La consolidación de la genética y su deuda con las científicas

En este blog hemos dedicado una serie de entradas –La fascinante eclosión de los primeros tiempos de la genética: el papel de biólogas; Edith R. Saunders: genetista precursora; Explorando nuevas fronteras: biólogas innovadoras, Dora Pertz y Florence Durham–, con el fin de dar a conocer el extraordinario papel jugado por excelentes científicas en el novedoso laboratorio de investigación genética creado a mediados de la década de 1890 en la Universidad de Cambridge.

Imagen de “On Variations in the Floral
Symmetry of certain Plants having Irregular
Corollas” de Anna y William Bateson (1891).

Creemos que una cuarta entrada es necesaria porque no nos gustaría dejar en el tintero a una parte de aquellas valiosas investigadoras que también tienen méritos para ser reseñadas y rescatadas de ese injusto olvido, tan habitual sobre la relevancia de las mujeres en distintos campos del saber y crear conocimiento.

Dirigido por el genetista William Bateson, el citado laboratorio comenzaba a funcionar con el objetivo prioritario de indagar en los problemas relacionados con la transmisión de los caracteres hereditarios en los organismos vivos. Tanto el director como sus colaboradores, defendían un proyecto de trabajo sumamente innovador, aunque la comunidad científica de la época lo consideraba arriesgado y con poco futuro.

El considerable número de jóvenes científicas que fueron incorporándose con notable entusiasmo e ilusión al nuevo centro estaba principalmente formado por botánicas, zoólogas y fisiólogas, contando además con representantes en otras especialidades, por lo que integraba a un gran equipo con miembros muy variados. Como ha señalado la historiadora de la ciencia, Marsha Richmond, algunas de estas jóvenes aún no estaban graduadas, mientras que otras tenían ya una sólida formación, acompañada de un gran interés vocacional por continuar sus trabajos en investigación avanzada en biología.

Unas de las primeras en entrar a formar parte del equipo fue Anna Bateson (1863-1928), botánica graduada del Newnham College y hermana del biólogo promotor del equipo. La científica era autora de varios artículos de botánica, incluido un importante trabajo sobre simetría floral publicado en colaboración con su hermano en 1891.

Beatrice Durham.

El trabajo de Anna Bateson ya había llamado la atención de otros botánicos europeos, incluida la del profesor alemán Carl Correns, quien posteriormente se haría muy conocido por ser uno de los codescubridores de las leyes de Mendel. Anna Bateson, sin embargo, al cabo de unos años dejó la investigación científica para dedicarse a otras actividades. Su lugar en el laboratorio fue muy pronto ocupado por la investigadora Dora Pertz, como ha señalado Marsha Richmond.

Otra figura importante de aquel naciente laboratorio fue Beatrice Durham, casada con William Bateson y hermana de la bióloga Florence Durham, que también era miembro del equipo. Beatrice se dedicó con notable entrega a colaborar en diversos aspectos de la investigación, participando muy activamente en los múltiples experimentos relacionados con el cultivo de plantas y con la cría de animales; asimismo, mantuvo un extenso e imprescindible registro de los innumerables resultados experimentales que poco a poco se iban almacenando. Marsha Richmod ha señalado que «pese a que su nombre apenas aparece en las publicaciones científicas del grupo, las contribuciones de Beatrice Durham Bateson fueron esenciales para el éxito del proyecto del equipo investigador de Cambridge». Fue, además, autora del libro William Bateson, Naturalist, publicado en 1928, donde relata los avatares del funcionamiento del equipo.

Nora Darwin.

Entre las entusiastas colaboradoras del laboratorio de genética de Cambridge estuvo también Nora Darwin (1885-1989). Esta científica, nieta de Charles Darwin, había sido alumna de Bateson, a quien describe como «un brillante profesor que, por supuesto, tenía una visión enteramente nueva de la herencia […]. Sus clases eran muy estimulantes». Nora Darwin permaneció en el equipo durante cuatro años, entre 1906 y 1910, año en que abandonó el centro para contraer matrimonio. Con posterioridad, Nora Darwin Barlow continuó con sus investigaciones en genética en el recién inaugurado John Innes Horticultural Institution, aprovechando las facilidades que ofrecía Willian Bateson, por entonces director del Instituto. En 1919, la científica se convirtió en miembro fundador de la Genetical Society.

La científica más destacada del equipo fue sin duda Becky Saunders, brillante botánica que paralelamente era directora del célebre Balfour Laboratory for Women. Esta posición le permitió interesar e incluso entusiasmar a gran número de jóvenes estudiantes de biología en el nuevo campo dedicado al estudio de los problemas de la herencia.

