Nina Starr Braunwald, la cirujana que dio forma con sus manos a los recambios para el corazón

Vidas científicas

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Nina Starr Braunwald, la cirujana que dio forma con sus manos a los recambios para el corazón

El historiador griego Plutarco recogió en uno de sus textos lo que se conoce como la paradoja del barco de Teseo. Esa paradoja consiste en plantearse si un barco que sale de un puerto, y durante el viaje va reemplazando todas sus piezas sigue siendo el mismo barco, o si por el contrario no puede considerarse que sea la misma nave ya que no conserva ninguna de las partes que lo formaba cuando partió.

Es intrigante pensar, aunque no podamos saberlo, si cuando a mediados del siglo XX la cirugía cardíaca se encontraba a las puertas de la revolución que causaría el desarrollo, experimentación y finalmente generalización de prótesis cardíacas, sus protagonistas se plantearían esta paradoja, aplicada a su propio campo: ¿es un corazón al que se le van reemplazando distintas partes el mismo corazón que latía en origen en el pecho del paciente intervenido?

Nina Braunwald. Research Gate.

Nina Starr Braunwald, médica y cirujana, desarrolló su carrera en esa época, cuando operaciones de corazón que hoy resultan, si no rutinarias, al menos habituales, estaban empezando a concebirse como posibles gracias a nuevas técnicas quirúrgicas. Ella reunía en su perfil profesional y científico dos aspectos esenciales en este desarrollo: por un lado, evidentemente, el de una cirujana, pero por otro, y esto resultaba menos evidente de partida pero igual de esencial, el de una persona acostumbrada a construir cosas con sus propias manos, ya que ella misma diseñó y fabricó algunas prótesis que probó experimentalmente y finalmente implementó en sus pacientes.

De construir cosas a operar

Nina Starr nació el 2 de marzo de 1928 en Brooklyn, Nueva York. Hija de un médico, desde pequeña mostró habilidad para trabajar con las manos: construía objetos, pintaba y dibujaba. Estudió Medicina en la Universidad de Nueva York. Aquella combinación entre el interés por la medicina y el trabajo manual terminaría orientándola hacia la cirugía.

En 1952 comenzó sus prácticas y residencia en el Bellevue Hospital de Nueva York, donde fue una de las primeras mujeres que se formaron en cirugía general. Continuó después su preparación en el Georgetown University Medical Center y realizó una estancia posdoctoral en el laboratorio del cirujano Charles Hufnagel, uno de los pioneros en el desarrollo de válvulas cardíacas artificiales.

La cirugía del corazón era entonces un campo reciente. Las técnicas capaces de mantener artificialmente la circulación y la oxigenación de la sangre durante una operación permitían, desde hacía poco tiempo, trabajar dentro de un corazón temporalmente detenido sin perder la vida del paciente. Eso abría posibilidades que pocos años antes habían sido imposibles, como la de tratar válvulas dañadas y sustituirlas por dispositivos artificiales. Braunwald se incorporó al entonces llamado National Heart Institute y comenzó a trabajar en la Clínica de Cirugía.

Una pieza nueva dentro del corazón

Las válvulas cardíacas cumplen una función esencial en la circulación sanguínea: hacer que la sangre circule en la dirección correcta al contraerse el corazón, impidiendo que ésta retroceda cuando el corazón se expande de nuevo. La válvula mitral cumple esa función entre las dos cavidades izquierdas del órgano, y cuando está dañada, el mecanismo deja de funcionar correctamente y la salud del paciente se ve afectada. Hoy existen distintas opciones para reparar o reemplazar válvulas enfermas, pero a finales de los años cincuenta desarrollar una prótesis capaz de cumplir esa función seguía siendo un desafío técnico y quirúrgico.

Braunwald centró parte de su investigación en ese problema, trabajando para desarrollar una prótesis que pudiese sustituir completamente la válvula mitral. En 1959 publicó sus resultados, un dispositivo que utilizaba láminas flexibles de poliuretano y tiras de teflón para desempeñar la función de las cuerdas tendinosas, las estructuras que ayudan a controlar el movimiento de la válvula natural. Antes de utilizarlo en una persona, Braunwald lo probó en una serie de experimentos con perros.

El 11 de marzo de 1960 llegó el momento de utilizarlo en una paciente humana. Era una mujer de 44 años con insuficiencia mitral y fallo cardiaco muy avanzado. Braunwald y su equipo sustituyeron su válvula mitral por la prótesis que había diseñado. La intervención se realizó utilizando circulación cardiopulmonar artificial. La evolución posoperatoria fue buena y la paciente pudo abandonar el hospital. Murió de forma repentina cuatro meses después, probablemente a consecuencia de una arritmia.

Nina Braunwald operando. Research Gate.

La intervención no convirtió aquel primer diseño en una solución definitiva ni eliminó todos los problemas asociados a las prótesis valvulares, pero sí demostró que era posible sustituir por completo una válvula mitral humana por un dispositivo artificial y que una paciente podía recuperarse de la operación y regresar a casa. Aquella intervención es considerada el primer reemplazo exitoso de una válvula mitral.

Diseñar para que el cuerpo acepte una máquina

Entre 1965 y 1968 fue subdirectora de la Clínica de Cirugía del Instituto Nacional del Corazón. Braunwald continuó trabajando en el desarrollo de prótesis cardiacas. Uno de los principales problemas de introducir materiales artificiales en el sistema circulatorio es el riesgo de que favorezcan la formación de coágulos y trombos que causen graves daños al paciente, incluso la muerte.

A finales de los años sesenta, Braunwald comenzó a colaborar con los Laboratorios Cutter en una nueva válvula mecánica que intentaba reducir ese problema mediante el recubrimiento de partes de la prótesis con tejido sintético. La idea era favorecer que el tejido del propio paciente creciese sobre aquella superficie reduciendo así el riesgo de aparición de coágulos.

El resultado fue la válvula Braunwald-Cutter, una prótesis mecánica cuya utilización clínica comenzó en 1968 y que llegó a implantarse en miles de pacientes. No era simplemente una mejora de la primera válvula, sino que representaba otro intento de resolver uno de los problemas fundamentales de cualquier prótesis situada dentro del corazón: la interacción entre los materiales artificiales y la sangre.

Sin embargo, y aunque se utilizó ampliamente, esta válvula y la solución que proponía suponía sus propios problemas: con el tiempo el recubrimiento de la Braunwald-Cutter se iba deteriorando, y su utilización clínica acabó abandonándose. El Museo Smithsonian conserva ejemplares de estas válvulas y las presenta como un ejemplo de una idea de ingeniería puntera y razonable en su momento que, en la práctica, mostró limitaciones importantes.

En 1968 dejó el NIH y se trasladó a la Universidad de California en San Diego, donde ocupó un puesto como profesora asociada de cirugía y creó un programa de cirugía cardiovascular. En 1972 se trasladó a Boston como profesora asociada de cirugía en Harvard Medical School y desarrolló su actividad en distintos hospitales de la zona, entre ellos Boston Children’s Hospital, Brigham and Women’s Hospital y el hospital de veteranos de West Roxbury.

Braunwald siguió investigando otras formas de reemplazar válvulas y de reducir la formación de coágulos alrededor de prótesis y dispositivos de asistencia circulatoria. Entre sus contribuciones estuvieron el desarrollo de injertos de la válvula aórtica de un donante (llamados homoinjertos) para utilizarlos como sustitutos de la válvula mitral y el empleo experimental de cultivos de tejidos sobre superficies artificiales.

Una cirujana donde casi no había mujeres

Todo aquello ocurrió además en una especialidad en la que la presencia femenina brillaba por su prácticamente completa ausencia. Braunwald fue la primera mujer certificada por el Consejo Estadounidense de Cirugía Torácica y también la primera elegida miembro de la Asociación Estadounidense de Cirugía Torácica.

Su trayectoria profesional convivió con una vida familiar igualmente intensa. Estuvo casada con el cardiólogo Eugene Braunwald y tuvieron tres hijas. Las biografías institucionales que reconstruyen su carrera señalan explícitamente el esfuerzo que supuso compatibilizar la maternidad con las exigencias de la cirugía cardiaca en una época en la que apenas había mujeres siguiendo ese camino profesional.

Nina Starr Braunwald murió en 1992, a los 64 años.

Referencias

Sobre la autora

Rocío Benavente (@galatea128) es periodista.

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