Mary Harfield, en busca del Camelot del rey Arturo

Vidas científicas

7 min

Mary Harfield, en busca del Camelot del rey Arturo

Mary Harfield. Trowelblazers.

La historia de la arqueóloga Mary Garthorn Angus Harfield es un ejemplo de cómo se puede cambiar un destino cuando la curiosidad por el conocimiento se convierte en la guía de nuestros pasos, en este caso sobre las piedras que le salieron al camino en los alrededores de su propia casa, en Somerset, al suroeste de Inglaterra. Su afán por desentrañar los misterios de las piezas que encontraba en los alrededores, y su posible relación con la fortaleza de Camelot, del rey Arturo, hizo posible que una mujer que pasó gran parte de su vida profesional como enfermera, acabara pasando a la historia como una reputada arqueóloga autodidacta. Hoy sus hallazgos están en los museos y referencias a sus trabajos figuran en reputados artículos científicos.

Mary Hardfield nació en Shark Island (Nueva Gales del Sur, Australia), el 28 de febrero de 1889. Su padre era un granjero, casado con una inglesa en Melbourne en 1880. Justo un mes antes de que ella naciera, falleció su padre y su madre, sola en tan lejano país, decidió regresar a su lugar de origen con sus hijos, que fueron acogidos por diferentes familiares. En el caso de Mary fue enviada con los familiares de su padre en Northumberland, aunque también pasó un tiempo con otros en Canadá. A los 21 años regresó a Londres para formarse como enfermera en el Hospital St. Bartholomew, un lugar con un estricto plan de estudios que hacía hincapié en la realización de prácticas durante tres años y con un programa exigente de nueve horas diarias. Esta rutina inmersiva fomentó en ella la disciplina y la adquisición de habilidades esenciales que influyeron en su carácter.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Mary fue trasladada al primer Hospital Militar General de Londres, en Camberwell, para atender a los soldados heridos. El hospital se enfrentó en esos años a importantes desafíos, debido al hacinamiento ante una llegada masiva de pacientes con terribles heridas a las que no podían dar el tratamiento adecuado. También atendía a pacientes de la nueva sección de neurología, dedicada a quienes sufrían el shock de la guerra y la neurastenia. De todo lo que veía, ella iba haciendo un diario para mejorar su trabajo como enfermera.

Fue justo en pleno conflicto cuando se casó con el abogado Douglas Harry Bernard Harfield, fue en Londres, en 1915. Durante décadas, el matrimonio llevó una vida estable en la capital y nada indica que pensara en dedicarse a la arqueología.

Tras la jubilación, una nueva arqueóloga

Sin embargo, todo cambió cuando se jubiló y trasladó su residencia a Somerset, al suroeste de Inglaterra, en la década de 1950. Liberada de su profesión, comenzó a interesarse en actividades históricas y el patrimonio cultural de su nuevo hogar, el pueblo de Penselwood. De ese interés salió The Story of Pen Selwood (1965), una obra en la que narraba la historia del pueblo según sus investigaciones.

Somerset tiene una gran concentración de yacimientos arqueológicos y castros, que pronto se convirtieron en sus lugares favoritos para sus paseos. A falta de formación académica, a medida que se tropezaba con piezas, la curiosidad la llevó a cultivar sus conocimientos en la materia de forma autodidacta. Leía cuanto caía en sus manos, ya fuera de prehistoria británica o trabajos de arqueólogos contemporáneos como Mortimer Wheeler, Geoffrey Ashe y Leslie Alcock. Lo que más le atraía era encontrar las hipotéticas conexiones entre lugares emblemáticos locales y las leyendas en torno al rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda. Le fascinaban las teorías de la zona que defendían que el cercano Castillo de Cadbury era el auténtico Camelot, cuya ubicación concreta se desconoce.

Castillo Cadbury. Imagen de «Cadbury Castle» de Mary Harfield.

