Isabel Joy Bear, la científica que puso nombre al aroma de la lluvia

Vidas científicas

¿Quién no se ha detenido a inhalar profundamente el olor que percibe cuando, en una tormenta de verano, las primeras gotas de lluvia golpean el suelo seco? Ese aroma terroso, fresco y ancestral tiene nombre –petricor– y su origen –un aceite amarillento atrapado en las rocas pero liberado por la humedad– pudo ser identificado gracias a la curiosidad de la química australiana Isabel Joy Bear (1927-2021). El término, acuñado junto a su colega de laboratorio Richard Thomas, proviene del griego “petra” (piedra) e “ichor”, que en la mitología clásica se refería a la sangre que corría por las venas de los dioses.

Isabel Joy Bear fue mucho más que la científica del petricor; su carrera en la química de minerales fue prolífica y rompió techos de cristal de forma constante a lo largo de una trayectoria que duró más de siete décadas en la misma organización donde comenzó como asistente adolescente.

Isabel Joy Bear. CSIRO.

Isabel Joy Bear nació el 4 de enero de 1927 en Camperdown, Victoria, Australia. Su infancia estuvo marcada por la resiliencia de la Australia de entreguerras; su padre era un veterano de la Primera Guerra Mundial que había combatido en el frente antes de establecerse como granjero bajo un esquema de asentamiento para soldados retornados. El interés de Joy por la investigación científica despertó temprano, y la chica tomó una decisión inusual para una joven de diecisiete años en 1944: unirse como asistente de laboratorio a lo que entonces era el CSIR, predecesor de la actual Organización de Investigación Científica e Industrial del Commonwealth (CSIRO, por sus siglas en inglés).

Forjada en la constancia y el estudio nocturno

El ascenso profesional de Joy no fue sencillo y estuvo marcado por una determinación inquebrantable frente a las barreras institucionales de la época. Trabajaba de día y por las noches asistía a clases nocturnas en el Melbourne Technical College con el objetivo de obtener los diplomas que le permitirían acceder a un puesto de investigadora. Tras seis años de estudios en química aplicada y ciencias aplicadas, descubrió que las reglas de la institución habían cambiado justo antes de que ella se graduara; los requisitos para acceder a puestos de investigación habían aumentado, y sus diplomas ya no eran suficientes para ascender al rango que anhelaba. Lejos de rendirse, decidió ampliar sus horizontes y se trasladó al Reino Unido en la década de 1950. Allí trabajó en el Campus de Ciencia e Innovación de Harwell y en la Universidad de Birmingham. Su estancia en Europa fue clave para consolidar su interés en la química del estado sólido y los materiales minerales.

El descubrimiento del aceite que emana de las piedras

De vuelta en Australia, Isabel Joy Bear se reincorporó al CSIRO en 1953 e inició una colaboración con el científico Richard Thomas que culminaría en 1964 con la publicación en la prestigiosa revista Nature de sus hallazgos sobre el olor de la lluvia.

El descubrimiento no surgió de la nada. Tal y como reza el inicio de su artículo:

Todos los libros de texto anteriores de mineralogía reconocen que muchas arcillas y suelos secos naturales desarrollan un olor peculiar y característico cuando se respira sobre ellos o se humedecen con agua.

El aroma era particularmente frecuente en regiones áridas, era ampliamente reconocido y se asociaba con las primeras lluvias tras un período de sequía. Cuando Joy regresó al CSIRO, Richard llevaba años intentando identificar la causa de este fenómeno. Isabel propuso realizar una serie de experimentos que consistían en destilar al vapor rocas que habían sido expuestas previamente a condiciones cálidas y secas. Juntos descubrieron que el olor procedía de un aceite amarillento atrapado en los poros de las piedras y el suelo, que se liberaba al contacto con la humedad del aire o las gotas de lluvia.

Imagen: Freepik.

Curiosamente, culturas tradicionales habían aprovechado la fragancia en formas artesanales, como el “matti ka attar” de la India, un perfume de tierra mojada extraído de ladrillos secos al ser humedecidos. Incluso la industria había capturado y absorbido con éxito el aroma en aceite de sándalo. Pero su origen fue desconocido hasta que Bear y Thomas describieron que los materiales ricos en sílice y óxidos de hierro eran los más capaces de generar este «aceite de roca».

Desafiando los prejuicios en la química de minerales

Isabel Joy Bear se convirtió en una figura central en el campo de la química de minerales. Su trabajo abarcó una amplia gama de temas, desde las propiedades químicas de elementos como el circonio y el hafnio hasta los complejos sulfuros que se encuentran en minerales industriales. Una de sus primeras aportaciones importantes fue la identificación de hidratos de sulfato de circonio metaestables (un heptahidrato y un pentahidrato), y la elucidación de sus estructuras cristalinas, lo que contribuyó a una mejor comprensión de estos compuestos.

En 1967, su experiencia y persistencia científica la llevaron a convertirse en la primera mujer promovida al personal de investigación en la División de Química Mineral del CSIRO. Conseguirlo no fue fácil; se le había advertido de que el CSIRO consideraba que el personal investigador producía su trabajo más creativo antes de cumplir cuarenta años, por lo que era poco probable que fuera ascendida al equipo de investigación tras alcanzar esa edad. Isabel desafió este prejuicio y obtuvo su promoción precisamente a los cuarenta años, demostrando que su capacidad innovadora estaba lejos de agotarse.

En 1978, Bear obtuvo un doctorado en ciencia aplicada por el Victoria Institute of Colleges y fue ascendida a científica principal senior. A partir de entonces, además de su contribución teórica, desarrolló procesos industriales prácticos, como el uso de ánodos de polvo compactado de galena para la obtención de plomo, y nuevos métodos para tratar residuos de sulfato de plomo y lodos de fundición. Su versatilidad la llevó a estudiar los efectos fototrópicos en el dióxido de titanio y a colaborar con empresas mineras para extraer litio de minerales australianos.

Un legado de siete décadas

El reconocimiento a la trayectoria de Isabel Joy Bear llegó en múltiples formas que la consolidaron como una de las químicas más importantes de su país. En 1988 hizo historia al convertirse en la primera mujer galardonada con la Medalla Leighton del Royal Australian Chemical Institute, la distinción más alta de dicha institución. Por sus servicios a la ciencia, fue nombrada Miembro de la Orden de Australia en 1986. Además, en 2005 fue incluida en el Victorian Honour Roll of Women, que celebra las contribuciones de mujeres destacadas de esa región.

Bear continuó investigando y publicando hasta bien entrada su madurez profesional, contribuyendo no solo a la química sino también a la historia institucional de la ciencia en Australia. Documentó la historia de la División de Química Mineral del CSIRO y ayudó a preservar el legado científico de esa unidad. Se jubiló en 2015, a la edad de 88 años, cerrando así una carrera de siete décadas en la misma organización donde comenzó como asistente adolescente.

Isabel Joy Bear falleció el 8 de abril de 2021, a los 94 años. A ella le debemos la palabra que nos permite nombrar el olor que percibimos cuando, en una tormenta de verano, las primeras gotas de lluvia golpean el suelo seco. Su historia es también un recordatorio de cómo la perseverancia y la curiosidad pueden ayudar a que las mujeres se abran camino entre los hombres.

Referencias

Sobre la autora

Edurne Gaston Estanga es doctora en ciencia y tecnología de los alimentos. Actualmente se dedica a la gestión de proyectos en organizaciones que fomentan la difusión del conocimiento de la ciencia y la tecnología.

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