Edith Rebecca Saunders.

Tengamos presente que, a finales del año 1900, cuando William Bateson y Becky Saunders comenzaron a redirigir sus estudios de la herencia y la variación siguiendo las líneas mendelianas, se vieron obligados no solo a adoptar una nueva metodología sino también un estilo de trabajo diferente. Durante cinco años se habían dedicado a sus experimentos de hibridación con una mínima financiación o asistencia externa. Ahora, sin embargo, necesitaban urgentemente la incorporación de nuevos colaboradores que se sumaran a la causa para realizar los estudios experimentales sobre la herencia usando tantos organismos diferentes como fuera posible.

Bajo la dirección de Saunders y Bateson, las numerosas biólogas que se iban incorporando al laboratorio dedicaron sus esfuerzos a realizar diversos experimentos de cultivo y cría de gran variedad de organismos diferentes (ver la tabla). En esos años, Becky Saunders disponía de una parcela en el Jardín Botánico, y además usaba los jardines del Newnham College. Fue aquí donde el activo grupo de investigadoras obtuvo una inmensa cantidad de resultados procedentes de cruzamientos controlados de plantas y animales.

NOMBRE Y FECHAS INVESTIGACIÓN
Estudios experimentales sobre la variación y transmisión de los caracteres hereditarios
Becky Saunders (1865-1945) Botánica académicamente muy respetada, con extenso conocimiento de biología vegetal. Publicó numerosos trabajos sobre hibridación en plantas.
Anna Bateson (1863-1928) Autora de varios artículos muy valorados de botánica; sobre todo un estudio acerca de la simetría floral que publicó en 1891 junto a su hermano, W. Bateson.
Dora Pertz (1859-1939) Experta en fisiología vegetal, realizó importantes trabajos sobre la herencia del color de las flores en plantas del género Veronica.
Beatrice Durham (1869-1941) Casada con W. Bateson, participó activamente en experimentos relacionados tanto en el cultivo de plantas como con la cría de animales.
Florence Durham (1869-1948) Bióloga altamente cualificada, logró excelentes resultados en la herencia del color en ratones y aves. Fue una gran luchadora por los derechos de las mujeres.
Muriel Wheldale (1880-1932) Formada en bioquímica, su principal interés fue la investigación del color de las flores (Antirrhinum) y la pigmentación en diversas especies vegetales.
Nora Darwin (1885-1889) Variación en diversas especies vegetales (Oxalis y Lythrum). Fue miembro fundador de la Genetical Society.
Dorothea Marryat (1880-1928) Su trabajo experimental se basó en el estudio de la herencia del sexo y del color de ojos en aves. También trabajó en cruzamientos de plantas de Mirabilis jalapa.
Ingerna Sollas (1877-1965) Experta en morfología animal. Estudió la herencia del color en conejillos de india y en mariposas nocturnas.
Hilda Killby (1877-1962) Sus trabajos se centraron básicamente en la herencia en cabras y conejos. Asimismo colaboró en cruzamientos de plantas de guisantes.
Agnes Elliot (1863-1946) Junto a Helena Caulfield (1869-1951), realizaron numerosos cruces de plantas, Rannuculus y Salvia, y sus resultados contribuyeron al trabajo general del equipo.
Mary Hart-Davis (1875-1934) Logró importantes resultados procedentes de cruzamientos de guisantes que contribuyeron al trabajo general del equipo.

TABLA: Mujeres genetistas en Cambridge (1890-1910).

Los cuantiosos datos conseguidos y el rigor con que fueron analizados y contrastados, resultaron críticos para legitimar el mendelismo y lanzar una nueva disciplina dedicada al estudio de herencia biológica: la genética, bautizada con este nombre en 1906 por William Bateson.

Ante el elevado número de biólogas seriamente interesadas en un ámbito científico novedoso y aún poco consolidado, Marsha Richmond sostiene: «Existen numerosas razones para que estas mujeres se sintieran atraídas por el programa de investigación de Bateson. A diferencia de los estudiantes varones de Cambridge, las mujeres no tenían acceso a los canales establecidos de ayuda universitaria para participar en proyectos científicos. Por tanto, su flexibilidad para arriesgarse en ámbitos poco explorados era bastante mayor que la de sus compañeros».

Muriel Wheldale.

Richmond, en esta línea apunta: «Irónicamente, pese a estar sometidas a una dura discriminación, las mujeres de Cambridge estaban entre los estudiantes más talentosos y mejor formados de Inglaterra; de hecho, ellas proporcionaron un modelo de mujer para otras universidades de Gran Bretaña».