Para explorar este castillo, un castro de la Edad de Hierro amurallado, entre 1954 y 1959 Mary hacía hasta dos visitas semanales a Cadbury, siempre con el permiso de la propietaria, Lady Lagman, que incluso le permitía recoger las piezas que hallara en la superficie. Como topógrafa autodidacta, ella solo se basaba en la observación directa de lo que iba hallando en las tierras aradas y anotaba las marcas que veía en periodos secos, cuando la hierba no las ocultaba. De hecho, en junio de 1955 organizó que se hicieran fotografías aéreas desde la Estación Aérea Naval Real en Yeovilton para documentar las marcas que veía, lo que visibilizó la existencia de murallas anteriores de la Edad del Hierro, fosas de almacenamiento y algunas entradas.

A menudo era acompañada por su nieto en estos paseos. La esposa de éste diría después: “Mi esposo pasó muchas vacaciones escolares con la abuela Mary a principios de la década de 1960 y recuerda mucho las excursiones que hacían por el Castillo de Cadbury. Dudamos que tuviera formación académica, pero sentía un gran interés por la arqueología, en particular por la teoría de Camelot”.

Entre sus hallazgos más importantes están diversos objetos de cerámica y herramientas de piedra que indican que ese lugar estuvo ocupado desde el Neolítico hasta principios de la Edad Media. Entre las piezas prehistóricas se encuentran algunas puntas de flecha, raspadores y buriles de sílex y fragmentos de cerámica de pasta negra fina. Halló menos artefactos de la Edad de Bronce (hace unos 5000 años), pero los de la Edad del Hierro (hace unos 4000 años) eran más abundantes, con partes de vasijas o piedras de honda. También encontró cerámica romana samia y azulejos de chimenea de inicios de la Edad Media que indican que había comercio con el Mediterráneo oriental. En definitiva, demostró que Cadbury había sido un asentamiento fortificado a lo largo de mucho tiempo.

Ciertamente, todo este trabajo de hormiguita, no fue reconocido formalmente durante su vida, aunque demostró que la experiencia ‘amateur’ podía aportar información valiosa aunque no tuviera ningún respaldo institucional. Mary, que tuvo que enfrentarse sola a una disciplina que obviaba a las mujeres (a menudo solo eran conocidas como colaboradoras de sus esposos arqueólogos) no ocultaba su profunda frustración por la forma en la que era ignorada por los profesionales, a pesar de sus colecciones recabadas en superficie fueron las que dieron lugar a las posteriores excavaciones en el yacimiento. Sentía una gran amargura, como recordaría su nieto, porque sus teorías y descubrimientos, en los que resaltaban las conexiones ‘artúricas’ del sitio eran ignoradas entre expertos como Alcock, que luego dirigió allí los trabajos.

Muchos de los objetos que coleccionó fueron luego donados al Museo del Condado de Somerset a través de Lady Langman, pero el papel de Mary Harfield como innovadora aficionada siguió sin ser apreciado en los círculos académicos.

A nivel académico, su principal legado fue el artículo titulado «Castillo de Cadbury», publicado en 1962 en las Actas de la Sociedad Arqueológica y de Historia Natural de Somerset, donde detalló los resultados de sus prospecciones documentando una gran cantidad de artefactos desde el Neolítico, y donde identificó esta fortaleza como el legendario Camelot, basándose tanto en tradiciones locales y precedentes históricos. Pero es algo no confirmado aún. Entre quienes más se sirvieron de sus trabajos está el arqueólogo Ralegh Radford, quien si la ayudó a identificar las piezas neolíticas.

Mary Hardfield murió en 1970, en una fecha concreta que se desconoce, en su pueblo de Somerset. Solo en los últimos años, ha recibido un reconocimiento póstumo a través del proyecto Trowelblazers, que en 2018 la presentó como una arqueóloga autodidacta pionera.

Referencias

Sobre la autora

Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *.