Ann Axtell Morris, la arqueóloga que prometió no volver a meterse en líos… y no lo cumplió

Vidas científicas

Ann Axtell Morris. Wikimedia Commons.

Ann Axtell Morris se prometió una vez a sí misma que si conseguía salir del lío en el que se había metido no volvería jamás a meterse en otro parecido. Estaba en lo alto de un risco, a unos centímetros de despeñarse. Había subido a estudiar una colección de objetos de la civilización de los navajos, una de las culturas nativas que una vez habitaron la zona sur de lo que hoy es Estados Unidos, pero no había pensado en lo peligroso que resultaría bajar después. Nadie sabía dónde estaba y por tanto no contaba con que nadie pudiese ir a ayudarla. “Lo que hubiera que hacer lo tenía que hacer yo sola”, escribió en sus diarios.

Al final consiguió bajar sin caerse. “Creo que la mantuve [la promesa] tres días”, escribió también.

Las arqueólogas de los años 20

Ann Axtell Morris fue una intrépida arqueóloga y antropóloga, artista de la acuarela que contribuyó al desarrollo de la documentación pictórica gracias a la que se pudieron captar los paisajes, instrumentos y pictogramas que utilizaron y en los que vivieron muchos pueblos indígenas de Norteamérica, así como la vida cotidiana en una expedición de exploración científica y los entornos donde se realizaban.

Ann Axtell nació en Omaha, Nebraska, Estados Unidos, el 9 de febrero de 1900. Desde muy pequeña le interesaron las culturas antiguas y las historias del pasado. Se graduó en arqueología, un área de conocimiento que estaba en expansión en los años 20 tras haberse profesionalizado a finales del siglo anterior. Seguía siendo, sin embargo, un área poco receptiva para las mujeres, que seguían sufriendo discriminación profesional, académica y docente a pesar de los avances conseguidos en la educación y la formación de las mujeres.

Sus trabajos en el Cañón del Muerto

Tras graduarse continuó su formación profesional en Francia, llevando a cabo trabajo de campo en yacimientos arqueológicos prehistóricos. En 1923 se casó con Earl Morris que ya era un reputado arqueólogo reconocido por su trabajo en el suroeste de Estados Unidos y México, de quien se dice que inspiró al menos en parte el personaje de Indiana Jones, estereotipo más habitual hoy de lo que es y hace un arqueólogo.

Tras su boda, la pareja viajó al Cañón del Muerto, un paraje en Baja California, México, donde miembros del pueblo Navajo y Jémez, tribus nativas del lugar, habían habitado y dejado pictogramas y objetos a principios del siglo XIX. Allí Axtell Morris y su marido llevaron a cabo investigaciones y estudios arqueológicos durante más de una década.

Acuarelas para lo que las fotos no captan

Además del trabajo de campo habitual, Axtell Morris hacía grandes dibujos con acuarela en los que reflejaba los artefactos que iban encontrando, las pinturas que hallaban en las paredes de la roca, los asentamientos indígenas y a sus habitantes y los impresionantes paisajes que rodeaban esos poblados. Gracias a sus trabajos se pudieron documentar los variados e intensos colores de las pinturas y de las propias rocas de esos enclaves, algo que la fotografía, por entonces en blanco y negro, no podía captar.

Proyecto Chichen Itza, 1924. De izquierda a derecha: J.O. Kilmartin (ingeniero, U. S. Geological Survey),
Monroe Amsden (arqueólogo asistente), Earl H. Morris (arqueólogo, responsable de las excavaciones),
Ann Axtell Morris (arqueóloga y artista) y S.G. Morley (Instituto Carnegie de Washington).
Wikimedia Commons.

Sus pinturas se expusieron en el Museo de la Ciudad de Nueva York para dar a conocer la historia indígena y el arte del desierto a los urbanitas de la Costa Este del país. Hoy aún se conservan esas pinturas y están reconocidas por el Servicio de Parques Nacionales estadounidense como un instrumento fundamental para el desarrollo de los estándares de documentación pictórica que se sigue empleando en la actualidad.

Las arqueólogas, a los museos

Durante esos años y principios de la década de 1930, Axtell Morris publicó dos libros sobre sus expediciones arqueológicas, una en el oeste americano y otra en la península de Yucatán, en los que se perciben no solo sus descubrimientos sino también su sentido del humor y lo mucho que le gustaba su vida tan poco convencional. Aunque tanto ella como su marido colaboraron con otros investigadores y participaron en varios informes, ella nunca publicó artículos académicos bajo su nombre.

El motivo pudo ser que si bien ella realizaba un valioso trabajo en esos yacimientos y excavaciones, el papel de las mujeres en la arqueología seguía siendo menospreciado: a ellas se les animaba a ocupar puestos de conservación en los museos mientras que ellos ocupaban los puestos académicos de profesores e investigadores. De igual manera, los libros de ella fueron publicados principalmente como obras infantiles o de curiosidades, si bien estaban tan completos y eran tan detallados como los de cualquier arqueólogo varón.

Ann Axtell comenzó a sufrir problemas de salud mental siendo joven, que le llevaron al alcoholismo. Hoy se considera que pudo sufrir un caso especialmente grave de depresión posparto, algo que por entonces no se reconocía ni se entendía y por lo que no pudo recibir una atención que pudiese ayudarla. Murió en 1945, a los 45 años.

Referencias

Sobre la autora

Rocío Benavente (@galatea128) es periodista.

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