La historiadora continúa exponiendo que «William Bateson tuvo en este aspecto mucha suerte por conseguir la colaboración de estudiantes tan capacitadas». No obstante, también debemos tener presente que el científico fue un gran defensor de la llamada cuestión de las mujeres, habiendo apoyado enérgicamente la lucha femenina por la concesión de títulos universitarios idénticos a los de los hombres, ya que cursaban iguales estudios y se sometían a los mismos exámenes (el título universitario otorgado a las graduadas era en aquellos momentos de menor categoría que el de sus compañeros varones). Por otra parte, como bien afirma Richmond: «Trabajar con él [Bateson] aportaba una doble ventaja sobre aquellas determinadas mujeres. Les ofrecía la oportunidad de llevar a cabo una investigación en ciencias en una época en que muy escasos centros las admitían; y asimismo, les permitía demostrar que ellas eran capaces de realizar una investigación científica avanzada».

Teniendo en cuenta el contexto científico de los primeros años del siglo XX, Marsha Richmond subraya que «el proyecto del laboratorio proporcionaba a las jóvenes la oportunidad de impulsar un campo de trabajo nuevo bajo la promesa de revolucionar el conocimiento biológico. En la ola del reciente ejemplo del extraordinario triunfo de Marie Curie en el novedoso campo de la radioactividad, la expectativa de las grandes recompensas que podrían aguardar a quienes realizaran avances importantes en nuevas áreas de conocimiento pudo haber proporcionado un incentivo adicional».

En cualquier caso, insistimos, los hechos apuntan a que un considerable número de jóvenes mujeres talentosas e identificadas con su trabajo formaron parte del proyecto de William Bateson, acreditando en un corto plazo de tiempo un buen número de publicaciones con una gran cantidad de importantes resultados procedentes de su trabajo. «Fue entonces, anota Richmond, cuando empezaron a unirse al grupo estudiantes masculinos, quizás atraídos por el creciente interés mundial que la genética estaba despertando».

En suma, el impresionante cuerpo de evidencias generado en el laboratorio de William Bateson de Cambridge entre los años 1900 y 1910, permitió proporcionar validez indiscutible a la generalidad de las leyes de Mendel. Como ha quedado reflejado en diversos archivos, los miembros de aquel equipo pudieron realizar una demostración de su fuerza aprovechando la celebración en Cambridge, durante el mes de junio de 1909, del centenario del nacimiento de Charles Darwin. En el prestigioso escenario que representó esa conmemoración, el grupo de Bateson alcanzó un notable protagonismo. Igualmente, jugaron un papel principal con su activa participación en la Cuarta Conferencia Internacional de Genética (Fourth International Conference of Genetics), que tuvo lugar en París en 1911.

John Innes Horticultural Institution.

En torno a esas fechas, sin embargo, tras más de una década de solicitar y reclamar ayudas a la Universidad y a la comunidad académica en general, sin lograr éxito alguno, William Bateson estaba profundamente desilusionado. Optó entonces por abandonar Cambridge y aceptar la dirección de un  centro privado, el John Innes Horticultural Institution, situado en las afueras de Londres.

Desde esta nueva posición, y entre los años de 1910 a 1920, Bateson siguió contratando mujeres científicas; de hecho algunas de sus antiguas alumnas y colaboradoras se fueron con él y continuaron sus investigaciones en ese Instituto durante años, publicando conjuntamente diversos trabajos de considerable valor.

Las genetistas, sin embargo, cualquiera que fuera el empleo que consiguieran, continuaron siendo consideradas como figuras marginales, pese a que los expertos de su tiempo tenían conocimiento de sus significativas contribuciones en la consolidación de la genética como un fructífero nuevo campo de trabajo en biología. Los considerables éxitos alcanzados no impidieron que las mujeres continuaran sin ser admitidas como miembros con dedicación exclusiva en Cambridge, hasta una fecha tan tardía como 1946.

El caso del laboratorio de investigación de William Bateson en Cambridge no solo ilustra muy bien el papel crítico que jugaron las mujeres en la ciencia académica a comienzos del siglo XX, sino que también permite resaltar su significativa importancia en los primeros pasos de una nueva especialización biológica. Desde esta perspectiva, y aprovechando la proyección que tiene este blog, no nos parece vacuo insistir, una vez más, que la historia de la ciencia no puede entenderse sin tener en cuenta la participación de las mujeres.

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

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