecimiento, de neurocientíficas/os que incluyen entre sus objetivos de trabajo el demostrar que en el cerebro humano no existen diferencias significativas por razón de sexo.

Gina Rippon está considerada entre los mejores especialistas en la interpretación de imágenes procedentes del cerebro. Recuérdese que en la década de 1990 los estudios de neurociencia experimentaron una verdadera eclosión con la llegada de las imágenes obtenidas por resonancia magnética. Se trata de una novedosa técnica que permite apreciar los cambios en la actividad cerebral localizando las áreas donde el riego sanguíneo es mayor. Mediante el uso de un escáner pueden obtenerse valiosas ilustraciones coloreadas de la actividad desplegada por el cerebro, cuando una persona realiza diversas tareas o experimenta emociones.

En una entrevista concedida a la escritora científica, que es Máster en ingeniería por la Universidad de Oxford, Ángela Saini, Gina Rippon ha relatado que a partir del año 2008 decidió dedicarse al análisis de diversos estudios publicados sobre la posible relación entre las imágenes del cerebro y las diferencias de género. «Me quedé horrorizada, explica la experta, porque pensé que era terrible que se estuvieran utilizando esas imágenes exactamente igual que cuando, en el pasado, se decía que las mujeres no debían ir a la universidad porque ello podría dañar su sistema reproductor» (Saini, 2018).

En este contexto, la periodista de The Telegraph, Julia Llewellyn, precisaba que «Gina Rippon saltó a la primera página de los periódicos del mundo a principios de 2010 cuando negó públicamente la idea de que el cerebro de las mujeres estuviera programado de manera distinta del de los hombres, un supuesto que definió como una “mentira condescendiente”».

Conversando con esta periodista, Rippon, que se confiesa «encantada por desafiar los estereotipos», sostiene en la misma línea que otras destacadas neurocientíficas, que «pueden detectarse algunas pequeñas diferencias en el cerebro entre los géneros, pero que las semejanzas son, con mucho, mayores». Y concluye categóricamente que, «en la mayoría de los estudios y experimentos no se observan diferencias por razón de sexo».

En su laboratorio de Aston, describe Llewellyn, Gina Rippon dispone desde hace años de numerosas «imágenes de secciones transversales del cerebro magníficamente coloreadas». Este material le ha permitido estudiar los cambios cerebrales a medida que se procesa información; por ejemplo, de distintos sonidos, expresiones faciales o en la lectura de un texto. Aunque los cerebros individuales responden de manera específica, Rippon y sus colegas no han detectado diferencias concretas entre las respuestas masculinas y las femeninas. Razón por la cual la científica piensa que algunos pretenden leer demasiado en los escáneres cerebrales.

Imágenes de una cabeza humana
obtenidas por resonancia magnética.

Ciertamente, como experta en el estudio de las imágenes obtenidas mediante resonancia magnética, Gina Rippon ha llegado a ser muy crítica con determinados trabajos. Así por ejemplo, denuncia ante Llewellyn que «ciertos autores se han visto secuestrados por lo que yo llamo “industria neurobasura”, afirmando que las imágenes pueden literalmente usarse para leer la mente. En base a esta errónea especulación, han escrito docenas de libros donde explican con supuesto rigor científico las razones por las que «los hombres no lloran o las mujeres no saben leer los mapas». Se atreven a sostener, continúa Rippon, que «la diferencia entre los hombres y las mujeres se debe a la biología, pues nuestro cerebro es un órgano decisivo que nos hace ser quienes somos. Sobre esto no podemos hacer nada».

La científica confiesa a Julia Llewellyn su malestar frente a ese constante uso inadecuado de las nuevas tecnologías: «Pretenden defender estereotipos que han existido siempre. La “brigada de la neurobasura” está usando técnicas científicas para conseguir que los argumentos misóginos y antiguos sean más creíbles […]. Extrapolan de forma extrema y usan caprichosamente los datos de experimentos realizados con aves o con peces para sacar conclusiones sobre los humanos, tergiversando los resultados».

Siguiendo este argumento, Rippon critica con énfasis que «es una dicotomía extremadamente simplista defender por ejemplo que “el cerebro de las mujeres está dominado por el hemisferio izquierdo, “emocional”, y el de los hombres por el hemisferio derecho, “más lógico”. El error se evidencia sobre todo cuando los datos demuestran que no todas mujeres tienen la parte izquierda del cerebro más desarrollada, y que además, algunos hombres también tienen esa zona de mayor tamaño».

En un excelente artículo, publicado en 2016 en la revista The Psycologist, Rippon escribe que los avances conseguidos gracias a los escáneres cerebrales «deberían permitir una mayor comprensión de la verdadera naturaleza de los vínculos entre el cerebro y el comportamiento, y contribuir a disipar muchos mitos. Sin embargo, la difusión pública de los hallazgos conseguidos con tales técnicas no siempre es rigurosa». La prensa populista muestra representaciones a veces recargadas o engañosas, a las que la científica incluye dentro de «la abundante neurobasura existente». Una visión que sería «capaz de afirmar que “las diferencias entre los géneros son tan profundas que los hombres y las mujeres casi podrían pertenecer a especies distintas”».

A lo ya expuesto, Gina Rippon suma las peligrosas implicaciones políticas que tiene el exacerbar esas diferencias. En su entrevista con Julia Llewellyn, explicita: «La neurobasura puede usarse como “ingeniería sexual” para reforzar los papeles y el estatus de las mujeres y de los hombres. Eres lo que tu cerebro es capaz de hacer, y si tu cerebro no puede hacer cosas complicadas como dirigir un país, diseñar un puente, iniciar una guerra, no debes intentarlo y, además, la sociedad debe impedírtelo». Irritada ante argumentos tan precarios, la neurocientífica denuncia: «Retrocedemos directamente a la época victoriana, cuando se afirmaba que las chicas no pueden recibir una educación superior porque interferiría sobre su capacidad reproductora».

En The Psycologist, Rippon insiste en que los medios populistas difunden ampliamente aquellos resultados de investigación que enfatizan alegatos biológicos deterministas, anticuados y caducos. De esta manera, consiguen alimentar la noción de que la brecha de género surge de factores cerebrales fijos que, por tanto, no podemos cambiar.

Siguiendo la misma línea que la experta británica, un creciente número de estudiosos ha denunciado los adornos con que la literatura populista viste a los hallazgos neurocientíficos para «demostrar las genuinas diferencias entre los hombres y las mujeres». Se sienten así autorizados a señalar que «el cerebro tiene la culpa» de que los sexos sean tratados socialmente de manera distinta. Y lo más deplorable, afirma Rippon, es que el público en general cree que esas deslumbrantes imágenes ofrecen un soporte científico en el que se prueba la existencia de un vinculo lineal causa-efecto entre cerebro y comportamiento (The Psycologist, 2016).

Katherine Button.

Valga recordar aquí el artículo publicado en el año 2013 por la doctora en psiquiatría de la Universidad de Bath, Katherine S. Button y sus colaboradores, en la revista Nature Reviews Neuroscience. Los autores de este trabajo ponen de manifiesto, mediante un detallado y riguroso inventario, la creciente alarma surgida entre los neurocientíficos al detectar que ciertas prácticas de investigación llevan tiempo generando resultados poco fiables que engañan al público lector.

Conversando con Ángela Saini, Gina Rippon insiste repetidamente en que las similitudes halladas entre el cerebro masculino y el femenino están reflejadas con claridad en gran número de trabajos. No obstante, añade la científica que la mayoría de ellos no son conocidos por el público en general. «Describo este hecho como un iceberg. Solo ves lo que está por encima del agua, la parte más pequeña pero más visible, debido a que muchos estudios publicados refuerzan las diferencias. Sin embargo, hay muchos otros trabajos bajo el agua en los que se afirma que no se han demostrado con rigor tales diferencias […]. Pero al final se acaba viendo nada más que la punta del iceberg».

A lo largo de su ilustrativo artículo en The Psycologist, Gina Rippon muestra su decidida oposición a considerar que los hombres y a las mujeres pertenecen a dos categorías a menudo opuestas. «La búsqueda de diferencias entre los géneros, en el mejor de los casos, genera más bien confusión que buena información», asevera la experta. Asimismo, subraya con firmeza que es necesario revisar en profundidad el concepto tradicionalmente aceptado de sexo binario.

Gina Rippon insiste en que «el mantra de “la culpa es del cerebro”, subyace a las justificaciones esencialistas del status quo»; esto es, «las diferencias biológicamente determinadas entre el cerebro de los hombres y el de las mujeres son la causa de la desigualdad». En su criterio, se trata de un error de bulto porque, no ceja en reiterar, que «nuestros cerebros no están “rígidamente programados” con características fijas e inmutables» (The Psycologist, 2016).

