Thereza Dillwyn Llewelyn, pionera de la fotografía científica en la época victoriana

Vidas científicas

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Thereza Dillwyn Llewelyn, pionera de la fotografía científica en la época victoriana

La época victoriana –siglo XIX– fue una etapa de descubrimientos científicos sin precedentes que transformó nuestra comprensión del mundo. Aunque la mayoría de las disciplinas estaban dominadas casi exclusivamente por hombres, también hubo mujeres curiosas y talentosas que participaron en algunos de los experimentos más innovadores de la época.

La galesa Thereza Dillwyn Llewelyn (1834-1926) fue pionera en campos como la astronomía, la fotografía científica y la botánica. Combinando su pasión por la observación del cielo con las posibilidades de una tecnología entonces emergente –la fotografía–, esta mujer contribuyó a la obtención de algunas de las primeras imágenes telescópicas de la Luna. Sus aportaciones ayudaron a demostrar el potencial de la fotografía como herramienta de investigación fundamental para la astronomía y otras disciplinas científicas.

Thereza Dillwyn Llewelyn (hacia 1854).

Thereza Mary Dillwyn Llewelyn nació el 3 de mayo de 1834 en Penllergare House, una mansión con gran actividad intelectual y científica situada en Gales. Su padre, John Dillwyn Llewelyn, era un reconocido fotógrafo y naturalista, aficionado también a la astronomía. Su tía, Mary Dillwyn, es considerada una de las primeras fotógrafas de Gales. La educación de Thereza fue excepcionalmente avanzada para una niña de la nobleza rural del siglo XIX y, desde pequeña, fue alentada a compartir las aficiones de su padre y su tía. Creció rodeada de instrumentos, experimentos y conversaciones científicas que le permitieron cultivar sus intereses intelectuales y adquirir conocimientos avanzados en diferentes campos.

Thereza mostró una pasión temprana por la observación celeste, que fue tomada muy en serio por su familia; en su decimosexto cumpleaños, su padre le hizo un regalo poco convencional: la construcción de un observatorio astronómico en los terrenos de Penllergare. Este edificio, que contaba con una cúpula con cámara para el telescopio y un laboratorio adjunto, se convirtió en el santuario científico donde Thereza realizaría gran parte de su trabajo pionero.

Fotografiar la luna

En el observatorio, Thereza no solo observaba los astros, sino que se convirtió en una colaboradora indispensable de los experimentos astrofotográficos de su padre. En aquella época, la astrofotografía se encontraba aún en una fase de desarrollo temprana; fotografiar objetos celestes suponía un enorme desafío técnico, ya que los tiempos de exposición debían ser muy largos, los materiales fotográficos tenían una sensibilidad limitada y el movimiento aparente de los astros dificultaba la obtención de imágenes nítidas.

Junto a su padre, Thereza participó en experimentos destinados a capturar imágenes telescópicas de la Luna. Dado que los telescopios de la época carecían de mecanismos automáticos para seguir el movimiento de los objetos celestes, Thereza era la encargada de mover el telescopio de forma constante y manual durante las largas exposiciones requeridas para captar la luz lunar.

Los resultados obtenidos fueron realmente extraordinarios para la época. Las imágenes lunares producidas por Thereza y su padre figuran entre las primeras fotografías telescópicas de la Luna, y constituyen un hito en la historia de la fotografía científica.

Su destreza técnica también se extendió a la observación de cometas, pudiendo llegar a registrar el paso del cometa Donati en 1858, antes de que fuera anunciado oficialmente por el astrónomo Giovanni Battista Donati.

Capturar lo efímero

Thereza Dillwyn Llewelyn exploró nuevas técnicas fotográficas aplicadas al estudio de fenómenos naturales. Más allá de la inmensidad del espacio, la científica demostró una habilidad única para capturar los detalles de la naturaleza a través de la lente. Junto a su padre, trabajó para mejorar el enfoque de las cámaras primitivas hasta un punto tal que fueron capaces de fotografiar cristales de nieve individuales por primera vez.

También experimentó con procesos químicos avanzados, como el uso de placas de colodión seco tratadas con miel y vinagre, permitiendo que las placas estuvieran listas para su uso durante una semana entera en lugar de tener que ser preparadas inmediatamente antes de la toma. Su trabajo contribuyó a ampliar las posibilidades de una tecnología que acabaría transformando por completo la práctica científica durante las décadas posteriores.

Thereza Dillwyn Llewelyn. Gwallter.

Su compromiso con el registro de datos naturales se extendió también a la meteorología, una disciplina en la que trabajó meticulosamente manteniendo los registros de las estaciones meteorológicas voluntarias de la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia. Con una dedicación ejemplar, gestionó los datos locales sobre el clima con la esperanza de poder presentarlos ante la asociación. Sin embargo, su condición de mujer impidió que eso ocurriera: expresó su deseo de asistir a una reunión de la asociación para exponer sus observaciones, pero no la autorizaron. Hoy se reconoce que su labor de recopilación de datos meteorológicos fue fundamental para la comprensión del clima en su región.

Botánica e historia natural

El interés de Thereza por el mundo natural también la llevo a estudiar botánica e historia natural. Compiló un extenso herbario y realizó investigaciones sobre el crecimiento de las plantas, llegando a elaborar un informe detallado que mereció ser leído ante la prestigiosa Sociedad Linneana –las normas de la época impedían que fuera ella misma quien lo leyera en público–. Su prestigio como naturalista la llevó a entablar una correspondencia con Charles Darwin, quien valoraba profundamente sus observaciones y llegó a citarla en un artículo publicado en la revista Nature en 1874.

En 1858, Thereza se casó con Nevil Story Maskelyne, un profesor de mineralogía en la Universidad de Oxford que compartía su pasión por la ciencia y la fotografía. Tras su matrimonio, la pareja continuó colaborando en experimentos químicos y mineralógicos, y Thereza ayudó a su marido en la catalogación de minerales mientras criaban a sus tres hijas.

Thereza Dillwyn Llewelyn falleció en 1926 a los 91 años, dejando tras de sí un legado de diarios, memorias y fotografías que durante décadas carecieron del reconocimiento que merecían. La adquisición de su archivo fotográfico por parte de la Biblioteca Británica en 2012 ha permitido a la comunidad investigadora moderna rescatar su figura de la sombra –primero la de su padre, luego la de su marido–, revelando a Thereza Dillwyn Llewelyn como una de las grandes pioneras de la fotografía científica.

Referencias

Sobre la autora

Edurne Gaston Estanga es doctora en ciencia y tecnología de los alimentos. Actualmente se dedica a la gestión de proyectos en organizaciones que fomentan la difusión del conocimiento de la ciencia y la tecnología.

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