Victoria Cano-Sánchez es doctora internacional en Lingüística por la Universidad del País Vasco (EHU). Actualmente es investigadora postdoctoral en la Universitat de les Illes Balears (UIB), profesora de español del CIEE de Palma de Mallorca y miembro de los grupos de investigación BASLA Linguistics y Gogo Elebiduna/La Mente Bilingüe. Su trabajo se centra en la intersección entre la psicolingüística y el envejecimiento cognitivo, con especial interés en cómo se procesa, mantiene y transforma el lenguaje a lo largo de la vida. Actualmente colabora en el proyecto Pérdida de lengua y estado final de adquisición, dirigido por Pedro Guijarro, que investiga la pérdida lingüística y la estabilización del lenguaje en el bilingüismo tardío.
Como investigadora, Victoria ha desarrollado y aplicado una amplia gama de métodos estadísticos, conductuales y experimentales, incluyendo el registro y análisis de movimientos oculares y, más recientemente, la electroencefalografía (EEG) para el estudio del procesamiento del lenguaje a lo largo de la vida. Ha trabajado con diversas poblaciones, desde jóvenes hasta adultos mayores, incluyendo hablantes monolingües, bilingües y, más recientemente, hablantes de herencia; explorando cómo la edad y la experiencia lingüística influyen en la comprensión de oraciones y el procesamiento sintáctico. Su tesis doctoral, Age-Related Differences in Language Processing: Eye-Tracking Sentence Reading Patterns in Spanish, dirigida por Mikel Santesteban e Itziar Laka, ha permitido sentar bases sólidas para la investigación del procesamiento predictivo y la concordancia del lenguaje a lo largo de la vida.
Victoria cuenta con un recorrido académico multidisciplinar: además de su doctorado, completó estudios en Traducción e Interpretación (Universidad de Málaga), másteres en Traducción (Universidad de Córdoba), Enseñanza de Lenguas (Universidad de Alicante) y Lingüística Teórica y Experimental (EHU), así como estudios oficiales de grado profesional de música, lo que refleja su curiosidad constante y su capacidad para integrar conocimientos de diferentes áreas.
Antes de dedicarse a la investigación a tiempo completo, trabajó como docente en los sistemas públicos de educación secundaria en España y Francia, fundó VCS Traducciones y trabajó como traductora freelance para instituciones como el CSIC, FISABIO y KONGSBERG MARITIME. Además, fomenta la divulgación científica y la colaboración internacional, habiendo participado en estancias de investigación y proyectos conjuntos con instituciones como la Universidad de Nebrija, la Goethe University de Frankfurt, investigadores de la Georgetown University de Washington y la Universitat Oberta de Catalunya, contribuyendo a su formación académica y generando valiosas colaboraciones.

1 . ¿Cuál es tu área de investigación?
Mi área es la psicolingüística, una disciplina que se sitúa en la intersección entre la lingüística y la psicología, y que busca entender cómo procesa el cerebro el lenguaje. Dentro de este campo, me he centrado en una línea de investigación que, hasta hace poco, había recibido poca atención: el procesamiento del lenguaje en el envejecimiento saludable. Tradicionalmente, los estudios se habían concentrado en cómo adquirimos el lenguaje desde la infancia hasta la edad adulta temprana (aproximadamente entre los 18 y los 34 años), bajo la idea de que, una vez establecido nuestro sistema lingüístico, lo manteníamos estable y sin grandes cambios a lo largo de la vida.
Sin embargo, la investigación de la última década ha demostrado que esto no es exactamente así. A medida que envejecemos, incluso de manera saludable, se producen transformaciones a nivel biológico, sensitivo y cognitivo –como la reducción de ciertas áreas de materia gris, la disminución de la velocidad de procesamiento o los cambios en la memoria– que inevitablemente influyen en la manera en que procesamos y comprendemos el lenguaje.
Mi trabajo se centra precisamente en estudiar cómo estos cambios propios del envejecimiento afectan a nuestra capacidad para anticipar y comprender palabras y estructuras lingüísticas en tiempo real, un proceso conocido como predicción lingüística. Este mecanismo es fundamental en la comunicación: cuando escuchamos una frase como “Voy a la fuente a…”, nuestro cerebro no espera pasivamente hasta oír la palabra final, sino que genera expectativas. Lo más probable es que prediga el verbo “beber”, porque es el que mejor encaja en ese contexto, y no verbos como “comer”. De la misma forma, cuando anticipa “beber”, nuestro cerebro se prepara para recibir justamente esa forma verbal, y no otras relacionadas como “bebido” o “dormido”.