Reconociendo que ha habido una abundante divulgación sobre el efecto de algunos factores cerebrales, como por ejemplo las hormonas, Rippon alega estar convencida de que «no necesitamos comprender las diferencias del cerebro per se, sino cómo pueden, si es que lo  hacen, contribuir a generar comportamientos distintos entre hombres y mujeres».

La plasticidad del cerebro humano

Numerosos neurocientíficos, entre los que Gina Rippon es una figura destacada, defienden con datos cada vez más contundentes que el comportamiento «masculino» o «femenino» no es innato, sino adquirido a medida que crecemos. El cerebro es extraordinariamente plástico, explican, y se ve moldeado por el entorno, las expectativas de nuestra sociedad. «La mayor parte de la gente se comporta de acuerdo a los estereotipos de su género», afirma Gina Rippon.

En la misma senda, el respetado y ampliamente reconocido experto en neurociencia cognitiva, profesor de psicología en la Universidad de California en Santa Bárbara, Michael S. Gazzaniga, ha expresado claramente: «Nuestro cerebro se renueva a sí mismo durante toda la vida hasta un punto que hace poco se creía imposible». De hecho, un avance clave en el conocimiento de la estructura y la función del cerebro humano en las últimas décadas es precisamente el concepto de neuroplasticidad, esto es, la capacidad cerebral de cambio y adaptación.

Como muy bien afirmara en el año 2000 Anne Fausto-Sterling, los nuevos hallazgos proporcionan una poderosa evidencia de lo «entremezclado» que está nuestro cerebro con el mundo. Esta noción, tal como señala Gina Rippon, y también lo han destacado otras expertas como Cordelia Fine, Daphna Joel o Rebecca Jordan-Young, permite en la actualidad sostener que la biología y la sociedad están profundamente interconectadas, es decir, que funcionan de manera mutuamente dependiente. La plasticidad de nuestro cerebro sería uno de los mecanismos fundamentales para esta interrelación. La mayor parte de las diferencias detectadas en el comportamiento que se atribuyen y aparentan ser de naturaleza biológica, serían en realidad diferencias de tipo cultural.

Captura de pantalla de una entrevista a Gina Rippon. Trondheim Science Week 2017.

Dentro de este terreno, Gina Rippon razona que «un avance clave en nuestros conocimientos sobre el cerebro durante este siglo, impulsado por los impresionantes logros tecnológicos en la investigación, radica precisamente en que las estructuras cerebrales y sus funciones no son fijas e inmutables, ni tampoco son las mismas con independencia del contexto sociocultural».

Admitir este argumento implica abandonar la dominante aproximación esencialista, cuyo estandarte favorito sostiene que las diferencias biológicamente determinadas entre el cerebro de los hombres y el de las mujeres son la causa de la desigualdad. Quienes apoyan estas ideas, según Rippon, aún permanecen aferrados al determinismo asumido en el pasado, con poco o ningún reconocimiento del significado emergente que la plasticidad del cerebro puede tener a la hora de comprender cualquier diferencia entre los géneros.

En concreto, Gina Rippon resume su pensamiento insistiendo de modo tajante que «el cerebro humano es exquisitamente plástico, moldeable por la experiencia durante toda la vida, y además, es “permeable” en respuesta a las actitudes y expectativas, tal como lo demuestran los estudios de imágenes cerebrales». Asimismo, sostiene con meridiana claridad que «podemos comportarnos de manera diferente, pero eso no significa que hayamos nacido diferentes».

Frente a la noción de que «la biología es el destino», la típica tesis que ha prevalecido en la investigación durante las últimas décadas, se alza ahora la nueva visión de la plasticidad. Es hacia esta perspectiva a la que, según Rippon y muchos otros, debería dirigirse hoy la mayor parte de la atención. Esto implica estudiar cuidadosa y rigurosamente aquellos factores que, además de la biología, podrían determinar las características del cerebro humano (The Psycologist, 2016).

Y para terminar, traigamos a colación las palabras de esta notable estudiosa: «El avance de las nuevas, poderosas y sensibles tecnologías para estudiar el cerebro, emparejadas con una nueva comprensión de cómo este órgano refleja el mundo en que se desarrolla, debería estar revolucionando los programas de investigación y galvanizando las discusiones en los medios. ¡Así debería ser!»

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

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