Gloria Alencáster, la dama de la paleontología mexicana

Vidas científicas

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Gloria Alencáster, la dama de la paleontología mexicana

Si hay una mujer cuyo nombre debería estar escrito en piedra en México es el de Gloria Alencáster Ybarra, la fundadora en su país de la paleontología como una disciplina científica moderna y, a la vez, gran divulgadora científica y creadora del que fue el primer museo dedicado a exponer los hallazgos de su país de esta materia. Alencáster no solo encontró nuevos géneros y especies (muchas llevan referencias a su nombre) sino que formó a decenas de paleontólogos que hoy lideran prestigiosos proyectos científicos en todo el territorio mexicano y en otros países.

Gloria Alencáster Ybarra. Captura de pantalla Revista QUO.

Nació el 5 de marzo de 1927 en Ciudad de México en el seno de una familia en la que sus padres destacaron por llevar la ciencia y la cultura por bandera, y así se lo transmitieron a sus hijas. Fue al estudiar secundaria en un centro público de su ciudad, cuando, gracias a dos profesoras excepcionales que tuvo en botánica y zoología, Gloria se sintió atraída por la biología, decidiéndose por estudiar Ciencias en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). A los 21 años se licenciaba en esa carrera con dos diplomas, dos medallas y un premio por sus elevadas calificaciones, y comenzó a trabajar en la docencia.

Un paso importante en su trayectoria llegaría poco después. En 1950, un responsable de paleontología de la empresa paraestatal Petróleos Mexicanos logró convencer a sus jefes de crear dos puestos para especialistas en una materia que era fundamental en sus exploraciones: uno de ellos fue para María Elena Caso, del Instituto de Biología, que investigaba sobre fósiles de equinodermos; el otro, para Gloria Alencáster. En este puesto, la joven comprobó que carecía de la preparación geológica suficiente, así que optó por mejorarla y, entre 1953 y 1954, se matriculó en la Universidad de Columbia, en Nueva York, donde en 1956 obtuvo el grado de maestría en Geología. Paralelamente, en esos años comenzaría a trabajar con unos fósiles que se habían encontrado en San Juan Raya, en Puebla (México), y a los que nadie había prestado atención.

Para su tesis en Ciencias (lo que hoy es Biología), que culminó en 1969, precisamente se decidió por el análisis de estos restos llamados rudistas, unos moluscos bivalvos extintos que vivieron desde el Jurásico Superior hasta hace unos 65 millones de años y que son famosos por ser los principales constructores de arrecifes durante el Cretácico en el Mar de Tetis.

A su vuelta de Estados Unidos, entró como investigadora y docente en el Instituto de Geología de la UNAM, donde creó el Departamento de Paleontología General, cuya jefatura lideró desde 1959 a 1974. Su gran preocupación fue desde entonces la escasez de paleontólogos mexicanos, así que se dedicó a fomentar vocaciones a través de sus cursos, que llegaron a tener más de cien alumnos. Suya fue la idea, en 1962, de formar en el extranjero a algunos de los más destacados de sus estudiantes en áreas donde ella no era especialista, como la paleontología de vertebrados, para que se hicieran cargo de esta disciplina.

Otros de sus éxitos fue la fundación del Museo de Paleontología en su centro, el primero de este tipo que se creó en el país, dado que lo que había hasta entonces eran meras colecciones de curiosidades sin clasificar. Ubicado en la Colonia Santa María La Ribera para su exhibición al público, ella misma gestionó la preparación, conservación y catalogación del material en el espacio que le cedieron, el mismo lugar en el que estuvo hasta que en 1974 todo el material se trasladó a la actual ubicación. Hoy constituye la Colección Nacional de Paleontología. En su afán por compartir el conocimiento, también creó la publicación Paleontología Mexicana, además de seminarios de investigación para especializar a su alumnado. En total, llegó a dirigir quince tesis de licenciatura, cuatro de maestría y diez de doctorado.

Un catálogo de especies

Más allá de su faceta didáctica, su producción científica es igualmente impresionante. Publicó numerosos artículos en revistas de ciencia de todo el mundo, con unas aportaciones que han sido fundamentales para explicar los modelos de evolución paleogeográfica y tectónica, en particular durante el Mesozoico. Le interesaba sobre todo investigar sobre los orígenes, la evolución, la distribución geográfica y las condiciones ambientales en las que vivieron los invertebrados marinos fósiles, principalmente de México, aunque también en África y Europa dejaron huella sus aportaciones. En el haber de Alencáster está el descubrimiento a nivel mundial de numerosos géneros y especies, así como de una subfamilia de rudistas, dentro del registro de su país. Gracias a ello se han hecho numerosas reconstrucciones ambientales de cómo eran los mares hace cien millones de años.

Estos exhaustivos estudios eran de gran utilidad para instituciones como PEMEX o el Instituto Mexicano del Petróleo, dado que daban pistas para la prospección petrolera en diversas regiones del país, una tarea en la que siguió colaborando con asiduidad. Tal fue la importancia de su legado que muchos investigadores posteriores escogieron referencias a su nombre para bautizar nuevos taxa, como Busycon alencasterae Perrilliat: Anomia csernai Myers; Heteraster alencasterae Buitrón; Tetragramma gloriae Buitrón: Terebratula gloriae Bouillier y Michaud, entre otros muchos más. En 1963, publicó la descripción de los gasterópodos (caracoles) y pelecípodos (ostras y almejas), unas investigaciones que venía realizando desde la década de 1950. Los siguientes años también publicó junto a Blanca Estela Buitrón una amplia bibliografía sobre la región de Puebla.

Frente a lo que les ocurrió a muchas otras científicas, su trabajo si tuvo su recompensa en vida y pudo recibir en persona numerosos diplomas. Gloria Alencáster presidió el Congreso Latinoamericano de Paleontología en 1984, un cargo nunca antes había ocupado una mujer en su país. Más adelante, en 1997, fue nombrada investigadora emérita de la Universidad Nacional Autónoma de México y en 2003, recibió la Medalla Sor Juana Inés de la Cruz y el galardón “Forjadores de la Ciencia”.

Su intensa actividad científica, que le llevó a impartir más de cien conferencias en foros internacionales, siempre la compaginó con la divulgación de la ciencia en la sociedad y prueba de ello es su participación en programas culturales o en los denominados “Sábados en la Ciencia” y “Domingos en la Ciencia”.

Otra faceta suya que no puede obviarse es el impulso que dio, ya en las décadas de 1950 y 1960, al papel de las mujeres en la Paleontología, donde estaban ausentes. Cuando creó el Departamento de Paleontología no dudo en integrar desde el primer momento a dos de sus alumnas: Alicia Silva Pineda y María del Carmen Perrilliat Montoya. Conformó así un trío que abrió el camino a las que llegaron después. Cuando entre 1970 y 1980, esta disciplina logró independizarse de la geología, y surgieron nuevos proyectos de investigación, de nuevo impulsó la presencia de científicas en los proyectos.

En sus biografías se destacan los atributos humanos de su persona, su honestidad y su gran calidad moral, siguiendo los principios de lo que ella consideraba justo, siempre congruente con la palabra y la acción y teniendo como base una constante lealtad con ella misma, a sus amigos y a sus discípulos. Todos recuerdan la generosidad con la que siempre trató a quienes se acercaron a ella.

Falleció el 9 de agosto de 2019, a los 91 años, en la misma Ciudad de México en la que nació.

Referencias

Sobre la autora

Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional.

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