La ciencia también tiene cultura

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La ciencia también tiene cultura

En Portugal, Rumanía y Argentina, cerca de la mitad de las personas dedicadas a la ciencia son mujeres. En Corea del Sur, Arabia Saudí y Japón apenas representan el 15 %. Hay, por tanto, enormes diferencias entre países en cuanto a porcentaje de mujeres entre las personas dedicadas a la ciencia.

Fuente: Magnific.

Las diferencias entre disciplinas son quizás más conocidas, pero igual de llamativas: las mujeres superan el 50 % en salud pública y psicología, pero no llegan al 20 % en física, ingeniería y tecnologías de la información.

Estas cifras no encajan bien con una explicación del sesgo de género en ciencia basada únicamente en diferencias innatas de capacidades o preferencias. Si esas diferencias fueran universales, la proporción de mujeres no debería variar tanto entre países ni entre campos científicos. El artículo «Sex, science, and society», de Renée B. Adams y Jing Xu, propone fijarnos en la cultura: las normas sociales del país en el que se trabaja y las ideas que dominan dentro de cada disciplina.

Los resultados muestran que las mujeres están más presentes en la ciencia de los países con mayor igualdad laboral y libertad académica. También participan más en las disciplinas cuya cultura concede menos importancia al genio innato. La ciencia depende de la curiosidad y el talento, pero no se desarrolla al margen de la sociedad.

Un mapa desigual de la ciencia

Adams y Xu construyen una base de datos con la representación femenina en 21 campos científicos de unos 170 países en 2019. Analizan datos de aproximadamente 3,7 millones de científicas y científicos de todo el mundo, y consideran aquellas personas con al menos cinco publicaciones. En promedio, las mujeres constituyen el 33 % del personal científico.

Para su estudio, las autoras combinan estos datos con varias medidas, o índices, de la cultura de cada país. Una medida recoge la participación y las oportunidades económicas de las mujeres, incluidas las diferencias salariales y su presencia en el empleo, la dirección y la política. Otras miden la participación laboral femenina, las leyes que afectan al trabajo de las mujeres y la libertad académica, como la libertad para investigar y enseñar, la autonomía universitaria y la posibilidad de intercambiar ideas sin interferencias.

La principal conclusión del artículo es que allí donde las mujeres participan en el mercado laboral en condiciones más igualitarias, también tienen mayor presencia proporcional en la ciencia. Solo como ejemplo ilustrativo, en Perú, situado aproximadamente en el primer cuartil del índice de participación y oportunidades de las mujeres, el 27 % del personal científico son mujeres; en Australia, situada en el percentil 90 del mismo índice, llegan al 35 %.

Además, el resultado se mantiene tanto para los campos STEM como los no STEM. Y también es robusto a la utilización de distintas medidas de igualdad en los países.

La cultura propia de cada disciplina

Los países no son el único entorno cultural relevante. Cada campo científico desarrolla sus propias costumbres, jerarquías e ideas acerca de quién puede destacar. Las autoras se fijan en una creencia concreta: la importancia que una disciplina atribuye a «poseer una brillantez innata que no se puede enseñar».

Esta medida procede de encuestas a profesorado, personal posdoctoral y estudiantes de doctorado. Las personas entrevistadas debían valorar afirmaciones como que «para triunfar en su campo hace falta una aptitud especial» o que «el esfuerzo y la dedicación no bastan sin un don natural». Una puntuación alta indica que la disciplina concede mucha importancia a ese talento supuestamente innato.

En los campos donde esta creencia está más extendida hay menos proporción de mujeres. La relación aparece tanto en STEM como fuera de STEM y persiste al comparar una misma disciplina entre países o distintas disciplinas dentro de un país.

La explicación propuesta enlaza la idea de genialidad con los estereotipos. Si se considera que el éxito exige un don excepcional y se atribuye ese don con más facilidad a los hombres, las mujeres pueden recibir menos reconocimiento, encontrar más obstáculos para ser contratadas o promovidas y sentirse menos bienvenidas. El efecto no requiere que todas las personas compartan conscientemente el estereotipo; puede transmitirse mediante evaluaciones, expectativas y formas habituales de repartir la autoridad.

Las científicas también eligen países

La cultura puede cambiar la representación femenina en la ciencia de un país mediante varios mecanismos. Uno de ellos es la migración. Para estudiarlo, el artículo utiliza información individual sobre más de 125 000 integrantes del 2 % de científicos más citados.

Tanto los hombres como las mujeres que emigran tienden a trabajar en países más ricos, más igualitarios y con mayor libertad académica. Sin embargo, las decisiones de las científicas son más sensibles a las características culturales del destino. Es decir, en aquellos países que ofrecen mejores derechos laborales y mayor igualdad trabajan científicos excelentes de otros países, pero aún más científicas excelentes.

Es difícil separar cuánto de la atracción del talento, especialmente femenino, corresponde a las preferencias de quienes migran y cuánto a las decisiones de las instituciones. Por un lado, mejores condiciones laborales, menor desigualdad y mayor libertad académica pueden atraer talento femenino de otros países; al mismo tiempo, un país con una cultura poco inclusiva puede perder el talento femenino nacional. Por otro lado, las universidades de sociedades más igualitarias quizá estén más dispuestas a contratar científicas. En ambos casos, el análisis muestra que la distribución internacional del talento científico responde a factores sociales además de económicos.

Cultura y productividad

El segundo mecanismo que puede influir en la representación femenina en la ciencia es la producción científica. En promedio, las mujeres publican menos artículos que los hombres. La desigual distribución de los cuidados, las carreras más cortas, las dificultades para recibir crédito por el trabajo colectivo y los criterios de promoción pueden contribuir a esa brecha. Sin embargo, entre los científicos de mayor impacto, las mujeres que trabajan en países con culturas laborales más igualitarias tienden a publicar más.

El análisis es más difícil de entender cuando se separan disciplinas STEM y no STEM. Fuera de STEM, no hay duda: los campos más inclusivos presentan una menor brecha de publicaciones. Sin embargo, dentro de STEM aparece la relación contraria. Las autoras sugieren que este resultado podría reflejar un listón más alto para las mujeres en los campos que exaltan la brillantez. Además, en disciplinas donde casi todos los artículos tienen varios autores, atribuir a cada persona su contribución es difícil; si el reconocimiento se reparte de forma sesgada, una mujer puede necesitar más publicaciones para alcanzar la misma posición. Se trata de una interpretación plausible, no de una prueba definitiva.

La paradoja de la igualdad

Las autoras también muestran que el efecto negativo de una cultura de disciplina poco inclusiva (STEM) es más fuerte en los países con mayor igualdad de género y libertad académica. Las mujeres son más reticentes a elegir disciplinas STEM en aquellos países con mejores condiciones laborales y más igualitarios. Este resultado se conoce como paradoja de la igualdad de género. Se ha interpretado a veces como evidencia de que, cuando existe mayor libertad, afloran preferencias distintas entre los sexos.

El estudio propone otra posibilidad. Una mujer que vive en una sociedad igualitaria dispone de más alternativas y puede mostrarse menos dispuesta a aceptar un campo jerárquico, hostil o dominado por la idea de que solo unas pocas mentes brillantes merecen estar allí.

La menor presencia femenina en algunos campos no tendría entonces que indicar una preferencia espontánea y estable. Podría reflejar una elección ante entornos de cultura desiguales. Poder abandonar una disciplina poco acogedora también es una forma de libertad, aunque el resultado agregado sea una separación mayor entre campos.

Cambiar el entorno y no solo la tubería

Muchas iniciativas para aumentar la presencia de mujeres en ciencia se concentran en despertar el interés de las niñas por las materias STEM, mejorar su formación y animarlas a iniciar un doctorado. Sin duda, son actuaciones necesarias, pero pueden resultar insuficientes si las mujeres que entran encuentran después instituciones que no reconocen su trabajo o disciplinas que dudan de su capacidad.

Los resultados de Adams y Xu desplazan parte de la responsabilidad desde las preferencias individuales hacia el entorno. Aumentar la igualdad en el mercado laboral, proteger la libertad académica, repartir mejor los cuidados y revisar las formas de evaluar el mérito pueden hacer sostenible una carrera científica. Dentro de cada disciplina también importa cuestionar la asociación entre excelencia y genialidad innata, reconocer con mayor precisión las contribuciones y reducir las jerarquías que conceden credibilidad de manera desigual. La igualdad de género y la política científica pueden verse como dos partes de un mismo problema.

Además, los resultados del trabajo muestran que la igualdad laboral y la libertad académica no sólo ayudan a un país a retener el talento tanto femenino como masculino, sino que también contribuyen a atraer talento de otros países, especialmente el femenino.

Referencia

Adams, Renée B. y Jing Xu (2026). «Sex, science, and society». Research Policy 55, 105400

Sobre el autor

David Pérez Castrillo es doctor en Economía y profesor emérito de la Barcelona School of Economics.

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