La huella en la Antártida de la bióloga Josefina Castellví
La vida y la obra de la oceanógrafa Josefina Castellví está escrita con letras mayúsculas en la historia de la exploración científica en la Antártida. Su pasión por la investigación, por la naturaleza y por poner la ciencia polar española en el mapa mundial fue reconocido en vida, pero podría serlo más. Fallecida el 26 de febrero de este año, su valioso archivo personal y fotográfico acabó en un mercadillo en Barcelona, como reveló La Vanguardia unos días después. Fue la primera, y hasta ahora única mujer, en dirigir una base antártica, en cuya creación se empeñó en la década de 1980. También sigue siendo la única que ha dirigido el programa científico antártico en este país.

Me pregunto si mi experiencia de vida en la Antártida no puede considerarse como un experimento sobre un modelo de sociedad deseable para el futuro de la humanidad, que estuviera basado en la paz, la tolerancia, la comprensión y el respeto por la vida natural.
Estas palabras de su libro Yo he vivido en la Antártida son la mejor introducción para acercarse a su persona. Dicen quienes trabajaron con ella que nunca aceptaba un ‘no’ por respuesta, que era humilde con sus logros y empática con el trabajo de quienes la rodeaban.
Josefina Castellví i Piulach, Pepita para sus amigos, nació el 1 de julio de 1935, en la Barcelona de la Segunda República en el seno de una familia de clase media. Su padre, cardiólogo, la animó a seguir estudiando cuando, ya en plena dictadura, pocas mujeres lo hacían. Apasionada por la naturaleza, y sobre todo del mar, si bien empezó Medicina pronto cambió a Ciencias Biológicas, una carrera en la que licenció a los 21 años en la universidad de su ciudad. Fue una de las dos únicas personas de su promoción que acabó cuando correspondía. Inmediatamente después, dado que la única salida que se le ofrecía era la enseñanza, la joven logró una beca del Gobierno francés para irse a la prestigiosa Universidad de La Sorbona para especializarse en oceanografía y poder hacer lo que quería: investigar. Allí pasó tres años dedicada al estudio experimental de los microbios y bacterias en ambientes marinos, lejos de la opresiva situación de la ciencia durante esos años de la dictadura.
«Hijita, esto no es para mujeres»
De vuelta a España, en 1960, se topó con la cruda realidad de una sociedad que había relegado a las mujeres al ámbito doméstico. Cuando fue a pedir trabajo al Instituto de Investigaciones Pesqueras (después el ICM-CSIC) la respuesta fue expeditiva: “Hijita, te has equivocado, esto no es para mujeres”. Ese ‘esto’ eran los laboratorios científicos. Lejos de rendirse, Pepita se sirvió una estratagema para hacerse un hueco en el lugar: les pidió un espacio para redactar su tesis doctoral, que culminó en 1969. Ya no dejó su trabajo.
Como tenía claro que su futuro era la ciencia, no tardó en pedir a sus jefes poder participar en expediciones oceanográficas, como ya había hecho en Francia, pero también eso le fue negado por su género: las mujeres no podían embarcarse porque se creía que daban mala suerte en alta mar. Fue tanta su insistencia que al final la dejaron participar en una, que superó con éxito y que sería seguida a lo largo de su vida de otras 36 campañas. Había abierto la puerta a la participación de otras muchas mujeres en las expediciones marinas. En aquellas primeras campañas su foco estaba puesto en el estudio de los microorganismos y sus reacciones a la luz, los nutrientes y la contaminación industrial, que ya se dejaba notar en el océano. Publicó numerosos artículos sobre estos asuntos.
Su vida dio un vuelco a finales de 1984, cuando con casi 50 años logró una plaza en la expedición antártica del buque argentino Almirante Irízar. “Mi primer viaje estuvo marcado por dos tendencias, una científica y la otra de índole más espiritual, relacionada con la aventura del viaje”, reconoce en su libro. Junto a Marta Estrada, fueron las primeras españolas en viajar hasta allí, en compañía de su maestro el biólogo Antoni Ballester. A su vuelta, tenían claro que España tenía que fundar una base en la Antártida.
Este empeño fue acogido con reticencias de las autoridades, que veían muy lejos el continente. En 1986, Pepita, Ballester y otros dos científicos tomaron la audaz decisión de desembarcar solos, con apoyo internacional en el traslado, en la Isla Livingston de la Península Antártica, y montar allí un campamento que se calificó de ‘suicida’ en el lugar que consideraron apropiado, una zona de playa de rocas despejada de glaciares donde pusieron sus tiendas de campaña. Querían demostrar, y lo lograron, que España podía hacer ciencia en ese inhóspito lugar. Al año siguiente, el Gobierno financió la instalación de unos contenedores más acogedores, la semilla de la Base Antártica Juan Carlos I, inaugurada oficialmente en 1988.
Tras enfermar Ballester, Josefina fue nombrada como su directora entre 1989 y 1995. Por entonces podían vivir allí una docena de personas durante cuatro meses al año, un periodo que proporcionó mucho conocimiento y muchas más emociones, al ser un laboratorio natural único cuyo hielo recoge la historia del planeta. Además, desde 1988 el país fue incluido en el Tratado Antártico que rige la actividad en el continente. Hay que recordar que no existía internet e incluso había que derretir agua para beber.

Josefina no solo dirigía la base en las campañas anuales, sino que en 1989 fue nombrada también responsable del Programa Nacional de Investigación Antártica, un cargo que ocupó hasta 1995 y para el que no ha sido nombrada desde entonces ninguna otra científica. Para entonces había ido dejando la ciencia experimental para centrarse en lo que debía ser la estrategia polar española. Fueron años en los que consolidó un presupuesto específico para investigar en el sur del mundo –era la encargada de dar el visto bueno a los proyectos– y se afianzó la cooperación con otros países, una tarea nada fácil. Solía bromear con que era más fácil vivir a 30 grados bajo cero que bregar con la burocracia de la capital. Aun así, la presencia de la ciencia nacional fue a más, sobre todo tras impulsar la construcción del buque oceanográfico Hespérides, lo que permitió desde 1991 dejar de depender de otros países para hacer ciencia. Hasta entonces habían dependido del carguero Las Palmas, solo para llevar materiales, sin modernos laboratorios a bordo.
Después de vivir unos años en Madrid, en 1995 regresó a Barcelona para dirigir el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC durante dos años, pero tuvo que dejar ese trabajo porque era excesivo tratar de compaginarlo con las campañas polares. En ese corto periodo, Pepita dejó su huella al visibilizar las ciencias marinas y poner fin a trabas sexistas que aún pervivían. Además, se convirtió en una gran divulgadora de la ciencia.
Los reconocimientos públicos fueron muchos a lo largo de esos años. En 1994 recibió la Medalla de Oro de la Ciudad de Barcelona y en 2003 la Cruz de San Jorge que otorga la Generalidad de Cataluña. Más adelante, en 2013 ganó el premio de Cultura de la Generalidad y en 2014 fue nombrada catalana del año.
La jubilación la había llegado en el año 2000, pero eso no impidió que siguiera activa como miembro del Consejo Asesor para el Desarrollo Sostenible y que dieran conferencias por todo el país sobre la importancia de la Antártida para la vida en la Tierra. La preocupación por los impactos del cambio climático en sus hielos eran una constante en artículos, libros y charlas en colegios o universidades.
En 2013, gracias a una iniciativa del documentalista Albert Solé, pudo volver a cruzar el Mar de Hoces (o canal del Drake) rumbo a la Antártida. El objetivo era grabar el largometraje sobre su vida, Los recuerdos del hielo, todo un reto a sus 77 años que no dudó en aceptar. La película capta su emoción al ver la base científica actual, cerca de donde ella puso su tienda tres décadas antes; también su nostalgia al recordar los tiempos en los que era una aventura salvaje llegar a ese lugar. En 2019, la autora de esta semblanza aún pudo conversar con ella, ya con 84 años, en una conferencia de un explorador polar al que seguía de cerca, Ramón Larramendi. Fue uno de sus últimos actos públicos.
A partir del 2020, Pepita, que no tuvo descendencia, ingresó en una residencia de la tercera edad debido a un deterioro físico y cognitivo que requería atención continua. Su piso en Barcelona, donde guardaba numerosos recuerdos personales y materiales fotográficos de su vida en la Antártida, por un error de logística acabó en el mercadillo de Els Encants de Barcelona, en donde los compró un fotógrafo que se los ofreció al ICM-CSIC por una cifra elevada. Al final, el centro pudo recuperar la mitad de las diapositivas, hoy ya digitalizadas, como testimonio de los primeros años antárticos de los científicos españoles. La otra mitad, según La Vanguardia, no se pudo adquirir.
Josefina Castellví falleció el 2 de febrero de 2026 en Barcelona, a los 90 años. Desde entonces se ha impulsado un movimiento para que la base antártica en isla Livingston cambie su nombre de Juan Carlos I por el de Base Josefina Castellví, una decisión potestad del Gobierno de España que quizá algún día sea realidad. Méritos no le faltan.
Referencias
- Josefina Castellví y Yolanda González, Yo he vivido en la Antártida, Next Door Publishers, 2023
- Josefina Castellví, Wikipedia
- Vanessa Balagué y Magda Vila, Josefina Castellví, Pionera antártica, microbióloga, gestora y divulgadora, Oceánicas, 25 marzo 2022
- Rosa M. Tristán, Encuentro con Ramón Larramendi, CosmoCaixa, 25 mayo 2018
- Antonio Cerrillo y Xavier Cervera, El afortunado hallazgo de un ‘tesoro’ de Josefina Castellví en el mercadillo de Els Encants, La Vanguardia, 26 febrero 2026
Sobre la autora
Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional.