La fascinante eclosión de los primeros tiempos de la genética: el papel de biólogas

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Los historiadores de la ciencia han ignorado durante largo tiempo el importante papel desempeñado por numerosas mujeres científicas en el nacimiento de una de las disciplinas que más ha influido en la biología del siglo XX: la genética. Se trata de una omisión notablemente desafortunada dada la calidad del trabajo por ellas realizado y la trascendencia que tuvo para la consolidación de los estudios de la herencia y su poderosa expansión posterior.

Entre las diversas investigaciones recientemente emprendidas con la finalidad de  recuperar y dar a conocer la obra de aquellas valiosas biólogas, nos interesa destacar aquí el trabajo de la respetada historiadora de la biología y profesora de la Universidad de Wayne, Detroit, Marsha Richmond (2001). Esta autora aporta una inestimable información sobre el laboratorio de investigación dirigido por el gran genetista británico, William Bateson. En este centro, situado en Cambridge, se consolidaron los fundamentos de la genética mendeliana, esto es, el estudio de las proporciones en que se heredan los caracteres definitorios en los organismos vivos.

Valga recordar que William Bateson fue una figura crucial en la historia temprana de la genética, puesto que luchó por demostrar el potencial del mendelismo para desenmarañar los secretos de la herencia. Pese a que el interés por la capacidad de los organismos vivos para transmitir sus rasgos a sus descendientes puede rastrearse hasta los tiempos de Aristóteles, los biólogos llegaron a mediados del siglo XIX sin poder explicar un hecho tan universal. Solo habían logrado formular diversas teorías que apenas tenían evidencia empírica, ya que resultaba muy difícil encontrar pruebas experimentales convincentes que permitieran establecer un consenso entre los expertos.

Pisum sativum.

En los años 1865 y 1866, el monje checo Gregor Mendel, hoy considerado un adelantado a su tiempo, hacía públicos los resultados de un amplio y cuidadoso conjunto de experimentos de cruzamientos de hibridación, utilizando distintas variedades de plantas de guisantes, Pisum sativum. En este trabajo demostraba por primera vez que los caracteres hereditarios, controlados por factores concretos, se transmiten de una generación a otra siguiendo leyes precisas. Sus resultados, sin embargo, pasaron inadvertidos para la comunidad de su tiempo hasta su redescubrimiento en 1900.

Fue entonces cuando los estudios sobre la herencia empezaron a cobrar fuerza, principalmente como un campo de investigación altamente experimental con elevadas expectativas de utilidad. El reconocimiento de la importancia de una experimentación rigurosa y sistemática, y la expresión de los resultados observados en forma cuantitativa mediante el recurso a la estadística, representó un poderoso avance totalmente novedoso para la biología de la época.

En este contexto, tuvo una enorme trascendencia el magnífico proyecto de investigación realizado en el laboratorio que William Bateson dirigía en Cambridge. El éxito alcanzado por los resultados de sus numerosos y cuidados cruzamientos controlados de plantas y animales, despertó un atractivo interés en sus colegas a nivel nacional e internacional.

Las primeras genetistas que acuden a la cita y entran en acción

Como apuntábamos más arriba, muy pocos historiadores de la ciencia han reconocido que la demostración y consolidación de las leyes de Mendel se logró en gran medida gracias a la importante labor llevada a cabo por numerosas biólogas. Tal como ha defendido Marsha Richmond, del grupo de trece investigadores estrechamente relacionados con el programa original que formaban el equipo de Bateson, siete fueron mujeres.

El científico contó en su grupo con botánicas, zoólogas y fisiólogas asociadas al Newnham College de Cambridge (fundado en 1871), las cuales se embarcaron en un ambicioso proyecto de trabajo durante una época en que el mendelismo no era aún reconocido como campo científico de estudio. Mediante un amplio conjunto de experimentos de cultivo y cría de gran número de especies vegetales y animales, entre los años de 1900 y 1910, las investigadoras obtuvieron múltiples evidencias decisivas que les permitieron verificar y extender las leyes de la herencia de Mendel.

Ciertamente, el meritorio trabajo de Richmond, una auténtica indagación, ofrece datos muy concretos y detallados que demuestran que las biólogas británicas de comienzos del siglo XX fueron un factor considerable –junto a otros factores de carácter científico, institucional, social y político– en el establecimiento de la genética como una nueva disciplina.

La situación de las mujeres en Cambridge en aquella época, creemos que tiene interés recordarlo, era muy poco estimulante. Las estudiantes debían enfrentarse a constantes desafíos, pues si bien ya desde mediada la década de 1870 habían logrado el acceso a clases de ciencia y a los laboratorios, no tenían derecho a titulación. Incluso en una fecha muy posterior, concretamente en mayo de 1897, ante sucesivas demandas por parte de las mujeres, la comunidad científica optó por continuar hurtándoles el derecho a obtener un título universitario.

Después de ese año, la situación empeoró aun más. Encontrar una plaza en un laboratorio universitario, cuyo acceso estaba controlado por profesores normalmente de ideología conservadora y misógina, no se volvió para ellas algo altamente problemático, sino prácticamente imposible. Un lamentable caso de flagrante discriminación que no era muy distinto en otros países, ya fuera en Europa, Estados Unidos u otros lugares.

Volviendo al laboratorio dirigido por Bateson, en los años comprendidos entre 1900 y 1910, pese al clima hostil de la comunidad universitaria ante la participación de las mujeres y las escasas oportunidades que se les brindaba, Marsha Richmond subraya que la buena disposición del científico para aceptar a estudiantes ya formadas en su equipo de investigación proporcionó una valiosa oportunidad a las biólogas. Las jóvenes, deseosas de emprender una investigación de posgrado y con decididas aspiraciones a seguir una carrera académica, ambicionaban establecer su posición como investigadoras avanzadas. Querían «demostrar al mundo que las mujeres podían hacer un trabajo serio». Y lograron con creces su objetivo.

Cruzamiento monohíbrido mendeliano.

En una época que fue crucial para consolidar la validez de las leyes de Mendel, esas entusiastas pioneras supieron aprovechar la oportunidad que se les ofrecía. Junto a unos pocos compañeros varones, realizaron multitud de ensayos básicos de cría selectiva de plantas y animales, logrando desarrollar un excelente e innovador trabajo de investigación. El equipo consiguió poner a punto una nueva metodología de experimentos de hibridación controlados, con resultados espectaculares. Las entonces llamadas científicas mendelianas despertaron la atención y el interés de gran número de expertos, tanto nacionales como internacionales.

Hacia 1906, el mendelismo había ganado un creciente reconocimiento internacional como legítimo y fructífero campo de estudio, dentro del cual el trabajo del equipo de Cambridge ocupaba una posición prominente. Fue en ese mismo año, durante la Tercera Conferencia Internacional de Genética (Third International Conference) realizada en Londres en 1906, cuando Bateson propuso públicamente el término genética para definir la nueva aproximación a los problemas de la herencia. Unos años más tarde, en 1910, el equipo lograba fundar un órgano para la publicación de sus trabajos: la revista Journal of Genetics. Aspectos que pueden interpretarse –el nuevo nombre y la revista–, según diversos historiadores, como unos de los prerrequisitos para el establecimiento de una disciplina científica.

El interés generado por el laboratorio de Bateson, sin embargo, no se limita a sus excelentes resultados. Tiene además el valor adicional de ilustrar asuntos cruciales sobre la incorporación femenina a la vida académica. Como señala Marsha Richmond, la bullente actividad de aquel equipo ofrece «una inestimable oportunidad para explorar la situación a la que se enfrentaron las mujeres científicas de Cambridge en un momento crítico al empezar el siglo XX».

El análisis en profundidad de los abundantes y originales resultados conseguidos, demuestran sin lugar a dudas que «el trabajo realizado por las investigadoras proporcionó un soporte empírico esencial para la validez del mendelismo, así como varios avances teóricos esenciales». Revela asimismo que figuras prominentes dedicadas al estudio de los problemas de la herencia, tanto de Europa como de los Estados Unidos, empezaron a citar con creciente frecuencia el trabajo de estas biólogas, haciéndose eco en diversas ocasiones de sus avances en las líneas de su propia investigación.

Este contexto de la intrahistoria de la ciencia permite esclarecer otra importante faceta: el papel desempeñado por los tutores o mentores masculinos para facilitar la participación de las mujeres en la ciencia. Veamos.

La decisiva influencia de los tutores en la carrera de las mujeres científicas

Miss Cayley, Beatrice y William Bateson y Miss Pellew (1919).

William Bateson se destacó por poseer una valiente visión adelantada a su tiempo; muy pronto comprendió que las mujeres académicamente formadas y deseosas de continuar con su carrera profesional, representaban una fuente de talento de incalculable valor para la investigación científica. Esta positiva actitud hizo de él un excelente mentor o tutor para un elevado número de biólogas que encontraron en su laboratorio un entorno de trabajo sumamente estimulante.

Los historiadores de la ciencia reconocen que la necesidad de un buen mentor masculino había sido durante largo tiempo un prerrequisito casi imprescindible para la incorporación de las mujeres a la vida académica. El tutor no solo tenía la función de ayudar o dirigir un determinado proyecto; también formaba parte de su papel mediar entre su estudiante y la amplia comunidad científica, tanto dentro como fuera de la universidad e instituciones investigadoras. Tal labor incluía servir como intermediario con las sociedades profesionales, los órganos de publicación, los especialistas en el campo de análisis y aquellos que podían ofrecer oportunidades para el avance de la carrera de las colaboradoras, incluyendo becas de investigación y futuros empleos.

No olvidemos que cuando las mujeres entraron por primera vez en las universidades a finales del siglo XIX, sus puestos de trabajo eran usualmente inestables y precarios. Los mentores o tutores les resultaban entonces de gran importancia. La experiencia histórica demuestra, como apunta la profesora de la Universidad de Ámsterdan, Ida H. Stamhuis, lo difícil que habría sido para ellas (por no decir imposible) alcanzar por sí mismas una posición de científicas independientes en las redes académicas de aquellos años.

Por otra parte, sostiene Marsha Richmond, no hay que olvidar que los beneficios de la relación con el mentor eran mutuos. Por ejemplo, el apoyo al trabajo de jóvenes mujeres interesadas y competentes permitió a no pocos biólogos masculinos que se hallaban en circunstancias marginales, avanzar en novedosos campos de investigación, así como en sus propias carreras, logrando méritos que solo por sí mismos probablemente no habrían alcanzado.

La relación con los tutores, sin embargo, podía convertirse en un arma de doble filo. Si bien éstos facilitaban la participación de las mujeres en la ciencia académica, tal respaldo podía volverlas «invisibles». En ciertos casos, las contribuciones femeninas se encontraban tan estrechamente asociadas al nombre del tutor, que el reconocimiento del esfuerzo de ellas podía resultar injustamente minimizado. No obstante, sostienen diversas autoras, el acuerdo merecía la pena. Por este camino, casi ineludible, muchas mujeres consiguieron la oportunidad de realizar contribuciones valiosas a una disciplina científica emergente; y, además, hacerlo en la etapa crítica de su desarrollo, estableciendo así sus credenciales como científicas investigadoras. Faceta que queda claramente ilustrada con los acontecimientos del laboratorio de William Bateson en Cambridge, al que hemos venido poniendo de ejemplo.

En su libro Mendel’s Principles of Heredity, Bateson reconocía que la genética, sin la asistencia de las científicas, «habría dispuesto, en lo que a Cambridge concierne, solo de magras contribuciones que registrar».

En este contexto, también debemos tener en cuenta que, una vez establecidas como científicas reconocidas, la mayor parte de las investigadoras del laboratorio de Cambridge, aunque inicialmente necesitaron casi de forma obligada el apoyo del científico que las amparaba, con posterioridad fueron capaces de abrirse camino por sus propios méritos en el mundo académico. Situación que guarda un claro paralelismo con la observada en otros centros y con otros tutores.

La excitación de expectativas vivida en esos años por las jóvenes y entusiastas investigadoras, y por sus compañeros varones, ha sido relatada por la esposa de Bateson, Beatrice, en su libro William Bateson, Naturalist, publicado en 1928 y dedicado a la memoria de su marido. Pese a que ella nunca estudió ciencias en la universidad, fue una activa participante en las indagaciones del equipo, ayudando al cuidado de muchos organismos criados en su casa, registrando datos de esas crianzas y facilitando el trabajo de los miembros del grupo, la mayoría de los cuales pasaban un tiempo considerable en su vivienda situada a poca distancia en las afueras de Cambridge (Richmond, 2001).

Para terminar, nos parece de interés subrayar que la falta de reconocimiento a las contribuciones de las mujeres que ayudaron a establecer el mendelismo ha acarreado significativos errores históricos. Entre los hechos más destacados, sostiene Marsha Richmond, está el que su intencionada invisibilidad ha generado una imagen «sobremasculinizada» de los inicios de la genética, incluso, repetimos, a pesar de que sus colegas contemporáneos tenían conocimiento del fuerte protagonismo de las mujeres científicas en este campo.

Con tal omisión, continúa esta experta, se excluyó la rica dimensión social que las biólogas proporcionaron a su ámbito de estudio. De hecho, al recuperar las significativas aportaciones que las mujeres de Cambridge hicieron al programa de investigación mendeliana se introduce una complejidad colateral a las dimensiones históricas de la genética, en general. La profesora Ida Stamhuis, a propósito de esos aparentes «olvidos», mantiene con firmeza que estas desatenciones ponen de manifiesto que ha habido una «sistemática infravaloración de los logros científicos de las mujeres» en la historiografía de la genética.

Por ello, queremos concluir esta entrada diciendo que nuestra intención es que sirva de adelanto a próximas reseñas de las vidas y las aportaciones sobre las investigadoras más destacadas que iniciaron su carrera académica en el hoy célebre laboratorio de William Bateson.

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

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