Estudiar cómo varía esta capacidad predictiva con la edad nos permite comprender mejor no solo los cambios en el lenguaje, sino también los mecanismos cognitivos que lo sostienen, lo cual tiene un gran valor tanto científico como social en un contexto global donde la edad media de la población y la esperanza de vida continúan aumentando para poder mejorar el bienestar de los mayores.
2 . ¿Por qué te dedicas a ella?
Siempre me han fascinado las lenguas. En mi familia bromean con que ya con apenas un año hablaba mucho y muy claro –nada de “lengua de trapo”– y que, con apenas meses, disfrutaba “gritando”, que “parecía que me gustara escucharme”, y que “los iba a volver a todos locos” con mis gritos (particularmente a mi abuelo, una figura con mucho peso en mi vida personal y en mi trayectoria profesional, que siempre fue un hombre extremadamente tranquilo, lo traje de cabeza los primeros meses de vida). En las cintas de vídeo familiares puede verse cómo me quejaba y hablaba bien clarito siendo muy muy pequeña, y en muchas fotos, curiosamente, aparezco con un teléfono de juguete en la oreja, inventando conversaciones. Años más tarde, al estudiar fonética y fonología, y la adquisición del lenguaje, entendí que todo esto era algo “natural” en el proceso de adquisición del lenguaje. También, para desgracia de mis primas, me aprendía de memoria los diálogos de las películas enteras; la que más se recuerda en mi familia es Blancanieves, cuyos diálogos recitaba con apenas unos pocos años (¿4 años, quizás?); aunque lo único que conseguí con ello es que mis primas no quisieran ver más esa película conmigo porque “mírala, es que no se calla”. Esa predisposición natural hacia el lenguaje y la comunicación me ha acompañado siempre, y con el tiempo la reforcé aprendiendo varios idiomas: hablo con fluidez español, valenciano, inglés, francés e italiano, y tengo además conocimientos básicos de alemán y entiendo portugués.
Pero, sin duda, lo que terminó de marcar mi vocación por la investigación fue mi experiencia personal con la enfermedad de Alzheimer, que padecieron dos de mis abuelos. Mi abuela paterna sufrió un alzhéimer precoz, desde los 50 años. Cuando yo nací, ella ya estaba enferma, así que para mí fue sobre todo una compañera de juegos –dibujábamos juntas y jugábamos con muñecas–, aunque recuerdo bien sus “lapsus”, esos momentos en los que se daba cuenta de su estado, rompía a llorar y de repente reconocía a mi padre, a mi tía o a mi abuelo. En cambio, la enfermedad de mi abuelo materno me pilló ya más mayor. Siempre he estado rodeada de personas mayores, y durante mi infancia pasé mucho tiempo con mis abuelos, así que ver cómo mi abuelo se iba deteriorando poco a poco, cómo nuestras conversaciones se quedaban a medias, fue devastador. Además, participé de manera muy directa en sus cuidados, desde el inicio hasta el final. Esa experiencia me marcó profundamente, y me hizo tomar una decisión: quería “aportar algo”, desde dónde podía y cómo podía: a través de lo que más me apasiona, el lenguaje.
Ese motor personal, unido a mi pasión por el lenguaje y la comunicación –que, personalmente creo que, en gran medida, nos definen como seres humanos–, me llevó a la investigación. Hoy, mi objetivo es contribuir a comprender mejor cómo funciona el lenguaje en el cerebro y qué ocurre cuando, debido a la edad o a una enfermedad, este proceso empieza a fallar.
3 . ¿Has tenido alguna figura de referencia en tu trayectoria?
La verdad es que he tenido la suerte de contar con referentes muy valiosos a lo largo de mi formación: desde profesores y mentores que me transmitieron entusiasmo por la lingüística hasta investigadores que me han mostrado con su ejemplo cómo abrir nuevas líneas de trabajo. También me inspiran aquellos científicos que combinan la investigación puntera con un firme compromiso con la divulgación y la formación de nuevas generaciones. No obstante, en un contexto en el que solemos tener pocos referentes femeninos en ciencia, me considero muy afortunada porque, si echo la vista atrás, casi todas mis referencias han sido mujeres.
Recuerdo, por ejemplo, a mi primera profesora de inglés, Isabel Cano García, a la que admiraba profundamente y para la que me esforzaba en hacer los deberes con la máxima perfección. Más tarde, mi vecina y profesora particular de inglés (hoy amiga), Nico, me embobaba con su capacidad para cambiar de un idioma a otro –inglés, francés, alemán– con total naturalidad, lo que alimentó aún más mi fascinación por las lenguas.
Durante mis años de universidad descubriría la lingüística propiamente dicha de la mano de Juan Andrés Villena Ponsoda y Matilde Vida, mis profesores de esta materia durante la carrera. Sin embargo, el gran punto de inflexión llegó con quien acabaría siendo mi supervisora, Itziar Laka. La conocí durante el máster y su manera de comunicar, de transmitir y de inspirar fue decisiva: tuve claro que quería trabajar con ella. Itziar es una mujer fuerte, resiliente, inteligente y perspicaz, que ha sabido hacerse un lugar en un mundo científico marcado por los hombres. Sus consejos me acompañan hoy y siempre: desde advertirme sobre mi tendencia a la autoexigencia –“no te ahorques con tu propia cuerda”– hasta recordarme que una de las cosas más difíciles en ciencia es aprender a vivir con la incertidumbre, o que lo más importante es no perder de vista las prioridades y cuidar siempre la salud mental. Gracias a ella aprendí no solo a investigar, sino a desarrollar mi pensamiento crítico con libertad. Siempre le estaré agradecida por dejarme cometer mis propios errores (aunque me dieran muchos dolores de cabeza, es de lo que más se aprende) y por todo lo que, con su ejemplo, me transmitió e inculcó sobre liderazgo.
Más adelante, apareció en mi carrera académica otra figura clave, Irene de la Cruz-Pavía. Siempre disponible y cercana, con consejos certeros como “no pidas permiso, es tu derecho”, Irene me enseñó que la ciencia también puede hacerse de una manera amable, educada y colaborativa. Y, por supuesto, no puedo dejar de mencionar a Mikel Santesteban, mi otro supervisor, quien ha estado mano a mano conmigo y quien con infinita paciencia me enseñó a ser la investigadora que soy hoy. Le debo muchas cosas, pero probablemente lo más importante que aprendí de él es su integridad: en un mundo tan competitivo como este, ser buena persona es tanto o más importante que ser buena científica. Mikel siempre ha cuidado de todos nosotros (su, ahora, grupo de investigación) como si fuésemos su “otra familia”. No es solo un gran investigador, sino también una gran persona.
Y, por supuesto, como siempre he dicho… quizás lo mejor y una de las cosas más sabias que he hecho a lo largo de estos años, es rodearme de personas que “han sido orza y no ancla”; a las que también he admirado profundamente y de quienes también he aprendido mucho en distintos aspectos, como José, mis amigas o mis hermanas. Pero, sobre todo, mis mayores figuras de referencia en el ámbito personal han sido mis padres: mi madre, con su ejemplo de superación y resiliencia, y mi padre, con su alegría y practicidad.
4 . ¿Qué te gustaría descubrir o solucionar en tu campo?
A grandes rasgos, me gustaría contribuir a esclarecer cómo interactúan las capacidades cognitivas, la experiencia lingüística y el envejecimiento en la comprensión del lenguaje. Hasta ahora me he centrado en el procesamiento del lenguaje durante el envejecimiento saludable, lo que me ha permitido establecer una línea de control clara. A partir de aquí, mi objetivo es ampliar esta investigación hacia contextos de mayor vulnerabilidad, como las enfermedades neurodegenerativas (alzhéimer, párkinson) o las afasias, con el fin de entender mejor cómo estos procesos afectan al lenguaje.
A más largo plazo, me interesa que este conocimiento no se quede únicamente en el ámbito académico, sino que pueda aplicarse de manera práctica: ya sea mediante el diseño de intervenciones educativas, programas de estimulación cognitiva o herramientas clínicas que apoyen a personas mayores y a poblaciones con dificultades en el lenguaje. En definitiva, mi aspiración es que la investigación revierta de forma directa en la sociedad y contribuya a mejorar la calidad de vida aumentando la eficiencia cognitiva en la vejez.
5 . ¿Qué consejo darías a quien quiera adentrarse en el mundo de la investigación?
La investigación es un camino apasionante, pero también exigente. Diría que lo más importante es la curiosidad y la perseverancia: hacerse preguntas, buscar respuestas y no rendirse cuando las cosas no salen a la primera. Ya lo dice el refrán… “La paciencia es la madre de la ciencia”. También recomendaría cultivar la colaboración y la interdisciplinariedad: la ciencia avanza mucho más cuando compartimos ideas, trabajamos en equipo y aprendemos de otras disciplinas. Rodéate de personas que te sumen, te inspiren, te cuiden y te reten; y elige un tema que realmente te apasione y te estimule. Recuerda, también, que de nada sirve mirar por encima del hombro a quien sabe menos. La ciencia es un ejercicio de humildad; no va de tener razón, sino de compartir conocimientos, ayudar y apoyarse mutuamente –“hoy por ti, mañana por mí”– es la manera de construir ciencia sólida y ética. La condescendencia es, en mi opinión, una de las formas de menosprecio más detestables, y lamentablemente, todavía está demasiado presente en entornos científicos. El tiempo y los recursos son limitados, por lo que no merece la pena invertirlos en el foco equivocado.