Compañeras invisibles I: Mary Morland

Bajo este título pretendemos sumarnos al perseverante esfuerzo realizado por diversas autoras y también autores con el fin de despejar un camino abusivamente enmarañado. Me refiero al lamentable olvido en que habitualmente ha caído el trabajo de mujeres naturalistas ocultas bajo la sombra de maridos prestigiosos. Estos últimos son hoy recordados en los libros o manuales de Ciencias Naturales con notable respeto y consideración.

Muchos de esos naturalistas, sin embargo, tuvieron meritorias esposas que contribuyeron incansables al desarrollo de una obra donde casi nadie las reconoce. Si bien en las últimas décadas se han realizado significativas aportaciones para recuperar esas nobles figuras femeninas, los viejos prejuicios están todavía muy arraigados. Aún hoy, entrado ya el siglo XXI, insistir en la divulgación de sus personalidades sigue siendo un quehacer necesario. Traemos aquí, sólo como botón de muestra, a cuatro valiosas mujeres naturalistas decimonónicas.

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Mary Morland y William Buckland

En la primera mitad del siglo XIX las ciencias naturales estaban empezando un irreversible proceso de secularización que, abriendo nuevos caminos, terminaría por romper las tradicionales ataduras con la Teología. Este contexto de transición hacia la modernidad constituyó un caldo de cultivo idóneo para la configuración de nuevas disciplinas y la proliferación de importantes autores con novedosas teorías.

Ahora bien, si dirigimos el foco de nuestra atención a la biografía de los naturalistas que iban adquiriendo cierto nombre, resulta fácil detectar que muchos de ellos contrajeron matrimonio con mujeres instruidas, curiosas e inteligentes que habían empezado algunas actividades en relación con la historia natural con anterioridad al matrimonio. En numerosos casos, las inquietudes intelectuales de estas mujeres las llevaron después de casadas a convertirse en activas, y a veces imprescindibles, colaboradoras de sus maridos a lo largo de muchos años o de toda la vida.

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Mary Morland

Tal es el caso de Mary Morland (1797-1857), que ya era una naturalista distinguida cuando se casó con el profesor de Oxford William Buckland (1784-1856), un respetado teólogo y naturalista. El prestigio de esta mujer como geóloga era lo suficientemente conocido como para que Buckland, trece años mayor que ella, en un momento de su carrera desease entrevistarla con el fin de discutir juntos algunos de sus descubrimientos.

Según ha relatado Deborah Cadbury (2001), basándose en los archivos familiares, un día en que la joven Morland viajaba en un carruaje de regreso a su casa se sorprendió al observar que un compañero de viaje iba leyendo el mismo libro que ella. Se trataba de una nueva obra sobre fósiles escrita por el afamado naturalista francés Georges Cuvier. A pesar de que en aquellos tiempos no era correcto que un hombre y una mujer entablasen conversación sin haber sido previamente presentados, Morland y Buckland se sintieron tan intrigados al ver a alguien con un libro tan poco frecuente que, saltándose la etiqueta, iniciaron un diálogo sobre el tema que a ambos apasionaba. Descubrieron que el científico viajaba precisamente para encontrarse con ella y discutir algunos de sus últimos hallazgos.

Poco después de este encuentro, en 1825, Mary Morland y William Buckland se casaron. El viaje de novios consistió en una excursión de casi un año de duración por toda Europa. A partir de ese momento, Mary fue la compañera de su marido en numerosas expediciones geológicas y colaboró intensamente con él en la identificación y reconstrucción de gran parte de los fósiles que recogieron, así como en la ilustración y redacción de su amplia obra.

William Buckland
William Buckland

Recordemos que Buckland era un naturalista muy reconocido, hoy considerado como uno de los fundadores de la Geología. Entre sus numerosos trabajos destaca su participación en el primer mapa geológico de las islas británicas conteniendo los estratos que mostraban las diversas capas de cada región y los fósiles descubiertos en ellas. En el grupo de naturalistas que construyó estos primeros mapas también participaron algunas mujeres, como la geóloga aficionada Mary Cole y las hermanas Talbot.

Buckland, sin embargo, manifestó a lo largo de toda su vida un claro sesgo contra la participación de las mujeres en la Ciencia, tal como queda reflejado en una de sus cartas, escrita en 1832, en relación a una reunión de científicos: «Todo aquel con el que he hablado sobre el tema está de acuerdo en que si la reunión va a tener alguna utilidad científica, las mujeres no deberán asistir a la lectura de los artículos […], ya que ello convertiría el evento en una especie de mitin ambiguo en vez de una reunión filosófica seria de hombres trabajadores.»

Buckland llama notablemente la atención por su postura incongruente: es un misógino que contó con la constante ayuda profesional de su esposa a lo largo de toda la vida. De hecho, figuró entre los autores elegidos por el presidente de la Real Sociedad de Londres, el arzobispo de Canterbury y el obispo de la capital inglesa, para escribir un libro que ilustrara el «poder, sabiduría y bondad de Dios, según se manifiesta en las obras de la creación», patrocinado por el famoso legado de Bridgewater –cuyo fin era subvencionar obras de Teología natural y el resultado fue una serie de libros entre los que se encontraba el de Buckland–. Mary Morland participó en ese célebre estudio cooperando intensamente con excelentes ilustraciones que mejoraron de manera sensible la calidad de la obra publicada.

El matrimonio, en realidad, formó un fructífero equipo durante muchos años aunque, como era de esperar, ella siempre cedió el protagonismo público a su marido. Según el testimonio recogido por Marilyn Bailey Ogilvie (1990), un hijo de la pareja, Frank Buckland, relataba con respecto a su madre: «No sólo era piadosa, amable y una excelente compañera para mi padre; sino que estaba naturalmente dotada con una gran fuerza mental, el hábito del orden y la perseverancia, y un notable espíritu crítico, ella ayudó materialmente a su marido en sus tareas literarias, a las que a menudo proporcionaba un brillo que añadía no poco valor a sus méritos. Durante el largo período en que el Dr. Buckland estuvo comprometido en la redacción el Tratado de Bridgewater, mi madre se sentó noche tras noche durante semanas y meses consecutivos, escribiendo lo que mi padre le dictaba; y esto, a menudo hasta que los rayos del sol, brillando a través de los postigos temprano por la mañana, advertían al marido que dejase de pensar y a la esposa que descansara su agotada mano.»

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Además de haber contribuido con su esfuerzo a las publicaciones de su marido, Mary Morland Buckland también ilustró bellamente las obras del geólogo William Conybeare y del célebre paleontólogo Georges Cuvier. Fue una mujer capaz de desplegar una enorme actividad. Como han señalado diversas autoras, entre ellas Uta Frith, profesora de desarrollo cognitivo en el University College en Londres y miembro de la Royal Society de Londres: «Mary Morland Buckland tuvo nueve hijos, de los cuales sobrevivieron cinco, y ella fue la encargada de educarlos en casa. […]. También enseñó en la escuela de un pueblo cercano, Islip, y trató de establecer una biblioteca para trabajadores. Luego de la muerte de su esposo, Morland se dedicó al estudio microscópico de organismos marinos», además de sostener por sí sola su casa y familia.

Uta Frith, ha expresado su admiración ante los extraordinarios dibujos realizados por la Mary Morland en los que muestra con exquisito detalle las propiedades anatómicas de los fósiles y, al mismo tiempo, subraya con orgullo que «aquí, en la Royal Society, tenemos algunas [de esas magníficas ilustraciones]».

Es muy difícil establecer con precisión todas las aportaciones que hizo Mary Morland a la ciencia, ya que la mayor parte de su trabajo, insistimos, estuvo inmersa en la obra de su marido. Pero es de justicia recordar que colaboró con él en corrigiendo su prosa, y logró que ésta alcanzara una notable calidad muy admirada por sus lectores. Y, además de ilustrar exquisitamente los libros publicados solo bajo la autoría de su esposo, tomó acertadas notas de diversas observaciones que realizaban en sus expediciones y en sus trabajos en casa. Asimismo, Mary Morland ordenó, reparó, clasificó y dibujó la gran colección de fósiles de que disponían; la mayor parte de esos fósiles está hoy expuesta en el Museo de Oxford.

Los especialistas en el tema coinciden al afirmar que Mary Morland fue una mujer de mucho talento y con gran interés por la Paleontología. Contribuyó notablemente al avance de su disciplina aunque, al igual muchas otras mujeres, para alcanzar sus metas tuvo que realizar considerables esfuerzos y hacer gala de una sorprendente fuerza de voluntad. Mary Morland, insuficientemente recordada, logró sobreponerse a las injustas humillaciones a las que se veían sometidas las mujeres de su tiempo, aquellas «intrusas» que deseaban dedicarse a la ciencia, un mundo exclusivo de los hombres.

Referencias

  1. Cadbury, D. (2001). Los cazadores de dinosaurios. Ed. Península. Barcelona
  2. Frith, U. (2011). Females, Fossils and Hyenas – part 1. Blogs: The repository. The Royal Society. Retrieved 2012-09-24
  3. Martínez Pulido, C. (2006). La presencia femenina en el pensamiento biológico. Minerva Ediciones. Madrid
  4. Olgivie, M.B. (1990). Women in Science. MIT Press. Massachusetts

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

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